Inicio > Blogs > Veo, leo, escribo > ‘Vanity Fair’: Tiene que haber manera de escapar

‘Vanity Fair’: Tiene que haber manera de escapar

‘Vanity Fair’: Tiene que haber manera de escapar

No pasa año en la televisión británica sin que haya al menos una adaptación literaria de campanillas, y esta vez le ha tocado a La feria de las vanidades, un novelón de 800 páginas, publicado por entregas mensuales durante más de año y medio entre 1847 y 48 y escrito por William Makepeace Thackeray, un autor que en su tiempo era incluso más famoso que Charles Dickens. Ambientada en las décadas de 1810-20, tiene a la batalla de Waterloo como punto importante en medio de la trama, y presenta varios de los temas típicos de la narrativa británica del siglo XIX: una red tejida por los hilos del dinero, la clase social, el amor, las herencias, los parentescos y el auge y caída en desgracia, tanto social como económica, de varios de los personajes protagonistas. Vanity Fair contiene además a uno de los personajes femeninos más memorables de la historia de la literatura, Becky Sharpe, una seductora trepa social, fascinante y detestable al mismo tiempo, y que es seguramente lo más cercano que llegaron las letras inglesas a la novela picaresca, junto a la Moll Flanders de Daniel Defoe. Becky llega a decir de sí misma que “nunca había sido niña, sino una mujer desde los ocho años de edad”, y precisamente por eso es un personaje que puede ser infinitamente reinterpretado dependiendo del momento histórico en que se represente.

La versión televisiva de la ITV hecha en 2018 convierte a la rubia original de cabello del color de la arena en una morena bonita y de mirada picarona (Olivia Cooke), con cara no solo de haber roto un plato, sino una vajilla entera, pero sabiendo que haciendo un coqueto mohín de “uy, mecachis” (a veces incluso mira directamente a cámara durante uno o dos segundos como haciendo partícipe y cómplice al espectador) se le va a perdonar todo. Salida de la misma Miss Pinkerton’s Academy for Young Ladies que ella está Amelia Sedley, que es todo lo contrario que Rebecca: sencilla, buenecita, crédula, reprimida, no especialmente guapa, y por todo ello, destinada a sufrir cosas que no debería. En realidad, Vanity Fair es la historia de las dos chicas a un tiempo, pero Becky se acaba comiendo la historia casi entera, en medio de militares de tiesa casaca roja, parientes que desheredan y “reheredan” a capricho y varias confusiones entre el amor, la conveniencia, la mentira y la ocultación.

[Aviso de destripes en todo el texto]

Vanity Fair se publicó con dos subtítulos diferentes, uno durante su etapa como folletín por entregas y otro como novela recopilada. El primero de ellos era Pen and Pencil Sketches of English Society, y con él, junto con el título, se daba preponderancia a la idea de que estamos ante una obra principalmente satírica, hecha de apuntes críticos y cómicos observados al natural de la propia sociedad inglesa del momento y del pasado reciente. Tanto es así que además el texto llevaba ilustraciones hechas por el propio Thackeray. El segundo subtítulo fue A Novel without a Hero, que refleja otro tema subyacente a la obra, que es el de la deconstrucción de las convenciones literarias en vigor entonces, y es que, como veremos, Becky no es precisamente alguien a quien admirar o de quien aprender como heroína de ficción. O quizá sí.

La serie sigue la trama con fidelidad excepto en un importantísimo momento al final. Al principio incluso parece que va a tener la genial idea de incluir al propio Thackeray como protagonista, ya que el encargado de encarnar al escritor en pantalla es Michael Palin, uno de los componentes de la legendaria troupe cómica Monty Python (era Poncio Pilatos y el exleproso en La vida de Brian), pero luego se ve que él solo aparece al principio de cada episodio para presentar la serie y recapitular a modo de “anteriormente, en Vanity Fair...”. Es un desperdicio, la verdad, porque aunque la trama, llena de cosas que pasan sin parar, mantenga el interés por sí misma, al desaparecer el narrador se va con él casi toda la carga irónica y satírica de la novela original.

La feria de las vanidades del título es, obviamente, el mundo en el que vivimos, pero especialmente aquel preocupado principalmente por las apariencias, lo superficial y la diversión sin más, extendida a toda una existencia de vivir así, poniendo lo trivial por delante de lo importante. Palin/Thackeray define a esta feria al principio de cada episodio como “un mundo donde todos buscan lo que no merece la pena tener”. Y bueno, quizá sea cierto lo de que el dinero no da la felicidad y que lo material no es lo más importante en la vida y demás, pero también se puede argüir que ese es el tipo de cosas que dice la gente que no pasa necesidad. Cuando la historia trata de dos mujeres jóvenes a principios del XIX, estas cosas no se pueden resumir tan a la ligera.

Los lectores de la obra se pueden ir dividiendo según el momento en el que Becky empiece a caerles mal, y la serie en este sentido tarda bastante en llevar su grado de amoralidad y manipulación a un nivel desagradable. Sí, desde el principio Becky se pega a Emmy Sedley, la niña rica; sí, consigue que su familia de Londres la permita quedarse con ellos; y sí, intenta ligar entre los capitanes del ejército del futuro duque de Wellington o entre los acomodados funcionarios del imperio británico (entre ellos Jos, el hermano de Emmy) para labrarse un futuro como “esposa de”. Pero, ¿por qué va a ser eso reprochable? La única otra opción que le dan es un puesto de institutriz rural en Hampshire que no le apetece en absoluto, pero que se verá obligada a aceptar cuando sus primeros devaneos fracasan y ya no es bienvenida en casa de los Sedley.

¿Quizá entonces te empiece a caer gorda cuando se casa en secreto con el hijo de su nuevo empleador, que efectivamente, es un capitán del ejército? “Bueno, son jóvenes e impulsivos, pero es libre elección de los dos”, se puede pensar. Lo que la serie pasa por alto, sin embargo, es que cuando la suegra de Becky muere poco después, esta lamenta entonces haberse casado con el hijo, Rawdon Crawley, y tener que esperar a heredar, cuando de haberlo sabido se podría haber casado con el padre. Aquí ya empieza a asomar la patita la excesiva ambición de Becky. Mientras tanto, la familia de Emmy va haciendo el viaje contrario, de arriba a abajo. Los Sedley entran en bancarrota, e incluso pierden el noviazgo de Emmy con otro capitán, George Osborne, debido a que la familia de él ya no los considera dignos de tal honor. Sin embargo, otro capitán más, William Dobbin, amigo de George y un tanto pagafantas con respecto a Emmy, anima a ambos a casarse de todas formas. Lo hacen… y a George lo desheredan por desobediente.

Así que para cuando Napoleón se escapa de la isla de Elba y las tropas británicas se movilizan hacia Bélgica, tanto Becky como Emmy se han casado en secreto sin permiso con sendos militares. Sin embargo, Becky se las apaña para que los tres capitanes (Osborne, Crawley y Dobbin) se lleven a las dos esposas con ellos al continente, como hacen otros soldados, quedando embarazadas ambas. Allí George empieza a perder dinero a las cartas, a tontear con Becky, e incluso llega a escribirle una nota proponiéndole fugarse juntos. Entonces, llega la batalla de Waterloo en plan deus ex machina histórico, y en ella George muere, mientras que los otros dos capitanes sobreviven. ¿Reacción de Becky? Vender su carruaje y caballos a precios exorbitantes y hacer planes de ligarse a un francés si quien gana la batalla es Napoleón. Porque a todo esto, aún no hemos dicho que Becky es hija de artista inglés y cantante francesa, con lo cual de vez en cuando tiene que soportar algún dardo xenófobo en estos tiempos tan revueltos.

Después de la batalla, las dos mujeres se separan. A pesar de la muerte de George, William no consigue que Emmy se interese por él, y se va a la India con su regimiento. Emmy se convierte en una madre soltera humilde y abnegada, y Becky, casada con un héroe de Waterloo, alcanza la cumbre de su “carrera” cuando llega a conocer al Príncipe Regente, futuro Jorge IV de Inglaterra. Sin embargo, como madre es fría y distante, y el declive comienza cuando su esposo Rawdon es apresado por deudas… posiblemente con la ayuda de la propia Becky. Y hay que decir “posiblemente” porque hay varios momentos en la novela donde lo que se nos cuenta se hace a través de un narrador no fiable, que dice haberse enterado de tal o cual detalle de segunda o tercera mano. En esta feria, una de las principales vanidades es el chismorreo, así que corresponde a cada lector decidir si visto lo visto hasta ahora creen a Becky capaz o no de emplumar a su propio marido a cambio de quedarse con su pensión.

Varios años van pasando, y la montaña rusa vuelve a cambiar de dirección: William Dobbin, ahora ya comandante, vuelve de la India, y además, el abuelo Osborne decide acoger a su nieto, y tras su muerte convertirlo en su heredero, con un subsidio para la madre. Durante un viaje por el imaginario estado de Pumpernickel (un lugar de estilo ruritano que por inspiración sería la Weimar pre-alemana), se encuentran con Becky. Hundida y miserable, vive por las tabernas, del juego, de los hombres y de los trucos que se le van ocurriendo, pero ahora consigue que Jos, el hermano de Emmy, vuelva a interesarse por ella. William, sabedor de los tonteos de Becky con George en Bélgica años antes, se opone a que Becky se les pegue otra vez, y esta se redime un tanto mostrándole a Emmy la nota con la que George le propuso fugarse. La opinión de Emmy con respecto a su marido muerto se relaja bastante, acepta las renovadas atenciones de William, y los dos vuelven como pareja a Inglaterra. Becky se queda con Jos en el continente… hasta que este muere sospechosamente, justo después de haberle cedido a ella una porción de su fortuna como seguro de por vida. ¿Quizá es que no se había redimido tanto, y esto era parte de otro astuto plan?

Este es el detalle cambiado en la serie al que me refería al principio: en esta versión televisiva Jos no muere, y las dos parejas viven felices como perdices. Becky acaba quedando simplemente como una joven impulsiva y a veces un tanto metepatas, pero animada principalmente por su ímpetu como superviviente, no por una maldad especialmente dañina, o siquiera frívola. ¿Es posible que una heroína tan taimada y sin corazón no sea lo que se busca entre los personajes femeninos de la era del #MeToo, y que se prefiera poner el acento en lo resuelta y decidida que es en un mundo de hombres?

Una peculiaridad de la novela es que a pesar de tener a la batalla de Waterloo como punto importante, este no se nos describe, sino que se pasa por alto, quizá por lo muy conocida que era ya en su tiempo a través de interminables descripciones y novelizaciones, mientras que sí se nos habla en detalle de aquella noche de triunfo de Becky jugando a las charadas con el príncipe Jorge. La serie lo hace al revés: el príncipe se deja a un lado y, sin ser una gran superproducción, consigue un par de buenas tomas en plano corto de alguna escaramuza durante la batalla. Otro detalle en cuanto a la forma es la música del principio y del final: como ya han hecho otros, se huye de las partituras estrictamente decimonónicas, y la música de cabecera es una versión del All Along the Watchtower de Bob Dylan, que hace hincapié sobre todo en el verso “there must be some way out of here”, convirtiéndolo en el motivo central de la serie: el deseo de Becky de escapar del presente de academia y futuro de gobernanta que su sociedad le tenía reservados sin siquiera preguntarle, y además teniendo que dar las gracias por no estar peor. Becky lo que quiere es “que cada día sea mejor que el anterior”, y hasta ahí al menos simpatizamos con ella… hasta que cada uno decidirá dónde se ha pasado de la raya. Además, cada episodio cierra con una canción pop diferente, con las que se podría hacer un artículo separado estudiando cada una y las razones por las que puede haber sido escogida: Material Girl, de Madonna; Never Tear Us Apart, de InXS; Running Up That Hill, de Kate Bush (con su tambor tan de ardor guerrero); Don’t Stop, de Fleetwood Mac; Love Will Tear Us Apart, de Joy Division…

Vanity Fair, en suma, es uno de los grandes clásicos de la literatura inglesa, fue un exitazo desde el primer momento (aunque como pasa con Shakespeare, algunas alusiones históricas son difíciles de entender para los no expertos), y Charlotte Brontë, por ejemplo, era fan absoluta. Es una historia donde a pesar de que Becky Sharp se suele llevar todos los palos, los demás personajes están llenos también de defectos como la hipocresía o las ínfulas de clase superior, aunque los personajes modestos tampoco se libran de críticas. En la pantalla llegó a haber cuatro versiones solo durante la época del cine mudo, y otras tres más tarde. En la televisión británica vuelve periódicamente cada par de décadas o así, aunque hasta ahora siempre había sido hecha por la BBC, no por ITV, como esta vez… aunque con cierta ayuda de Amazon, que se deja notar en el presupuesto. ¿La moraleja? Saber hasta dónde se le permite a alguien llegar con tal de escapar del arroyo.