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Lepisma y el despertar del dinosaurio

Lepisma y el despertar del dinosaurio

Cuando su corazón se hartó de los continuos rechazos de las editoriales fue cuando perdió la cabeza; desconfiando también de la autopublicación tradicional, Vicente decidió que su obra llegaría a los lectores a través de la tecnología más en boga durante aquel año 1999: el SMS.

Para adaptarse al nuevo medio, que le restringía a un máximo de 166 caracteres por mensaje, tuvo que cambiar de género literario, abandonando sus trilogías épicas por los microrrelatos: otra cosa le habría supuesto la ruina, ya que cada envío le costaba un euro y él aún no cobraba por su obra, ya que lo que pretendía era darla a conocer. Por otro lado, el lector difícilmente le habría pagado por sus cuentos, ya que se trataba de un receptor involuntario; Vicente enviaba sus microrrelatos a teléfonos al azar, como quien manda un mensaje en una botella, confiando en que alguno de ellos llegaría al terminal de un cazatalentos literario, que le contestaría con una respuesta esperanzadora, y no con una de esas a las que ya se estaba acostumbrando a recibir, tipo:

Kien eres tu ijoputa como as conseguío mi nº  y porque menvias sta mierda a las 3 d la madrugada. 

Julia, eres tu? 🙂 Te has cambiado de numero? Savia q volberias a escribirme 🙂 tq podemos de quedar a tomar un café tq no lo volveré a hacer porque tq Julia tq. 

Disculpe, témome que ha errado usted en el destinatario de su envío por lo que pongo ello en su conocimiento. Atte: su interlocutora. 

Que se sepa, ninguno de los breves cuentos llegó nunca a nadie mínimamente relacionado con el mundo editorial, pero este microrrelato cambiaría drásticamente el rumbo de su vida:

Se quedó en coma, 

y punto.

Porque casualmente lo recibió Secundino Villares del Pino, magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, el cual por desgracia tenía una hija en estado vegetativo. El juez no se creyó ni por un instante que aquello hubiera sido una trágica coincidencia, sino una mofa cruel por parte de un desconocido, sobre el cual ahora había decidido aplicar toda su autoridad, y vaya si lo hizo: Vicente fue condenado a 25 años de internamiento psiquiátrico en el centro más duro que Secundino pudo encontrar. Y fue allí donde años después lo conocí; no sólo no había abandonado sus viejos hábitos, sino que los había perfeccionado: ya no enviaba SMS, sino WhatsApp, ya no mandaba sus textos a cualquier hora, sino solo al despertar y al irse a dormir, y tras hacer un cursillo de diseño gráfico de tres horas acompañaba sus escritos de imágenes, estáticas o no.

—Joder, Vicente, eres un genio… del mal.

Así que ya sabéis: cuando recibáis uno de esos mensajes que rezan cosas como Buenos días y bendiciones, amigos o No quería irme a la cama sin desearte buenas noches, adornados con imágenes de gatitos, corazones, delfines, hadas, flores, chihuahuas bailando bajo el arcoíris o ranitas tocando el laúd bajo un cielo estrellado de purpurina, todo ello mezclado sin orden ni concierto, pensad en su autor; y que os lo envía con todo su cariño y ambición desde el módulo de alta seguridad del psiquiátrico de Carfax.

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