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Lepisma y el caprichoso don de la invisibilidad

Lepisma y el caprichoso don de la invisibilidad

El don de la invisibilidad es huidizo y caprichoso. Al igual que Lepisma, nunca logré desaparecer de la vista de los profesores, por lo que en determinadas y traumáticas ocasiones tuve que exponerme ante la clase e intentar responder, entre balbuceos, a peliagudos interrogantes tales como cuándo y dónde se encontrarían un tren que sale de Aranda de Duero con otro proveniente de Tortosa; tampoco, por mucho que lo intento, puedo volatilizarme cuando asisto a espectáculos de ilusionismo, así que suelo ser la persona a la que el artista elige para acompañarle en el truco: si cuando leas esto aún no he logrado que lo borren, en YouTube podrás verme en un video titulado Individuo hace el ridículo en show de la maga Judith Trilirí.

Por el contrario, en otras ocasiones parezco ser invisible: a los ojos de la chica que me gusta, o a los del camarero al que llevo haciéndole gestos durante más de un cuarto de hora para que me atienda. Otro ejemplo de lo antojadiza que es la invisibilidad es lo que me aconteció cuando me di de alta en Twitter: como todos los que empezamos en esa red social, creí que con mi ingenio y gracejo a los pocos días me lloverían los followers y los retuits. Un año después tenía cinco seguidores: uno de ellos era mi hermana y los otros cuatro respondían a perfiles que incluían el hashtag #siguemeytesigo en su bio. Excepto por algún aislado me gusta de mi hermana, mis publicaciones nunca recibieron ninguna interacción; hasta que, cuando ya había enterrado mis esperanzas de ser un influencer, escribí un post que creí de lo más inocente:

Candilejas, de Charles Chaplin, es una película que está francamente bien aunque para mí le sobra algo de metraje. 

A los pocos minutos la cantidad de notificaciones que recibía agotaron la batería de mi móvil. Todo empezó con una respuesta que rezaba así: Publicitar la obra de un rojo como Chaplin te hace cómplice de las muertes del comunismo, progre de mierda, no sois más que merma, tú y el puto Charlot; la siguiente, y escribo de memoria, decía algo como ¿Y a qué viene tu tweet y por qué aparece en mi timeline? ¿Te crees que por ser un varón cis heteronormativo tu opinión vale más que la mía y vienes dando lecciones de cinefilia? Cinco mil notificaciones después, se cerró mi cuenta explicándome que se hacía porque mi publicación contravenía las normas de Twitter.

Una semana más tarde, y por algo que como sabéis nada tiene que ver con este asunto, era ingresado en el psiquiátrico de Carfax; y lo hacía con el pleno convencimiento de que en este mundo de locos iban a tener que ampliar las instalaciones del que iba a ser mi nuevo hogar.

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