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Los demonios del sueño

Los demonios del sueño

No hay moscas tse-tse por aquí. Tampoco he visto a Morfeo ni he tomado nada que pueda inducirlo. No he bebido alcohol, pero ya llevo tres cafés y aún sigue ahí, detrás de los párpados, insistiendo en cerrar las persianas, no solo de mis ojos, sino de mi mente. Apagar los sistemas de mi cuerpo y poner el motor al ralentí. Cuando intento hablar, las palabras me salen a trompicones, como un autómata balbuceante que intenta comunicarse sin éxito. Pasa igual con aquellas que quiero escribir, me cuesta ponerlas sobre el papel. En la pantalla las tengo que borrar y reescribir una y otra vez porque no doy con el camino adecuado a la coherencia. Ni siquiera sé por qué estoy hablando de ello; puede que no llegue al final. Esa enfermedad, la del sueño, está muy cerca y muy presente estos días y, aunque los profesionales intentan ocultarla bajo el diagnóstico de astenia invernal, yo sé que no tiene nada que ver. Los culpables son esos pequeños demonios amarillos que se esconden tras los pliegues de las almohadas y los cojines. Bajo los colchones y entre las mantas.

Nadie los ha visto, eso es cierto, pero todo el mundo sabe que existen. Incluso los médicos. Porque ellos también están sufriendo los síntomas y son muchos los que les han ido con el cuento. No con el de Asimov y ese diminuto y perverso Azazel, sino con el de que la fatiga les impide afrontar el día y saben que hay gremlins, duendes, bichos que les impiden mover un solo pie, que les borran los pasos antes de darlos. Y, cuando los pacientes dicen que no es una cuestión de energía, sino de algo más, que no han perdido la motivación ni se sienten apáticos, solamente drenados, los profesionales recetan sus pastillas y miran para otro lado, como si en verdad supieran de qué va el tema pero no quisieran admitirlo. Lo que me hace pensar que, quizá, estén implicados en ese despliegue demoniaco.

"Llevo un rato probando a verlos por el rabillo del ojo. Con otras cosas me ha funcionado. Las sombras se creen ocultas si no las miras directamente"

No se dejan ver. Eso es lo que he dicho. Creo. Las palabras se me enroscan en la mente, se retuercen y se me ponen del revés para distraerme, para liarme, para despistarme y llevarme por caminos enrevesados que me conducen a un lugar al que no quiero ir; escribo lineas de pensamiento alejadas de esos demonios: es lo que a ellos les conviene. No lo consiguen. No del todo. Y no puedo evitar pensar en las criaturas de «El Silencio», esa orden religiosa que aparece en Doctor Who. Seres trajeados de aspecto alienígena que provocan una repentina pérdida de memoria en cuanto se les mira. Si alguien los ve, jamás lo sabrá. Puede que estos demonios amarillos jueguen igual sus cartas. O no. Quién sabe, si nadie los ha visto jamás.

Yo llevo un rato probando a verlos por el rabillo del ojo. Con otras cosas me ha funcionado. Las sombras se creen ocultas si no las miras directamente, las arañas de la mente y las hormigas también. En este caso, es diferente. Esas manchas amarillas podrían deberse a cualquier alteración del ojo, la mácula, la retina, qué se yo. O un reflejo. O una mentira. Esas también se esconden la mar de bien y, a veces, se las intuye de soslayo. La luz también tiene su juego. No sé ni lo que digo. El sueño. Tira de mí hacia adelante y atrás. No es la primera vez que me aturde de esta manera. Una vez, cenando pizza con un colega en La Cabaña, me quedé dormido mientras comía. También me pasa ahora mientras leo o veo cualquier película. Yo lo atribuyo a la edad y el cansancio. O lo hacía. Ya no. Lo peor es cuando estoy escribiendo o haciendo alguna tarea más activa. El sueño me afecta igual. Me desvanezco sin darme cuenta. Le está pasando a mucha gente. A todos esos que tienen los demonios en casa.

"Intento mantener los ojos abiertos. Me cuesta. Las palabras… Los pensamientos… La respiración… Todo es lento. Muy lento"

Intento pensar cuándo los dejé pasar. Cuándo les abrí la puerta y les invité a formar parte de mi vida. ¿El conjuro estaba en la caja de cereales o en la etiqueta del café soluble? ¿En las instrucciones de la aspiradora o en aquel pedazo de papel que acompañaba el último pedido? No, creo que estaba en el marcapáginas de Fátima Ruiz. Sí, es lo más probable. Ella es muy dada a lo grotesco en su fotografía. Y me encanta, que es lo peor. Es fácil atraparme entre las garras de su arte. Sin embargo, no hay demonios amarillos en sus obras. La busco en internet y reviso los marcapáginas. Encuentro el del conjuro. Ese sí. Y, al momento, lo he perdido. Justo cuando le he dado la vuelta, me he visto con las manos vacías. Puede que el contrahechizo esté detrás. Seguro que es así. Da igual. Los dedos siguen escribiendo y borrando, escribiendo y borrando. Tengo el guardado automático, la copia de seguridad activada para que nada se pierda y, aún así, no hay nada que pueda hacer contra esta plaga. Nadie puede. Se me cierran los ojos. Me pesan los párpados. Ya lo he dicho, ¿no? Es probable. La cara se me relaja de cansancio, la mandíbula se me descuelga y una suave sensación se me acomoda en la base de la nuca y la masajea. Las sienes me palpitan con un martilleo delicado. Los brazos apenas me responden y siento que, si los aparto de la mesa y el teclado, se me caigan a ambos lados, como un peso muerto. Las piernas hace rato que se me han dormido. Siento el sopor. Me arrastra. Es placentero. Lucho en vano por no dejarme llevar.

Intento mantener los ojos abiertos. Me cuesta. Las palabras… Los pensamientos… La respiración… Todo es lento. Muy lento. Giro el cuello para estirarlo. Intento mantener la cabeza erguida sin éxito. ¿Qué está pasando? Ahora, justo en el instante en que la vigilia va cediendo al sueño, puedo verlos. ¿Cómo es posible que sean tantos? Mi visión se nubla con esa masa amarilla que no deja de moverse, cientos de cositas amarillas de apenas un par de centímetros que se mueven a la velocidad del rayo y se distorsionan y se ríen. Y entonces, no solamente les veo, sino que les oigo. Sus carcajadas se me clavan como agujas. ¿O son agujas de verdad? No lo sé… Me duermo… Se ríen… Mucho… Me…

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