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El libro que me hizo novelista

El libro que me hizo novelista

Era una gran plaza abierta y había olor a existencia.

Baja, baja despacio y búscate en los otros.

Allí están todos y tú entre ellos.

Oh, desnúdate y fúndete, reconócete.

Así entra con los pies desnudos. Entra en el hervor de la plaza.

Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.

¡Oh, pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir

para ser él también el unánime corazón que lo alcanza!

(“En la plaza”. Vicente Aleixandre)

 

Puede que leer sea parecido a bajar a la plaza, a ese lugar donde nos esperan siempre las vidas y las voces. Salir de ti mismo y entrar en un espacio abierto donde se charla en el corro de una novela o en la esquina solitaria de la poesía. Leer, si se admite la alegoría de la que hablo, tendría mucho de participar en una incesante y multitudinaria conversación que viene de lejos en el tiempo y nos alcanza en el presente y nos sume y nos arrastra con su cháchara incesante.

Aparte de su evidente valor como canto cívico, siempre me ha sido inevitable asociar el poema “En la plaza” de Aleixandre a la lectura, a la suma de textos en los cuales nos sumergimos a lo largo de nuestra vida como en ese único río de humanidad que inunda la plaza del poema. Aleixandre habla en él de un hombre, cuyo único atributo es el de la soledad, que baja a la plaza y todavía quieto y ajeno, como un malecón ante el oleaje, escribe, ve pasar un clamor, el mar de vida de los otros, hasta que decide entrar en la corriente humana que bulle ante él y se ve de pronto impelido por la multitud que late al aire libre con un unánime corazón. Se ve de pronto transformado, partícipe del mismo afán de los otros que, mientras lo rodean, le dan orientación y sentido. Y puede que en esta metamorfosis, en esta inmersión social a través de las palabras, esté el valor último de la lectura. Hablar con los otros, con los que están aquí o vienen del pasado, no cesar de hablar con la multitud inacabable que puebla los libros.

"Regresó con una novela que ni siquiera él podía sospechar que cambiaría para siempre mi relación con los libros. La novela era Nada, de Carmen Laforet"

Cuando Quevedo quiera enfrentar su relación con la lectura, escribirá un celebre soneto que está basado en ese poder que tienen los libros de convocar todos los tiempos en el presente del lector. Le interesa fijar las circunstancias en las que se encuentra, porque con ellas subraya la paradoja (la misma que la del poema de Aleixandre) de ser uno y, al mismo tiempo, ser muchos o ser todos. Está Quevedo retirado de la Corte, nos dice al principio del poema, en estos desiertos (de la Torre de Juan Abad), con pocos pero doctos libros juntos, y sin embargo, ese desierto se parece demasiado a una metrópoli porque allí su soledad está poblada o, por decirlo con palabras de San Juan de la Cruz, es una soledad sonora, cruzada por las voces de los autores que le hablan desde los libros, y con ellos conversa, escucho con mis ojos a los muertos, y, según dice, le van enmendando y fecundando sus asuntos mientras lo acompañan para sopesar entre todos, con su verborrea insaciable y los ojos abiertos, qué es este sueño de la vida.

Si insisto en esta facultad primordial de la lectura como diálogo o vínculo atemporal con la colectividad, es debido a una conciencia especial sobre ello que surge cada vez que abro una novela, sin abandonarme nunca, y que nace en un día preciso. Puedo escribir que en mi pubertad hubo un  momento en el que abandoné para siempre mi modo mitómano de leer, un modo que esencialmente consistía en el asombro y la admirativa distancia ante los héroes y portentos que abundaban en lo que por entonces leía: tebeos, Salgari o historias exageradas de Kipling o Verne que simplificaban las ediciones juveniles. Uno de los días en los que me disponía a sacar de la biblioteca municipal de Úbeda un libro que no puedo recordar, pero siempre sería vagamente histórico, profuso en ilustraciones como los que mi pubertad descriteriada solía elegir, don Juan Pasquau, un escritor de buen pulso que ejercía de bibliotecario, me detuvo, hojeó lo que me llevaba, me hizo algunas preguntas de tanteo, y me pidió luego que esperara hasta que regresó con una novela que ni siquiera él podía sospechar que cambiaría para siempre mi relación con los libros. La novela era Nada, de Carmen Laforet, y supuso para mí comprender de golpe el poder de la narrativa, entrar en el tipo de relato que mi mente sin saberlo necesitaba, una historia que tenía la medida de la realidad y renegaba escrupulosamente de las truculentas puerilidades que hasta entonces había leído.

Leer Nada fue como abrir una puerta que daba a las calles principales, sentir una mano que me agarraba la garganta, un desasosiego que tardaría en descifrar.

"Así que leer Nada fue como si Nada me leyera a mí"

Solo sabía que el libro estaba lleno de una verdad no prestada o concedida por mí, sino que le era tan propia que se fundía con lo que yo era y me prolongaba para añadirme algo conforme avanzaba en la lectura. Intuí entonces que leería muchos más libros como ese y que un día intentaría escribir algo parecido.

Lo que me trajo Nada fue la conciencia de que un libro está lleno de voces que te hablan al oído, que te cuentan y te implican y te exigen una respuesta. Los personajes (Andrea, Román, Gloria o la abuela) ya no eran héroes en un mundo de hipérboles sino personas parecidas a las que yo conocía, personas tan dignas de crédito que sus acciones se me hacían previsibles. Sentí por primera vez que, conforme leía, la historia se ponía en pie, se representaba para mí ante mis ojos, resonaba en mi cabeza y me invitaba a dialogar no solo con los personajes sino también con el niño que yo llevaba dentro y buscaba argumentos para hacerse hombre. Más que espectador, era alguien que estaba dentro de la novela. Estaba, aunque tardaría en saberlo, en la plaza de Aleixandre o en aquel escuchar con los ojos de Quevedo. Así que leer Nada fue como si Nada me leyera a mí.

Hoy, cuando tengo que defender el valor de la lectura, aparte de los apoyos habituales (leer para reconstruirte, para orientarte y andar con pasos más seguros) acudo a la necesidad de elegir libros como Nada, con capacidad de interpelarte, a ti que los lees como quien entra en aquellas soledades habitadas de Quevedo o en la multitudinaria plaza de Aleixandre.

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Autor: Carmen Laforet. Título: Nada. Editorial: Austral. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro