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Aute, de vuelta del mar

Fotomontaje de Laura Aute

Como colofón a su libro Poesía para los que leen prosa (Visor, 2005), Miguel Munárriz pidió a un grupo de creadores que seleccionaran su poema favorito y Luis Eduardo Aute, que fue uno de los consultados, escogió el poema que Robert Louis Stevenson pergeñó como epitafio para su propia tumba y cuyos últimos versos dicen así: «Aquí yace donde quiso yacer; / de vuelta del mar está el marinero, / de vuelta del monte está el cazador». La elección no podía sorprender a nadie que hubiese permanecido más o menos al tanto de la obra de Aute. En 1982 había abierto su disco Fuga con una canción que tituló «Vailima», nombre de la última morada del autor de La isla del tesoro, y cuya letra era un homenaje indisimulado a creadores que habían encontrado inspiración en las corrientes oceánicas, enhebrando un gozoso repaso que iba de Conrad a Melville sin olvidarse de Baroja, Defoe o Valle-Inclán. En el libreto de ese mismo álbum, la letra de «Flor de un día» aparecía encabezada por una cita de Stevenson: «La vida… ¿qué es la vida? En un páramo desnudo ver el amor llegar, ver el amor marcharse.»

"En la canción que encabezó su último disco de estudio, El niño que miraba el mar, y en la que tan fácil resulta encontrar hoy connotaciones premonitorias"

Hay razones que justifican ese hermanamiento entre el cantautor hispanofilipino y el novelista escocés. Una tiene que ver con la salud: si Stevenson tuvo que emprender la navegación hacia los mares del sur a causa de una tuberculosis, Aute contrajo esa misma enfermedad en la isla de Cuba y la convalecencia le obligó a mantener un reposo de cinco meses que aprovecharía para embarcarse en unas cuantas lecturas que terminarían por modificar su percepción del mundo e imprimir nuevas orientaciones a su obra futura. El otro vínculo surge del mismo mar que ambos surcarían varias veces en distintos momentos de sus vidas. En la canción que encabezó su último disco de estudio, El niño que miraba el mar, y en la que tan fácil resulta encontrar hoy connotaciones premonitorias, Aute regresaba sobre una vieja fotografía que su padre le había tomado cuando él contaba dos años de edad y se asomaba a las inmensidades oceánicas desde el malecón del puerto de una Manila zarandeada por los últimos envites de la II Guerra Mundial. De la contraposición entre su yo de aquel tiempo y el yo desde el que entonces le cantaba, separados por casi siete décadas, nacía una hermosa reflexión en torno al transcurrir de los años y las dificultades de reconocer al que uno es en la persona que uno fue. Nada que no hubiera hecho ya en algunas de las piezas que le habían convertido en un referente para el imaginario sentimental de varias generaciones, pero que en este caso adquiría una gravedad más acusada al colocarse él mismo en el centro de la escena para forzar un reencuentro tan imposible como deseado con aquel niño, ponerle ante los ojos la evidencia de lo que para él era futuro y forzar la pregunta inversa: si quien fue es capaz de reconocerse en quien será. Algo así planteó Stevenson, justamente, cuando acuñó que «ser lo que somos y convertirnos en lo que somos capaces de ser es la única finalidad de la vida».

"Fundó un país que sólo existía en su imaginación, aunque realmente estuviera en los sueños de todos"

Había todo un mar entre el niño que miraba y el adulto que le devolvía la mirada, un mar que estaba muy próximo al que vio Stevenson cuando enfiló la última vuelta de camino convertido en Tusitala, el contador de historias, merced al apodo que le pusieron los aborígenes del Pacífico Sur en lo que fue el más bello reconocimiento que pudo obtener su talento narrativo. Lo que Aute hacía —y hacía mucho y bueno: películas, poemas, obras de arte, poemigas, y por supuesto canciones— se desenvolvía más bien por los territorios de la lírica, pero en esa lírica se contenía nuestra historia, la personal y la colectiva, la que nos atañe a cada uno y la que nos ocupa y nos preocupa en tanto que componentes todos de una sociedad en marcha hacia la gloria o el desastre. Nos encontrábamos en sus textos, en sus dibujos, en sus planos, en sus acordes, como quien se ve reflejado en un espejo capaz de devolver la imagen de la verdad más cruda, y al calor de sus metáforas y sus paradojas conseguimos entender conceptos que se antojaron imposibles hasta que él nos los tradujo. Fundó un país que sólo existía en su imaginación, aunque realmente estuviera en los sueños de todos, y se inventó una flor para representar a quienes defienden un criterio independiente, siempre en busca de la cara oculta de la luna; nos dijo que el pensamiento no debía acomodarse nunca y nos conminó a no perder la vocación de rozar la belleza con la punta de los dedos, por mucho que los mercaderes acechen a la vuelta de la esquina con sus vacuas tentaciones; nos enseñó, cómo no, que esa mar que él había buscado desde niño y que bien podía ser una mujer era un sentimiento mucho antes que un paisaje, y nos invitó a seguirla porque en ella, fiel origen del latido, anida el principio más puro de la vida.

"Aute tendrá que hacerse a la idea de que quienes tanto le debemos no estamos de ninguna manera dispuestos a olvidarlo"

Son demasiadas cosas para no agradecérselas, igual que los indígenas le agradecieron a Stevenson sus historias hasta el punto de transportar su féretro, en volandas y arropado por todos los honores, hasta la cumbre prohibida del Vaea. Sabemos que al escocés le importunaba un poco la reputación que había conseguido con sus prosas —«Algo debo de haber hecho mal o no sería tan famoso», dijo—, del mismo modo que Aute se sentía incómodo, por timidez o por humildad, cada vez que le iban a contar lo importante que estaba siendo su obra en la vida de tanta gente. Ahora que vuela por esas tierras en las que las ciencias no son exactas y cuyos días riega la luz de ese sol que acaso le soñó, ahora que también él está de vuelta del mar, tendrá que hacerse a la idea de que quienes tanto le debemos no estamos de ninguna manera dispuestos a olvidarlo.

Vídeo: El niño que miraba el mar

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