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Lepisma y lo reverencial

—Usted no sabe con quién está hablando —era su frase preferida, y a nadie que le conociera mínimamente podría extrañarle ese hecho.

Yo, sin ir más lejos, nunca sabía si me encontraba ante el Félix Soriano, digamos A, aquél que, el día en que empecé a trabajar en su oficina, me dijo de modo muy seco:

—Mira, aunque yo te tutee, acostúmbrate a llamarme señor Soriano, porque eso da mucho empaque ante las visitas. Esto es una administración de fincas, y aunque el cliente venga enfadado porque se le ha inundado la casa de aguas fecales, si ven que mis empleados me tratan con respeto, él procederá del mismo modo; la mierda que la deje en su casa y no venga a esparcirla aquí.

—¿Pero si estamos solos puedo llamarle por su nombre?

—Por supuesto que no.

Pero también estaba el Félix Soriano, digamos B, una persona cercana, divertida, que podía sorprendernos con una caja de donuts o unas entradas para el cine y que te pedía que le tutearas porque él era otro más. Lo peor era que A podía sustituir a B, y viceversa, en cualquier momento y sin motivo aparente. Recuerdo una ocasión en que yo había pulsado el botón del semáforo para que se pusiera verde y unos segundos más tarde él hizo lo mismo, echándome una mirada que expresaba muy bien lo que estaba pensando:

—Déjame a mí, que tú no sabes 

Al cruzar la calle, sin embargo, su semblante ya era otro y, con una franca sonrisa, insistió en invitarme a un café. Yo me negué. Aquellos cambios me provocaban un gran estrés y aún estaba enfadado con el mundo porque el semáforo hubiera cambiado de color en cuanto él había tocado el pulsador. Además, llevaba tiempo pensando en cómo decirle que iba a dejar el trabajo, y no quería aprovecharme del recién aparecido Félix Soriano B, prefería tener delante a su versión A para poder enviarle al carajo. Pero no fue necesario, al carajo nos mandó él cuando le tocó el primer premio de la Primitiva y cerró el negocio. Aquello no me enfadó, ya que tenía previsto marcharme de todos modos, lo que me enfadó fue que nos dijera que si había ganado el sorteo no había sido por una cuestión de suerte, sino por su habilidad. Y A lo decía totalmente en serio.

Con estos antecedentes no me sorprendió encontrármelo, años después, ingresado en el psiquiátrico de San Humbértigo el día en que yo realizaba mi visita de control rutinaria con el doctor Tovar. 

—Doctor, ¿podría hablar con ese paciente? Es un viejo conocido.

—Sin problema, pero no le aseguro que vaya a conocerle: por lo que tengo contabilizado hasta ahora, el señor Soriano tiene 27 personalidades.

Vaya por Dios, ya habíamos llegado hasta la versión Z. Estaba sentado sin hacer nada más que buscar pareidolias en el gotelé y mi saludo le sacó de su ensimismamiento.

—Usted no sabe con quién está hablando.

—No, pero eso no importa, sólo quería pedirle un favor.

—Diga

—Seis números del 1 al 49, por favor.

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