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Lepisma y el ídolo de Ariadna

Lepisma y el ídolo de Ariadna

Una vez tuve una fan y un afán.

Mi fan, Ariadna, y esto puede ayudar a comprenderlo, era una paciente con la que coincidí durante mi ingreso en el psiquiátrico de San Humbértigo; mi afán era no decepcionarla

—La interna padece una mitomanía aún más galopante que la suya  —me explicó el doctor Tovar al acudir a él, alarmado por ver que ella había forrado su carpeta con mis fotos—. Sin embargo el que usted, alguien de su entorno, sea ahora su ídolo, puede significar un avance; hasta este momento sólo idolatraba a personajes de ficción como Ziggy Stardust o Deliranta Rococó. Le rogaría por ello que usted, simplemente, déjese admirar, nada más. No se preocupe, no representa ningún peligro y en tal caso estaremos pendientes de ustedes.

De ahí mi afán por no defraudar sus expectativas al sentirme en cierto modo garante de su salud; y, por qué negarlo, me hacía sentir bien tener a alguien a quien le interesaban mis anécdotas.

—Cuéntame más cosas de Lepisma, ese bichito amigo tuyo. Jo, es que un día tenías que recopilar todos esos textos y dibujos en forma de libro. ¿Qué te parece la sopa de algas que nos ponen para cenar? Kenneth Branagh me parece un Hércules Poirot formidable —como veis, pese a su nombre Ariadna solía perder el hilo con facilidad—.

No creo que sus sentimientos se acercaran al amor romántico, ni siquiera platónico: era algo diferente, una mezcla de admiración y embeleso injustificado. Por mi parte, reitero, me embargaba un sentimiento de responsabilidad; tanto es así que, dado lo insípida que consideraba mi vida más allá de mi amistad con un locuaz insecto, empecé primero por adornar mis vivencias y luego, como si fuera heredero de la baronía de Münchhausen, a inventármelas.

Fue un punto de inflexión.

Cuanto más divertidas me parecían esas falsas experiencias, y por tanto más locas, más cordura y también más desinterés se reflejaban en su mirada. Llegó un momento en el que ella intentaba evitarme con la misma intensidad con la que yo la perseguía para explicarle mis historias. Quizás un fan no sólo busca entretenimiento en la persona a la que admira, sino también sinceridad, y eso es lo que pensé cuando, en un día lluvioso, el doctor Tovar me citó en la sala 101, ubicada en el sótano.

—Parece ser que nuestra estrategia para mejorar la salud mental de la señorita Ariadna ha sido un éxito, pero que, sorpresivamente, ha comportado unos efectos inversos en la suya. La paciente ha venido a mí para explicarme los delirios que usted le narra, delirios que usted toma por verídicos

—Pe… pero…

—Ni peros ni peras —el doctor Tovar estaba mostrando su otra cara, la auténtica, la que ilustra muy bien los métodos que imperan en San Humbértigo, impropios no ya del siglo XXI, sino incluso del XIX—. Quedamos en que usted simplemente debía dejarse admirar —ni siquiera me miraba, absorto como estaba preparando la máquina de electroshocks que él combinaba con el uso de sanguijuelas—. Así que ahora tiéndase, por favor.

Así lo hice, y fue cuando vi mis zapatos llenos del fango del patio. Era un ídolo con pies de barro.

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