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‘Lo que el viento se llevó’ (con advertencias)

‘Lo que el viento se llevó’ (con advertencias)

El 1 de enero de 2020 la novela Lo que el viento se llevó quedó libre de derechos de autor en la Unión Europea, al cumplirse 70 años de la muerte de su autora, por lo cual cualquiera puede publicar su versión original (otra cosa son las traducciones). 2020 también es el año en el que se cumplen 120 del nacimiento de su escritora, Margaret Mitchell, 60 de la muerte de Clark Gable y 104 en la vida de Olivia de Havilland, que, nacida en mitad de la Primera Guerra Mundial, aún sigue viva. Sin embargo, este año se va a hacer más famoso en la biografía de esta obra por ser retirada de la plataforma de internet norteamericana que tiene sus derechos de emisión, HBO. Esto se produjo después de que John Ridley, el oscarizado guionista de 12 años de esclavitud, escribiera un artículo en Los Angeles Times pidiendo eso precisamente: «Please consider removing “Gone With the Wind” from your rotation of films». En este blog normalmente analizamos películas y series sin tener en cuenta su paso por las noticias del momento, pero esta vez vamos a hacer una excepción, para explorar este asunto.

[Aviso de destripes de estereotipos en todo el texto]

En su artículo, bastante breve, Ridley, que es negro, justifica su petición usando calificativos sin ningún análisis y afirmaciones sin ejemplos, escribiendo que Lo que el viento se llevó «glorifica el Sur anterior a la Guerra de Secesión», que «perpetúa dolorosos estereotipos en torno a la gente de color», y que, «como parte de una narrativa sobre la Causa Perdida, presenta una imagen romántica de la Confederación de una forma que continúa dando legitimidad a la noción de que el movimiento secesionista era algo más, o mejor, o más noble de lo que era: una sangrienta insurrección para mantener el derecho de poseer, vender y comprar seres humanos». Luego sigue, diciendo que la película «sentimentaliza una Historia que nunca fue así», que «continúa dando cobijo a los que falsamente afirman que el aferrarse a la iconografía de la era de las plantaciones es un asunto de legados históricos y no de odio» y que ahora mismo «ayuda a perpetuar el racismo que está causando que airados y afligidos americanos se echen a las calles». En contra de lo que ha aparecido en algunos artículos de prensa, Ridley no pide que se prohíba ni la película ni la novela, pero sí que por ahora desaparezca del catálogo online de HBO y que solo se la reintroduzca «después de que haya transcurrido un respetuoso plazo de tiempo, al lado de otras películas que ofrezcan una imagen más amplia y completa de lo que realmente fue la Confederación. Ahora mismo, ni siquiera hay un aviso explicativo al comienzo de la película». Yendo más allá de este film y de esta cadena, también pide «a todos los proveedores de contenidos que revisen sus catálogos y hagan un esfuerzo de buena fe para separar las obras cuya representación pueda ser deficiente de las que presentan una evidente demonización».

Las reacciones han sido muy diversas y, en esta época de redes sociales, imposibles de cuantificar y clasificar (aunque seguro que algún algoritmo ya está haciendo exactamente eso). Algunas de ellas, por no decir casi todas, vienen a demostrar las circunstancias desde las que cada uno habla. Por ejemplo, en España, la mayoría parecen ir (y si no, ya habrá alguien en los comentarios que me lo diga) en el sentido de que algo así no hace falta y que este es un caso de corrección política llevado al extremo. Puede ser, pero lo que es seguro es que hablar solamente desde la experiencia de cada uno limita mucho la apertura a otras formas de pensar. En España no hemos tenido una cuestión racial con la amplitud con la que se da en Estados Unidos, pero por ejemplo sí que hemos tenido debate público sobre cómo reaccionar ante creaciones artísticas, incluso del pasado reciente, en torno a temas como la violencia doméstica o los calificativos hacia los homosexuales: recuérdense los casos del sketch de los humoristas Martes y Trece de «mi marido me pega» o de la canción de Mecano «Quédate en Madrid», donde se usaba la palabra «mariconez», que se quería cambiar a «estupidez» o «gilipollez» al cantarse en Operación Triunfo. En otros países esto no sería un problema, o podría ser más grande aún, o podría ser uno más de entre otros muchos. La exhibición pública de símbolos de ciertas opciones políticas de los años 30 y 40 hoy en día también puede llegar a presentar marcadas diferencias entre distintas naciones, por ejemplo. En todo el mundo, la costumbre española del rey Baltasar cada vez causa más ceños fruncidos, y hace poco hasta uno de nuestros tesoros nacionales, Andrés Iniesta, fue criticado en el extranjero por su insensitividad haciendo blackface al participar de tal tradición. Y bueno, de los toros para qué hablar.

Por su parte, Estados Unidos es un país donde no se puede escribir la palabra «nigger» en prensa. O se habla de la n-word o se sustituye por asteriscos: n*****. Ese y otros muchos tacos: f***, c***, b******, etc. También es un país donde las grabaciones de audio pueden llevar una pegatina que diga «contenido explícito» que luego, paradójicamente, acabe siendo tan codiciada por el artista que quien no la tenga pase por blandito. En televisión, tras la vuelta de cada intermedio, aparece un recuadro arriba lleno de siglas para informar del contenido que viene a continuación: edad recomendada, lenguaje «sugestivo», violencia (o «violencia de fantasía»), situaciones sexuales… Todo esto es parte del contexto en el que se ha producido la publicación de este artículo del Times, contestado a la contra en el propio periódico un par de días más tarde por una columnista negra, aceptando lo de racista pero rechazando su retirada o su «anotación». También es contexto necesario el número de ciudadanos negros muertos a manos de policías blancos o la erección y derrumbamiento de estatuas a según qué personajes. Lo complejo y hasta esquizofrénico de la situación racial en Estados Unidos puede resumirse en dos ejemplos: es el país que eligió presidente de forma consecutiva a Barack Obama y Donald Trump, y que, volviendo a la película que nos ocupa, dio el primer Oscar de la historia a una persona negra (Hattie McDaniel) mientras prohibía a la aún nominada, luego premiada, sentarse junto a los demás actores, ya que el hotel donde se celebró la ceremonia en 1940 no admitía la entrada de negros, y solo aceptó que ella se sentara, atrás del todo, tras petición expresa del productor, David O Selznick. En una industria que todavía tardaría décadas en dejar de pintar de negro, rojo y marrón los rostros de actores blancos, en este film todos los personajes negros (y son unos cuantos) están hechos por actores negros, contribuyendo al enorme éxito popular de una película que se calcula que la mitad de la población del país llegó a ver en teatros y cines.

Aparte, siempre está bien contrastar lo que uno piensa con lo que opinen otras fuentes, sobre todo la que vivan desde dentro el problema. Por ejemplo, cualquier varón que tenga dudas sobre si hoy en día hay machismo en el trabajo o en la sociedad no tiene más que expresar esta incertidumbre entre las mujeres que conozca, y lo ilustrarán con ejemplos sobrados. Desde este punto de vista, la percepción de un cineasta negro que en el siglo XXI investigó el Sur esclavista seguramente es diferente de la que tenía una novelista y cineastas blancos en la década de 1930 sobre el mismo tema, y siempre es bueno tenerlo en cuenta. A mí nunca me ha gustado cuando la gente recurre a aquello de «es que como tú nunca has sido o hecho X, no puedes saber lo que se siente», porque eso no significa que no se pueda aprender escuchando o informándose. Quien no sea padre «nunca podrá saber lo que se siente». Quien no haya visto sus derechos humanos violados «nunca podrá saber lo que se siente». Quien no haya saltado en paracaídas «nunca podrá saber lo que se siente». Vale. Y quien nunca haya jugado a nivel profesional nunca podrá gritar consejos tácticos a las imágenes televisivas de los mejores deportistas del mundo. En fin, que a falta de un análisis más concreto o razonado por parte de Ridley, podemos tocar los ejemplos más citados por otra gente en torno a la película.

Uno de los puntos que se cita mucho es el de la representación de los negros en la película, como «esclavos felices», que adoran a la señorita ‘Calata incluso cuando esta, por otra parte, es a menudo bastante insufrible. Sobre esto hay que recordar que Scarlett O’Hara tiene 16 años cuando comienza la historia, y que tanto la novela como la película cuentan su historia y solo su historia. Scarlett (Vivien Leigh) aparece en casi cada escena, y cuando no lo hace es para poder explicar mejor su reacción siguiente (un ejemplo es cuando Rhett Butler (Gable) se le marcha a Londres con la hija de ambos). Es decir, que el horizonte de esta historia está marcado por lo que experimenta este único personaje. No es una historia coral, no es un documental, no pretende representar la totalidad de las experiencias de la Georgia de los 1860. Es cierto que si se hubiera querido se podría haber presentado, casi tal cual, la experiencia vivida por los personajes de, sin ir más lejos, 12 años de esclavitud, o parte de ella, pero aquí no es de lo que se trata. Esta chica seguramente nunca vio maltratar a un esclavo, porque eso se hacía lejos de la casa grande, y seguramente también porque para cuando cumplió los 18 o 20, la familia ya había perdido a sus esclavos, reclutados por el propio ejército sureño para cavar trincheras. Ninguno de ellos volvió a la plantación, y al lado de los O’Hara solo se quedaron los «house n******», los que, más amaestrados, servían bajo techo de criados, limpiadoras, cocineras, etc. Y si esto es lo que ella vivió, esto es lo que la novela y la película representan: bailes, trajes de pastel de nata, pretendientes, caprichos, regalitos, uniformes…

De hecho, si lo del negro feliz es un topicazo, y la Mammy obesa, severa y hacendosa más aún, los blancos de la historia también lo son, y quizá mucho más. En este sentido, Lo que el viento se llevó es como Casablanca o La diligencia o El Señor de los Anillos: una obra temprana y/o fundacional de un género que luego derivó en tantos topicazos hechos por otras obras imitadoras que al ver las originales son ellas las que parecen llenas de clichés. Las damas son todas aspirantes a Southern belles, desde la abnegada, generosa y eternamente comprensiva Melanie Hamilton (De Havilland) hasta la caprichosa y malcriada pero llena de recursos Scarlett, pasando por hermanas, primas y damas mayores. Los caballeros también son diversos ejemplos de Southern beaux, desde el pálido y delicado Ashley hasta los pelirrojos hermanos Tarleton. Incluso el personaje más interesante, el de Rhett Butler como irónico y sibilino dandy que saca beneficio de la violencia bélica, entre calaveradas en casa de poca reputación, se ha visto cientos de veces imitado más tarde. Como ya se ha dicho, Margaret Mitchell nació en 1900, en una familia de ascendencia irlandesa de la que oyó historias del tiempo del que después escribió, y en la que también metió clichés de irlandeses a espuertas, desde el patriarca de Tara, aún con su acento y con su mención de lo Irish que es cada cinco minutos hasta los epítetos racistas que también les dedicaban los británicos WASP (y que no aparecen en la película). Además, la madre de Mitchell era una destacada sufragista pro derechos de la mujer, y los papeles femeninos, de ambas razas, son muy prominentes en su libro. La película, por otra parte, tiene mucho cuidado en dejar fuera una de las partes más peliagudas del libro: el episodio en el que Rhett, Ashley y Frank pertenecían más o menos soslayadamente al Ku Klux Klan, y a él recurrieron, como venganza, en el pasaje tras el cual el carro de Scarlett es atacado de camino a casa. En el film, de los dos hombres que la asaltan uno es blanco y otro negro, ella es salvada por uno de sus antiguos esclavos, Sam, y la expedición de castigo queda fuera de la pantalla, refiriéndose a ella como «mítin político».

La queja principal de Ridley, sobre todo al aceptar que la película no debe prohibirse, parece tener que ver con el tema de lo que en inglés llaman representation y que en España se denomina últimamente «visibilización». El problema parece ser, además de parte de lo que hay, lo que no hay: al no reflejar el sufrimiento de los esclavos en la película, parece que se intenta decir que no lo hubo, y de ahí que su 12 años de esclavitud (o La cabaña del tío Tom, publicada en 1852, para irnos más lejos) sea una adición valiosa a la historia del cine, y digna de recomendarse. Pero al intentar imponer su visión sobre la de Lo que el viento se llevó está cayendo en parte en lo mismo que critica: parece querer decir que la historia del esclavo Solomon Northup sí merece conocerse (representarse, visibilizarse), pero la de la heredera Scarlett O’Hara no. Que su pena por perder sus posesiones no importa, ni el miedo de los soldados sudistas cuando las tropas del norte se muestran superiores, ni el hambre que pasan las hermanas cuando han de trabajar con sus manos, ni la determinación con la que Scarlett jura que no volverá a pasar hambre, ni el odio con el que dice «dirty Yankees» cuando ve su casa destrozada. O que la experiencia del negro «de casa», apretando refajos y abanicando durante la siesta, es menos digna de verse que la del negro de campo sufriendo latigazos y violaciones.

La solución de compromiso, en resumen, parece ser el etiquetado. En su respuesta a Ridley en Los Angeles Times, Carla Hall dice que «si ves Lo que el viento se llevó y no te das cuenta de que es un trozo del pasado que debe permanecer en el pasado, entonces los problemas que tienes no los va a solucionar un análisis contextual». Sí, bueno, la educación es la bala de plata que se supone que cura todos los males, pero también se supone que sabemos que el tabaco es malo y ahí están las cajetillas españolas, bien rotuladas con las consecuencias a las que puede llevar, o las prendas textiles con cada vez más etiquetas, o las bolsas de cacahuetes avisando de que pueden dañar a la gente con alergia a los cacahuetes. Algo así parecen querer Ridley y otros: una advertencia que diga «peligro: racismo», lo mismo que había dos rombos antes para las películas para mayores de edad. Quien use Twitter o Facebook habrá notado, por ejemplo, que ahora a veces te avisan de que la imagen que acompaña a una publicación te puede resultar hiriente, para luego resultar a menudo que no hay nada ni siquiera polémico en particular en ella. Se trata simplemente de quitarse la responsabilidad. Uno de los términos más en uso en el mundo angloparlante últimamente es «duty of care» (deber de cuidado), o sea, el determinar qué responsabilidad tiene una universidad si en su campus hay propaganda terrorista, o en una empresa una violación o en un parque natural un aviso de peligro para el visitante. Es un término muy amplio y puede englobar desde políticas de sentido común hasta detalles nimios, y lo de rotular obras creativas con ese «ojo: peligro» puede ser lo que se esté buscando en el mundo del entretenimiento. Censurar no se pide, porque cualquier creador sabe lo que le puede esperar a él mismo si se prende esa vela, pero sí etiquetar las cosas de forma que se vayan al fondo de las búsquedas. Este también es el país que ha empezado a prohibir (o al menos a dejar de incluir) obras señeras como Huckleberry Finn y Matar a un ruiseñor en las listas de lectura para estudiantes.

Otra de las principales preocupaciones que se mencionan es el uso de esta película como elemento de apoyo al racismo sudista aún hoy en día. Hay incluso quien señala esa bandera confederada ondeando sobre los muertos de Atlanta como un reclamo de reunión al odio, sobre todo ahora que cada vez en más sitios está siendo prohibida. Bueno, pues en ese caso tendremos que mencionar a los nazis, que mucho hemos hablado ya sin usar la reductio ad Hitlerum. Si cada vez que salga una esvástica en una película, esa película ha de ser metida en la fresquera, ninguna se salvaría. La propia 12 años de esclavitud podría ser denunciada como glorificación de la violencia racista, precisamente por mostrarla en pantalla, aun cuando pretenda claramente lo contrario, y quien vea La lista de Schindler puede hacerlo admirando el coraje de los judíos o para emborracharse de sadismo con los numeritos de Ralph Fiennes como oficial nazi. Quiere decirse que el uso que de una obra de arte haga una persona o un colectivo no debería usarse como motivo para «cancelarla», que es el verbo condenatorio de ahora.

Pero bueno, si de lo que se trata es de prestar atención a las reacciones de la gente que en realidad sufre los problemas de la sociedad, la propia Hattie McDaniel tenía la suya propia: «Prefiero cobrar setecientos dólares por interpretar a una criada que siete por ser una de verdad». Mientras tanto, aquí esperamos a ver qué forma exacta adoptará esa «discussion of its historical context» con la que HBO dice que volverá a ofrecer la película… próximamente.

Edit: El miércoles 24 de junio de 2020 HBO volvió a permitir acceder a la película, acompañándola de un corto de cuatro minutos y medio en el que la profesora de la Universidad de Chicago Jacqueline Stewart explica que la imagen dada de los negros en la película ya fue controvertida en 1939, y que retrataba al «Sur anterior a la guerra como un mundo bello y grácil, sin admitir las brutalidades del sistema de esclavitud en el que se basaba» y que presentaba a los esclavos negros como «sirvientes notables por su devoción a sus amos blancos o por su ineptitud. El tratamiento de este mundo a través de una lente de nostalgia niega los horrores de la esclavitud, además de su legado de desigualdad racial. También menciona lo que ya hemos dicho sobre McDaniel y su Oscar, y que a los actores negros de la película no se les permitió asistir al estreno en Atlanta. Por último, reconoce que «es importante que la película, como todos los clásicos de Hollywood, ha de verse en su forma original», pero «contextualizada y debatida» Además, se ha añadido en HBO una charla de una hora, ya grabada en 2019 por TCM (Turner Classic Movies), titulada «El complicado legado de Lo que el viento se llevó«, moderada por el historiador Donald Bogle. Tanto Bogle como Stewart son afroamericanos.

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