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Mis joyas secretas

Estos nueve libros, elegidos por el autor de La casa y la isla (AdN), son un ofrecimiento a la lectura a partir de sus recuerdos más íntimos. Nacido La Habana en 1970, licenciado en Historia del Arte y fundador de la escuela de escritura Billar de Letras, con estas “recomendaciones” Ronaldo Menéndez nos abre el cofre de sus joyas más preciadas.

1.- Un día de la vida de Iván Denísovich, de Alexander Solzhenitsyn

Esta novela me la descubrió Verónica Proskurnina  (escritora ‘cubanosiética’ afincada durante un tiempo en Cuba) en esa rara ‘bohemia socialista’ que practicábamos en la Habana de finales de los ochenta. El libro me dejó perplejo por la vitalidad de sus situaciones. Pero muchos años después siempre lo cito en mis clases de novela sobre ‘tratamiento del tiempo’: menos de 24 horas en la vida de un prisionero de un gulag se estiran en más de 200 páginas. Un autor menor hubiese hablado de años, hubiese narrado largas temporalidades, sin embargo Solzhenitsyn te dice: “¿Te ha parecido que estas 12 horas en la vida de este prisionero (yo mismo) son un infierno? Pues imagina lo que es multiplicar esto por muchos años, una hora tras otra”. Es un monumental ejemplo de cómo la textura temporal narrativa se pone al servicio del tema.

2.- El juguete rabioso, de Roberto Arlt

"Hay que tener una cuerda de locura para producir esa sinfonía que se agita en la profundidad"

Libro que marca de una manera tierna y sórdida, de una manera ‘trilce’, usando el término de Vallejo: triste y dulce. La intensidad de Arlt está incluso en sus torpezas lingüísticas. Un libro escrito desde la imaginación y mucho de locura. Hay algo que siempre se nos escapa en este libro, una profundidad insondable del alma que el autor consigue cifrar. Es sabido que Arlt estaba un poco loco: hay que tener una cuerda de locura para producir esa sinfonía que se agita en la profundidad. Desde los 17 años en que lo leí, pienso que debería un día volver a sus páginas.

3.- Palinuro de México, de Fernando del Paso

Esta novela cambió mi vida a los 18. ¿Por qué? Lee:

“La disminución de la gravedad llegó hasta tal punto que las rayas de la piel de tigre que tenía colgada en la pared se desprendieron de la piel y rodearon nuestros cuerpos y nos encarcelaron. Luego se desprendieron todos los motivos frutales de nuestra vajilla e hicimos así el amor entre racimos de uvas diminutas y montañas de manzanas liliputienses. Luego se desprendieron las flores que Estefanía había bordado en la funda de la almohada, y como cada vez que mi prima dormía el bordado dejaba una huella en su cara, se desprendió también la huella de las flores. Luego se desprendieron los lunares blancos de mi corbata azul y entonces hicimos el amor rodeados de lunas pequeñas con sabor a seda. Después se desprendieron todos los puntos de colores de un cuadro de Seurat y nos bañaron de confeti. Luego se desprendieron los encabezados y las noticias de los periódicos y las palabras de los libros, y se confundieron, y entonces nos amamos entre la muerte del Ché Guevara en Vietnam y Madame Bovary cruzando el Atlántico en el Espíritu de San Luis. Después se desprendió el significado de las palabras y las frases, y entonces hicimos el amor entre balbuceos y sílabas sin sentido”.

4.- El juego de los abalorios, de Hermann Hesse

"Siempre he pensado que si algún día tuviera que quedarme con un solo libro, para releerlo una y otra vez, sería este"

Cuando lo leí a los 19 años supe de golpe todo lo que hay de arte en las ciencias, y me enseñó a amar el humanismo como camino del conocimiento, porque su componente fundamental es la pedagogía. La pedagogía creativa. Me quedé perplejo: ¿cómo es posible que la cultura, el saber, el intelecto, sean una aventura, un emocionante mundo que vibra y se tensa, como si estuviese hecho de danzantes y guerreros? Siempre he pensado que si algún día tuviera que quedarme con un solo libro, para releerlo una y otra vez, sería este. Ay, mi entrañable Joseph Knech, Josephus Tercero, que llegó a ser Magister Ludi de Castalia.

5.- Fuegos, de Marguerite Yourcenar

¿Cómo alguien puede escribir a este nivel de intensidad con el pathos, sin ser patético? Cuando leí este libro comprendí que hay cosas que a los simples mortales nos están vedadas. Para muestra, un botón:

“Hay mujeres y jovencitas que proceden del mundo de las Madonnas: las peores amamantan la esperanza como a un hijo prometido a futuras crucifixiones. Algunos de mis amigos salen del mundo de los sabios, de una especie de China o de India interior: en torno a ellos el universo se disipa como el humo, cerca de esos fríos estanques donde se mira la imagen de las cosas, las pesadillas merodean como tigres domesticados. Amor, mi duro ídolo, tus brazos tendidos hacia mí son vértebras de alas. He hecho de ti mi virtud; acepto ver en ti al dominio, al poder. Me entrego a ese terrible avión propulsado por un corazón. Por las noches, en los tugurios adonde vamos juntos, tu cuerpo desnudo se parece a un ángel encargado de velar por tu alma”.

6.- Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut Jr.

Pocas veces he reído y meditado de una manera tan sensible con un libro. Recuerdo que el narrador, trasunto del propio autor, apunta que está escribiendo este libro como quien va por un camino tirando cosas, despojándose de la basura que ha acumulado durante su vida. También dice que el día de la amnistía, al final de la Segunda Guerra, el silencio que se hizo en el campo de batalla era como la voz de Dios, y que esa fue la última vez en que Dios le habló con claridad al género humano.

7.- El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet

Cuando leí esta novela siendo un adolescente, con un protagonista de 16 años que se mete en una turbulenta pasión con una mujer dos años mayor, fue como zambullirme en un pantano ardiente. De pronto quise escribir y vivir así, cosa que por suerte se me pasó en unos meses. Su autor, Radiguet, el prodigio de Marne, murió a los 20 años y nos dejó sólo esta obra maestra. Ese exclusivo e involuntario silencio, como sabemos, alimenta el mito.  

8.- La espuma de los días, de Boris Vian

"Cuando leí esta novela me di cuenta de que la Literatura, cuando se ancla en la imaginación desbordada, es un disparo al alma"

Uno de sus personajes secundarios se llama Jean Sol Partre, y a la protagonista la ataca una curiosa enfermedad: un nenúfar se le aloja en el pulmón. La manera de curarla es acumulando flores a su alrededor para que el nenúfar se asuste. Además, hay un “pianoctel”, que es una especie de piano que produce cócteles alcohólicos y frutados, según la melodía que se ejecute. Cuando leí esta novela me di cuenta de que la Literatura, cuando se ancla en la imaginación desbordada, es un disparo al alma.

9.- El gran Meaulnes, de Alain-Fournier

Cuando tenía 17 años leí esto, y todavía en sueños veo ese monumento a la amistad adolescente, narrada desde una ternura fina y eficiente. Narrar las cosas cotidianas y rurales era algo impensable para quien empieza a escribir y aún no ha aprendido que la pirotécnica se apaga muy pronto. Pero hay un camino que es el reverso: el paso firme de narrar ‘verdades’ relativas a los personajes, desde la sencillez más directa. Ah, y el encanto, esa categoría indefinible, pero que, cuando la percibimos en un libro, se parece a esos caprichos amorosos que duran toda la vida.