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Llamadle maestro

Siempre que se elaboran listados con las primeras frases más emblemáticas de la literatura universal, el «Llamadme Ismael» que abre Moby Dick ocupa algún puesto destacado. No es para menos, porque la de Herman Melville es una de esas novelas que trascienden su condición primera y se revelan tan gigantescos que inevitablemente acaban por erigirse en hitos, en modelos inexcusables que, a la vez que toman el pulso de su lugar y de su época, acaban por alcanzar una categoría imperecedera y cosmogónica.

"Cuentan que Moby Dick dejó exhausto a su autor"

Cuentan que Moby Dick dejó exhausto a su autor. Nacido en Nueva York el 1 de agosto de 1819, la escritura de la novela le ocupó dos años en los que se trasladó de su ciudad natal a una granja de Pittsfield, en el estado de Massachusetts, con el objeto de que nada ni nadie interrumpiera su colosal propósito. El agotamiento no sólo se debió al esfuerzo enorme que acometió durante aquel bienio —en el que se permitió pocas distracciones, de las que la más reseñable acaso fuese la amistad con el también escritor Nathaniel Hawthorne—, sino a la frustración que le supuso comprobar más tarde que todo aquel trabajo no obtenía recompensa. Moby Dick, en efecto, vendió mucho menos de lo que se pensaba, pese a que en los años anteriores su autor se hubiese ganado una reputación y su nombre anduviera circulando por distintos cenáculos literarios.

Aquel descenso a los infiernos del fracaso tuvo que traerle a Melville ciertas reminiscencias de su infancia, porque ni a él ni a su familia se lo quiso poner fácil la vida. Aunque su familia paterna estaba ligeramente emparentada con linajes aristocráticos ingleses y su madre provenía de la estirpe de uno de los primeros colonos neerlandeses de la isla de Manhattan, la bancarrota se cebó pronto con un clan que, para acentuar el desplome, perdió a su patriarca cuando el joven Herman apenas contaba doce años de edad. Como consecuencia del desastre, los Melville tuvieron que abandonar Nueva York y trasladarse a Albany, donde Herman encontró trabajo en un banco local. Fue el primero de los muchos oficios que desempeñaría para contribuir al sustento de los suyos. Cuando cumplió los dieciocho años de edad, y quizá hastiado de las restricciones que la realidad imponía a sus deseos, tomó la decisión de embarcarse. Lo hizo en un barco que cargaba pasajeros y mercancías entre Nueva York y Liverpool, pero la experiencia no le pareció muy enriquecedora. Al regresar al puerto de origen retomó el trabajo de maestro rural que había abandonado para hacerse a la mar y después intentó que un familiar afincado en Illinois le encontrase alguna ocupación en aquel estado. Sin embargo, nada salió según lo esperado y tuvo que volver a su ciudad natal para plegarse a las exigencias que imponía la penuria. Volvió a enrolarse en un barco, esta vez en un ballenero que salió de New Bedford el día de Navidad de 1841 y llegó a la isla de Nuku Hiva, en el archipiélago de las Marquesas, un año y medio después. Allí desertó junto con un compañero y la mala suerte les llevó a caer en las manos de una tribu, los typee, conocidos en todos los Mares del Sur por su voracidad antropófaga. Estuvieron con ellos durante todo un mes, hasta que sus captores los vendieron a la tripulación de otro ballenero que iba para Tahití. Más tarde, tras un extraño episodio que le llevó a padecer un mes de prisión acusado de amotinamiento, se dedicó a vagabundear por las islas de la Sociedad durante unos meses, hasta que un nuevo ballenero lo llevó a Hawái. Melville acabó enrolándose en una fragata de la marina estadounidense que desembarcó en Boston en octubre de 1844, momento en el que se licenció con todos los honores. En total, cuando regresó a su país de origen el bueno de Herman se había pasado más de tres años y medio recorriendo los mares.

"Moby Dick es una monumental alegoría que admite tantas interpretaciones como lectores quieran aventurar lo que pensaba su autor mientras se entregaba a su escritura"

Como en tierra, para no variar, seguía encontrando serias dificultades para ganarse la vida, y como notó que cada vez que contaba sus peripecias marinas y su estancia entre los caníbales la audiencia enmudecía para no perder detalle de sus desventuras, se puso a redactar lo que pretendió un libro testimonial y se acabó convirtiendo, debido a su tendencia a la fabulación, en una novela de aventuras. Nació así Typee, un libro que se vendió bastante y que le proporcionó unos ingresos que por primera vez le permitieron vivir con dignidad, y más tarde vio la luz Omoo, una secuela centrada en el tiempo que había pasado vagabundeando por el archipiélago de las Sociedad. Gracias a esas incursiones literarias, el porvenir comenzó a lucir más aseado. Herman Melville se introdujo en los ambientes culturales neoyorquinos, su reputación fue creciendo e incluso se vio en condiciones de contraer matrimonio con Elizabeth Shaw, a la sazón hija de un influyente juez.

Continuó su carrera con Mardi, Redburn y White Jacket, tres novelas en las que abundaba en su obsesión con los Mares del Sur, y en 1849 realizó un viaje a Europa del que regresó con la idea de la que sería su indiscutible obra maestra y se encerró en Pittsfield para escribir la obra que terminaría titulando Moby Dick. La tarea fue titánica y contradictoria: regaló al mundo un texto magnífico, pero devolvió a su autor a los sótanos de la frustración. Desde nuestro conocimiento y nuestra experiencia, resulta inverosímil que uno de los títulos más incuestionables de todas las literaturas que son y han sido fuese tan despreciado en la época en que salió a la luz, pero hay libros cuya grandeza radica precisamente en su capacidad para adelantarse al tiempo que les corresponde, como mensajes en una botella que se lanzan al mar con la esperanza de que una orilla más acogedora los deposite ante los ojos oportunos. Moby Dick —como El Quijote de Cervantes, como el Ulysses de Joyce— es tan grande que intentar resumirla o condensar en unas pocas líneas las razones que la convierten en imprescindible supone entrometerse, inevitablemente, en los terrenos de la frivolidad. Dicen que Melville se inspiró en sus propias experiencias marinas, pero también en la historia del ballenero Essex, que fue a pique tras sufrir el ataque de un cetáceo en 1820, y en la presencia en los alrededores de la chilena isla de Mocha de un cachalote al que llamaban Mocha Dick. Sea como fuere, su novela es mucho más que el relato de una obsesión —la que siente el capitán Ahab hacia esa ballena que tiempo atrás lo dejó sin una pierna— y de la búsqueda desesperada y autodestructiva a la que aboca a toda la tripulación del Pequod. Moby Dick es una monumental alegoría que admite tantas interpretaciones como lectores quieran aventurar lo que pensaba su autor mientras se entregaba a su escritura, por mucho que nadie se haya atrevido a otorgar una respuesta definitiva a la gran cuestión: qué significado entraña esa gran ballena blanca cuyo nombre da título a la obra y que constituye el gran motor de una narración lenta, morosa, riquísima en matices y desgranada en una prosa excepcional. «El gran leviatán», se dice en algún momento del libro, «es la única criatura del mundo que irrevocablemente debe quedar sin ser pintada.»

"Ahora que están próximos a cumplirse los doscientos años de su nacimiento, consuela que su nombre y su memoria hayan adquirido el peso que por sus méritos le corresponde"

Por desgracia, nada de eso fue suficiente para concederle a Melville, en vida, el lugar de honor que merecía dentro de la literatura de su tiempo. El fracaso comercial que obtuvo la novela se agudizó cuando su siguiente obra, Pierre —en la que incluyó algunas alusiones a la decepción que le habían causado las escasas ventas de su anterior libro—, siguió sin obtener el beneplácito de los lectores. Tampoco las narraciones breves que escribió a continuación —una de ellas, la soberbia Bartleby el escribiente— le proporcionaron los réditos que le habría gustado. Como una pesadilla recurrente volvió la inestabilidad económica a hacer mella en sus bolsillos. Tuvo que vender la granja de Pittsfield y regresar a Nueva York, donde se puso a trabajar como inspector de aduanas, y aunque publicó dos novelas más su interés se comenzó a centrar en la poesía, fundamentalmente en la composición de un gran texto de carácter épico, Clarel, en el que emergían sus experiencias en el transcurso de un viaje a Palestina. Melville murió en 1891, tan solo y tan olvidado que hasta escribieron mal su nombre —pusieron Henry en vez de Herman— en la lápida que señalaba su tumba. Ahora que están próximos a cumplirse los doscientos años de su nacimiento, consuela que su nombre y su memoria hayan adquirido el peso que por sus méritos le corresponde. Ni Henry ni Herman: Melville será, ya para siempre, el Maestro Melville.

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