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Los enanos, de Concha Alós

La editorial La Navaja Suiza publica Los enanos, de Concha Alós, una de las autoras más interesantes del periodo de postguerra en España. Con esta obra, que ganó el Premio Planeta en 1962, al que hubo de renunciar por haber firmado previamente con otra editorial, La Navaja Suiza aborda un proyecto literario que acoge la intención estética de reflejar la fealdad de la primera época del franquismo. Los enanos es una novela ambientada en una pensión barcelonesa, donde el tremendismo de Cela se transforma en otro movimiento de vanguardia que señaló muy acertadamente otra de estas autoras de la postguerra, Elena Soriano: el patetismo.

Zenda publica unas páginas de esta importante novela.

***

Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas. Eran grandes, oscuras, de largo rabo. A veces se peleaban y daban gritos agudos. Catalina las miraba durante horas y, después, se crispaba, ponía las manos ganchudas y a cuatro patas perseguía a los otros niños. El que más se asustaba era David, cebado, blanco. Huía, tambaleándose, echado hacia delante, y al final iba a parar al suelo. Su madre, la señora Cleo, acudía corriendo, lo levantaba al aire y con el borde de la falda le limpiaba la cara y los muslos llenos de arrugas de grasa. Catalina seguía chillando y persiguiendo a los demás. Los huéspedes se tropezaban con ella al ir a la cocina o a la ducha y murmuraban protestas o tacos. Catalina era una pequeña rata verde.

A menudo las ratas se convertían en espectáculo. La criada del tercero les echaba un mendrugo de pan y con los codos en la ventana las vigilaba tragando saliva. Si salían más, se excitaba:

—¡Señorita, mire cuántas! ¡Mire cuántas, señorita!

La gente del cuarto piso, familias con derecho a cocina y huéspedes a toda pensión, se asomaba por grupos a la pequeña galería. Había un rato de unión y buena armonía entre ellas, que hacían comentarios, y, a veces, si había pelea, apostaban por alguna de ellas, hasta que la dueña, la señora Eloísa, aparecía con un cubo lleno de agua y lo echaba sobre las ratas y el pan. El estallido del agua las hacía huir y la señora Eloísa reía, abriendo toda su boca y enseñando los dientes puntiagudos y negros.

La criada del tercero y su señora se retiraban a su limpia cocina embaldosada de blanco. Pronto se oía la voz monótona de la chica cantando:

Si la vida del casado
fuera como el primer día
si la vida del casado,
yo también me casaría…

Los huéspedes desplegaban hacia dentro, y en la pensión todo volvía a ser igual: continuaban los gritos de los niños, los lloros, las riñas de los mayores y un chocar de sartenes y platos en la cocina.

La señora Eloísa, después de dejar el cubo, volvía a sentarse en la galería, frente al váter, soñadoramente quieta.

La galería estaba frente al comedor. Era el orgullo de la señora Eloísa. Había sido construida con dinero de su bolsillo con objeto de dar una nueva entrada al váter y más ventilación a la casa.

—Es que era un asco —explicaba—. Entraba la gente en el váter y se dejaba abierto. A nadie le gusta estar comiendo y ver un váter, y no había más remedio; todos lo tenían que ver porque la puerta daba enfrente mismo de la mesa… Cuando tuve a los tranviarios a toda pensión, fue cuando me decidí. Me ponían nerviosa. Además, escupían en el suelo. Es lo que más asco me da, que escupan…

El piso era grande como un mastodonte huesudo, lleno de pasillos y habitaciones oscuras. La inquilina anterior era una vieja avarienta que alquilaba los cuartos por diez pesetas. La gente dormía amontonada sobre colchones de paja y se hacía la comida en infiernillos de alcohol. Cuando murió la vieja no hubo ni un realquilado que no se hiciera ilusiones de conseguir el piso. Tuvo que intervenir la policía, y el dueño metió allí a la señora Eloísa, a la que, según malas lenguas, debía viejos e inconfesables favores.

La señora Eloísa quemó los colchones en el terrado, pintó las habitaciones e hizo venir a la Desinfección. Después, colgó en la puerta un tablero verde y torcido que decía «Pensión Eloísa». Al poco tiempo pudo comprarse un anillo.

—Lo mejor es comprar joyas. Pase lo que pase, mande quien mande, siempre es dinero.

—Eso es verdad, ¿ve? Si yo no hubiera tenido mi collar de brillantes, mis pulseras y mi reloj, ¿cómo les hubiera dado de comer a mis hijos estos meses?

La señora Eloísa ponía su cara de envidia y frotaba la gran piedra roja del anillo en el pringoso delantal.

La señora Cleo, inmutable, seguía rezando la gran letanía de sus pasadas glorias a la señora Lola, que solo hacía dos días que vivía en la pensión:

—Voy a enseñarle la papeleta del «Monte».

Y se metía en su cuarto, agachándose para no tropezar con el dintel de la puerta. Detrás, David y Susana, sus hijos, y la señora Lola.

—En Tánger yo siempre llevaba mis anillos y, cuando salía, me adornaba con los pendientes, las pulseras y el collar… Siete mil pesetas me dieron en el «Monte». Ahora le enseñaré la papeleta.

***

—Los pobres, na, na, na…

Al entrar, desde la calle, el comedor es negro y no se ve nada. Poco a poco se distingue el hule rojo y pelado, la mesa, las sillas, la vieja nevera y una lámpara barroca que aprisiona una bombilla sucia.

—Palacios me dijo: «Tú te vienes y yo te contrato. Y te prometo que nada te va a faltar».

—Sí, todos prometen, pero a la hora de la verdad… Mira, yo…

—Los pobres, na, na, na…

—Como un perro. Ni me habían hecho seguro. No me he enterado hasta que me he partido el brazo.

Mohatá tiene la nariz hundida y la piel color ceniza. Los domingos por la mañana, como no tiene entreno, se levanta tarde. Se le ve salir hacia el lavabo con un batín rojo que tiene unas letras blancas en la espalda que dicen: Mohatá. Por debajo del batín asoman las peludas y delgadas piernas que acaban en los zapatos de charol.

—A mí una vez en una pelea me rompieron una costilla. Antes de curarme me llevan a un sitio lleno de ventanillas para preguntarme que cómo se llamaba mi padre, que en qué año nací…

La señora Eloísa entra y sale de la cocina seguida del pequeño Francisco, que chilla algo que no se entiende. Francisco se expresa a gritos. Pero, en realidad, no necesita para nada hablar. Si lo abandonaran en un desierto o en una gran ciudad sabría encontrar su camino.

—Ya ves, yo. Me contratan de albañil y ni siquiera me aseguran. Igual podría haberme reventado cayéndome del andamio…

—Que cómo se llamaba mi padre, que cómo se llamaba mi madre, que a qué hora me pegaron.. ¡Yo qué sé!

Mohatá tiene un pequeño pantalón de crepsatén azul celeste para boxear. La señora Eloísa se lo lava las vísperas de pelea y lo cuelga en la barra de la cocina económica para que se seque antes. Las mujeres realquiladas a veces derraman la grasa de sus guisos sobre él, y la señora Eloísa tiene que lavárselo de nuevo.

—Que si tuve no sé qué: una enfermedad, creo… Se piensan que uno es un diablo para saber tanto.

La señora Cleo llega de la calle con un gran bolso de hule lleno; en el otro brazo lleva la mole de su hijo y en la espalda la silla de David plegada.

—¿Qué le ha pasado, Tomás?

Los vestidos de la señora Cleo siempre cuelgan de forma pintoresca desde los hombros. Son unos vestidos largos, a rayas, con el dobladillo desigual y descosido.

—Ya ve. Me di contra una viga y me desgarré un brazo. –Y cuenta el accidente con crudeza, con pausa–. La carne se hiere, se abre, sangra… Uno sufre, se muerde los labios, aguanta el dolor… Hasta que llegan los médicos con sus tijeras y sus batas blancas.

La señora Cleo escucha sin pestañear. Cuando fija la mirada mucho rato en un punto, como ahora, sus ojos bizquean un poco.

La señora Eloísa sale de la cocina oliendo a vino. Dice despreocupada, alegremente:

—¿No sabe, señora Cleo? Tomás no estaba asegurado, pero en cuanto lo vieron herido ya se dieron prisa en asegurarlo, ya. —Se relame los labios y añade–: De zorros está el mundo lleno.

Tomás se pasa la mano despaciosamente por el brazo herido y vendado, haciendo un gesto de dolor.

—Hijos de mala madre es lo que son.

Mohatá, hundida la cabeza en el pecho, reflexiona. Su mente sigue un monólogo largo, sin principio ni fin.

—A los ricos les partía yo la cabeza en cuatro pedazos.

El pequeño Francisco sigue chillando, cada vez más furioso. El pantalón mojado le llega casi a los tobillos. Huele a orines y a basura podrida.

La señora Cleo ha dejado el bolso en el suelo.

—El que tiene no se acuerda del que no tiene. Una vez, en Tánger, un empresario…

Un mundo de perfumes caros, de risas a flor de piel y aperitivos con alcohol de colores se interpone, un momento, entre ella y los otros. La señora Cleo se da cuenta de ello. Se para, sin acabar. Enrojece, recoge su cesto y declara que se le hace tarde para preparar la comida. La señora Eloísa también se va hacia la cocina.

Tomás y Mohatá siguen con su cantinela eterna, cada vez más lánguida: los ricos, los pobres… Si yo fuera rico. Una vez, un rico…

Francisco ya no grita. En una de sus idas y venidas su madre ha dejado la despensa abierta. Francisco se ha subido en un pequeño taburete que circula por allí y ha podido empinarse el porrón del vino. Ahora se tambalea y ríe echándose contra las paredes como un grotesco muñeco en equilibrio inestable, como un tentetieso.

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Autora: Concha Alós. Título: Los enanos. Editorial: La Navaja Suiza. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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