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Lepisma y las matemáticas

Veinticinco años tardé en descubrir que si la que había sido mi profesora de primaria nos pedía que resolviéramos los problemas de matemáticas no era para enseñarnos nada, sino porque en verdad ella no conocía las respuestas. Al jubilarse, Begoña Álvarez, que así se llamaba la interfecta, se permitió el capricho de autopublicar sus memorias, y los antiguos alumnos que aún manteníamos cierto contacto entre nosotros asistimos a la presentación y le compramos un ejemplar: un ejemplar entre los doce que éramos, por supuesto, que aún nos dolían las yemas de los dedos de los reglazos que nos daba, y no teníamos muchas ganas de ayudarle a recuperar su inversión, aunque sí de saber cómo era su vida una vez sonaba el timbre que marcaba el fin de la clase. Al ser una compra colectiva decidimos que cada uno de nosotros custodiaría el libro un mes al año, y cuando llegó noviembre pude por fin leer Memorias y desmemorias de una maestra: ahí descubrí el secreto de mi profesora, que he resumido en la frase que encabeza este escrito.

Porque muchas de las vivencias de la señora Álvarez ya las había leído yo sin saberlo en los planteamientos de los problemas que nos mandaba solucionar en la clase de matemáticas. Por lo visto la fiesta de cumpleaños que celebró al acabar la carrera de magisterio acabó en desastre; bloqueada a la hora de repartir la tarta en partes iguales, aunque fueran 12 las porciones y seis los invitados, sufrió tal ataque de ansiedad que echó a sus amigos con cajas destempladas y se comió el pastel ella sola y de una sentada. Para evitarlo, y una vez se sacó la plaza de docente en mi escuela, ineludiblemente, cada 2 de marzo (su aniversario era el tres del mismo mes) sus pupilos debíamos resolver un problema encabezado con un texto como Margarita quiere celebrar su santo y tiene treinta trozos de pastel. Si los quiere repartir en partes iguales entre sus siete amiguitos ¿Cuántos le corresponden a cada uno? ¿Sobraría alguna porción?

"Leyendo su autobiografía me enteré de que había sido infiel a su marido con una señora de Logroño, y para evitar miradas indiscretas tenían tórridos encuentros a mitad de camino"

Leyendo su autobiografía me enteré de que había sido infiel a su marido con una señora de Logroño, y para evitar miradas indiscretas tenían tórridos encuentros a mitad de camino. Para asegurarse de cuándo y dónde sería la cita, unos días antes, en nuestro cuaderno de deberes, nos encontrábamos un planteamiento tipo Dos amiguitas que viven separadas han decidido pasar un día juntas. El tren de Toñi sale de nuestra ciudad a las 6’30 a una media de 100 km/h mientras que el de Sandra arranca de la capital de La Rioja a las 7’05 a 89 km/h. ¿En qué punto de nuestra geografía y a qué hora se cruzarán ambos ferrocarriles? Cuando llegué al capítulo en que la señora Begoña se compra una granja con veinte patos, doce conejos y dos vacas y se confiesa incapaz de saber cuántos picos, patas y cuernos hay en su propiedad porque los animales se movían mucho, yo ya había perdido la capacidad de sorpresa. Capacidad que recuperé el día en que, ya interno en este psiquiátrico en el que me hallo, recibí una inesperada visita

—¡Señora Álvarez, qué sorpresa! Qué… ¿Qué le ha traído hasta aquí?

—Pues mira, como quizás ya sepas, hace años me compré un terrenito, y precisamente ayer instalé un depósito de agua de 500 litros, y me preguntaba yo: ¿eso cuántos decalitros son?

—No… no lo sé.

De esa conversación ya ha pasado una semana y aún me escuece el reglazo que me dio; aún no se cómo pudo entrar con una regla en las vigiladas instalaciones del manicomio, aunque quizás las enrojecidas yemas de los dedos del guardián tengan algo que ver.

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