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La música: revolución permanente

La música: revolución permanente

Ted Gioia, compositor, pianista y musicólogo, publica La música: Una historia subversiva, ambicioso ensayo sobre el potencial transgresor de este arte y su cíclica rentabilización por parte del poder

¿Qué une a los cátaros con el punk? ¿Y a algunos rituales mesopotámicos con los vídeos pop de YouTube? ¿Qué vínculos pueden establecerse entre Eurípides y Sid Vicious? ¿O entre los poemas de Píndaro y el hip-hop? “En realidad, el propósito de la música nunca cambia. La gente la utiliza para buscar el éxtasis, y eso era así hace miles de años en la antigua Mesopotamia y lo es hoy en las fiestas de baile de Ibiza. La gente quiere la música para el romance, y eso era así en la antigua Roma como ahora, en los tiempos modernos. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual. Uno de los objetivos de mi libro es identificar los patrones recurrentes”. El libro es La música: Una historia subversiva, recientemente editado por Turner, y su autor, quien responde a las preguntas de Zenda, Ted Gioia (Palo Alto, 1957), músico, compositor e historiador.

A lo largo de sus ya numerosos trabajos académico-divulgativos, Gioia ha profundizado en las entrañas de la música, en aquello que está más allá de su carácter lúdico. Lo hace de nuevo en este ambicioso tratado sobre su potencial transgresor, que completa una suerte de tetralogía precedida por Work songs (2006), Healing songs (2006) —ninguno de ellos traducido al castellano— y Canciones de amor (Turner, 2016). “Muestro cómo la música siempre ha estado conectada con el sexo y la violencia. En otras palabras, la música es creativa o destructiva. Esto sucede incluso con los animales. Los pájaros utilizan canciones para encontrar pareja, pero también lo hacen para defender su territorio. Hay investigaciones que han demostrado que si privas a los pájaros de su canto no pueden proteger de los intrusos las áreas donde viven. Puede parecer extraño que las mismas canciones se usen para el amor y para la guerra, pero encontramos idéntica analogía en la historia de la humanidad. El toque de tambor puede marcar el ritmo de una marcha militar o el de la seducción entre dos amantes que bailan en una discoteca”.

Ted Gioia

La tesis principal que defiende en este apasionante estudio de 551 páginas es que la música siempre nace en los márgenes de la sociedad para quedar luego sujeta a un lento proceso de institucionalización. “Contar historias puede parecer una forma más de entretenimiento, pero estas canciones podían suponer la diferencia entre la vida y la muerte, dando lugar a guerras, escapadas románticas y muchos otros acontecimientos trascendentales. Si uno encontraba una forma de controlar estas canciones, podía moldear el comportamiento de comunidades enteras y proteger su estatus o su posición de autoridad”, escribe, remontándose al Neolítico.

"El arte siempre es más poderoso que la política, pero sólo a largo plazo. Las autoridades políticas y religiosas tratan de detener la innovación"

“Uno de los principales objetivos de este libro”, prosigue en páginas posteriores, “es mostrar cómo ciertas tradiciones musicales respetables que ahora se asocian con las élites culturales en realidad proceden de ambientes marginales, como los de los esclavos, los bohemios, los rebeldes, los campesinos y otros individuos que viven en la periferia de la sociedad”.

El proceso se repite a través de los siglos: la tensión inicial entre el arte y el poder acaba desembocando en la legitimación de la obra y en su rentabilización por la autoridad. No obstante, Gioia no se deja llevar por el pesimismo. “El arte siempre es más poderoso que la política, pero sólo a largo plazo. Las autoridades políticas y religiosas tratan de detener la innovación. Sucedió con el rock, el jazz, el tango, el blues y muchas otras formas de expresión, pero la música siempre sobrevive. Mire la historia de Stalin y Shostakovich: el dictador le obligó a disculparse por sus composiciones, pero hoy Stalin está desacreditado y la música de Shostakovich es más popular que nunca. Incluso la gente más poderosa del mundo no tiene fuerza suficiente para neutralizar formas excitantes de hacer música”.

El amplísimo recorrido alrededor del vigor de la música como agente de cambio parte de la Antigüedad y alcanza hasta el presente más inmediato, en los departamentos de investigación de Silicon Valley. Platón y Aristóteles ya temían a la música, pues percibían con nitidez su potencial subversivo. Hay en ella una singularidad respecto a otras artes a la hora de nutrirse en los arcenes de la sociedad. Mientras la innovación en la pintura y la escultura casi siempre ha venido propiciada por acaudalados mecenas, o la novela se proyectó gracias a empresas que empezaron a crear riqueza después de la Revolución Industrial, “la música sigue unas reglas distintas y lo hace de un modo casi desafiante”.

"La música popular fue el primer ámbito importante de la sociedad norteamericana en el que se acabó con la segregación racial"

Gioia, que ha indagado en distintas obras alrededor de la historia del blues y del jazz, se detiene en el potencial subversivo de ambos géneros. “Podemos plantearnos esta pregunta: ¿qué zona de Estados Unidos era la más aislada y empobrecida y peor equipada para poner en marcha una revolución cultural en las primeras décadas del siglo XX? La respuesta es el estado de Misisipi, donde la pobreza estaba muy extendida y donde la renta per cápita era la más baja de todo el país. […] Durante la época de gloria del blues del delta del Misisipi, tenía la menor cantidad de automóviles, teléfonos y radios de toda la nación. Incluso la electricidad escaseaba en ese estado: todavía en 1937, cuando una leyenda del blues de Misisipi, Robert Johnson, hizo sus últimas grabaciones, sólo el 1% de las granjas de este estado tenían acceso a ella”, escribe.

Recuerda el autor cómo Benny Goodman empleó su carácter de ídolo de masas para luchar contra la segregación racial en Estados Unidos, adelantándose una generación antes de que el Congreso aprobara la Ley de Derechos Civiles, y cómo Louis Armstrong se enfrentó a Dwight D. Eisenhower por negarse a imponer la integración escolar en Little Rock, Arkansas. “La música popular fue el primer ámbito importante de la sociedad norteamericana en el que se acabó con la segregación racial, y las superestrellas del jazz fueron quienes abrieron camino”.

"Los raperos y el estilo de vida del hip-hop proporcionaron una nueva subversión"

Más cerca en el tiempo, a finales del pasado siglo, el nacimiento del hip-hop fortalece los argumentos de que los sectores más desfavorecidos son los nutrientes del cambio. Los ejecutivos de las firmas discográficas más importantes trabajaban a escasos 15 kilómetros de la cuna de este movimiento, apunta Gioia en el libro que nos ocupa, “pero podrían haber estado viviendo en otro planeta”. Con el 20% de las viviendas sin agua corriente y la mitad sin calefacción permanente, con la tasa de mortalidad infantil doblando a la del resto del país y un desempleo juvenil por encima del 40%, sólo prosperaban las pandillas. Alrededor de cien se repartían el control del Bronx, agrupando a más de 10.000 jóvenes. En ese contexto se gestó el hip-hop. “Los raperos y el estilo de vida del hip-hop proporcionaron una nueva subversión, una música alternativa para la revolución permanente”, escribe Gioia, haciendo uso de la expresión trotskista que en cierto modo vertebra algunos de los principales argumentos de su obra.

Gioia discrepa sobre un progresivo debilitamiento del carácter contestatario de la música con respecto a aquel del que también hizo gala años después, como en la rebelión de Stonewall por los derechos de los homosexuales, o durante la Guerra del Vietnam. “La música está jugando un papel importante en protestas alrededor del mundo. En Hong Kong, por ejemplo, hay poderosas canciones de protesta que unen a la oposición frente al Gobierno. Casos similares pueden encontrarse en Oriente Medio, en Rusia, en Etiopía, en Tailandia y en muchos otros países”, argumenta.

"No hay razón por la cual los músicos permitan a las compañías de Silicon Valley dictar todas las reglas"

Inevitable abordar las transformaciones que la pandemia del Covid-19 ha provocado en el consumo de música y la previsible erosión sobre su fuerza transformadora. “Hasta recientemente la música fue siempre parte de una experiencia social, comunitaria. La gente iba a bailes, cantaba en coros o acudía a conciertos, siempre con otras personas. La música formaba parte de nuestras vidas compartidas. En la actualidad, para la mayoría de la gente, la única relación con la música se establece a través del teléfono o de alguna aplicación digital. Incluso antes del Covid-19 la tendencia era ésta, pero la pandemia ha acelerado el proceso. Es un cambio profundo en la cultura musical. También se producirá una rebelión contra esto, pero en el camino muchas salas y recintos desaparecerán”.

El autor asume un presente desalentador, donde los actores más poderosos de la música son compañías tecnológicas como Apple, Google, Spotify o Amazon, “empresas que consideran que las canciones son un mero contenido, un ingrediente más en un modelo de negocio mucho más amplio”. ¿Hay, entonces, alguna razón para la esperanza en una situación semejante, donde, además, los algoritmos de las plataformas digitales tratan de manipular a los oyentes?

“No hay razón por la cual los músicos permitan a las compañías de Silicon Valley dictar todas las reglas. Los músicos podrían poseer sus propias plataformas digitales de distribución. Dudo que esto suceda, pero podría ocurrir”, concluye.

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