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Los cuentos de Carlos Castán

Los cuentos de Carlos Castán

Todavía recuerdo mi primer contacto con la literatura de Carlos Castán. Tuvo lugar en 1998 con motivo de la publicación de Frío de vivir (Salamandra, 1998). Yo era un joven que vislumbraba la posibilidad de ser escritor. Aún me veo a mí mismo en la terraza de alguna cafetería de Zaragoza, subrayando sus páginas a lápiz para comprender el arte de narrar.

Los cuentos de Castán son hoy clásicos secretos de la literatura española. Todos ellos se publicaron en grandes editoriales, como la citada Salamandra, o Espasa (Museo de la soledad, 2000), o Destino (Solo de lo perdido, 2008). En 2013 Tropo Editores emprendió su reedición, comenzando por Museo de la soledad, pero, por desgracia, el cierre de la prestigiosa editorial oscense truncó el proyecto.

"Debo confesar que más allá de mis pinitos en cafeterías zaragozanas a finales del siglo pasado, no había vuelto a leer la narrativa breve de Castán"

El hecho de que hoy resulte difícil encontrar en librerías Frío de vivir, Museo de la Soledad y Solo de lo perdido hace de su lectura una labor de descubrimiento, como la de quien encuentra un recóndito tesoro en África austral, tras una larga travesía por junglas y desiertos.

Debo confesar que más allá de mis pinitos en cafeterías zaragozanas a finales del siglo pasado, no había vuelto a leer la narrativa breve de Castán. El cuento que abre Frío de vivir, titulado “El andén de nieve” es una obra maestra del género que sirve de introducción y de epílogo a todos los demás, porque contiene el tema esencial del autor: el conflicto entre la realidad y el deseo; entre los hechos y las ideas que sustentan nuestra vida consciente.

El señor Segriá, un obeso viajante catalán, cuenta al narrador la historia que le confió un ferroviario: llegaba a Madrid al encuentro de su familia; contemplaba los polígonos industriales de Guadalajara cuando, al otro lado del tren, vislumbró un bosque de abetos milenarios. A su llegada a Chamartín vio a su mujer y a sus hijos. Al otro lado del tren se extendía un andén nevado frente al bosque. Una bella desconocida lo llamaba, le tendía la mano y pedía que se apease junto a ella. Más allá había un carruaje de caballos y un camino entre los abetos. El ferroviario duda, hasta que finalmente se decanta por bajar en Chamartín. Opta, en definitiva, por lo cotidiano frente al ideal, por la realidad frente a la ficción que encarna la literatura.

A partir de ese momento, y hasta el último de los cuentos, los protagonistas de Frío de vivir moran en el frío de una realidad que los corroe, no hay para ellos fantasías o ensoñaciones posibles, viven a la sombra del ideal. Son alumnos que habitan gélidas escuelas enamorados de la profesora; adolescentes que suspiran por primas inalcanzables; hombres maduros que padecen el esplín de vivir; ancianos que solo desean morir acompañados… Todos soñaron con otra vida posible que, finalmente, no existió.

No es baladí que Museo de la soledad se inicie también con un cuento ambientado en un tren, “Viaje de regreso”, porque los trenes para Castán parecen vehículos del deseo, espirales que nos conducen a una felicidad engañosa, efímera como lo son los viajes, que se convierten en lapsos en nuestras vidas, en ritos de paso.

"Ese es quizá su signo de madurez, la capacidad de fusionar lo lírico con el arte de contar una historia, sin que ésta se vea afectada por una sobrecarga expresiva"

Si en Frío de vivir el deseo era más bien algo lejano y perdido, este segundo volumen se caracteriza porque el deseo se encarna, permite ser tocado y vivido en cierta medida. Como en otra pieza maestra titulada “Casi marino”. En este cuento una mujer contempla a un extraño a través de su ventana en una tarde lluviosa. Más tarde ese extraño le es presentado en una reunión de amigos. Todo lo envuelve una atmósfera de lejanía y misterio casi onírica. Se trata de un hombre gris y apesadumbrado que sin embargo la enamora. Ella trata por todos los medios de entablar una relación amorosa; pero ésta se disuelve cuando él, abandonando su tristeza, trata de empatizar con la mujer. La esencia del ideal parece ser la imposibilidad de tocarlo sin que se volatilice.

Así expresa lo anterior el protagonista del cuento “Las rosas de la noche”, cuando habla de él y de su amada: Escogió un hombre, es decir, se lo inventó (…) Diseñó un ser que encarnaba una idea, a imagen y semejanza de su deseo. En el amor (…) solo nuestras propias creaciones nos deslumbran.

El relato que da título al libro es “El aroma de lo oscuro”, narración terrorífica ambientada en el Pirineo cuya atmósfera nos recuerda a Edgar Poe. Un hombre llega a un pueblo lúgubre, casi abandonado. En la puerta de una casa se encuentra con un cartel escrito a boli donde se lee: “Museo de la soledad”. La casa pertenece a un individuo oscuro llamado Pablo el Francés, que invita al viajero a ver su casa. El museo resulta ser un conjunto de vitrinas iluminadas por luces fantasmagóricas. De la oscuridad emanan músicas discordantes, mientras las vitrinas se van alumbrando parcialmente y se descubren objetos viejos, deteriorados y polvorientos que hacen al viajero sentirse inmerso en una pesadilla, hasta el tétrico descubrimiento final.

En este cuento, también magistral, el narrador homodiegético parece dirigirse al autor cuando afirma: En mi opinión, un Museo de la Soledad tendría que ser más bien una colección de historias, un racimo de relatos que dejaran un regusto a licor a granel y a la ceniza fría de tantas noches como quedaron atrás, vacías y heladoras en la memoria.

Carlos Castán parece tomar el consejo de su personaje, porque tal definición encaja con “Museo de la soledad”, una obra donde cada página parece poemática, fruto de una lírica personal que, sin embargo, en ningún momento entorpece ni demora la narración. Ese es quizá su signo de madurez, la capacidad de fusionar lo lírico con el arte de contar una historia, sin que ésta se vea afectada por una sobrecarga expresiva.

Solo de lo perdido, tercer y último libro de relatos de Castán se publica en 2008. Han pasado ocho años desde Museo de la Soledad, tiempo que denota la voluntad del autor de reflexionar, de pensar su propia obra. En la colección se advierten los mismos temas, ambientes y lugares de los libros anteriores: Madrid, Zaragoza, el Pirineo. Todos ellos lugares propicios para ese frío de vivir y esa soledad de Castán que, sin embargo, ahora ha cambiado de tono. Ya no nos encontramos con la lejanía imposible del ideal, ni con la desazón que provoca su pérdida o su disolución, sino con la aceptación de que dicho ideal no existía realmente, y que el frío y la soledad deben sobrellevarse aceptando la derrota, asumiendo la vida como una comedia trágica.

"Frío de vivir, Museo de la Soledad y Solo de lo perdido constituyen un tríptico de lo mejor que ha dado el cuento español en las últimas décadas"

Como afirma el narrador del cuento “El aire que me espía”, lo más sincero de uno, lo que de alguna forma nos acabaría definiendo, es justamente lo que no se puede decir. Cómo amar sin máscaras, cómo llegar a algo desde solo lo que somos.

Porque, según reflexiona el narrador de “Mata un desdén”, ¿acaso somos culpables de cada mirada que pasa de largo? ¿Hay una derrota en cada cuerpo que se aleja, dejándonos aquí, dejándonos así, dejándonos? La vida, los vivos son para el narrador de “La baba y el carmín” ese ejército sucio pero palpitante del cual (los enfermos) quisieran a toda costa volver a formar parte.

Uno de mis cuentos preferidos de este último libro es “Escuela de la muerte”, también un cuento terrorífico, pero de un horror mucho más metafísico. Castán se refiere en él a ciertas ciudades de provincias donde un buen número de personas mueren antes de morir. Son personas que tuvieron un papel a veces estelar en nuestras vidas, gente que nos amó y luego se fue alejando poco a poco, muchas veces para dejar hueco a otras personas. Ahora siguen caminando por la ciudad en silencio, cual sombras sin hablarnos, pero siempre presentes en nuestra vida. Y lo verdaderamente terrible en la ciudad de los cadáveres —concluye Castán— no es vivir rodeado de cadáveres, sino palpar la propia muerte a cada paso.

En definitiva, Frío de vivir, Museo de la Soledad y Solo de lo perdido constituyen un tríptico de lo mejor que ha dado el cuento español en las últimas décadas. Urge su reedición para que encontrarlos en las librerías deje de ser una aventura en el África Austral, de esas en que las que uno debe remontar caudalosos ríos, para huir de las flechas envenenadas de peligrosas tribus, y adentrarse en grutas cuajadas de calaveras en pos del tesoro escondido.

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