Lluvias

(A Eugenio Gutiérrez, Beethoven)

 

-Y a usted, ¿cómo le gusta la lluvia?
-Seria.
-¿Cómo de seria?
-Constante, pertinaz.
-¿No le aburre?
-Para nada, me da tranquilidad. Me calma.
-¿Y la de primavera?
-Esa es otro cantar. Es parlanchina, caprichosa. Igual te pilla en minifalda que de náuticos.
-En una terraza, vamos.
-Yo no soy de terraza, soy de barra. Y a ser posible descansando un pie sobre un peldaño o un azulejo. Y luego, alternándolos. Y si no hay mucha gente, me gusta acodarme sobre el mostrador mirando a la calle.
-Mirando las nubes.
-Si las hubiera. O el cielo.
-¿Y la lluvia ha de ser racheada o vertical?
-Por qué he de elegir, que se turnen. Antes prefería la lluvia de gabardina, paraguas y zapatos con suela de goma.
-De dos horas o tres.
-O de todo el día. Cuando era crío, junto a un radiador de casa, había secándose a su vera hasta dos o tres pares de zapatos.
-¿Y no se cuarteaban?
-Nada más secarse había que pasarle un trapo un poco húmedo y luego se les aplicaba bastante betún, se les dejaba descansar y después, con el otro extremo del cepillo, se les sacaba brillo.
-Los zapatos como el espejo del alma.
-Como costumbre y para sentirse uno bien. La gente mira los zapatos, la camisa y la cara, el resto es literatura.
-Si usted lo dice.
-Es lo que se estilaba. No te lo planteabas, lo hacías sin más.
-Como el oficio de ser nube.
-Más o menos. Las hay algodonosas, grises tirando a pálidas o grises zaínas. Azulonas o blancuzcas. Rápidas o tranquilas. O absolutistas.
-No me va a decir que también las hay demócratas.
-Por supuesto, las que comparten, las que se reparten un pedazo de cielo.
-Las nubes como una metáfora del tiempo.
-Del tiempo y del paso del tiempo.
-Bien mirado…
-¿Usted nunca se ha tumbado debajo de un árbol de poca fronda mirando el cielo? Es una lección de sabiduría que da mucho de sí.
-Y económica.
-Y te ayuda a pasar la tarde. Que si esa nube tiene forma de oveja o de cuchillo de cocina, que si se va a deshilachar o si está dormida a merced del viento y le da igual todo.
-Por no hablar de cuando el sol juguetea con ellas…
-…Y las tiñe de naranja o melocotón.
-Igual hasta saben diferente.
-No tenga usted duda.
-¿Y las hay con forma de letras?
-Sólo algunas. Por ejemplo: una con perfil de ‘m’ y otra con el de la ‘i’. Ahí tiene usted para dejar libre la imaginación y escribir una carta.
-O un poema.
-Para eso hay que tener arte. O trazas.
-Volvamos a la lluvia.
-Yo ya la echo de menos y estamos a mitad de mayo. La lluvia, o las nubes, es el diapasón del día, no el sol. La luz está sobrevalorada. La lluvia y las nubes ofrecen matices que suavizan la jornada. Pongamos que es julio: pues vaya, todo el santo día igual, mientras que si es octubre o abril no sabes qué pasará luego, si aclarará o la tarde pedirá un armisticio.
-Puede ser.
-¿Conoce ese poema de Claudio Rodríguez que dice ”comienza a llover fuerte, casi arrecia, / y no le va a dar tiempo / a refugiarse en la ciudad. Y corre / como quien asesina”?.
-Pues no. Un poco como el viento.
-Claudio también  habló de “la astucia del viento”.
-Caramba con Claudio.
-Claudio iba andando desde su Palencia hasta Madrid y dormía debajo de los robles mirando el cielo hasta que el sueño le vencía. Claudio escribía los poemas en su memoria mientras caminaba y de tanto en cuanto se paraba y con un lápiz los pasaba a una libreta o a una servilleta de papel.
-…
-Para mí tengo que Claudio le hablaba al viento, a la luz y a las sombras, al anochecer y a las tormentas. O ellas a él.
-Como si fuera un pájaro.
-Claudio era un colibrí. Una hoja de chopo a punto de desprenderse, una hoja que bailaba al son de la mañana fresca, que caía sobre la hierba y levantaba el vuelo como una alondra.
-Le tiene mucha ley a Claudio.
-Claudio tenía mucha ley a la vereda y al musgo. Y al frío que acorrala las ovejas en noviembre.
-Y a la lluvia.
-A todas. A las traidoras y a las que anunciaban dicha. Al aguanieve y a las avefrías.
-Y mañana, ¿cree usted que lloverá mañana?
-Pregúnteselo a Claudio.

4.9/5 (10 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)