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Los indios de Cabeza de Vaca

Los indios de Cabeza de Vaca

Como habitualmente ocurre, buscando algo, que por supuesto no encontré, entre los papeles de mis expediciones con la Ruta Quetzal, fui a dar con algo que había dado hacía tiempo por perdido y que en anteriores ocasiones había infructuosamente buscado. Era una pequeña libreta donde había hecho anotaciones sobre las poblaciones indígenas con las que conectamos en aquel viaje del año 2000, acompañadas de algunas fotos también. Fue el año que “conocí” a través de don Miguel de la Quadra Salcedo a don Álvar Núñez Cabeza de Vaca y donde comenzó a forjarse la novela que ha visto la luz este que ahora acaba, de nada grato recuerdo por lo demás, veinte después.

En aquel 2000, por cierto, el mundo temblaba —vaya memez comparada con lo que nos ha caído encima— porque iba a haber no sé qué desastre digital y los ordenadores se iban a volver locos, o algo así. No pasó nada, pero yo sí tuve un año movido. Sin ir más lejos, que fui, le di la vuelta al mundo, pues primero estuve en el Camel Trophy, el último de la historia, y en lanchas en vez de en todoterreno, llegando en avión desde Londres, Los Ángeles y Honolulú a las Fiji (donde me encontré un golpe de estado, pequeñito, pero con soldados), y ya en barco a Samoa, donde pude visitar la casa y la tumba de Robert Louis Stevenson en Vailima, que me valió por todo. Luego ya volví por Nueva Zelanda, donde me enteré que los descubridores de nuestra antípoda fueron españoles (Mendaña y Fernández de Quirós), y de allí de nuevo a Los Ángeles. El plan era llegarme después hasta  Albuquerque (Nuevo México) donde me esperaba Miguel de la Quadra para unirme a su Ruta Quetzal y regresar después con él a España. Pero se complicó, pues me tuvo que aguardar un tanto, ya que una china gringa del diablo, uniformada y salida de algún infierno oriental, la tomó conmigo. Creo que el que pusiera en mi pasaporte que yo había nacido en Guadalajara (España) la convenció de que yo era un “espalda mojada” mexicano raro, pero a detener, y me tuvo retenido en el aeropuerto lo que le dio la gana, hasta que le llegó el relevo y se empezó a deshacer el lío.

"En aquel trayecto fue cuando Miguel me “presentó” a Cabeza de Vaca, me dejó el libro Naufragios y me llevó hasta las naciones de los indios"

Total, que tuve que estar con las botas puestas, y sin podérmelas quitar, amén de lo que llevaba encima, otros dos días más. Y lo pagué. Alguna secuela me quedó por una vena. Pero logré, con mucho cuidado, salir del embrollo y conectar al fin con Miguel, que me esperaba en Santa Fe para irnos los dos en busca de la expedición, cantando a voz en grito, en su Land Rover amarillo, “Secreto de amor”, de Juan Sebastián, que ponían todo el rato en la radio hispana y luego se hizo famosa en España como melodía de un culebrón.

En aquel trayecto fue cuando Miguel me “presentó” a Cabeza de Vaca, me dejó el libro Naufragios y me llevó hasta las naciones de los indios, pueblos que fueron la gran referencia y admiraron al descubridor por su manera de vivir, sus cultivos y ciudades, que le parecieron espléndidas después de las hambrunas y miserias por las que había pasado en su periplo desde La Florida, atravesando por todo el actual sur de Estados Unidos —Alabama, Mississippi, Louisiana, Arkansas, Oklahoma— y ver “casa de asiento”, regadíos y una compleja y pacifica organización social. La mirada comprensiva, curiosa y sin prejuicios de Álvar se detuvo en ellos y le haría escribir los mayores elogios.

Los pueblos vivían en un régimen de matriarcado, el linaje lo trasmitían las mujeres y había un trato bastante equilibrado entre los sexos. «Vimos las mujeres más honestamente tratadas que en ninguna parte de las Indias”. Aquellos indios, anotó con satisfacción, no practicaban los feroces y terribles ritos aztecas, ni eran caníbales, “no hacían sacrificios ni tenían ídolos”. Y dictaminó con mucha agudeza y sabiduría que “claramente se ve que estas gentes todas, para ser atraídas a ser cristianos y obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que este es el camino muy cierto, y otro no”.

Mujeres y niñas Taraumara

El otro y mal camino era del que usaba y abusaba el jefe de los cristianos, con quienes toparon para su gran disgusto tras tantos años de andarlos buscando. Nuño Beltrán de Guzmán, fundador de Guadalajara (México), era un mal bicho. “Pasamos muchas grandes pendencias con ellos porque nos querían hacer los indios que traíamos esclavos”. Quisieron herrar a la multitud que les seguía, pues Cabeza de Vaca ya se había convertido en el Gran Chamán. Don Nuño y sus capitanes, para burlar las leyes de la corona establecidas por la reina Isabel, que prohibían esclavizar a los indios, los señalaba a todos como rebeldes y alzados, y arreglada la cuestión. Herrados y para vender. Álvar ideó entonces que en los poblados pusieran a la entrada una cruz, y así no habría excusa de alzamiento alguno. La cosa acabó no mucho después, y mal, para Beltrán de Guzmán, al que tanto Cortés, que no lo podía ni ver, como su paisano alcarreño, y mío también, el virrey Antonio de Mendoza le pillaron la matrícula y acabó acabo juzgado, condenado, traído encadenado a España y muriendo preso en Torrejón de Velasco.

"Una bella muchacha no le quitaba los ojos de encima a uno de los danzantes. Él lo sabía y ponía en su baile una energía aún mayor"

Atrocidades hubo en la conquista y no pocas, pero también leyes y quienes quisieron hacerlas cumplir, y por ello en el territorio colonizado por los ingleses no quedó un indio vivo y en los de dominio español la población indígena y mestiza es mayoritaria, a veces de manera abrumadora.

Nuevo México es el estado de USA que tiene la población india más numerosa, y los indios pueblo, desempolvando los títulos de propiedad otorgados por la Corona Española, han conseguido que se reconozcan sus derechos sobre muchas tierras. Explotan también casinos, que hay muchos, pero tienen una particularidad. No dejan entrar a los indios, sino solo a blancos, negros y chinos, que son, por una vez, los desplumados.

Las danzas y la lengua

Estuvimos sobre todo con los pueblo de San Juan, y tuvieron el detalle de dejarnos contemplar algunas de sus danzas rituales. Dos me maravillaron. Una de mujeres que semejan mariposas y resulta un canto a la primavera y a la transformación y resucitar de la vida. La otra danza, de hombres que semejan águilas, cazadores, que representa la agudeza de la visión, el poder y la libertad. Los danzantes, ellos y ellas, eran muy jóvenes y llevaban hermosos trajes con bordados espectaculares y vivos colores y guerreros tocados de plumas espectaculares. Los instrumentos los hacían sonar gentes ya de edad más madura. Me fijé en una bella muchacha de largo pelo negro que se le desplomaba en cascada por la espalda hasta la cintura, que llevaba en brazos un cachorrillo de perro. Y que no le quitaba los ojos de encima a uno de los danzantes. Él sabía que lo estaba mirando y ponía en su baile una energía aún mayor.

Danza

Una tercera danza en la que participaron todos tenía como objeto llamar a la lluvia. De una parecida dio cuenta también Álvar. Pudimos nosotros luego hablar con algunos de ellos, y en particular con algunas de las autoridades. No pocos lo hacían en un español arcaico y hermoso. Varios coinciden en una petición. Deseaban que España les enviara profesores y libros para aprender y mantener así su lengua. Uno me dijo: “Mantengo la lengua no por la escuela ni por la televisión, sino por escuchar a mi abuelo”. Alcancé a saber que algo se quiso hacer, pero quedó en un querer, como casi siempre. Siendo Jon Juaristi secretario de Estado aquello pareció tomar buen rumbo, que se torció y concluyó en nada cuando el cesó.

Paquimé (Casas Grandes) y el mito de las Siete Ciudades de Cíbola

La expedición cruzó la frontera por Las Palomas, y hemos llegado a  México, aunque el anterior territorio y otros estados más —California, Arizona, Nevada, Utah, Colorado y parte de Wyoming— también lo fueron, antes de serles arrebatados por el ejército norteamericano en 1848. Fuimos en busca de las ruinas de Paquimé, o Casas Grandes, la buscada ciudad que daría lugar al mito de las Siete Ciudades de Cíbola (así llamada porque los españoles llamaban «cíbolos» a los búfalos, vistos por primera vez por Cabeza de Vaca, que los llamó “vacas corcovadas”. Álvar en sus escritos habla de su llegada allí y el impacto que les supuso encontrar aquella civilización, “pueblos de mucha gente y casas muy grandes”. “Hallamos casas de asiento, y mucho mantenimiento de maíz y frijoles, y dábannos muchos venados y muchas mantas de algodón, mejores que las de la Nueva España. Dábannos también muchas cuentas y de unos corales que hay en el mar del Sur, muchas turquesas, y a mí me dieron cinco esmeraldas hechas puntas de flechas”.

"La ciudad, aunque nada que ver con el fabuloso Tenochtitlán, estaba aún en pie y daba muestras de su pasado esplendor"

Lo que tanto Álvar como sus compañeros Alonso del Castillo, Dorantes y el Negro Estebanico contaron sobre aquello al llegar a la capital mexicana hizo despertar ambiciones de encontrar un nuevo Tenochtitlán. Una primera expedición cuando Álvar aún estaba intentando regresar a España, auspiciada por el virrey Antonio de Mendoza y guiada por Estebanico, se dirigió hacia allá. Fue un desastre. Estebanico se perdió en ella. Dijeron que lo habían matado los indios por su gusto probado de sus mujeres, pero su cuerpo no apareció. Para mí que se quedó con ellos. Al fin y al cabo era un sirviente, un esclavo, de Dorantes, y pensó que con los indígenas estaría mas libre y mejor. A esta aventura siguió otra, la de Vázquez Coronado, que pasó no muy lejos y llegó muy arriba, tanto que descubrió hasta el Gran Cañón, pero de lo que buscaba, ni rastro.

A Paquimé sí llegaría por fin Cristóbal de Ibarra, donde de nuevo me encuentro con algo que me toca, pues si he nacido en Guadalajara, donde me crie de niño fue en Durango. Los Ibarras deben su nombre a la población y valle vizcaíno de Ibar, e hicieron de la más señorial villa duranguesa su residencia. Una Ibarra se casó con la hija del sucesor en el virreinato de un Mendoza, Luis de Velasco, y el más osado y aventurero de todos ellos, Francisco de Ibarra, acabaría por explorar todo aquel territorio, fundar el Durango mexicano y la familia descubrir las fabulosas minas de plata de Zacatecas. Ibarra quería encontrar Paquimé, y lo encontró. Había andado ya cerca en 1562, cuando aseguró haber visitado regiones no exploradas y pobladas por nativos bien vestidos que vivían en casas de adobe, se dedicaban a la agricultura y contaban con canales de riego y les sobraban alimentos, y logró dar definitivamente con ella cuatro años después, pero fue para llevarse un verdadero chasco.

La ciudad estaba abandonada por sus primigenios habitantes y sus cultivos perdidos. Se habían establecido allí tribus cazadoras, los sumas, que, eso sí, guardaban recuerdo de Cabeza de Vaca, del Gran Chamán, y de hombres blancos que “hacían milagros y curaciones”. La ciudad, aunque nada que ver con el fabuloso Tenochtitlán, estaba aún en pie y daba muestras de su pasado esplendor. A dictado de Ibarra a su secretario y amigo, fue descrita así por Baltasar de Obregón, apellido que por cierto lleva mi mejor amigo durangués, el actor Paco Obregón:

Paquimé – Casas Grandes

Está muy poblado de casas de mucha grandeza, altura e fortaleza, de seis a siete sobrados, torreadas o cercadas de fuerte a manera de fuertes para amparo y defensa de los enemigos (…). Tiene grandes y hermosos patios, losados de hermosas, lindas y grandes piedras a manera de jaspe; e piedras de navajas sostenían los grandes y hermosos pilares de gruesa madera, traída de lejos; las paredes bellas enjalbegadas e pintadas de muchos colores, matices e pinturas de su edificio, compuesto a manera de tapias, aunque tejida e revuelta con piedra e piedra más durable e fuerte que la tabla.

Había gruesas e anchas canales del río a los pueblos, con que solían llevar agua a sus casas. Tienen grandes y anchas estufas en lo bajo de las casas y edificios para amparar del frío, que es allí mucho, porque nieva mucha parte del año, e vienen los nortes en extremo fríos de hacia los llanos e de las sierras, a donde nieva más de ordinario. Halláronse trazas de metales que los naturales debían de beneficiar e piedras de amolar (…). Hallamos caminos emprendados.

Esta gran casería e congregación de casas no está junta sino dividida en espacio de ocho leguas río abajo (…). Estaban estas casas la mayor parte de ellas caídas, gastadas de las aguas e desbaratadas, porque demostraba cantidad de años que las dejaron y despoblaron sus dueños, aunque había cerca de ellas gente silvestre, rústica y advenediza que dejaban de habitar en casas de tanta grandeza por asistir a morar en bohíos de paja como silvestres animales al sol, aire y frío. Son cazadores, comen todo género de caza e sabandijas silvestres e bellotas; andan desnudos; ellas traen faldellines de cuero de venado adobado, y algunos de las vacas (cíbolos).

Antonio Pérez henares, alcarreño ante la catedral de la Guadalajara mexicana

Cuando nosotros llegamos, al atardecer, un sol ya más amable y cariñoso sobre la tierra que el que la ha castigado todo el día acaricia las ruinas desiertas. No es mucha su extensión. Una villa de buen tamaño pero que en aquella desolación que la rodea bien podía parecer mucho más, y desde luego de su prestancia aún responden su plaza y la fortificación que la rodeó. Lo cierto es que con su sencillez, su simplicidad de adobe impresiona. Aunque carezca de pirámides y palacios uno aún puede llegar a imaginar sus calzadas y sus acequias, y donde ahora solo hay piedras, arenas y desolación vislumbrar los verdes cultivos de maíz señoreando todo el valle, atravesado por el río que le dio su feracidad, y rodeada de un círculo de montañas por las que llegaron acompañados de los apaches lipán, con quienes antes habían estado Álvar y sus tres compañeros errantes.

La carrera de los pies ligeros

El siguiente encuentro con una población netamente indígena de estos indios de Cabeza de Vaca tiene lugar ya más al sur, a orillas del lago Arareko, en territorio Taraumara o raramuris, como ellos prefieren que les llamen. O sea, los famosos pies ligeros, los grandes corredores de aquellas escabrosidades de la Sierra Madre Occidental, en un territorio de gran altitud, por encima en ocasiones de los 2000 metros, que hoy todavía y mundialmente son reconocidos por esa característica que les lleva incluso a los equipos olímpicos del país. Por allí cruzó Álvar, y ellos no han cambiado demasiado desde entonces. Siguen con sus ritos, con sus chamanes y sus visiones, ayudados por las láminas del hongo del peyote, sin olvidarse de sus viejos dioses, a quienes unieron los cristianos, creando un conjunto entreverado de deidades que se llevan bien. Ellos han tenido siempre a los “señores de arriba”, el Sol, el padre, la madre, la Luna y un hijo, el Lucero de la Mañana. Dios, la Virgen y Jesucristo, y para qué discutir. Aunque ojo, que en Arareko falta uno más, San Ignacio de Loyola, que por algo los jesuitas fueron quienes cristianaron por allí, y vascos además, porque unos violines artesanales y fabricados por ellos, cuando comienzan a sonar recuerdan de inmediato la melodía del zortziko euskaldún. Miguel, vasco y navarro, o sea, vasco dos veces, según él, lo reconoció al instante.

Carrera de los pies ligeros

Bonifacio el corredor y su hija

Nuestra visita coincide con la festividad del santo, y observamos que indios de muchos kilómetros a la redonda, desperdigados por sus ranchos, aislados unos de otros, en los valles y recovecos de las montañas donde cultivan maíz, vienen a la iglesia del santo a bautizar a sus hijos nacidos durante ese año. Van llegando por las sendas y trochas desde los cuatro puntos a confluir en la barbacana que rodea al templo. La mayoría venían a pie, algunos a caballo, y en las praderas se alcanzan a ver también yeguas y potrillos.

Hicieron danza y celebraciones antes de juntarse todos en la gran ceremonia que les concitaba allí. Esta, oficiada por un cura jesuita, claro, hijo de una taraumara, cuenta también con la presencia de los chamanes, con los que se lleva muy bien y que entran tras él. Todos, y muy adelantadamente el sacristán, al que le costó lo suyo acertar con la llave en la cerradura, van muy “santiguados” de tesguino, una bebida fermentada de maíz, que a cada trago acompañan con hacerse sobre el pecho la señal de la cruz. Así que el cura, ya no te digo el sacristán, los chamanes, los violinistas, los danzantes y la feligresía adulta y masculina —las mujeres y los niños a bautizar no— y, a qué negarlo, un servidor, acabamos bien santiguados y muy contentos todos.

"Son, desde pequeños, callados y dignos. Es una raza estoica que se hace respetar con su silencio"

Las ceremonias bautismales salieron muy bien, y no quedó ningún niño del año sin recibir el agua bendita, que el cura recogía con el hisopo de un cubo de plástico a sus pies. Las danzas, ya fuera, en el círculo rodeado de barbacana, invocando a la lluvia con ofrendas, entre ellas tesguino, al sol, no les fueron a la zaga, y un chamán proclamó: “Sin tesguino no se obtiene la lluvia, sin maíz no puede hacerse tesguino y sin la lluvia no se da el maíz”. Más claro no podía estar. Las mujeres también hicieron danza y juegos con unos grandes aros festoneados de flores. Las que no participaban en ellas las miraban, sentadas juntas con sus niños pegados, recostadas en el murete, mientras tejían cintas, tallaban pequeñas figuras de madera que sus hijos intentaban vender, ofreciéndolas quedamente. Son, desde pequeños, callados y dignos. Es una raza estoica que se hace respetar con su silencio. Me merqué una cinta roja y verde para la cabeza, que conservo con cariño y aún me pongo alguna vez.

San Ignacio de Arareko

Danza al sol

Los raramuris no gustan de, y reprueban, beber solos, pero sí consideran bueno hacerlo de forma comunal, y aquel día era uno de los señalados. Además por la ceremonia, por las danzas, o porque tocaba, estaban contentos porque se puso a llover y lo hizo toda la noche, así que más razón para seguir santiguándose. Unos aguantaban dentro de la propia iglesia o resguardados en sus paredes. Al amanecer alguna mujer, empapada, esperaba que su marido arrancara, y cuando al fin este lo hizo, tambaleante, y emprendió su camino de vuelta, ella le siguió un par de pasos atrás. Para arrearle, más bien.

La fiesta iba por el tercer día. Queríamos poder ver sus carreras, que a veces duran días y noches enteras, empujando una bola de encino con el pie por las más inauditas trochas y flanqueados por antorchas en la oscuridad. Pero los de Ararako ya las habían celebrado, donde por cierto uno había perdido la mayor parte de su ropa, que es lo que había apostado, y ya no querían hacer más, pues llevaban demasiado santiguado encima. Que al año que viene mejor. De la Quadra no se resignó. No entraba eso en su doctrinario. Se enteró de que había dos grandes corredores de la vecina Batopilas, Bonifacio y Rodrigo, que aunque han venido a vender artesanías, y de ello no se van a mover, Miguel encuentra la solución, comprándoles todo lo que han traído y añadiendo algunos pesos más. Resuelto el asunto a mutua satisfacción, se acuerda una carrera nocturna y queda fijada la iglesia como salida y meta final. La niña de Bonifacio, cogida siempre de la mano de su padre, no puede quitar los ojos de los bigotones de Miguel.

"Un círculo de antorchas recibió a los campeones en el recinto, donde se ajustan los guaraches a los pies y empuñan sus bastones"

Un círculo de antorchas recibió a los campeones en el recinto, donde se ajustan los guaraches a los pies y empuñan sus bastones. La niña sigue agarrada a la mano de Bonifacio. Este en un momento le susurra algo al oído, ella se aparta y se queda pegada a la barbacana, inmóvil. Esperará allí a su padre aunque tenga que aguardar toda la eternidad.

Sale la carrera, flanqueada por las teas resinosas de quienes los acompañan. Algunos ruteros se unen a ellos y se alza el grito “¡güeriga, güeriga!”, que nunca puede faltar en una carrera de los Pies Ligeros. Corren suavemente, como deslizándose, llegan a la bola de encina que han de llevar siempre delante, se la colocan en el empeine con el bastón y la lanzan de nuevo. La carrera se pierde en el monte, y a lo lejos se la ve a veces brillar, y cuando va volviendo se la escucha de nuevo gritar. Pero tarda mucho, y da tiempo a los que no hemos ido para hablar. Cuentan lo que siembran, y están contentos con la lluvia caída. En las partes altas maíz, calabaza, papas, trigo y cebada, y en las bajas frijoles, cebollas, chile y… más maíz. Y con él hacen el pinole, que es una maravilla, es maíz tostado, molido muy, muy fino, y todo raramuri cuando se pone en camino lleva un saquito y un recipiente. Cuando tiene hambre y sed, lo llena de agua y echa los polvitos en él, lo bate y se lo come. Y tiene para otro día de camino. Doy fe de que es gran comida y bebida, refresca y reanima. Cabeza de Vaca, estoy seguro, llevaba siempre con él su saquito de pinole desde que pasó por allí. No recuerdo bien quién ganó la carrera. Bonifacio volvió a donde estaba su niña, la cogió de la mano y se fueron los dos. Ella, al despedirse, seguía mirando muy fijamente los bigotes de Miguel.

Nosotros también nos vamos al día siguiente. Llegamos a Creel, la capital Taraumara, y luego a Divisadero, un nombre apropiado para el lugar, pues desde allí se atalaya la Barranca del Cobre, por la que Cabeza de Vaca descendió de la sierra hacia el mar, de la fría altitud a un clima por momentos tropical. La Barranca del Cobre también tiene bien puesto el nombre, pues al atardecer los rayos del sol dando en las paredes de vertiginosas caídas alumbran los farallones y les sacan un vibrante color cobrizo que parece calentar todo el cañón. Los colibríes suben hasta los porches de algunas viviendas en el mismo viso y liban en las flores que cuelgan.

"Para los españoles San Blas tenía también mucho que ver y recordar. Y para Miguel descubrimos que aún mas"

Hicimos nosotros también una pequeña expedición hasta el fondo del cañón para ver allí su hermosa vegetación, la abundancia de tunas y de todo tipo de plantas y flores, pero no proseguimos por los pasos del chamán, sino que volvimos a subir, y al día siguiente, en el fabuloso Chihuahua Express. Por los inauditos lugares por los que trascurre llegamos al Pacífico, a Los Mochis, a Mazatlán y a San Blas de las Californias, ahora de Nayarit. Allí una etnia más, con la que también hablaba, seis lenguas, entendía otras muchas más y sabía además la universal de los signos, conectó y dejó su huella en Cabeza de Vaca: los huicholes. Pero para los españoles San Blas tenía también mucho que ver y recordar. Y para Miguel, descubrimos que aún mas.

Un De la Quadra en San Blas de las Californias

En San Blas de las Californias estaba nada más y nada menos que la comandancia de nuestra marina para toda aquella zona del Pacífico norte. Carlos III le concedió gran importancia. Desde allí se buscó el paso del Noroeste, se taponó el intento de expansión zarista desde Alaska hacia el sur y las grandes expediciones científicas, como la de Malaespina, tuvieron allí puerto seguro. Y allí vi yo a Miguel de la Quadra emocionarse, recoger entre las ruinas vencidas por el tiempo y la selva un pequeño trozo de teja y guardárselo en un bolsillo. Me contó después el porqué: Juan Francisco Bodega y Quadra, nacido en Lima, era antepasado suyo. Había sido comandante allí, parado a los rusos en Nurka, descubierto y conquistado la isla de Vancouver, aunque a la postre hubo de cederla a los ingleses. Y aunque él y el jefe inglés —Vancouver—, amistosamente, decidieron llamarla Isla de la Quadra y Vancouver, a la postre solo con Vancouver se quedó. Me parece que aun así una de sus principales avenidas se llama Quadra Street.

Huichol

Los huicholes son gentes hermosas y alegres, que gustan de pintar cuadros de colores vivos y risueños, como ellos. Son católicos, pero reverencian también a su diosa, que es diosa del amor y se llama Aramara. Tiene su santuario en una isla pegada a la costa a la que se llega en canoa y a la que después de casarse por el rito cristiano las parejas van luego a pedir también su bendición, que mejor que una madrina —la de allí es nuestra señora de Atocha, por más señas— son dos. Y disputar con Aramara sale mal, como cuentan que resultó una vez que un cura se puso muy pesado con la diosa indígena del amor e hizo muchas prédicas contra ella. Hubo una tormenta, y un rayo cayó en la iglesia y dañó la imagen cristiana de otra virgen que estaba de visita, la de Atocha no.

Fueron los huicholes fueron quienes acompañaron definitivamente a los cuatro españoles errantes al reencuentro con los suyos. Dieron con ellos tras llegar un día Castillo corriendo como un poseso, pues en el cuello de un indio este, a modo de abalorio, llevaba una hebilla de hierro. Y en efecto, a poco dieron con su pista y con ellos. Que no fue bueno el encuentro, y fue cuando Álvar, tras disputar agriamente por defender a sus indios y ser conducido por los cristianos al encuentro del Gobernador, pensó con mucha tristeza que a la postre se sentía en aquel instante, tan ansiado y tan largamente sufrido para conseguir alcanzarlos, más prisionero que se había sentido entre los indígenas, al menos entre aquellos últimos que encontró y que tenían casa de asiento y cultivaban el maíz. Entre sus indios. Los indios de Cabeza de Vaca.

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