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Los raptos de Europa

Los raptos de Europa

En el principio de los tiempos, Europa fue una mujer fenicia de la que se encaprichó el mismísimo Zeus. Como el dios precisaba de alguna argucia para aproximarse a los mortales, optó por transformarse en un toro blanco e internarse en el césped donde pastaban las reses que poseía el padre de la chica. Ella, atraída por el porte de aquel nuevo ejemplar, se acercó a él y empezó a acariciarlo y no tardó en acreditar su mansedumbre; en consecuencia, se confió y se acomodó sobre su lomo. Zeus no desaprovechó la ocasión y echó a correr con la muchacha subida sobre sus carnes, se echó al mar y no se detuvo hasta que llegó con su inopinada amazona hasta las orillas de la isla de Creta. Una vez allí, reveló su identidad, colmó a la mujer de regalos e inscribió la silueta de un toro en las estrellas para crear la constelación de Tauro. Esta historia la versificó el gran Ovidio en sus Metamorfosis, y el historiador Heródoto —quizá porque la cosa resultaba un tanto inverosímil incluso en aquella época— quiso aportarle un toque de racionalidad aseverando que a Europa la habían secuestrado, realmente, los cretenses, quienes habrían vengado así el rapto de otra mujer llamada Ío, a la sazón princesa de Argos.

"La crisis económica de 2008 arrojó un trato nada hospitalario del enriquecido norte al empobrecido sur, del mismo modo que ahora la pandemia coronavírica"

El inefable paso del mito al logos ha hecho que a la pobre Europa del secuestro se la conozca hoy menos que al continente que lleva su nombre y cuya etimología, según acreditados especialistas, no se debe tanto a la leyenda griega como a la evolución de la raíz semítica hrb, cuyo significado remite a las puestas de sol y, por tanto, se habría empleado para designar a las tierras que desde la perspectiva oriental desplegaban sus dominios hacia los confines del ocaso. Si bien los primeros pobladores de ese vasto suelo hicieron la vida por su cuenta, como no podía ser de otra manera, el devenir de los siglos y las servidumbres de la vecindad acabaron propiciando que sus destinos y desatinos se entrelazaran, dando pie a una historia conjunta que ha conocido tantas luces como sombras, pero que nos vincula irremediablemente a un espacio común del que no es lícito desentenderse. Y así, el germen de lo que hoy conocemos e interiorizamos como Europa nació en una colina de Atenas, se expandió con Roma en la época del imperio, entremezcló creencias y herejías merodeando en torno a los caminos de Santiago, viajó a nuevos mundos desde puertos españoles y portugueses, abrazó el ideal ilustrado al amparo de tres conceptos —libertad, igualdad, fraternidad— que quisieron definir la edad moderna y se desangró en guerras intestinas que generaron afinidades electivas y rencores nada edificantes.

El último de esos grandes enfrentamientos se produjo cuando el nazismo alemán y el fascismo italiano aunaron sus delirios, y el desastre fue tan grande que su término constituyó el principio de una nueva concepción de las relaciones entre estados vecinos. Los primeros pasos de la Unión Europea se dieron como reacción a los variados nacionalismos que habían desestabilizado el continente en las décadas anteriores y con la vocación de levantar sobre las ruinas aún humeantes una suerte de unidad de destino en lo colectivo. Desde entonces, el experimento ha venido avanzando a trancas y barrancas y sus virtudes innegables no han eclipsado por completo sus defectos. Entre ellos, acaso el principal sea su atención primordial y casi único a los aspectos puramente económicos y la escasa empatía social o política que ha demostrado en los momentos de horas bajas que el continente ha tenido que atravesar en estos últimos años. Habermas dijo en una ocasión que el desarrollo de la conciencia europea es más lento que el avance de la realidad concreta, y la pertinencia de esa observación se comprobó por vez primera cuando la crisis económica de 2008 arrojó un trato nada hospitalario del enriquecido norte al empobrecido sur, del mismo modo que ahora la pandemia coronavírica está generando reacciones que casan poco o mal con esa comunidad de ciudadanos libres e iguales que, al menos sobre el papel, conformamos. No se trata de denostar a las potencias de la Europa norteña —porque no hay más que darse una vuelta por allí para comprobar que en ellas las cosas acostumbran a hacerse razonablemente bien— ni de analizar el sentido calvinista o católico de la vida para buscar explicaciones trascendentales a lo que es sólo el fruto de esa deshumanización tecnocrática que tan grata resulta a ciertos economistas. Tampoco tienen sentido las veleidades secesionistas cuando, si algo hemos aprendido después de tanto remar, es que las navegaciones solitarias suelen deparar peores resultados que las singladuras conjuntas.

"El rechazo de Alemania y Holanda a la creación de un gran fondo de auxilios mutuos a escala europea sería comprensible si los números fueran números, pero ocurre que tras los números hay vidas, en plural"

El rechazo de Alemania y Holanda a la creación de un gran fondo de auxilios mutuos a escala europea sería comprensible si los números fueran números, pero ocurre que tras los números hay vidas, en plural, y que entre las razones de que unos países partan con mejores condiciones que otros se encuentra el que la Unión Europea no se haya mostrado especialmente vigilante ante el cumplimiento mínimo de unas directrices comunes en materias esenciales. Recuerdo un texto emocionante de Manuel Tuñón de Lara en el que venía a decir que Europa empezaría a construirse en serio cuando un español sintiese tan suya la Alhambra de Granada como la catedral de Notre Dame y un alemán asumiera que tan cruciales son para su acervo las sinfonías de Beethoven como las novelas de Cervantes. Mientras el viejo continente siga entregado a esos raptos de orgullo con los que el relajado sur cuestiona las rigideces del más bien austero norte; mientras éste se empeñe en olvidar que fue en el primero donde surgieron las civilizaciones que terminarían otorgando carta de naturaleza a la estructura que hoy nos integra a todos; y mientras unos y otros pierdan de vista que esa integración entre estados debe tener como finalidad inexcusable la igualdad entre sus habitantes, seguirá siendo tristemente certera aquella frase que acuñó José Luis Sampedro: «Europa es como un jefe que nunca se pone al teléfono».

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