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A propósito de las listas anuales de los mejores libros publicados

A propósito de las listas anuales de los mejores libros publicados

O la rara habilidad para escribir un artículo que no va a gustar a nadie

Hay opiniones que es necesario compartir aunque no van a resultar satisfactorias para una mayoría, y me da la impresión de que esta es una de ellas. Hace años que no participo en la elaboración de las listas de “Los mejores libros del año….”; antes, con menos conocimiento del funcionamiento del mercado y más inocencia en la mirada, yo era de las que pensaban que tales selecciones, llevadas a cabo por críticos especialistas independientes, podían ser útiles para que los lectores pudieran distinguir el grano de la paja. Pero, conforme pasa el tiempo, percibo que bastantes supuestos expertos independientes han sido sustituidos por inexpertos dependientes (permítaseme el juego de palabras) centrados en mentar exclusivamente aquellas editoriales donde ellos publican, los libros de sus amistades o bien tratando de hacer méritos con aquéllas donde les gustaría que les publicasen su siguiente poemario.

Porque esa es otra: desde mi punto de vista, la crítica ha ido perdiendo el prestigio conforme las personas que buscan libros de calidad (en estos tiempos extraños para leer buena poesía, haberlos, haylos) se han dado cuenta de que demasiados columnistas/opinadores desplegando su (in)capacidad como selectores entre lo bueno y lo malo eran poetas en ejercicio. Es decir: jueces y parte, condicionados por su posicionamiento estético (y sus filias y fobias, no olvidemos esto), lo cual les resta la imprescindible independencia para sentenciar sobre una obra literaria. Uso el término «sentenciar» con clara conciencia de su sentido, porque hay quien utiliza la columna para ejercer un cesarismo espurio (pulgar arriba / pulgar abajo) y, de paso, cimentar una fama (porque lo del prestigio es otra cosa)  de enfant terrible de las letras que le pueda abrir puertas al porvenir.

"Uso el término sentenciar con clara conciencia de su sentido, porque hay quien utiliza la columna para ejercer un cesarismo espurio"

Seguramente le pasará a muchos lectores de suplementos literarios lo mismo que a mí: en cuanto leemos tres veces a determinadas firmas habituales, basta ver quién rubrica una crítica para saber qué va a decir del poemario de turno, en un ámbito donde todo se percibe en blanco o negro, sin posibilidad de gama de grises; blanco impoluto con una absoluta perfección si el texto reseñado lo ha escrito un amigo/a que comparte nuestro modo de entender la literatura. Negro, pleno de estulticia e incapacidad versal, si lo ha hecho un supuesto rival con quien están las espadas en alto porque se ha competido en un premio literario que ha ganado ese antagonista; naturalmente, el otro ha vencido con malas artes, por la corrupción del sistema de la premiolítica literaria, a diferencia de cuando lo ganamos nosotros, que se ha hecho todo legítimamente y el jurado únicamente ha cumplido con su obligación eligiendo la obra excepcional que viene a cambiar el curso de la literatura. Eso tiene también una reflexión, pero no es ésta.

Todos lo sabemos. El gremio de poetas lo conforman personas apasionadas (y no siempre con la pasión que da el conocimiento, que escribiera Gil de Biedma) que tienen, con demasiada frecuencia, una incapacidad manifiesta para ver los aciertos ajenos que no aplican la misma praxis poemática. Por eso no me suelen interesar los/las poetas que ejercen de críticos de su propia generación si aplican el ensañamiento con sus competidores en el lugar que les reserva la posteridad. Esto es tan antiguo como el propio quehacer literario, como las estructuras patriarcales que mantienen un machismo encubierto o como el desprecio habitual por las editoriales pequeñas, esas que nunca merecen siquiera una línea de los opinadores de turno.

"Han tenido que morirse y dejar de ser competencia para que algunos se den cuenta del papel importantísimo que han representado"

He leído con mucho interés las listas de varios medios, y me llaman la atención varias cosas que, no por repetidas, dejan de sorprender; la primera, que un suplemento diga que en un año en el que Vargas Llosa, Landero o Mendoza no tienen obra nueva, concentran su atención en las escritoras. Me hace suponer esto que si al Nobel peruano o a los autores de Lluvia fina y La verdad sobre el caso Savolta (respectivamente) les hubiera soplado la musa, las novelistas hubieran quedado, como es habitual, relegadas. Y digo «novelistas» porque el poco aprecio aplicado al género poético, el eterno silenciamiento, es para que nos lo hagamos mirar en la tierra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro, Concha Méndez, Carmen Conde, Ángela Figuera, Gloria Fuertes, Pilar Paz Pasamar, Paca Aguirre o Mariluz Escribano, entre otras muchas, atendiendo al orden generacional y a que tristemente ya hayan desaparecido (hablar de autoras en pleno proceso creativo haría una nómina más extensa que las páginas amarillas, y cualquier omisión ya propiciaría una polémica/enemistad). A ninguna, en vida, se le dio su sitio. Han tenido que morirse y dejar de ser competencia para que algunos se den cuenta del papel importantísimo que han representado todas, ése que desde la crítica se les ha escamoteado sistemáticamente por ser mujeres, porque el sector crítico era mayoritariamente masculino y porque sus libros no tuvieron nunca la difusión de los de sus coetáneos generacionales. Siempre que hablo del tema me vienen a la cabeza las afirmaciones de un antólogo de cuyo nombre no quiero acordarme que, en su prólogo a una antología femenina de los cincuenta, afirmó literalmente lo que sigue:

“Son mujeres sencillas que han escrito su sencilla poesía en las sencillas provincias de España. A uno esto le parece estupendo por dos razones: una, porque la mujer le es algo particularmente simpático y agradable a quien suscribe estas líneas; la otra, porque es magnífico comprobar que en nuestra Patria siguen empeñándose las mujeres en demostrar al mundo que se puede armonizar la honorable melodía de las pantuflas, el deseo de tener un hijo, zurcir los calcetines al marido y escribir poesía, aspirando un aire nuevo que acabará derribando las murallas de viejos prejuicios”.

"O bien sólo las grandes editoriales publican buenos libros, o es que las editoriales pequeñas y medianas españolas son transparentes para ciertos medios de prensa nacional"

Casi siete décadas después, nadie en su sano juicio lo diría igual (aunque en alguna de estas listas a las escritoras de poesía se las siga llamando «poetisas», con ese tono entre decimonónico y carcundoso, válgame el vocablo), pero los prejuicios siguen existiendo: las autoras primordiales surgen como por ensalmo cuando los autores indispensables están de vacaciones. El resto del tiempo no parece necesario mentarlas. Y más curioso aún: no he leído ningún titular en el que alguien (hombre o mujer, tanto da) aluda a esta circunstancia, con lo que la gravedad de la afirmación se amplifica atendiendo a que pareciera que seguimos dando carta de naturaleza a tan notorias evidencias de machismo.

Y luego viene la segunda cuestión: o bien sólo las grandes editoriales publican buenos libros, o es que las editoriales pequeñas y medianas españolas son transparentes para ciertos medios de prensa nacional. Lo digo, claro, porque no se las nombra salvo en aquellas selecciones de críticos con menor proyección mediática y que, por tanto, llegan menos a los lectores/compradores de poesía. Es la lucha de pez grande con el pez chico, y ahí es evidente quién gana. No voy a enumerarlas ahora porque todo el mundo sabe bien a cuáles me refiero en nuestro exiguo trozo del pastel literario. A esto se puede añadir que, en esta guerra perpetua por hacerse un hueco, estos medios recogen exclusivamente obras no mencionadas por los medios mayoritarios. Es decir, que elegir cinco poemarios de consenso del 2020 atendiendo a las propuestas sugeridas en las listas anuales es como tratar de hacerse entender hablando en esperanto: un imposible que también va en demérito de la crítica literaria, toda vez que cada año parece estar más ajenada de todo lo que no sea el gusto individual e intransferible de cada cual, de su capacidad para valorar o no la polifonía heterodoxia de nuestra poesía como un rasgo de riqueza creadora contemporánea. La crítica literaria, a mi modo de ver, debe estar atenta a lo que pasa a su alrededor, no sólo a lo que le gustaría que pasara, porque en la sociedad 2.0, o ejercemos de notarios responsables de la realidad poética desde la más radical independencia o se nos sustituye por influencers y perdemos cualquier capacidad de influencia para entusiasmar con la lectura y compra de obras valiosas de nuestro minoritario género, incomparable en ventas con la novelística.

Ya avisé de que seguramente no iba a gustar a casi nadie, y eso que hoy no he entrado en profundidades, por aquello de que las navidades deben ser momento de paz y concordia. Por tanto, que ustedes, como lectores habituales, elijan bien los críticos que siguen y los libros que compran para disfrutar de la lectura en 2021. Yo, mientras, voy a ver si me saco estas dagas florentinas que han empezado a florecerme en la espalda desde el mismo instante en que estaba poniendo el título del artículo.

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