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Lo inesperado, de Charlotte Perkins Gilman

Lo inesperado, de Charlotte Perkins Gilman

Charlotte Perkins Gilman (Estados Unidos, 1860-1935) fue una prominente feminista, sufragista, activista social, prolífica escritora, editora y artista. Zenda publica Lo inesperado, uno de los cuentos del libro Si yo fuera un hombre (Uve books). En esta recopilación se puede apreciar la maestría de Charlotte Perkins Gilman para el cuento corto, reflexivo y con gran conciencia social. Textos divertidos a la par que trágicos, donde sus protagonistas deciden dar un giro a sus ideas y convicciones para asumir un papel principal en sus vidas.

 

Es lo inesperado aquello que termina por suceder», dice el proverbio francés. Me gusta ese proverbio, porque es verdad —y porque es francés.

I

Mi nombre es Edouard Charpentier.

Soy americano de nacimiento, pero eso es todo. Durante mis primeros años tuve una niñera francesa; en mi infancia, una institutriz francesa; pasé mi juventud en una escuela francesa; mi etapa adulta ha estado dedicada al arte francés, soy francés por afinidad y educación.

Francia…, la Francia moderna…, el arte francés…, el arte moderno francés… ¡me encanta! Mi escuela es el «plein-air» y mi maestro, si tan solo pudiese conocerlo, es M. Duchesne. M. Duchesne ha tenido retratos en mi salón durante tres años, y también en muchos otros sitios, comprados con entusiasmo; sin embargo, París no conoce a M. Duchesne. Conocemos su casa, su caballo, su carruaje, sus sirvientes y el muro de su jardín, pero él no recibe a nadie y no habla con nadie; de hecho, se ha ido de París durante una temporada y lo veneramos en la distancia.

Tengo un boceto de este maestro que atesoro con celo…, un boceto a lápiz de un gran retrato que aún está por dibujar. Lo quiero.

M. Duchesne pinta desde una modelo, y yo pinto desde una modelo, exclusivamente. Es la única manera de ser firme, preciso y auténtico. Sin una modelo, tendríamos fantasía alemana o domesticidad inglesa, pero no arte moderno francés.

Es duro conseguir modelos de manera continuada cuando uno sigue siendo un estudiante tras cinco años de trabajo y sus dibujos atraen francos, pero no dólares.

¡A pesar de todo, está Georgette!

También estuvieron Emilie y Pauline. ¡Pero ahora está Georgette y es tan adorable!

Es cierto que no tiene un gran espíritu; pero tiene un cuerpo encantador, y eso es lo que copio.

Georgette y yo estamos unidos por nuestra admiración. ¡Cuánto mejor es esto que el matrimonio para un artista! ¡Qué sabio es M. Daudet!

Antoine es mi mejor amigo. Pinto con él y somos felices. Georgette es mi modelo más querida. La pinto y somos felices.

En esta escena tan apacible irrumpe una carta de América, portando una gran emoción. Parece ser que tenía un tío abuelo allí, en un rincón al noreste de Nueva Inglaterra. ¿Maine? No; Vermont.

Y, según parece, aunque parezca extraño, este noresteño tío abuelo mío había sido presa, a pesar de su edad, de la pasión por el arte francés; al menos, no se me ocurre otra forma de explicar por qué hizo que un abogado me buscase para entregarme un cuarto de millón tras su muerte.

¡Un admirable tío abuelo!

Pero debo ir a casa y tomar la propiedad; eso es imperativo. Debo dejar París, debo dejar a Antoine y ¡debo dejar a Georgette!

¿Acaso hay sitio más lejano de París que un pueblo en Vermont? No, ni siquiera las islas Andamán.

¿Y acaso hay un lugar más alejado de Antoine y Georgette que esa familia de primos lejanos que habría de encontrar?

Pero una de ellos —¡gracias al cielo!—, una especie de prima muy muy lejana, es tan guapa que olvido que es americana, olvido París, olvido a Antoine… Sí, ¡incluso a Georgette! ¡Pobre Georgette! Pero es el destino.

Esta prima no es como las demás primas. La persigo, la investigo, he de estar seguro.

Su nombre es Mary D. Greenleaf. La llamaré Marie.

Es de Boston.

Pero, más allá de su nombre, ¿cómo podría describirla? He visto la belleza, sí, una gran belleza, en doncellas, matronas y modelos, pero nunca he visto nada igual a esta chica de campo. ¡Vaya figura!

No, la palabra «figura» la avergüenza. Tiene un cuerpo, el cuerpo de una joven Diana: un cuerpo y una figura son dos cosas muy diferentes. Soy un artista, he vivido en París y conozco la diferencia.

Me entero de que los abogados pueden realizar el papeleo de la propiedad desde Boston.

El aire de Vermont en marzo es muy agradable. Hay montañas, nubes y árboles. Pintaré aquí durante una temporada. Ah, sí; también asistiré a esta tímida y joven alma.

—Prima Marie —digo—, ven, permíteme enseñarte a pintar.

—Sería muy difícil para usted, señor Carpenter…, ¡le llevaría mucho tiempo!

—¡Llámame Edouard! —exclamo—. ¿Acaso no somos primos? Primo Edouard, ¡te lo ruego! Y no hay nada difícil cuando estás conmigo, Marie… ¡Nada se hará largo estando a tu lado!

—Gracias, primo Edward, pero creo que no me impondré a tu buena naturaleza. Además, no voy a quedarme aquí. Volveré a Boston, con mi tía. Decido que el aire de Boston es bueno en marzo, hay lugares de interés allí y artistas americanos que merecen que se los anime.

Me quedaré en Boston durante un tiempo para ayudar a los abogados a transferir mi propiedad; es necesario.

Visito a Marie continuamente.¿Acaso no soy su primo?

Le hablo de la vida, el arte, París, M. Duchesne. Le enseño mi preciado boceto.

—Pero —dice ella— no soy ninguna ninfa de los bosques como imaginas. Yo también he estado en París, con mi tío, años atrás.

—Mi querida prima —digo—, ¡te amaría incluso si no hubieses estado en Boston! Ven a ver París de nuevo… ¡conmigo!

Entonces se rio de mí y me rechazó. ¡Ah, sí! Lograría casarme con ella, ¡ya lo vería!

Pronto descubrí que tenía fe en esos convencionalismos, al igual que muchas otras mujeres. Le di Las mujeres de los artistas. Dijo que ya lo había leído. ¡Se rio de Daudet y de mí!

Le hablé de los genios arruinados a los que había conocido, pero me respondió que un genio arruinado no era peor que una mujer arruinada. ¡Es imposible razonar con las jovencitas!

No creo que sucumbiese sin pelear. Incluso me marché a Nueva York. No fue lo suficientemente lejos, me temo. Pronto regresé.

Vivía con una tía —¡mi pequeña y adorable mojigata!—, era una mujer horrible y decidida, igual que lo había sido mi vida el último mes.

La llamo continuamente, la cubro de flores, la llevo al teatro, con su tía y todo. Ante esto, la tía parecía realmente sorprendida, pero no aprueba esas familiaridades americanas. No; mi esposa —que lo será— debe ser tratada con el más estricto respeto.

Nunca nadie se había reído tanto de mí o me había hecho discutir tanto como aquella terrible belleza y su horrible tía.

La única esperanza eran las pinturas. Marie siempre estaba mirándolas y parecía apreciarlas de veras, incluso parecía entenderlas, de algún modo. Así que empecé a tener la esperanza —débil y apagada— de que empezasen a gustarle las mías. Tener una esposa a la que le guste mi arte, que venga a mi estudio…, pero, espera, ¡las modelos! Casi siempre pinto con una modelo y, como ya he dicho, ¡sé lo que opinan las mujeres de las modelos sin que Daudet me lo diga!

¡Esta remilgada niña de Nueva Inglaterra! Bueno, podría venir al estudio en días señalados y quizá, al cabo de un tiempo, podría hacer que lo entendiese de una manera educada.

¡Quién iba a pensar que viviría para casarme!

Pero el destino manda sobre todos los hombres.

Creo que esa mujer me rechazó nueve veces. Siempre me apartaba con motivos y excusas absurdas: dijo que no la conocía; dijo que nunca estaríamos de acuerdo; dijo que yo era francés y ella americana; ¡dijo que me preocupaba más el arte que ella! Ante eso, le aseguré que preferiría ser organista o banquero, a perderla… Entonces se enfadó y volvió a rechazarme.

¡Las mujeres son extrañamente inconsistentes!

Siempre me rechaza, pero siempre vuelvo.

Tras un mes de esta tortura, tuve la suerte de encontrarla durante una tarde agradable de mayo, sin su tía, sentada frente a su ventana y mirando al atardecer.

Tenía unas flores en su mano —unas flores que yo le había enviado— y estaba mirándolas; su perfil, intenso y puro, se recortaba contra el cielo color azafrán.

Entré silenciosamente y la observé, en un arrebato de esperanza y admiración. Mientras la observaba, vi cómo una gran lágrima se deslizaba entre mis violetas. Eso fue suficiente. Di un salto, me arrodillé frente a ella, cogí sus manos entre las mías, las acerqué a mí y exclamé, exultante: —¡Me amas! Y yo… ¡Oh, Dios! ¡Cómo te quiero! Incluso entonces me rechazó. Insistió en que aún no la conocía lo suficiente y que no le quedaba otro remedio…, pero la sujeté contra mí, callé sus palabras con un beso y dije:

—Tú me amas, oh, perfecta, y yo te amo. El resto saldrá bien. Entonces puso sus manos blancas en mis hombros y me miró a los ojos.

—Creo que es cierto —dijo ella—, me casaré contigo, Edward. Entonces dejó caer su rostro contra mi hombro —esa cara de fuego y rosas— y nos quedamos inmóviles.

II

Ya han pasado dos meses desde entonces; llevo casado una quincena. La primera semana fue el cielo… ¡y la segunda el infierno! ¡Oh, Dios mío! ¡Mi esposa! ¡Esa joven Diana no es más que una…! Llevo aguantándola una semana. Me he temido y odiado a mí mismo. He sospechado de mí mismo y me he dado asco. Me he descubierto y me he maldito. Ay, maldita sea ella, y él, ¡desde este día prometo matarlo!

Ya son las tres de la tarde. No podré matarlo hasta las cuatro, es la hora a la que llega.

Estoy muy cómodo en esta habitación de enfrente…, muy cómodo; puedo esperar, pensar y recordar.

Pensemos.

Primero, en matarlo. Eso es algo simple y sencillo.

¿Debería matarla a ella?

Si vive, ¿podría volver a mirarla? Incluso tocar esa mano…, esos labios… Eso, ¿tras dos semanas de matrimonio…? Ni hablar, ¡debe morir!

Y, si viviese, ¿qué otra cosa le restaría salvo más y más vergüenza, hasta sentirlo ella misma?

¡Está mejor muerta!

¿Y yo?

¿Podré vivir para olvidarla? ¿Cargar esa roca negra en mi corazón por siempre? Levantarla una y otra vez, con gran esfuerzo… ¡Solo!

¡Ni hablar! ¡No podría olvidarla!

Mejor morir con ella, incluso ahora.

¡Vaya! ¿He oído un paso en la puerta? Aún no.

Mi dinero está a buen recaudo. Antonie es mejor artista que yo, y también mejor hombre, el dinero le será entregado y alumbrará una noble vida en sus manos.

La pequeña Georgette también estará servida. ¡Parece que fue hace tanto tiempo, que ya todo está borroso! Pero Georgette me amaba, creo, al menos durante un tiempo…, más de una semana.

Solo queda esperar… ¡hasta las cuatro!

Hay que pensar… Ya está todo pensado, todo arreglado.

Estas pistolas que ella admiraba anteayer, con las que practicamos juntos, están ambas cargadas. ¡Es muy buena tiradora! ¡Creo que puede hacer cualquier cosa!

Esperar…, pensar…, recordar.

Voy a recordar.

La conocí una semana, la cortejé durante un mes, llevo casado una quincena.

Siempre dijo que no la conocía. Siempre parecía estar a punto de contarme algo y yo no la dejé. Parecía estar medio arrepentida, medio de broma… Preferí confiar en ella. Esos ojos de color marrón claro…, claros y brillantes, como un arroyo iluminado por la luz del sol. ¡Y menuda sonrisa! Esto no es lo que debo recordar.

¿Estoy seguro? ¡Lo estoy! Me río de mí mismo.

¿Qué opina usted… o cualquier hombre? Una joven se escabulle de su casa, sola, todos los días y viene sola, cubierta y oculta, a este lugar, esta guarida de bohemios, este edificio de estudios de Nueva York. ¿Pintores? Los conozco… Yo también soy un pintor.

Viene a esta habitación, día tras día, y no me dice nada.

Le digo amablemente:

—¿Qué haces durante el día, amor?

—Ah, muchas cosas —contesta—, estoy estudiando arte… ¡para complacerte!

Eso fue muy ingenioso. Sabía que podría espiarla. Le digo:

—¿No puedo enseñarte yo? Y

responde:

—Tengo un profesor con el que solía estudiar. Debo terminar. ¡Quiero sorprenderte!

Así me tranquiliza… en apariencia.

Pero debo observar y seguirla, he alquilado este pequeño cuarto. Espero y observo.

¿Lecciones? ¡Ah, perjuradora! No hay otro inquilino en esa habitación salvo tú misma, y allí es donde él va cada día.

¿He oído un paso? Aún no. Observo y espero. Esto es América, digo, no Francia. Esta es mi esposa. He de confiar en ella. Pero ese hombre viene todos los días. Es joven. Es hermoso…, tan hermoso como un demonio.

No puedo soportarlo. Voy a la puerta. Llamo. No hay respuesta. Trato de abrirla. Está cerrada. Me agacho y miro a través de la mirilla. ¿Qué es lo que veo? ¡Oh, Dios! El sombrero y la chaqueta de ese hombre están en la silla, junto a un biombo. ¡Puedo oír cuchichear tras él!

No volví a casa anoche. Hoy estoy aquí… ¡con ellos!

He oído un paso. ¡Sí! Ahora con cuidado. Ha entrado. Puedo oírla hablar. Ha dicho: «¡Llegas tarde, Guillaume!».

Démosles algo de tiempo.

Ahora —poco a poco— ya llego, amigos míos. ¡Yo no llego tarde!

III

Me escabullo por el pasaje estrecho, sin hacer ningún ruido. La puerta no está cerrada esta vez. Entro.

Allí está mi joven esposa, pálida, temblorosa, asustada, incapaz de hablar.

Allí está el hermoso Guillaume, tras el biombo. Mis dedos aprietan los gatillos. Una inmediata doble reacción. Guillaume se cae al suelo, aullando, y Marie se interpone entre ambos.

—¡Edward! ¡Un momento! ¡Dame un momento, por favor! Las pistolas son inofensivas, cariño…, son cartuchos de fogueo. Los cambié yo misma al ver que sospechabas. Pero has arruinado mi sorpresa. Tendré que contártela ahora. Este es mi estudio, amor. Este es el cuadro del que tienes un boceto. Yo soy «M. Duchesne» —Mary Duchesne Greenleaf Carpenter—, ¡y este es mi modelo!

IV

Somos muy felices en París, en nuestro estudio doble. A veces compartimos nuestros modelos. Nos reímos de M. Daudet.

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Autor: Charlotte Perkins Gilman. TítuloSi yo fuera un hombre. Editorial: Uve Books. Venta: Amazon