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Looking for Paddy (IX): Epidauro (Primera Parte): Salvando a un príncipe

Looking for Paddy (IX): Epidauro (Primera Parte): Salvando a un príncipe

Desde Porto Jeli enfilo la Epar. Od. Ligourio hacia Micenas bajo el tórrido sol con las cuatro ventanillas abiertas, mientras el aire cálido y mentolado inunda el coche de agujas de pino. Compruebo en el mapa que el mar queda a la mitad de camino, así que decido retrasar la visita a la ciudad de Agamenón e ir directa a Nauplia, el antiguo puerto de Argos, una parada perfecta y fermoriana. De agitada memoria, este lugar ha pasado por manos romanas, bizantinas (época en la que se transforma en fortaleza), francas y venecianas. La República compra la ciudad en el siglo XIV, la pierde durante la ocupación otomana, pero como no hay nadie, ni siquiera los poderosos otomanos, que puedan con la Serenísima, vuelve a recuperar Nauplia pavimentando de mármol sus calles y dándole el aire neoclásico que ahora tiene.

Sentada en la playa bajo unas inesperadas nubes negras, miro las montañas que festonean el horizonte hacia Lerna y recuerdo que, atrapada bajo una de esas rocas, espera su venganza la última cabeza de la Hidra, tan viva como el mito.

"Recuerdo que, atrapada bajo una de esas rocas, espera su venganza la última cabeza de la Hidra"

Una muchacha con pantalón vaquero corto y pelo recogido en dos trenzas pasea descalza por la arena vendiendo tiropitas y botellas de agua. Le hablo en inglés, pero no me entiende, y da igual, porque al final terminamos riendo, yo con una bolsa de papel repleta de ese pequeño manjar griego y ella con un billete que se guarda en el bolsillo trasero. “Sas efcharistó”. Mastico la deliciosa empanada todavía caliente mientras observo alejarse a la chica con la cesta en la cabeza, esbelta como una columna corintia sosteniendo las nubes. No puedo evitar pensar en Paddy y en que, sin duda, éste la habría invitado a almorzar de inmediato. Eso sí, comprándole antes todas las tiropitas de la cesta con el dinero prestado por un amigo.

Por desgracia, los recuerdos que Fermor conservaba de Nauplia no estaban vinculados a mujeres, sino a la guerra. Antes de secuestrar a un general alemán en Creta, Paddy salvó a un príncipe en estas aguas, no lejos de Nauplia.

Paddy Leigh Fermor

Paddy con lugareños

Era la primavera terrible del 41, los alemanes habían cruzado el Danubio agolpándose en la frontera de Bulgaria con Grecia, y pocos días después el príncipe regente yugoslavo firmaba el Pacto Tripartito con todo el pueblo revuelto, indignado, abucheando y maldiciendo al embajador alemán por las calles, algo que pagarían bien caro unas semanas después, bajo la lluvia de bombas que la Luftwaffe escupió con saña sobre la ciudad de Belgrado, como queriendo borrarla del mapa. Hitler y sus tropas avanzaban desde oriente en doble dirección sobre Grecia y Yugoslavia, llegando hasta Salónica, mientras en Atenas la población, aterrorizada, trataba de ganar tiempo y escapar de aquella trampa huyendo por la estrecha carretera y los campos desolados hacia Corinto, puerta occidental de Europa.

"En dirección contraria a los millares de civiles que huían, Paddy avanzaba hacia el enemigo como un Hércules hacia la Hidra"

En dirección contraria a los millares de civiles que huían, Paddy avanzaba hacia el enemigo como un Hércules hacia la Hidra, pues le habían encomendado una importante misión. Debía reunir a un grupo de hombres, provisiones y un equipo de radio y dirigirse a Sunio, donde le esperaba el Aghia Varvara, un antiguo barco de pesca transformado en yate y equipado con ametralladoras, del que tenía que asumir el mando. Una vez en él, las instrucciones eran muy claras: evacuar al príncipe Pedro, nieto del rey Jorge I, y a cualquier otro miembro de la familia real griega que estuviese en peligro. Por supuesto, Paddy había trabado una singular amistad con el príncipe, amante de la antropología y especialista en el Tibet, antes de la guerra, en aquellas noches atenienses de amigos y retsinas que ahora parecían tan lejanas como si formasen parte de los recuerdos de otra vida.

Al final, el príncipe pudo escapar en un hidroavión, pero el resto del equipo que Paddy había reclutado así como algunos de los asistentes del príncipe, luego íntimos de Paddy, Peter Smith-Dorrien, su superior en esta misión, y el teniente Philipp Scott, se hicieron a la mar para dar cobertura a la retirada.

Paddy de uniforme

Luftwaffe

Belgrado, 1941

El destino era Myli, al otro lado del golfo de Nauplia, pero la navegación en mar abierto era casi impensable, pues los Stukas dominaban el cielo, incendiando la tierra, como aquellas aves terribles del Estínfalo. Navegaban, pues, al abrigo del golfo de Nauplia y siempre de noche, a la luz de los barcos que ardían en los puertos que iban dejando atrás, ahuyentando el frio de las guardias y el miedo a morir con tragos de champaña de unas botellas que “alguien” había logrado salvar del desastre. Un gesto que llevaba la firma inconfundible de Paddy.

"Con él se había hundido su amado libro de las Odas de Horacio, olvidado a bordo durante los ataques"

Cuando el yate arribó al puerto de Leonidión, los bombardeos se habían recrudecido y el pueblo estaba siendo arrasado por la artillería. Una de las ráfagas destruyó el equipo de radio y poco después, cuando el sol a punto estaba de rozar el horizonte, un torpedo lanzado desde el aire hundió el Aghia Varvara. Afortunadamente, todos salvaron la vida, aunque Paddy permanecía silencioso y oscuro, sin retirar la vista del yate que descansaba ya en el fondo del agua clara, pues con él se había hundido su amado libro de las Odas de Horacio, olvidado a bordo durante los ataques.

Después de tres días, consiguieron un bote de remos en el que pudieron huir a Kiparissi, donde trataron de hacerse con un viejo barco de pesca que finalmente adquirieron pagando una suma desorbitante. Como cabía esperar, el motor falló en mitad de la travesía, con la suerte de que pudieron alcanzar Velanidion y repararlo allí, de donde partieron a las pocas horas.

Nauplia, Peloponeso, Grecia.

Pasaron toda la noche navegando batidos por las olas altas como muros, soportando la amenaza de los vientos feroces salidos directamente de la sagrada bolsa de Eolo. El motor volvió a fallar, pero la fortuna, que acompaña a los valientes, les sonrió de nuevo, pudiendo alcanzar la isla de Anticitera, desembarcar y dirigirse a pie hasta un pueblo cercano. Allí, los dioses benefactores del Mediterráneo les tenían preparada la penúltima sorpresa: una magnífica embarcación confiscada, a punta de pistola, por un capitán griego que accedió a llevarlos hasta Creta.

"Las llanuras de la Argólida, con sus construcciones titánicas en mitad de la nada seca y amarilla"

Una vez recuperados de esa aventura digna de Odiseo, el superior de Paddy, Smith-Dorrien, redactó su informe, que no puedo dejar de reproducir aquí, por ser fiel reflejo de la personalidad del viajero:

“Quisiera hacer especial mención de la excelente labor realizada por Leigh Fermor y Scott en sus respectivos campos de acción. Resulta inimaginable creer que hubiésemos podido seguir adelante con la operación de no ser por la capacidad persuasiva y la habilidad oratoria del primero, pues gracias a él obtuvimos víveres y transporte”.

Tocaba ponerse en marcha hacia Epidauro, a poco menos de media hora desde Nauplia por la EO70. A medida que me alejaba del mar, adentrándome en las llanuras de la Argólida, con sus construcciones titánicas en mitad de la nada seca y amarilla, tenía la sensación de abandonar el mundo de los héroes y sus cuitas, sometidos como hombres que son a los vaivenes de las olas, y adentrarme en la tierra de los dioses, inmortalizados en estas inhumanas arquitecturas de piedra.

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Capítulo I: Atenas. Una habitación con vistas

Capítulo II: Tabernas, amigos y una princesa

Capítulo III: Atenas era una fiesta

Capítulo IV: El canal de Corinto y la muerte de Lord Byron

Capítulo V: Historia de unas pantuflas por el camino de Teseo

Capítulo VI: ¡Galatas, Lemonodassos!

Capítulo VII: El equipaje del viajero y la isla de Hydra

Capítulo VIII: Hydra de ida y vuelta

Próxima semana: Epidauro: (Segunda Parte) 

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