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‘Yo, Claudio’: Están locos estos romanos

‘Yo, Claudio’: Están locos estos romanos

Los angloparlantes (especialmente los británicos y luego los estadounidenses) siempre han sentido una gran fascinación por el imperio romano, los primeros por tener ellos mismos un imperio siglos más tarde y los segundos por librarse de él primero y luego construirse otro de una manera diferente. Ambas naciones han cultivado mucho la historia y las leyes, y aunque las han enfocado de una manera diferente que como se hizo en la península itálica, siempre se han mostrado muy deseosos de leer ejemplos de la antigüedad clásica, aunque solo fuera para escarmentar en cabeza ajena. El propio Shakespeare buceaba en ella buscando inspiración, y un ejemplo más tardío fue Robert Graves, descendiente de una familia de estudiosos sobre el folclore irlandés, que en 1934, viviendo a orillas del Mare Nostrum en Deià (Mallorca), publicó los libros Yo, Claudio y Claudio, el Dios, que frecuentemente se editan juntos hoy en día. Son un par de novelas históricas sobre los primeros años del imperio romano, escritas bajo el conocido punto de vista de unas «memorias de senectud» hechas por el propio protagonista poco antes de morir, pero siguen en muchos casos muy de cerca los textos clásicos de los historiadores Suetonio y Tácito. En 1976 la inevitable BBC adaptó ambos a una serie de televisión de trece episodios que convirtió a jóvenes promesas del teatro shakespeareano en futuras estrellas de la pantalla, entre ellos Patrick Stewart, John Hurt, Derek Jacobi y John Rhys-Davies, dejando perlas eternas para la historia de la pequeña pantalla como la odiosa Livia, el sádico Calígula o el famoso Cla-cla-claudio tartaja del que no se esperaba nada y que llegó a emperador cuando otros muchos se quedaron por el camino.

[Aviso de destripes a gladius, pilum y veneno en todo el texto]

La serie comienza en el año 24 aC, catorce años de que nazca el propio Claudio. Octavio Augusto, a los cuarenta años de edad, lleva tres años como emperador de Roma, y con sus reales aposentados en una nación demasiado poderosa como para poder ser atacada en sus núcleos principales, está preocupado mayormente por quién le va a suceder. A falta de hijo varón, dos son los candidatos principales: uno es Agripa, de la misma edad que él o como mucho un año mayor (no se sabe a ciencia cierta), uno de sus generales, amigo personal, vencedor en la importantísima batalla de Accio contra Marco Antonio y Cleopatra y promotor de la visión de Roma como una «ciudad de mármol», llena de multitud de edificios remozados y nuevos. Es decir, el currículum que solo se puede conseguir tras décadas de vida activa. Veinte años más joven es Marcelo, sobrino de Augusto, que junto con su primo Tiberio acaba de estar en las guerras cántabro-astures, viendo de primera mano cómo Roma ha llegado a ser lo que es (los veteranos de esta guerra, por cierto, son los que fundarán Mérida nada más los licencien). Por si lo de ser sobrino del jefe no es suficiente, Marcelo está además casado desde los 18 con Julia, entonces de 14 años de edad, la única hija del emperador (y por tanto prima carnal suya), y en su carrera pública ya ha batido varios récords de juventud como candidato a pretor, edil y cónsul. O más bien, se le ha permitido a él hacerlo antes de tener la edad permitida para otros. Cuanto más tiempo pasa más se inclina la balanza hacia Marcelo: Agripa es demasiado valioso sobre el terreno, y al ser de la misma edad que Augusto el tema sucesorio no se arregla demasiado. Agripa se va oliendo esto y prefiere retirarse a Lesbos, ni muy cerca ni muy lejos, con lo cual el camino parece expedito para Marcelo.

Sin embargo, hay otro personaje que tiene mucho que decir al respecto: la esposa del emperador, Livia. O mejor dicho, la tercera esposa (en la serie se la llama «segunda», supongo que para simplificar). El padre y el primer esposo de Livia lucharon contra Augusto en la guerra por el imperio, y su familia anduvo huyendo por el Mediterráneo hasta Grecia. A los veinte años de edad, cuatro más joven que Augusto, con dos hijos ya (el ya mencionado Tiberio, y Druso), y viniendo de familia enemiga, Livia volvió a Roma, Augusto se enamoró de ella nada más verla, se divorció de su segunda esposa (ya se había divorciado también de la primera) y se casó con Livia. Y Livia, madre antes que madrastra, ahora prefiere que sea Tiberio, quinto de Marcelo, quien suceda a Augusto, que para eso es su marido desde hace ya catorce años, aunque no sea el padre de su hijo. Vayan acostumbrándose a este tipo de enjuagues, porque esta época es toda una ensalada de divorcios, sobrinos, primos, madrastras, adopciones legales y codazos por el poder.

En fin, que llega el año 23 aC y hay una plaga de fiebres. El propio emperador cae enfermo y realmente llega a pensar que no va a salir de esta, pero se recupera. Quien no se recupera es Marcelo, que muere a finales de año, a los 21 de edad, diciendo las malas lenguas que Livia ha tenido mucho que ver en ello, ya que quien los atendió a ambos fue el mismo médico y con el mismo tratamiento. La serie, obviamente, no deja ningún lugar a dudas de que Livia envenenó a Marcelo. Cuando la gente se agolpa a la puerta de su casa a hacerle un escrache, ella les suelta que aquello de la república era una idiotez, que quien tiene que mandar es el que de verdad valga para eso y que si acaso quieren galos y hunos metidos en sus casas. ¿Dónde oiremos cosa similares siglos más tarde? Sea como sea, Julia no puede quedar suelta a los 18, y la casan con Agripa, 25 años mayor que ella, con quien tendrá cinco hijos en los siguientes nueve años. Si Augusto muere joven, antes de que sus nietos crezcan, Tiberio aún tiene una posibilidad de ser emperador, pero mientras Augusto se muere y no, hay que seguir siendo productivo. Se nos presenta a Tiberio, como hicieron los historiadores de la época, como alguien ceñudo y superserio que donde está más feliz es con sus soldados. Su hermano menor, Druso, le cuenta un día que la tropa dice de él «que sus entrenamientos son batallas sin sangre y sus batallas entrenamientos con sangre», y a Tiberio, por una vez, se le pone una sonrisa de oreja a oreja, lo cual refleja su necesidad de ser amado, estimado, apreciado. Además, lo que él quiere en realidad es ganarse el cetro por sus propios méritos, no por que su mamá le haya quitado los obstáculos de delante. En el 12 aC Agripa muere y Julia vuelve a casarse, por tercera vez, a los 28 años y con cinco críos ya, esta vez con Tiberio, que solo le saca tres años de edad.

A todo esto, se supone que Augusto tenía concedidos los poderes de emperador solo por un rato, mientras pasaba la crisis, y que un día se los tendría que devolver al senado, que aún se sigue reuniendo para mantener las apariencias. Druso se lo menciona antes de salir para Germania, pero Livia quiere ir en la dirección completamente opuesta: hay una gente rara del este, de Partia y Palmira y sitios así, que quiere un dios romano, y ella dice que por qué no darles el capricho y ser él mismo ese dios. Se ilustra así la división entre republicanos e imperiales que se nota en todas las partes de la sociedad romana. Cuando Livia lee una carta de Druso a Tiberio hablando de corrupción en Roma, ella decide mandarle un médico personal a Germania. Y ya sabemos lo que significa eso: una caída del caballo, una gangrena, una fiebre… y un voto menos por la república, sin llegar a cumplir los 30. Da igual que fuera su propio hijo pequeño.

Para entonces, sin embargo (9 aC), Druso ya tenía dos hijos, Germánico y nuestro narrador, Claudio, así que a partir de aquí todo ocurre ya durante su vida. Tiberio, tras la muerte de su hermano, se vuelve aún más huraño, tiene broncas con su esposa, y ambos parecen querer divorciarse, pero Augusto no lo permite, por aquello de que la esposa del César (o en este caso su hija), etcétera etcétera. Al tiempo, y como Augusto sigue sin morirse y Livia sin tener un hijo suyo (y ya acaba de cumplir los 50 años de edad), él le va cogiendo cariño a dos de los hijos de Agripa y Julia, con los que juega al Monopoly edición Mare Nostrum, y les hace leer La guerra de las Galias, y todo eso, y los ha adoptado formalmente. Tiberio, entre su propia personalidad, su desencanto con las intrigas palatinas y que su esposa, Julia, se ha dado a la vida alegre, prefiere retirarse a Rodas.

Hasta el momento solo habíamos visto a Claudio como el anciano que nos está contando todo esto desde el futuro, pero ahora aparece como un crío flaco, cojo, tartamudo y con tics en el ojo y el cuello. Un día unas águilas que se pelean en el cielo dejan caer un cachorro de sus garras, le cae a Claudio en el regazo, y el adivino que pasaba por allí esa mañana vaticina que eso significa que un día Claudio salvará a Roma. Durante toda la serie los augures tendrán un papel recurrente, medio de adivinos, medio de charlatanes, a menudo tratados con bastante ironía. Los críos de la familia se lo toman a cachondeo, excepto la madre, que por otra parte trata a Claudio como un engorro sonrojante ante las visitas. Su propia abuela, Livia, dice que le va a costar encontrarle esposa, porque «aunque la mayoría de las mujeres del mundo se casan con idiotas, en el caso de Claudio a él se le ve en la cara». Vaya vida que le espera a Claudio. Mientras lo consigue y no, Livia le está preparando una envolvente a Julia, al conseguir recopilar una lista, de más de una página, de todos los hombres que se han acostado con ella, entre ellos medio senado, varios esclavos y el hijo del antiguo enemigo de Augusto, Marco Antonio. La escena donde Augusto pasa revista a una larga fila de togados cabizbajos, lista en mano, tuvo que ser rodada dos veces, porque los actores, entre ellos un número extra de extras, se partían de la risa. En el año 2 aC, Augusto, ardoroso proponente de una limpia moral pública, exilia a su hija al islote italiano de Pandateria, de menos de dos kilómetros cuadrados, acompañada de su madre biológica, Scribonia, y sin admisión de visitantes masculinos. Jamás volverá a Roma, incluso cuando el pueblo se lo pida a Augusto años más tarde.

Mientras tanto, en unos lugares lejanos del este, cosas raras han pasado en lugares de nombres raros, como Belén y Nazaret, y resulta que ahora contamos los años hacia delante en vez de hacia atrás. Quizá sea por eso que la serie se lía al hacer que, entre los hijos de Agripa, Cayo (muerto en el año 4 dC en Anatolia) fallezca antes que Lucio (2 dC en Marsella). Sea como fuere, año tras año va muriendo gente en la línea de sucesión, y no siempre con Livia asociada a los hechos. Sin embargo, todavía queda un hijo varón de Agripa y Julia, llamado Póstumo por haber nacido tras la muerte de su padre, a quien Augusto ahora adopta… junto a Tiberio, un hombre hecho y derecho, 30 años mayor, varias veces héroe de guerra y que ahora vuelve a Roma. En la serie, Augusto se inclina favorablemente hacia Póstumo, que en la realidad al parecer tenía bastantes problemas con su carácter brutal, insolente y violento, sin interés por nada que no fuera irse de pesca. Se piensa incluso que podría haber tenido algún problema mental, y de hecho acabó también exiliado a un islote diminuto en el año 6 dC. Pero en la serie Póstumo es una nueva oportunidad para que Livia empiece a hacer complots contra él: tanto Robert Graves el novelista como Jack Pulman el guionista presentan una trama ficticia en la que Livia elimina a Póstumo de la vida pública haciendo que lo acusen de violar a Livilla, la hermana de Claudio.

Van pasando los años, y uno de los grandes del teatro inglés, Derek Jacobi, aparece ya como el Claudio joven. Jacobi, según él mismo dice, estaba bastante abajo en la lista de actores para encarnar a Claudio pero, al igual que en la vida real, los anteriores se fueron cayendo por el camino. Tras seis meses de tartamudear, cojear y sacudir la cabeza, dice que algo se le quedó físicamente durante un tiempo, y cuando años más tarde interpretó a otro tartamudo en el teatro, hubo quien le felicitó por poder encontrar otro papel que visibilizara «esa discapacidad que usted padece». Dos personajes diferentes (uno de ellos Póstumo) aconsejan a Claudio que exagere sus defectos y se haga pasar por tonto, dejando incluso que se rían de él, y esa será la tónica dominante de las próximas décadas de su vida. La serie refleja rápidamente también su interés por la historia, teniendo al mismísimo Tito Livio de preceptor, e incluso llegando a empezar una crónica de las recientes guerras civiles donde pretendía poner «la verdad» por delante de los elogios a Augusto (recordemos además que Claudio era nieto de Marco Antonio). Su abuela, Livia, y su madre, Antonia, pronto le pararán los pies.

Estamos en el año 9 dC, y ocurre la famosa batalla del bosque de Teutoburgo, donde caen tres legiones romanas a manos de los germanos de Arminio. A Claudio lo han casado con una mujer notablemente más alta que él, para cachondeo general, pero se han apañado para tener un hijo. Más adelante, sintiéndose ya en el final de sus días, Augusto hace un viaje casi clandestino a un islote cerca de Córcega, se supone que para visitar al repudiado Póstumo. Esto es históricamente real, pero no se sabe el motivo exacto de la visita o las conclusiones a las que se llegó. En la serie se hace que Augusto cambie su testamento secretamente en favor de Póstumo, como nueva manera de enfadar a Livia y Tiberio, pero lo que sí está claro es que Póstumo nunca volvió a Roma y que nada más morir Augusto en el año 14 fue asesinado, en la serie por uno de los nuevos hombres fuertes de la ciudad, Sejano, un soldado fiel a Tiberio. La escena de la muerte del emperador es una de las más impactantes de la serie, por su simplicidad: la cámara está fija durante varios minutos en el rostro de Augusto, mientras Livia le habla fuera de plano. La idea del director era que el público viera cómo la luz de los ojos de Augusto, y con él la de la Roma imperial, se apagaba ante los espectadores (de hecho, tanto se apagó que la electricidad se fue durante el rodaje de esta escena y hubo que repetirla).

Es curioso cómo fuera del Reino Unido se tiene a esta serie como uno de los grandes ejemplos de típica actuación clásica británica, mientras que allí las primeras críticas a la serie no fueron positivas en absoluto, precisamente porque se la veía sobreactuada y hasta un tanto vulgar. Sin embargo, eso exactamente era lo que se buscaba: se acabó aquello de decir todas tus frases con la mano en el pecho agarrada permanentemente al pliegue de la toga, se introdujo un sentido del humor muy negro a veces, y a Brian Blessed se le dijo expresamente que no intentara actuar como un emperador romano, sino como el típico político campechano y de pueblo que a veces aparece en todas partes, haciendo creer a los ciudadanos que es uno de los suyos. Blessed, que es un tipo de amplio corpachón, boca grande y voz campanuda, le pilló el truco en cuanto se agarró a una comparación inspirada: imagínate a los romanos como una banda de mafiosos, que han llegado a ricos a base de violencia, que aún conservan ese barro y sangre entre las uñas y esos dedazos de currante… y que a la cara se abrazan con grandes palmadas mientras se clavan hierros por la espalda (a veces literalmente). Dice Siân Phillips (pronunciado «Shan»), la inolvidable Livia, que lo que más le costó al principio fue actuar como una verdadera zorra, sin siquiera mirar a los esclavos ni decirles eso tan inglés del please and thank you, pero que una vez que esa parte se identificó como el corazón del personaje, ya fue coser y cantar. A medida que fue progresando la emisión (y mientras se terminaba el rodaje, que duró seis meses y aún no había acabado cuando la serie se estrenó) el país entero le fue cogiendo el punto.

Tiberio, así, llega por fin a emperador, a los 55 años de edad. Su madre, Livia, que pasa ahora de emperatriz consorte a emperatriz madre, tiene 73 y aún cuerda para rato. Claudio habla de su hermano Germánico como el único que intentaba controlar a Tiberio, sobre todo tras la gran popularidad que consiguió al recuperar las águilas imperiales perdidas por Varo en Teutoburgo y el desfile triunfal que se le hizo, como no se había celebrado uno en 46 años. Pero, sin elaborar mucho más, llegamos al año 19, cuando Germánico muere de una sospechosa fiebre después de una misión en Egipto. El principal sospechoso es Pisón, el gobernador de Siria, y detrás de él el propio Tiberio. En medio de las investigaciones del senado, Pisón acaba suicidándose. En la serie, Livia vuelve a ser quien organiza todo esto desde la sombra.

Tiberio, la verdad, no fue muy popular como emperador, y el cargo (y la carga) le llegó demasiado tarde, encima con la reputación de su madre aún sobrevolando por encima. Tras el affair Germánico, un clima de miedo e inseguridad se instala en Roma, al que contribuye principalmente Sejano (Patrick Stewart, con pelo y todo), ahora consejero principal del emperador y muy aficionado a los juicios por traición tras delaciones. Además, Tiberio renuncia a usar el título de emperador (prefiriendo princeps nada más) y espera que el senado sea quien interprete sus deseos como les parezca. Con el paso de los años y la muerte de su propio hijo, Druso, en el año 23, seguramente envenenado por el propio Sejano (que además se acostaba con su esposa, Livilla, la cual ayudó al asesinato), sus estadías de verano en Campania, Capri y otros lugares de la costa cada vez se harán más largas, hasta retirarse por completo y dejar el campo casi libre a Sejano y sus pretorianos. Sejano incluso consigue casar a su hermana Aelia con Claudio después de que este se divorcie de su primera esposa, lo cual es todo un triunfo social para un trepa como él. Sin embargo, Tiberio se niega a que Sejano se case con Livilla, la viuda de Druso, y empieza a fijarse en los hijos de Germánico y Agripina como sus posibles sucesores. Alarmado, Sejano intenta alejar a Tiberio de Roma cada vez más, diciéndole que ya le vigila él el negocio.

Como siempre, el problema sucesorio. La serie introduce ahora a uno de sus personajes más memorables, Calígula (John Hurt, tres años antes de que un alien le reventara el pecho), el hijo de Agripina, que en la serie le regala al princeps un libro de ilustraciones pornográficas para congraciarse con él. Con su peluca rubia y su pinta mezcla de amaneramiento y crueldad, será el gran villano de la serie cuando Livia muera, cosa que ya está a punto de ocurrir. Año 29. Livia, sintiéndose ya cerca de la muerte a los 87 años, tiene una conversación con Claudio en la que confiesa haber matado o mandado matar a Marcelo, a Agripa, a Cayo, a Lucio y a Póstumo. No sin embargo a Druso y Germánico, el padre y el hermano de Claudio («pero sí que los tenía marcados para la muerte, porque ambos estaban infectados con esa enfermedad conocida como republicanismo»). ¿Y a Augusto? «Sí, también, untando veneno en los higos que cogía del árbol». Livia confiesa todo esto a cambio de que Claudio consiga que Calígula, el hijo de Germánico a quien ella ya ha identificado como sucesor de Tiberio, la deifique, por miedo de ir al infierno si no. ¿Quién iba a decir que la superstición era el principal miedo de Livia? Quizá piensa ella que tras haberse salido con la suya tan a menudo, algún castigo tiene que recibir en algún momento, y el infierno es el peor momento para que te cornee ese toro. En otra gran escena, Calígula niega a Livia en su lecho de muerte la deificación, resaltando la crueldad de lo que viene y el desvalimiento final de lo que se va.

En el año 30, la viuda de Germánico, Agripina, la figura más adorada de la ciudad, es arrestada y desterrada junto con sus dos hijos mayores (no así Calígula, que logra escaparse a Capri, bajo las faldas de Tiberio), y en el 31 Sejano, junto a Livilla, amante suya desde años antes, se atreve contra el mismísimo Tiberio, pero es a su vez arrestado, juzgado y ejecutado por su propio número dos, Macrón (un John Rhys-Davies también casi irreconocible sin barba). Livilla es devuelta a su madre (y la de Claudio), Antonia, que la encierra y la mata de hambre, en la serie mientras la madre se sienta a la puerta de la habitación, escuchando los gritos de su hija hasta que muera, como penitencia. Tiberio despabila un tanto de su modorra y comienza una siega de partidarios de Sejano, sobre todo en la familia Julia, pero después vuelve a autoexiliarse, entre rumores de excesos sexuales con mujeres casadas y sus hijas menores. Los partos, dacios y germanos aprovechan el desbarajuste para dar mordiscos a las fronteras romanas. Según los historiadores, el día de la muerte de Tiberio en el año 37, a los 77 años de edad, Calígula estaba con él en su residencia de Miseno, en la bahía de Nápoles, y hay todo tipo de versiones tremebundas sobre los detalles del fallecimiento, alguno de ellos llegando a decir que Calígula lo envenenó aposta y que tras una falsa alarma fue él mismo quien lo remató asfixiándolo con una manta. La serie hace que sea Macrón quien se encargue, sin comentar («cuanto menos mejor») los últimos cinco años de su mandato in absentia.

Quien haya llegado hasta aquí igual ya está un poco estomagado de tanta muerte y traición, pero tanto los historiadores como el novelista y el guionista, y yo mismo, nos estamos dejando fuera aún más muertos, algunos de cierta importancia, como algún hijo de Claudio. Y lo que queda todavía. Con la muerte de Tiberio se cierra la primera gran generación de emperadores, y de actores en la serie. Dado que cada actor iba a comenzar y terminar su papel en la miniserie en momentos diferentes, en lugar de hacer una fiesta de final de rodaje se hizo una de comienzo de rodaje, donde se encontraron por única vez todos los participantes. John Hurt, que hasta entonces no estaba muy convencido de hacer un personaje tan controvertido como Calígula, aceptó finalmente, maravillado al verse rodeado de tanto talento. Y razón tenía al andarse con precauciones, porque hasta ahora hemos tenido cadáveres y venenos, a ratos casi como en una novela de Agatha Christie, pero a partir de ahora las procacidades de Calígula incluirán besar a su abuela en la boca mientras le acaricia un pecho, bailar maquillado de mujer, creerse un Zeus en la Tierra, preñar a su medio hermana, y matarla al intentar sacarle el feto con una espada. Esta escena fue censurada y re-editada y los recortes se perdieron, de modo que nunca se ha podido reconstruir más tarde. Todo esto era demasiado para una televisión pública de los años 70.

La gente estaba tan harta ya de Tiberio que se recibió a Calígula como un mesías, que además empezó a gastar los millones de sestercios que Tiberio había dejado en la tesorería: pagas extra a los militares, sacrificio de hasta 160.000 animales, juegos públicos… A todo esto, Tiberio había nombrado sucesor suyo a Calígula junto a su nieto de 16 años, Gemelo, pero Calígula aprovechó la primera excusa posible (ponerse enfermo y echarle la culpa al mozo) para deshacerse de él, condenándolo a que se suicidara, junto a Macrón, por sospechosos de complot contra él. Tras los primeros seis meses de juerga, volvían las muertes políticas: el suegro y el cuñado de Calígula, Silano y Lépido, fueron ejecutados, una de las hermanas de Calígula muere de fiebres y las otras dos son desterradas, y Antonia, la madre de Claudio y abuela de Calígula, decide suicidarse ante tanta ponzoña en Roma. Luego, Calígula le mete mano a un senado que ya se había acostumbrado a mandar sin emperador, y también hace criba de senadores, imitando al odiado Sejano. Sus extravagancias empiezan a subir de número y de tono. Lo del caballo senador, Incitatus, no está confirmado históricamente (seguramente no ocurrió), pero es irresistible presentarlo en pantalla. También se toma la licencia de que Calígula haga que Claudio se case con Mesalina, su prima carnal, solo para echarse unas risas. Al final, durando menos de cinco años al mando, Calígula es asesinado por una facción de la guardia pretoriana, con la aquiescencia más o menos generalizada del senado y el ejército, y a su mujer y su hija de un año también las matan.

Claudio, que se libra de la escabechina, otra vez, en esta ocasión oculto tras una cortina, resulta ser casi el único de sangre imperial que queda vivo, y dado que se le ve como una figura inofensiva, y con la edad no tan inútil como se lo había vendido, se le nombra emperador en el año 41, a los 51 de edad (Derek Jacobi ya llevaba varios episodios con maquillaje de anciano, y dice que tras ponérselo a las seis de la mañana, cuando se lo quitaba a las diez de la noche ya le estaba saliendo barba, y para quitárselo tenía que meterse en una bañera de agua caliente para reblandecerlo). Su primera medida es hacer ejecutar a los asesinos materiales de Calígula, y la verdad es que durante su mandato habrá también un buen número de muertes y condenas, algunas debidas a intentos de asesinarlo. También deifica por fin a su abuela, Livia. Hablando de Livia, Mesalina le anuncia a Claudio su intención de ser «la Livia de tu Augusto», dado su conocimiento del senado. Esto, obviamente, va con segundas, ya que la serie acepta la leyenda que nos ha llegado de que Mesalina era una ninfómana que se acostaba con todo el mundo y que incluso gana a las prostitutas profesionales en cuanto a resistencia. Dado que los historiadores antiguos que nos cuentan todo esto lo hacen desde un punto de vista muy interesado (en cuanto al éxito de público, y también en cuanto a quién adulaban y criticaban), se recomienda no creerse todo lo que cuentan ni tal como lo cuentan. Sí que es cierto, sin embargo, que Mesalina llevó el asunto demasiado lejos al casarse medio en serio medio en broma con el senador Silio, su último amante, y montar un fiestón mientras Claudio estaba ausente. Los historiadores dudan de si Claudio realmente la quería condenar a muerte o sus enemigos la mataron antes de que el emperador cambiara de opinión. La serie lo resuelve haciendo que Claudio firme la orden de ejecución tan borracho que a la mañana siguiente no lo recuerda.

El affair Mesalina se lleva por delante casi todo el metraje de los trece años de Claudio como emperador, que en la serie transcurren en medio de un declive físico y una melancólica tristeza creciente, sobre todo tras la muerte del único amigo que le quedaba, Herodes Agripa, que lleva toda la serie entrando y saliendo entre Jerusalén y Roma, comentando la jugada con tono de judío forastero. La realidad fue mucho más movida, con multitud de proyectos públicos, la conquista de Britania (el hijo varón de Claudio se llamó Británico en honor al hecho), los debates en el senado, el presidir personalmente sobre casos judiciales, cosa que le fascinaba, y la escritura de varios libros y documentos que no nos han llegado.

El último episodio está dedicado, otra vez, a una cuestión sucesoria, esta vez la del propio Claudio. Claudio se casa por cuarta vez, en esta ocasión con su propia sobrina, Agripinila, que ya tiene un hijo, Nerón, al que Claudio adopta como sucesor. Pero ¿y Británico? Pues Británico ha crecido con un padre que mandó matar a su madre y que además creía que en realidad no era hijo suyo, sino de Calígula, pero el plan de Claudio es que Nerón gobierne tras él, que sea un auténtico desastre y que Británico entonces vuelva a Roma a salvar al imperio. Pero no cuela: Agripinila, habiendo conseguido de Claudio todo lo que quería, lo envenena, y el regordete y mofletudo de Nerón será el nuevo emperador. En una escena que no aparece en todas las ediciones de la serie, Agripinila tiene tan mimado a su hijo que cuando una chica no le hace caso, es ella quien lo consuela… sexualmente. Claudio, al menos, muere sabiendo ya que todo esto se le venía encima, tras tantos años viendo pasar lo mismo una y otra vez: lo que buscaba Agripinila, lo que iban a hacer con él y lo de que Roma no paga a traidores.

No olvidemos, a todo esto, que esta serie es una versión de cuarta mano, hecha dos mil años más tarde, de cuanto ocurrió originalmente. Primero está lo que pasó realmente, después está lo que escribieron los historiadores romanos, a menudo muchos años después, luego está lo que novelizó Graves con los materiales anteriores y su propia imaginación, y por último está el guion de Pulman, hecho para espectadores de finales del siglo XX, que viven en otro lugar y hablan otro idioma, habituados a una dieta televisiva a base del culebrón casero Coronation Street. Es decir, que los personajes históricos originales acaban reducidos a trazos gruesos, a veces de pantomima: está el emperador campesino (¡ese sombrero de paja!), está la harpía manipuladora, está el soldado adusto, recto y sombrío, está el tullido inteligente, están los futuros emperadores degenerados, está la joven libidinosa y la sociedad represora que la castiga (a menudo en forma de otra mujer de su entorno)… Casi todos los personajes aquí tienen su exagerado papel de marioneta de guiñol, lo cual por otra parte no quiere decir que sean recortables de dos dimensiones: el talento de los actores es demasiado grande, tanto que hace olvidar las limitaciones técnicas de todo el proyecto. No hay ni una sola escena rodada en exteriores (ni siquiera cuando se «sale» a un triste jardincillo), las muchedumbres que se supone que aplauden en el circo y el senado no se ven nunca y solo suenan grabadas en off, el maquillaje de los personajes ancianos da muchísimo el cante, las pelucas son atroces, las llamas de las velas producen relumbrones rojizos en la pantalla, la iluminación es demasiado intensa, los actores se echan sombras uno encima de otro, y a veces hasta se ve la silueta de la cámara… En fin, que comparado con lo que se podría considerar como su «precuela», Roma, rodada en 2005 en coproducción con la HBO y la RAI, Yo, Claudio es claramente teatro rodado para televisión, pero una vez que esto se acepta, las limitaciones se convierten en genio, concentrando la atención en el lenguaje y las interpretaciones, que es como comenzó todo en la historia de este arte, antes de cubrirse con los ropajes del espectáculo visual. Además, los actores parecen personas de verdad, no depilados modelos de pasarela, como ahora. En definitiva, esta es la serie que Mary Beard, la gran experta contemporánea en la Roma antigua, llama «incluso mejor que los libros».

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