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Todos los pájaros cantan, de Evie Wyld

Todos los pájaros cantan, de Evie Wyld

El misterio y la naturaleza palpitan en Todos los pájaros cantan, novela de Evie Wyld que publica Ático de los Libros. La protagoniza Jake, una mujer huraña que vive recluida en una vieja granja en una isla del Reino Unido junto a su perro y sus ovejas. Un día, estas empiezan a aparecer muertas. Evie Wyld (1980) nació en Londres y creció a caballo entre Australia y el sur de Londres. En 2013 la revista Granta la seleccionó como una de las diez novelistas británicas jóvenes de la década. Zenda ofrece el comienzo de la novela.

 

Capítulo 1

Otra oveja, destrozada y ensangrentada, con las vísceras todavía calientes y el vapor emergiendo de su interior como si fuera un pudin recién horneado. Unos cuervos de picos brillantes pasaron a mi lado, ufanos y emitiendo unos ásperos graznidos, y, cuando agité el bastón, echaron a volar hacia los árboles y me observaron con las alas desplegadas, cantando, si es que se le podía llamar así. Acerqué una bota a la cara de Perro para evitar que se llevara un pedazo de la oveja de recuerdo y permaneció junto a mí mientras arrastraba los restos del animal muerto fuera del prado, hasta la cabaña.

Esa mañana me levanté temprano, antes de que amaneciera, y salí fuera, hablando sola y contándole al perro todo lo que había que hacer, mientras los mirlos se desperezaban en el espino blanco. Como una loca que escucha su propia voz cuando el viento la empuja de nuevo hacia su garganta, ululando como había hecho cada mañana desde que me había instalado en la isla. Los árboles se agitaban en el bosquecillo y las ovejas balaban a mi espalda; los mismos árboles, el mismo viento y las mismas ovejas.

Con aquella, ya iban dos muertes en un mes. Empezó a llover y la repentina ráfaga de viento me arrojó un pedazo de mierda de oveja a la nuca con tanta fuerza que me dolió. Me subí el cuello y me protegí los ojos con la mano.

Criiicra, frío; criiiicra, frío.

—¿De qué os reís? —grité a los cuervos, y les lancé una piedra.

Me limpié los ojos con el dorso de la mano y respiré profundamente para deshacerme del olor a sangre. Los cuervos se quedaron callados. Cuando me giré para mirarlos, vi que había cinco colocados en fila en la misma rama; me observaban en silencio. El viento me sacudió el pelo y me cegó.

 

La tienda de la granja de Marling tenía un cartel torcido y descolorido al pie de la entrada en el que ponía «conejillos de indias gratis». Nunca los había visto, y ya era demasiado tarde como para preguntar. La hija del dueño, de piel pálida, estaba allí, haciendo un crucigrama. Me miró y bajó la vista de nuevo como si se hubiera avergonzado.

—Hola —dije.

Se ruborizó y movió la cabeza de forma prácticamente imperceptible para saludarme. Vestía un grueso chándal de color verde y llevaba el pelo recogido en una coleta. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos, como cuando alguien se pasa la noche llorando o bebiendo.

Las patatas que vendían solían estar buenas, pero, cuando las cogí, noté que estaban blandas. Volví a dejarlas en su sitio y me dirigí hacia los tomates, pero tampoco tenían buena pinta. Miré por la ventana, en dirección al invernadero de la granja, y vi que todas las ventanas estaban rotas.

—Ey —le dije a la chica, que ya me miraba, con el extremo del lápiz en la boca, cuando me volví hacia ella—. ¿Qué le ha pasado a vuestro invernadero?

—Ha sido el viento —contestó, y se llevó el lápiz a un lado de la boca durante unos instantes—. Mi padre me ha dicho que dijese que ha sido cosa del viento.

Reparé en los cristales que cubrían los exteriores del invernadero, donde normalmente se exhibían macetas de ciclámenes feos con un cartel que decía la joya de tu jardín de invierno. Ahora solo había tierra oscura y vidrios rotos.

—Vaya.

—Las cosas siempre se desmadran un poco el día de Nochevieja —añadió con una voz de anciana que nos sorprendió a las dos.

La chica se ruborizó todavía más y volvió a concentrarse en su crucigrama. El hombre que habitualmente estaba al frente de la tienda estaba sentado en el invernadero con la cabeza entre las manos.

Tomé algunas naranjas, puerros y limones, y los llevé al mostrador. No me hacía falta nada; había ido a la granja más por realizar el trayecto en coche que por las provisiones. La chica se sacó el lápiz de la boca y empezó a contar las naranjas, pero se detuvo y volvió a comenzar varias veces. Olía a alcohol, enmascarado por demasiado perfume. Debía de tener resaca. Supuse que habría discutido con su padre. Dirigí la vista hacia el invernadero de nuevo y vi que el hombre seguía allí, en la misma posición, mientras el viento lo golpeaba.

—¿Llevas nueve? —preguntó la chica, y, aunque no las había contado al meterlas en la cesta, dije que sí. Apretó algunos botones de la máquina registradora.

—Debe de ser difícil quedarse sin el invernadero —comenté, y advertí el pequeño moretón azul que tenía en la sien. No me miró.

—No es tan grave. El pedido del continente debería haber llegado ya, pero el ferry no saldrá hoy.

—¿Ah, no?

—Hace demasiado mal tiempo —contestó, de nuevo con esa voz cansada que nos avergonzaba a las dos.

—No sabía que eso pasara.

—Pues sí —dijo mientras colocaba mis naranjas en una bolsa y el resto de comida en otra—. Los barcos nuevos son demasiado grandes y no es seguro salir cuando hay mala mar.

—¿Cuál es el pronóstico?

La chica me miró rápidamente y bajó la vista otra vez.

—No lo sé. Son cuatro libras con veinte.

Contó lentamente el dinero que le di. Le llevó dos intentos devolverme bien el cambio. Me pregunté qué más habría oído de mí. Era hora de irme, pero no me moví.

—¿Qué les ha pasado a los conejillos de Indias?

La chica enrojeció de nuevo.

—Ya no están. Se los dimos de comer a la serpiente de mi hermano. Había demasiados.

—Oh.

—Fue hace años —añadió con una sonrisa.

—Claro —comenté.

La chica se llevó el lápiz a la boca una vez más y bajó la vista hacia su crucigrama. Me fijé en que, en realidad, solo estaba coloreando los cuadraditos blancos.

Ya en la camioneta, me di cuenta de que había olvidado la bolsa de las naranjas en la tienda. Miré por el espejo retrovisor hacia el invernadero destrozado y vi al hombre, esta vez en pie y con las manos en las caderas, observándome. Cerré la puerta del vehículo y me marché sin las naranjas.

Empezó a llover con fuerza, así que subí la calefacción y activé el limpiaparabrisas a toda potencia. Pasé por el lugar donde habitualmente me detenía para pasear a Perro, y este se quedó sentado en el asiento del pasajero y me miró extrañado. Cada vez que me volvía hacia él, levantaba las orejas, como si estuviéramos en mitad de una conversación y yo evitara mirarlo.

—¿Qué? —dije—. Solo eres un perro.

Entonces, se giró y miró por la ventanilla.

 

A mitad de camino de vuelta a casa, lo sentí de nuevo y aparqué junto a la entrada de un campo vacío. Perro contempló estoicamente el paisaje desde la ventana, quieto y calmado, y yo me presioné el puente de la nariz con el pulgar para intentar apaciguar el picor mientras me aferraba a la piel del pecho con las uñas de la otra mano en un intento por disipar el viejo dolor latente que sentía cada vez que perdía una oveja, como si me cayera una gota de sangre en el ojo. Lloré sin lágrimas, dando graznidos y con la boca abierta, y la camioneta se sacudió. Sentía que algo se apoderaba de mí, pero no salía. «Tienes que desahogarte, llora a gusto»; ese era el tipo de cosas que mi madre le decía a uno de los trillizos con la esperanza de evitar una escapada al hospital. Como la vez que Cleve se cayó de un árbol y lloró hasta desgañitarse, y más tarde nos enteramos de que se había roto el brazo. Pero, en ese momento, llorar no me servía de nada, porque me impedía respirar y me dolía. Me detuve cuando empezó a sangrarme la nariz y me limpié con la gamuza que utilizaba los días en que las ventanillas se empañaban por el frío; me calmé y continué el trayecto de vuelta a casa. En Military Road, cerca de la bocacalle que llevaba a mi hogar, unos adolescentes se magreaban en la parada del autobús. Cuando me vieron llegar, uno de los chicos fingió ponerse algo en la boca y otro se subió encima de él e hizo como que arrojaba un lazo. Las chicas se rieron y me ofrecieron un corte de mangas. Al girar, el chico del lazo se bajó los pantalones y me mostró su trasero blanco.

 

Dejé la cafetera encima del fuego con más fuerza de la necesaria.

—Putos críos —le dije a Perro, pero estaba de espaldas y no me oyó.

Cerré la puerta de la nevera de un golpe y apoyé la frente contra ella. Acostumbrarme a la comodidad de aquel lugar había sido una estupidez. La nevera murmuró como si me diera la razón. Creer que no se echaría todo a perder había sido una estupidez. La sensación que me había invadido por primera vez al ver la casita, baja y blanca como un guijarro de piedra caliza a los pies negros de las colinas, la seguridad de que no hubiese nadie en los alrededores que pudiera observarme… Todo eso parecía formar parte de un pasado muy lejano. Busqué el mango del hacha junto a la nevera.

Tenía unas manchas marrones en la manga, donde la sangre de la oveja muerta se había quedado impregnada, así que me quité el jersey y froté la mancha con jabón en el baño de abajo. Olía como un macho cabrío, pero la idea de darme un baño con el frío que tenía no me atraía en absoluto, por lo que solo me eché un poco de agua en las axilas. Abrí y cerré las manos para entrar en calor; la derecha me dolía y crujía como cuando hay humedad y los huesos no han acabado de soldarse.

Me pasé la mano por la piel de la cara y contemplé mi reflejo en el espejo. La última vez que me había cortado el flequillo me había excedido un par de centímetros y ahora parecía una loca. Vi una huella sangrienta debajo de mi oreja.

Me encendí un cigarrillo y lo sostuve entre los labios mientras apretaba las manos con los brazos extendidos para tensarlos. Inhalé y comprobé mi tono muscular; todavía lo conservaba, aunque no había esquilado desde hacía un par de meses. «Una mujer fuerte». Observé el humo que serpenteaba desde mi boca y se desvanecía en el aire frío. La cafetera empezó a silbar y me acerqué para retirarla del fogón. Aún tenía miedo de que explotara.

Desde la ventana de la cocina, advertí el resplandor de un parabrisas en el valle. Era Don, en su Land Rover. Tiré el cigarrillo al fregadero, abrí el grifo y, luego, salí al patio rápidamente a por la carretilla. Perro me mordisqueó la corva porque estaba corriendo. Ascendí sin aliento hasta lo alto del camino, mientras las ruedas de la carretilla chirriaban, y me quedé de pie, bloqueando la carretera. Don se detuvo y paró el motor. Midge permaneció en el asiento del pasajero pacientemente, observando a Perro con su larga lengua rosada colgando.

—Por Dios, haces que se me encojan los huevos —dijo Don mientras bajaba de la camioneta. Caía aguanieve, pero yo solo llevaba una camiseta. Me miró de arriba abajo y me encogí de hombros—. Tienes un aspecto horrible. ¿Es que no duermes?

—Estoy bien —contesté, y señalé la carretilla con la cabeza. Don la miró.

—¿Qué tienes ahí?

—Otra hembra muerta. Supongo que fueron esos chavales. Me miró. El vaho blanco que salía de nuestras bocas flotó entre nosotros. Sacudió la cabeza.

—¿Por qué harían algo así?

—¿Por qué la gente hace lo que hace? Estarán aburridos y serán unos mierdas.

Perro saltó hacia Midge, sentada en la camioneta, y le ladró mientras ella lo miraba fijamente.

—No, no puedes echar la culpa de todo a los críos —dijo Don—. Aunque algunos sean unos condenados hijos de su madre.

—Vamos a ver, ¿qué ha pasado aquí? —preguntó a la oveja muerta, y se inclinó para observarla con más atención; tenía las manos en las caderas.

Hacía mucho frío. Crucé los brazos sobre el pecho e intenté parecer cómoda.

—La he encontrado esta mañana, cerca del bosque.

—¿Cerca del bosque? Asentí. Él sacudió la cabeza y rodeó la carretilla.

—Está bien muerta.

—¿Ah, sí? ¿Eres veterinario?

Don entrecerró los ojos y clavó la vista en mí, y yo me aclaré la garganta.

—Esos chavales… —dije.

Se colocó la gorra hacia atrás y me miró fijamente.

—Anoche lo pasamos bien. Tendrías que haber venido al pub, como te dije.

«Otra vez…», pensé.

—No es un lugar para mí, Don.

Me imaginaba a los hombres que habría en aquel lugar, reclinados sobre la barra y hablando en voz baja hasta que pasara una mujer y levantasen la vista. Como los tres hombres que se habían presentado la primera semana, silbando una tonadilla burlona. Don no era así. La primera vez que una hembra tuvo un parto de nalgas, lo llamé, y él vino, cosió con calma los órganos desplazados de la oveja y salvó a sus tres crías. Luego, procedió a servirme una copa y dijo con ligereza: «Todo el mundo tiene que aprender de una forma u otra».

Aun así, seguía intentándolo.

—Tres años. No has ido al pub ni una sola vez en tres años.

Eso no era cierto. Había entrado en una ocasión, pero a Don le gustaba decir lo contrario, tanto que ni me escuchaba cuando yo protestaba.

—Apareces de la nada con el brazo en cabestrillo, con aspecto de lesbiana, de hippie o de Dios sabe qué, y te instalas aquí. No hay mucha gente como tú en el pueblo. Si no tienes cuidado, pronto empezarán a contar historias sobre ti para ahuyentar a los chiquillos.

Cambié el peso de una pierna a otra mientras el frío me atravesaba la mandíbula.

—Criar ovejas ya es de por sí lo bastante duro y solitario como para que además decidas vivir como una ermitaña.

Parpadeé y hubo una larga pausa. Perro lloriqueó. Él también lo había oído mil veces.

—¿Vas a decirme qué mató a mis ovejas?

Aquello fue todo lo que pude decir. Don suspiró y volvió a mirar al animal. A la luz de la mañana parecía tener unos cien años; las manchas de envejecimiento de sus mejillas tenían un aspecto lívido.

—Los visones pueden destrozar una oveja muerta. También los zorros. —Levantó la cabeza del animal para mirarle los ojos—. Se los han arrancado. Quizá la matara un animal y luego todos los demás se turnaron para comérsela. —Volvió a levantar los restos de la oveja un poco más y echó un vistazo por debajo, donde sus costillas formaban una cueva. Frunció el ceño—. Pero nunca he visto nada capaz de desollar un animal así.

Me palpé el bolsillo de los pantalones, donde guardaba los cigarrillos, y luego acaricié la cabeza grasienta de Perro. Un cuervo graznó. Caaacriii; otro caaacriii. Midge se irguió en el asiento y todos miramos en dirección a la valla y a los árboles oscuros que había allí.

—Di a esos chavales, o a cualquiera que le interese, que, si veo a alguien cerca de mis ovejas, le descerrajaré un tiro.

Giré la carretilla y emprendí el camino de regreso a mi casa por la colina.

—Vale, feliz Año Nuevo a ti también —dijo Don.

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Autor: Evie Wyld. Título: Todos los pájaros cantan. Editorial: Ático de los libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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