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El ojo del cielo

El cineasta, novelista y académico Manuel Gutiérrez Aragón escribe para Zenda sobre su última novela, El ojo del cielo, y cuenta que “en uno de esos lugares remotos y apartados, se sitúa la cabaña del fin del mundo en la que viven las cuatro mujeres: la madre, Margarita, y las tres hijas, Valen, Bel y la pequeña Clara. Y más arriba aún, en el  pico mismo de la montaña más alta, está el radar de la OTAN que vigila el espacio aéreo del sur de Europa y el Norte de África…”

 

¿Va siempre la palabra asociada a una imagen? Desde luego para mí, la palabra pasiego —sinónimo del que habla y calla, de las palabras y sus silencios— va acompañando, en la máquina fotográfica de la memoria, a la de una pasiega con su cuévano al hombro, vista y no vista entre la niebla que subía desde el río, en el primer viaje que hice con mi padre a los Montes del Pas.

"Estos elegantes celtas, los pasiegos, habitantes de la cabecera del río Pas, estaban solo a unos kilómetros de mi casa de niño, en Torrelavega"

Mi padre era veterinario y yo solía ir con él cuando la visita profesional era a algún punto interesante del territorio de su jurisdicción. Distancias cortas, pero alargadas por el laberinto de gargantas, desfiladeros y puertos de montaña.

– ¡Mira…, una pasiega con el cuévano! ¡Allí, en lo alto! —sonó la voz de mi padre, imperiosa.

Vista y no vista, la mujer desapareció en la niebla. Alta, airosa, con cierto misterio.

Quizá sea la chispa que hizo saltar la escritura de El ojo del cielo, tantos y tantos años más tarde.

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Estos elegantes celtas, los pasiegos, habitantes de la cabecera del río Pas, estaban solo a unos kilómetros de mi casa de niño, en Torrelavega. Pero nos resultaban tan remotos “como el Imperio de la China”, según decía el escritor cántabro José María de Pereda. Esa proximidad geográfica y esa lejanía cultural producía un efecto característico, al que podíamos llamar “lo próximo desconocido”, y para mí simbolizaba lo Otro como ninguna cosa.

Las explicaciones más extravagantes, recubiertas de pseudoinvestigación histórica, pretendían revelar el origen semita de los pasiegos. Una tribu perdida de Israel, según un ilustre erudito local, o moros atrapados entre las montañas tras el comienzo de la Reconquista. Un testigo contaba que había visto en la iglesia parroquial de Vega de Pas a un hombre orando a la manera islámica y lanzando gritos de ¡Allah akbar! frente al altar mayor.

"En la novela, en uno de esos lugares remotos y apartados, se sitúa la cabaña del fin del mundo"

Quizá esa leyenda interesada —interesada en el descrédito— me haya proporcionado el material para crear el personaje del falso moro que en la novela se llama Abderramán. Ahora mismo los pasiegos —cuyo solo nombre era insulto, un sinónimo de tacaños, astutos y huraños— se han convertido en una marca distinguida, y sus remotos orígenes en una leyenda de inteligencia, fortaleza y equilibrio ecológico.

En cuanto llega la primavera, los pasiegos emprenden una vida nómada. Llevan las vacas a los pastos altos, donde la hierba es fresca y abundante. En la novela, en uno de esos lugares remotos y apartados, se sitúa la cabaña del fin del mundo. En esa cabaña viven las cuatro mujeres: la madre, Margarita, y las tres hijas, Valen, Bel y la pequeña Clara. Y más arriba aún, en el pico mismo de la montaña más alta, está el radar de la OTAN que vigila el espacio aéreo del sur de Europa y el Norte de África. Ese ojo metálico es lo que da nombre a la novela.

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"En el Pas siempre se habla poco, hay una sintaxis de silencios y deberes por palabras"

Algunos pasiegos —como Bustamante, el marido o padre de las mujeres protagonistas de El ojo del cielo— no retornan al hogar, continúan su vida nómada como buhoneros, vendedores de encajes o heladeros durante años; su rastro se pierde en las ciudades o al otro lado del mar. De ellos, de los ausentes, se habla poco. En realidad, en el Pas siempre se habla poco, hay una sintaxis de silencios y deberes por palabras.

Aquella primera imagen, la de una pasiega en la niebla, no la tengo tan asociada a una palabra como a un silencio.

“Lo que no se habla se borra,” dice uno de los personajes femeninos de La vida que te espera, una película que rodé en el valle del Pas antes de escribir la novela El ojo del cielo. El valor de un silencio puede equivaler al de una palabra.

Los personajes de El ojo del cielo utilizan un lenguaje con silencios plenos de sentido. Quizá de los pasiegos he aprendido un uso del lenguaje un tanto especial. Y sigo aprendiendo.

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Autor: Manuel Gutérrez Aragón. Título: El ojo del cielo. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon,