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La vida que nos lleva

La vida que nos lleva

Hay en la obra de Pilar Sánchez Vicente (Gijón, 1961) dos motivos que se han hecho recurrentes desde que se diera a conocer hasta la fecha. Uno tiene que ver con la reivindicación del papel que la mujer ha jugado y juega en la sociedad. El otro consiste en el repaso, a menudo desde un punto de vista próximo al inconformismo, o directamente anclado en la heterodoxia, de determinadas etapas históricas. Con frecuencia ambos motivos confluyen, ofreciendo así un repaso por los roles femeninos en diferentes momentos a lo largo de los siglos. Ocurría así, de manera muy explícita, en Gontrodo o La diosa contra Roma, donde sendos personajes femeninos asumían el protagonismo que habitualmente suele caer en manos masculinas, e igual ocurre, aunque con una vocación mucho más coral, en este Mujeres errantes (Roca) que constituye su última referencia y en donde vuelven a aparecer las distintas señales que son ya rasgo inequívoco de su propuesta narrativa.

"A ese hilo argumental cabe añadir otra vocación: la de relatar el aire y el ambiente de un lugar concreto en un determinado periodo temporal, el Gijón de la primera mitad del siglo XX"

La novela arranca cuando Greta Meier, una célebre escritora suiza con residencia en Londres, recibe a la muerte de su madre una noticia que trastoca por completo su pasado y su futuro: aquélla a la que hasta entonces ha considerado la responsable de sus días resulta, al final, no serlo. Movida por esa revelación, y gracias una pista que la conduce hasta la ciudad de Gijón, Greta comienza una indagación por las zonas oscuras de la historia familiar que la llevará a trabar relación con una vieja vendedora de pescado, la Chata, quien se convertirá pronto en coprotagonista de la narración y marcará realmente su pauta. A ese hilo argumental cabe añadir otra vocación: la de relatar el aire y el ambiente de un lugar concreto en un determinado periodo temporal, el Gijón de la primera mitad del siglo XX, con especial atención a la guerra y la posguerra, y la de prestar atención a determinadas figuras históricas que o bien ha engullido el olvido o bien no encuentran demasiados ecos más allá de las fronteras locales. Hay, así, un sucinto inventario de las personalidades que poblaban la ciudad asturiana en los tiempos que se mencionan, y hay otra presencia insoslayable que, aunque algo forzada, termina jugando un papel crucial en el desenlace de la narración: la del sacerdote y guerrillero Gaspar García Laviana, que se enroló en la guerrilla nicaragüense durante la guerra contra Somoza y murió en pleno combate.

"Hay en la elaboración de la novela un trabajo importante de documentación"

Hay en Mujeres errantes, pues, ingredientes abundantes para propiciar una lectura ágil y entretenida, tarea que Pilar Sánchez Vicente acomete urdiendo un estilo que no se pierde en digresiones y procura ir al meollo, sin descuidar su querencia por acomodar en la escritura los registros coloquiales propios del habla gijonesa, como ocurre muy principalmente con el personaje de la Chata. Hay en la elaboración de la novela un trabajo importante de documentación, cuestión que queda de manifiesto en los largos circunloquios a propósito de aspectos muchas veces secundarios, y también un empleo consciente de cuanto recurso pueda propiciar una cierta intriga a fin de conseguir que el interés del lector aumente de capítulo en capítulo. Aunque en ocasiones el curso de la acción se vea lastrado por la exposición de todo el aparataje documental, es innegable que Pilar Sánchez Vicente tiene oficio y que esta novela confirma el paso adelante que ya diera con Luciérnagas en la memoria y que se caracteriza por el afán de hallar en el pasado algunas claves que expliquen ciertas zonas de sombra del presente. Lo que es tanto como decir tomarle el pulso a la vida que nos lleva.

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Título: Mujeres errantes Autora: Pilar Sánchez Vicente Editorial: Roca. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro