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Lepisma, pasillo o ventanilla

Cada 10 de septiembre, y coincidiendo con la festividad de San Auberto de Avranches, a los internos de Carfax nos llevan de excursión. No es una fecha casual. Entre estos muros se profesa auténtica devoción por San Auberto: la trepanación que se encuentra en su cráneo, que aún se conserva, lo emparenta con la psiquiatría más ancestral.

Este año nos llevaron a Asturias: se dispusieron las sillas del salón de actos como si fueran las de un avión y nos mandaron cerrar los ojos.

—Ala, llegó la hora de imaginar. Estamos despegando, ¿notáis ese cosquilleo que se siente al alzar el vuelo? —narraba sonriente la enfermera mientras repartía la medicación— Y ahora, a cantar la canción que hemos ensayado estos días, ¡todos juntos!

—Costa la de Levante, playa la de Lloret, pero no hay prerrománico como el astuuuuur. 

—Abrochaos los cinturones, ya aterrizamos. Ala, ya podéis abrir los ojos ¿Veis? Aquí nos espera el doctor Seward, él será nuestro guía.

—Buenos días, pacientes y pacientas.

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—Como ven, nos encontramos ante la fachada de Santa María del Naranco, estructurada en tres pisos.

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—Y aquí, apenas a cien metros, nos encontramos con la iglesia de San Miguel de Lillo.

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—Y ahora contemplen estas moscovitas que vamos a desayunar, imaginen el sabor de estas riquísimas galletas de chocolate y almendra… Mmmmmmh.

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Ahora era cuando yo estaba empezando a viajar, y no en el espacio, ya que era muy consciente de que seguía sentado en un salón de actos, sino en el tiempo: cada clic que se oía al cambiar de diapositiva me trasladaba unos años atrás, a cuando no existía el PowerPoint y esas filminas eran la mejor manera de realizar cualquier tipo de presentación. Ese proyector debería estar ya en un museo, pero aún estaba allí, realizando su función para nosotros.

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—Paseamos ahora por las calles de Gijón. Recuerden, estamos ahora allí, en este preciso instante, mézclense con la gente

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Era difícil entrar en la sugestión que nos proponía el doctor Seward, sobre todo porque las anchas campanas de los pantalones que veíamos, los afilados cuellos de las floreadas camisas, las pobladas patillas de los viandantes y que circularan vehículos como el Seat 127 o el 600, el Renault 12 o el Citroën GS nos transportaban más a la década de los 70 que a la actualidad. Eso sin contar con el tono amarillento y ajado que teñía todas y cada una de las diapositivas. Pero eso ya me daba igual…

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…porque el chasquido de los cambios de fotografías me había transportado a mi infancia, al colegio donde escuchaba ese mismo sonido, a un tiempo con sabor a pan con chocolate y donde aún faltaban muchos años para que me ingresaran en un psiquiátrico porque nadie creía en mi amistad con Lepisma Saccharina, un pececillo de plata parlante. Era libre sin salir de esos muros.

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