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Lepisma y los libros dedicados

Lepisma y los libros dedicados

—Hola —mi vecino siempre saludaba, y ese día en que yo cargaba con una bolsa llena de novelas no fue la excepción—. ¿Ya vienes de la librería?

—Sí, de la de segunda mano, todos tenemos nuestros vicios.

Ya en casa comencé a hojear las primeras páginas de cada volumen. Igual que me gusta que un pastel luzca su guinda, también me gusta que un libro viejo incluya alguna dedicatoria de su primer comprador: eso hace que lo sienta como si fuera un ser vivo que me ha encontrado a mí y no al revés, con un pasado misterioso con el que puedo fantasear sintiéndome parte de una historia que seguramente jamás conoceré, y un presente que soy yo. Tres de los ejemplares venían dedicados, pero sólo uno de los textos, el manuscrito en Les histories naturals de Joan Perucho, me llamó la atención hasta el punto de inquietarme, y no por la ausencia de mayúsculas.

para ti…creo que te gustaría este relato, pero, ¿sabes? no lo vas a leer, porque mañana ya no estarás aquí ni tus ojos ya fríos verán amanecer. mira al cielo y despídete del dios atón.

La firma era una rúbrica sin ningún nombre legible.

Por pura inercia introduje ese texto en un buscador de internet, y para mi sorpresa aparecieron miles de resultados: cliqué en el primero y la inquietud dio paso al escalofrío. Era una noticia en que se hablaba del carnicero de las dedicatorias, un asesino en serie del que nada se sabía más allá de su letra, analizada hasta la saciedad, y las terribles torturas que infligía a sus víctimas antes de matarlas: nueve hasta el momento, sin discriminación de sexo, raza o edad. Junto a cada cuerpo se había encontrado un libro, siempre distinto, pero siempre con el mismo texto manuscrito por la misma persona. Sí, el mismo que yo acababa de leer. La policía no tenía ninguna pista.

Recorrí todas las páginas, sospechando que podían ocultar alguna especie de localizador que haría que el carnicero viniera a hacerme una visita esa misma noche.

Porque quizás no volvería a ver amanecer.

No vi nada sospechoso, pero me dirigí hasta la estantería donde habita Lepisma: si había que desmenuzar una novela, mejor que lo hiciera una profesional.

—Mmmmh, un sabor exquisito el de esta historia de vampiros ambientada en la guerra carlista —olfateaba como un perro policía y movía su colita como tal—, pero me temo que no quieres una reseña, ¿verdad? Lo que quizás te interese es que los dedos de la última lectora… sí, mujer de unos 38 años… impregnaron estas hojas de mucho dolor; y mira, restos de sangre en páginas 69 y 70.

Nada hacía sospechar que el asesino pudiera localizarme, pero… ¿quién me aseguraba que su modus operandi no fuera precisamente el de depositar sus libros en tiendas de segunda mano y vigilar quién lo compraba para acabar con su vida? Eso explicaría el hecho de que sus víctimas no siguieran ningún patrón lógico y parecieran escogidas al azar.

Me estaba mareando y decidí salir a la calle para que el aire me despejara y secara el sudor frío. En la escalera volví a encontrarme con mi vecino.

—Hola, ¿todo bien? Tienes mala cara.

—Sí, sí, gracias.

—Ah, por cierto —sonrió—. Llevo días pensando en que necesito más espacio en mi casa y he decidido deshacerme de libros, pero, joder, no quiero… no podría, tirarlos. Eres un apasionado de la lectura, si los quieres son tuyos.

—Ah, vale, gracias —mascullé, intentando zafarme con educación; yo quería una brisa fresca y purificadora, no una intrascendente cháchara de rellano.

—Gracias a ti, me harás un favor —y acentuó aún más su sonrisa—. Si mañana estás aquí te los llevo a casa, y si quieres… te los dedico.

Continuó subiendo hasta el 4º B mientras que yo me quedé petrificado allí donde nos habíamos cruzado; había visto suficientes documentales de crímenes como para saber que el asesino ya no es el mayordomo: es el vecino que siempre saluda. En un impulso me giré, volví a subir, rápido pero con sigilo, y cuando le alcancé le estampé en la coronilla la maceta con la que la señora del 3º C decora la entrada de su hogar; el tiesto quedó hecho añicos pero creo que el poto se podrá trasplantar.

Cinco minutos más tarde estábamos los dos en mi casa, él aun inconsciente y con las muñecas atadas con una brida y yo a punto de llamar a la policía para comunicarles que había atrapado a un asesino. Nervioso, ni siquiera recordaba el teléfono de emergencias y entré en Google. En la pantalla aparecieron los resultados de mi anterior búsqueda y reparé en algo que antes me había pasado desapercibido: una imagen de la librería donde había comprado esa misma mañana. Entré en el enlace, que me llevó a una noticia del diario local

COMERCIO SE VIRALIZA GRACIAS AL CARNICERO DE LAS DEDICATORIAS. ¿MARKETING O MORBO? 

Allí se informaba de que, para reflotar su negocio, la librera había escrito, en algunos ejemplares al azar, la misma dedicatoria que usaba el asesino. Una efectiva campaña en redes sociales con el hashtag #TuPuedesSerLaSiguienteVíctima hizo que los amantes del género ahora conocido como true crime (los sucesos de toda la vida), como muestra de humor negro, fueran a su tienda a encontrar esos libros: porque incluso los había manchado de su propia sangre. Pero lo que más me sorprendió era que se decía que el asesino llevaba dos años entre rejas. La noticia era de hacía seis meses, y yo no me había enterado porque aún estaba ingresado en el psiquiátrico de San Humbértigo.

—Mierda —dije en voz alta. Nada me cuadraba y volví a la primera noticia que había leído, en la que el asesino estaba libre y nadie sabía nada de él: había sido publicada hacía seis años. Maldije en voz alta el totum revolutum que era internet.

Corté las bridas que le ligaban las manos, respiré hondo y me dirigí a la cocina para preparar café para dos.

La cafetera empieza a avisarme de que ya está lista para salir del fuego y yo preparo un coquetón plato de galletas danesas. Mi vecino está comenzando a despertar y yo ensayo la mejor de mis sonrisas en el reflejo del tostador, aunque no creo que ni la merienda ni mi semblante amable sean suficientes.

Para un vecino simpático que tengo, y me temo que ya nunca me va a volver a saludar.

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