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Los perros duros no bailan: Una lealtad en busca de una causa

Detalle de la portada de Los perros duros no bailan

Hace tiempo que Arturo Pérez-Reverte se refiere a su manera de escribir como “un sacar cosas que había ido metiendo en la mochila” a lo largo de ese viaje que es la vida de cada uno. Durante treinta y pico años fue a eso a lo que se dedicó principalmente, a vivir mucho y muchas cosas, especialmente dado su oficio de reportero de guerra, y es solo entonces, cuando ya se tiene vida, cuando uno puede ponerse a contar algo. En 1983 escribió la novela El húsar, pero no la vio publicada hasta tres años después, y de ella se hizo una sola reseña, en la revista Quimera. 35 años más tarde, o sea, la vida de tres perros más tarde, las cosas han cambiado bastante: Pérez-Reverte es uno de los escritores de más éxito en lengua española, cada publicación suya (a veces un mero tuiteo), recibe muchísima atención, y a través de novelas, guiones y artículos de dominical se ha ganado algo que aprecia quizá más que ninguna otra cosa como autor: la capacidad de escribir con total libertad, debida a sus lectores, a los que siempre se la ha agradecido.

En pocas de sus creaciones se nota más esa libertad que en esta última novela, Los perros duros no bailan, un proyecto que más de un escritor y más de una editorial habrían rechazado desde su propia idea de concepción, pero que en sus manos se convierte en un nueva vasija de artesano que funciona sólidamente para lo que fue concebida, esta vez incluso notándose como nunca las marcas de los dedos del fabricante sobre la cerámica. Es una mezcla de novela negra, fábula con animales que hablan y recordatorio de lacras sociales sin necesidad de recurrir a un tono explícito de denuncia ciudadana, y es que una de las cosas que salen a relucir aquí de la mencionada mochila es un tono reporteril donde la denuncia, si existe, se hace a base de un seco “aquí una bomba, aquí un muerto, aquí un hijo de puta” que se entiende por sí solo sin necesidad de mayores proclamas, como recordarán quienes leyeran a Pérez-Reverte en el diario Pueblo o lo vieran en el Telediario o en Informe semanal. Porque quien no se vea alterado por los relatos de sangre en los corros de peleas o por las imágenes de galgos ahorcados ya no va a verse conmovido, por más palabras que lo acompañen. Todo ello viene sazonado en esta novela con una galería de personajes y un estilo de redacción tan reconocibles que ya hasta él mismo los llama “revertianos”.

El libro tiene 168 páginas, y puede encuadrarse junto a otras obras de parecida extensión que Pérez-Reverte ha escrito anteriormente, como La sombra del águila o Un asunto de honor, con las que comparte varias cosas, empezando por el haber sido escritas en poco tiempo y con la idea totalmente clara desde el principio. Además, con la primera comparte el tono de mezcla de humor negro, incluso paródico en ocasiones, con momentos de gran dramatismo, que desemboca en finales duros, violentos, por una parte sin concesiones, pero por otra parte tampoco exagerada o apocalípticamente trágicos. Con la segunda está el parentesco del personaje central, que pasa de ser un camionero convertido en príncipe rescatador de la princesa, a un perro veterano de peleas ilegales que también se ve abocado, por reglas internas propias, a jugarse el pellejo en busca de dos amigos desaparecidos. En ambas ocasiones, las decisiones de los protagonistas, que no eran los más honestos ni los más piadosos, pero eran valientes, tendrán consecuencias serias y crueles.

La trama sigue a Negro, un perro de ocho años, cruce de mastín y fila que, investigando la desaparición de dos de sus amigos, vuelve a un pasado que ya creía haber dejado atrás, el de las peleas ilegales de perros. La historia no está protagonizada por humanos que siguen a los perros e interpretan lo que les ocurre, sino que está narrada desde el punto de vista de los propios canes, adaptando sus pensamientos a como probablemente los expresarían si hablaran nuestro idioma. Al principio el tono de fábula humorística se hace más presente, atribuyendo por ejemplo diversas personalidades a cada nuevo perro que aparece dependiendo de su raza, cosa que resultará bastante divertida para quienes entiendan del tema, y reflejando la falta de preocupación de los animales por temas como el machismo (el capítulo 2 se titula, sin ningún disimulo, Los perros somos machistas) o las costumbres sexuales en su especie. Producto de la mencionada mochila viajera del autor hay una perra argentina, Margot, y otra mexicana, Tequila, que hablan en el acento mezclado de quien va abandonando el suyo original por el del nuevo país donde se encuentra, y la segunda incluso tiene su propio narco-corrido (aquí “perro-corrido”) cual si fuera la Reina del Sur. También hay un borzoi ruso llamado Boris, un dóberman neonazi llamado Helmut, un pastor belga llamado Degrelle, un gran danés llamado Olaf y un beauce francés que habla con la egge (“Date pog muegto, peggo español”), como ya pasaba en La sombra del águila o en Cabo Trafalgar. Al sistema de transmisión de rumores local se lo llama “Radio Perro” en vez de Radio Patio, por donde “se corre el ladrido” en vez de la voz, e incluso alguien llega a referirse, en plan de ideal de belleza, a un tal “Rodolfo Perrostino”. Todos estos elementos están buscados, como ya se ha dicho, en plan de parodia gamberra, y dada la cita con la que comienza este libro, procedente del cervantino Coloquio de los perros, habrá que recordar, por ejemplo, aquel párrafo del Quijote en el que se inventa toda una retahíla de cómicos nombres de caballeros andantes como Laurcalco, Micocolembo o Brandabarbarán.

Habrá quien considere que no todas estas adaptaciones de lo humano a lo perruno están perfectamente logradas, pero en este relato eso sería mirar el dedo en vez de la luna: cuando se llega de verdad a la resolución de la misión que se autoimpone Negro hay escenas muy emotivas donde no solo se olvida uno de lo anterior, sino que de verdad queda reivindicada toda la idea de presentar la historia a través de los propios perros: el conmovedor destino de Cuco el perro bodeguero, o los varios encuentros que va teniendo Negro con aliados, rivales y hasta perras de variada estirpe no quedarían igual relatados desde la mirada de un cazador arrepentido, un voluntario de ONG, un delincuente encallecido o un agente de la ley que va más allá de su deber. Incluso la manera en que se refleja la testaruda y a veces incomprensible fidelidad de un perro a su amo queda vista aquí desde un ángulo que le saca matices nuevos a lo que podemos observar normalmente desde nuestra mirada humana. Para cuando Negro cristaliza todo eso en la frase de que “un perro no más que una lealtad en busca de una causa”, ese sentimiento ya ha quedado reflejado en todas sus luces y sombras.

Tras treinta y pico años y treinta y pico libros, Pérez-Reverte cada vez ve ante sí más definido, que no limitado, el territorio narrativo en el que le gusta moverse. En la presentación de la novela dijo incluso que “ya no puedo escribir sobre otros personajes, porque soy rehén de las cosas que he vivido y he visto”, y así, en el espacio de menos de 170 páginas pueden notarse innumerables ecos de otras obras suyas o ideas que aparecen como leit motiv frecuente en todas ellas, como la de no rendirse aunque se sepa que se va a acabar mal, porque la única salvación posible es no esperar salvación alguna, pero que al menos al malo le sangre la nariz tras vencerte. La lealtad sin fisuras, sobre todo con los amigos elegidos, es también de capital importancia, y eso por encima de banderas, patrias o ideologías. Como en buena novela de raíz negra, hay hembra (literalmente) de por medio, y hay detalles también como un “manca finezza” que recuerda a Gualterio Malatesta, un luchador sonado con ecos al Potro del Mantelete de La piel del tambor o unos perros con hambre que bajan al llano cual lobos en torno a Troya, escritos por Virgilio y traducidos en el colegio. Negro, por su parte, es un personaje de cicatrices en el cuerpo, sangre en las uñas y pesadillas en la memoria que puede quedar sin ningún problema a la altura de los más memorables que haya escrito Pérez-Reverte, con su énfasis en la lealtad, la dignidad y la valentía.