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Los autores de fantasía no quieren ser estrellas del pop

Los autores de fantasía no quieren ser estrellas del pop

Esta semana hemos tenido demasiadas dosis de mundo real, que suele ser en lo que centro mis columnas; algo que no deja de resultar paradójico, siendo un escritor que, de un modo u otro, siempre emplea la fantasía en sus escritos. La razón es que me sirve de puerta de huida. No hace falta ser ningún genio para entender esto. Y aunque tengo bastantes temas de los que tratar en el borrador, en esta ocasión prefiero usar este pequeño espacio para proporcionar a quienes se acerquen a él una brisa diferente. Ya otros os hablarán del ataque al capitolio de Estados Unidos sin vivir aquí siquiera —“aquí”, para el lector español, es Estados Unidos—, habrá quienes sin tener la formación inmunológica apropiada —actualización: un epidemiológico es un inmunólogo con conocimientos de estadística— analicen las vacunas frente al covid, and so on and so forth. Vivimos en un mundo salvaje, que diría Cat Stevens, antes de cambiarse el nombre a Yusuf, un mundo en el que yo, que prefiero ser entendido en nada, quiero hablar un poco de literatura de fantasía. Esto ya lo he hecho en este espacio en una ocasión anterior. Pero lo que me interesa exponer en este caso es el proceso creativo.

En concreto quiero hablar de aquellos autores que han tenido la buena fortuna de verse transformados en fenómenos de masas. Muchos de ellos han sobrevivido durante años con unas obras que a malas penas lograban proporcionarles ingresos suficientes para mantenerse sin necesidad de dedicarse a otros oficios. Y no es que sus obras anteriores no merecieran la pena. Como lectores estamos mal acostumbrados a leer solamente aquello que las grandes editoriales tienen a bien presentarnos. En el mercado hispano en concreto, una editorial no se arriesgará JAMÁS a publicar a un autor novel en el género de fantasía, por bien que escriba o novedosa que sea su obra. Por cierto, lo de la originalidad en la literatura fantástica es meritorio de otro artículo: el plagio es tan condenable como la falta de imaginación en un escritor. Existe la alternativa, que algunas personas están poniendo en circulación por Twitter, de leer obras de fantasía autopublicadas. Aún no he tenido ocasión de formarme una opinión al respecto. Aunque parece una ruleta rusa, me siento tentado de probarlo solo por restar ingresos a las grandes empresas.

"Martin y Rothfuss han tenido que sufrir el acoso inagotable de lectores desconsiderados, que creen que el autor se debe a ellos"

Regresando a la línea principal, las editoriales de importancia únicamente publican aquellas novelas que les llegan sustentadas por buenas cifras de ventas en el mercado anglosajón. Y lo que funciona suele ser lo que ya se conoce. Así, nos quedamos sin la posibilidad de conocer nuevos mundos, formas innovadoras de abordar la fantasía. No piensen que poseen un gusto específico en lo que a fantasía se refiere, porque todos leemos lo mismo. Las editoriales son el demonio. Hubo un tiempo, antes de que yo naciera, en que no pertenecían a grandes conglomerados empresariales sin alma, dirigidas por editores sin pajolera idea de la historia del género en el que trabajan e ignorantes del concepto de identidad de sus lectores. Por aquel entonces la abundancia de mundos fantásticos era mayor, existía una riqueza saludable, una vulgaridad saludable en su diversidad. Pero conforme señores con mucho dinero y poco amor a las letras depredaron sobre las diversas editoriales, esta aventura de invertir en obras de valor indeterminado —nadie puede predecir qué aclamará el público— se fue convirtiendo cada vez más en material para películas y poco más. Hoy día la industria de la literatura fantástica publica clones, bajo patrones universales, no importa si su casa es Penguin, Planeta, o la sobaca de la Filomena. Atrás queda aquello de “calidad como cualidad”, dicho por el Zatu.

En medio de este ambiente literario, digno de oprobio, nos han presentado a George R. R. Martin, a Patrick Rothfuss, a Brandon Sanderson, etc. De estos tres, solo el último presenta un ritmo de producción capaz de satisfacer la constante demanda de un consumidor que tan solo degusta un tipo de novela. Pero otros, como Martin y Rothfuss, han tenido que sufrir el acoso inagotable de lectores desconsiderados, que creen que el autor se debe a ellos. Pocas veces se aborda esto con la seriedad necesaria. Espero que ustedes coincidan conmigo en lo de no comprender qué clase de tarado chupapilas puede creer que pagar por un libro le da derecho a exigir a su creador una producción concreta o el modo de invertir su tiempo. En España, esta clase de lectores colgados son menos abundantes. Es más frecuente en el país donde un pirado con una pelleja de vaca allana el capitolio que haya quienes acosen a escritores consagrados por redes sociales para tratar de acelerar la próxima llegada de su libro. No se lo tomen a broma y piensen en otros géneros. No me imagino a nadie acosando a Pérez-Reverte por Twitter para que termine ya el libro que está escribiendo, o a hordas acampando frente a la casa de Paul Auster para que emplee su tiempo en escribir más y vivir menos. Los escritores, caballer@s, no son políticos. No les pagamos un sueldo. No nos deben nada. Y si de verdad los valoramos y apreciamos su obra, debemos respetar su proceso creativo.

"Pocos verterían una lágrima si la literatura de fantasía terminara el proceso de muerte espiritual iniciado por las editoriales y el consumo de masas"

En muchos casos un proceso creativo no es susceptible de ser descrito de forma uniforme. Cada persona tiene el suyo, cada día impone uno, cada novela, capítulo y estación del año llega con una productividad y unos bloqueos creativos nuevos. En el caso concreto de la fantasía, el esfuerzo de crear un mundo nuevo, con razas ficticias y normas sociales completamente inventadas, que funcionen de forma coordinada y lógica a lo largo de toda la serie, así como un entorno mágico que no haya sido ya descrito, que cause maravilla y no aburra, es altamente exigente. Hay que dedicar muchas horas a describir y detallar todo. Los autores de fantasía a menudo somos extremadamente obsesivos, lo que lleva a contar con el conocimiento de hasta el más mínimo detalle de ese mundo que estamos creando. Incluso aunque no vayamos a emplearlo. Pero es que el primer paso para hacerles creer que la historia que narramos es real, para afianzar ese pacto ficcional, es creérnoslo nosotros mismos. Sé, por experiencia propia y de boca de otros escritores con quienes he podido conversar de esto, que a menudo se pueden dedicar meses hasta que la solidez del mundo sobre el que vamos a trabajar es lo bastante fuerte como para poder entregarnos a la tarea de narrar. ¿Imaginan qué hace que queramos dedicar tanto tiempo de nuestra vida a una actividad que, bien por las editoriales, bien por los lectores, los más intolerantes del mundo, se hace muchas veces ingrata? La ilusión. El cosquilleo que experimentamos al despertar y sentir que el día no va a ser una sucesión anodina de horas hasta que llegue el momento de cerrar los ojos de nuevo para iniciar el ciclo de nuevo, sino que tenemos por delante horas de trabajo, de inmersión en una historia que nos alienará la mente y nos hará sentir experiencias que ningún libro que leamos podría despertar en nosotros. Pero, como es lógico, esta actividad consume mucho. Hay escritores, como Rothfuss o Martin, extremadamente sensibles para todo este asunto. No puedo ni imaginar cómo les afecta la tensión de escribir una historia que será leída por millones de personas. Incluso aunque uno sea una persona poco impresionable, el equilibrio imprescindible para desarrollar la historia, aquel del que se sirvieron al comienzo para crear los primeros libros, se verá inevitablemente alterado por factores relacionados con el éxito de sus libros. Rothfuss lleva siete años de atraso con la conclusión de su trilogía, mientras que Martin tampoco es que se esté dando prisa para publicar la sexta entrega de Canción de hielo y fuego, Vientos de invierno. Ambos autores tienen una personalidad parecida. Son personas recogidas, celosas de su privacidad, con imaginaciones muy fértiles, herramienta que han usado en sus vidas para protegerse del mundo exterior. Esto ha condicionado y hecho posible la creación de sus exitosas sagas —dejando de lado el asunto crítico de la originalidad—. No está de más que nos hagamos conscientes de que mediante la excesiva exposición de estos autores, presionándolos y faltando a su derecho a la intimidad, estamos afectando al resultado final de los libros, algo que, en mi opinión, nunca debería suceder, pues un lector de género fantástico desea leer lo que produzca la imaginación del autor de ese libro que tanto ha disfrutado.

La literatura fantástica es diferente a los demás géneros en muchos aspectos. Uno de ellos es el propósito con el que se escribe. Mediante la presión popular y el acoso a sus autores, estamos dañando la esencia de la literatura de fantasía, la estamos vulgarizando. Somos especialistas en matar demasiadas cosas, y en no percatarnos o disimularlo. Y pocos verterían una lágrima si la literatura de fantasía terminara el proceso de muerte espiritual iniciado por las editoriales y el consumo de masas. Pero qué menos que dedicarle aquí unas palabras. El alma de la literatura fantástica no solo es la maravilla; es la privacidad, la calma, el refugio que muchos encontramos en mundos que nunca nos serán comunes. No importa cuántos lectores tengan. Ahora la cuestión es si ese alma sobrevivirá a la era de las extinciones.

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