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Los restos de Borges no volverán a Buenos Aires

Los restos de Borges no volverán a Buenos Aires

Portada: Borges fotografiado por Pepe Hernández en París, imagen de la exposición ‘El otro, el mismo’, en la Fundación Ortega-Marañón de Madrid.

No por presentida, resulta menos devastadora la noticia que anuncia el título de esta crónica. El hecho, la constatación, sucedió el pasado 20 de octubre, martes; un día grande, no tanto para Borges y sus amigos y admiradores, como para María Kodama, y quizás para el Instituto Cervantes. La noticia tuvo lugar en el seno de esta institución, en un instante tangencial que no duraría ni un minuto.

Había una gran ceremonia con motivo de la entrega de material de Borges y de María Kodama para guardar en la cámara de seguridad del edificio (antes fue un banco), la llamada Caja de las Letras. La costumbre se inició en tiempos de César Antonio de Molina con un manuscrito inédito de Francisco Ayala (que será abierto medio siglo después) en la caja número 1.032, y ha continuado con otras decenas de escritores. Se echaba en falta al más grande, Jorge Luis Borges.

Y por fin, cuarenta años después de su muerte, un muy leve legado del escritor argentino quedará guardado en la caja número 1618, justo por encima del poeta español José Agustín Goytisolo. No estará solo. A su izquierda le acompaña la caja dedicada a Averroes (el filósofo andalusí del siglo XII, a quien Borges recrea en su cuento La busca de Averroes) y a su derecha, la de María Kodama (tal vez, el peaje), autora de un fino libro de relatos, otro de conferencias y coautora de La divisa punzó, un ensayo que reivindica la figura de Rosas, el tirano que más odiaba (junto a Perón) Borges.

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, en el acto en el que se ha depositado el legado del escritor Jorge Luis Borges, con motivo del 40 aniversario de su fallecimiento, y de su compañera y difusora María Kodama, en la Caja de las Letras. Efe / Javier Lizon

Fueron estas dos cajas las que se cerraron en el Instituto Cervantes, en una ceremonia a la que asistieron el jefe de Gobierno (alcalde) de Buenos Aires, la ministra de cultura de Argentina, además del embajador en España y otras personalidades dentro de la Semana de Borges en Madrid. También estuvieron presentes, y fueron el foco de todas las miradas, María Victoria y Mariana Kodama, dos de los cinco sobrinos de la heredera universal de Borges, y herederos a su vez del legado, la obra y etcétera del escritor. Ellas fueron las que eligieron la corbata gris que Borges llevó en el premio Cervantes y la cámara de fotos de su tía para guardar en las cajas del tesoro, junto a algunas cosas menores o intercambiables, como una reproducción del mural Prisma, la primera revista argentina de un joven Borges y sus ultraístas que pegaron en las calles de Buenos Aires, una antología de su poesía de 1923 a 19589 y su último libro Los conjurados, junto a dos repetidas fotografías. Un legado mínimo, ya que cualquier coleccionista de Borges posee un botín más valioso.

El acto de Madrid era el momento para la pregunta que el mundo cultural argentino lleva años haciéndose: ¿Volverán los restos de Jorge Luis Borges al panteón familiar del cementerio de la Recoleta? Ahora estaban presentes las dos partes implicadas (las dos partes enfrentadas): el gobierno y las herederas de Borges, pero todo fue demasiado ceremonioso, y no hubo contacto directo con el público invitado, ya que el acto se retransmitió por una pantalla, mientras los participantes intervenían desde la antesala de la Caja de las Letras.

Pero la pregunta estaba ahí. Es la que nos repetimos los que amamos al escritor, y se esperaba que este año, en el que se celebran las cuatro décadas de la muerte de Borges, sus restos pudieron volver a casa.

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, en el acto en el que se ha depositado el legado del escritor Jorge Luis Borges, con motivo del 40 aniversario de su fallecimiento, y de su compañera y difusora María Kodama, en la Caja de las Letras, este martes. Al acto ha asistido el alcalde de Buenos Aires, Jorge Macri. Efe / Javier Lizon

En Argentina existe una larga tradición de repatriaciones de figuras históricas, como el General San Martín, el héroe de la Independencia americana; el presidente Juan Manuel Rosas; Juan Bautista Alberdi, autor intelectual de la Constitución, o la misma Eva Perón, que reposa, por cierto, a sesenta metros del panteón familiar del Coronel Suárez, donde están enterrados los abuelos, los padres y la hermana de Jorges Luis Borges, junto a sus gloriosos antepasados.

Así que, aún con el espíritu del joven periodista, me colé entre la comitiva oficial en ese breve recorrido de la sala acorazada al salón de actos para abordar a Mariana Kodama y preguntarle si ella y sus hermanos iban a autorizar la repatriación de los restos de Borges. La sobrina trató de irse por las ramas, recordando que hay un juicio de fondo que tendrá que dilucidarlo; así que al periodista no le quedó más remedio que atajar, casi avasallar: ¿Van a permitir, sí o no, que los restos de Borges vuelvan a su tierra? La pregunta exigía una respuesta concreta: “Nosotros vamos a respetar la voluntad de nuestra tía”.

La voluntad de María Kodama es que el cuerpo de Jorge Luis Borges, hoy como ayer, y para siempre, permanezca en el cementerio de Ginebra. En vida ya se negó a autorizar su traslado. Algunos bienintencionados pensaron que era para conservar esa intimidad (aparente) a través de los siglos, y creyeron que ella misma acompañaría al que era el amor de su vida (esto lo dijo después de muerto Borges). Pero no fue así. En cuanto se sepultó al escritor, María Kodama abandonó Suiza y volvió a Buenos Aires, al apartamento de Rodríguez Peña 1126 que Borges había pagado.

Antes de su triste y solitario final pidió ser enterrada en Buenos Aires, no en la Recoleta, lo que hubiera sido una broma macabra, sino a 65 kilómetros, en el Cementerio Parque Memorial. ¿Qué razones pudo tener María Kodama para no permitir que el cuerpo de Borges volviera a su tierra con su familia? Es difícil ponerse en la mente de una mujer tan singular; me lo he preguntado y los únicos motivos que aventuro se pueden reducir a dos palabras: posesión y venganza, pero esto es una mera conjetura.

María Victoria Kodama deposita el legado del escritor Jorge Luis Borges, con motivo del 40 aniversario de su fallecimiento, y de su compañera y difusora María Kodama, este martes en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. Efe / Javier Lizon

La cruda realidad es que los sobrinos de María Kodama se niegan a que se repatríe al escritor argentino. Borges ya había expresado su deseo de yacer junto a los suyos en varias ocasiones; lo dejó escrito en el primer poema de Fervor en Buenos Aires, de 1923 (“Esas cosas pensé en la Recoleta, / en el lugar de mi ceniza”) y volvió a escribirlo dos años antes de su muerte. Su voluntad, sin embargo, se ha contrariado por unos sobrinos anónimos, que nunca conocieron a Borges y no es imposible que tampoco a su tía, María Kodama. Parece una paradoja borgiana o quizás una historia kafkiana, aunque lo uno refuerza lo otro.

Para completar la mañana en el Instituto Cervantes, el profesor Lucas Adur, autor de una (buena) biografía de Borges, habló, ya en vivo, sobre el escritor argentino y su relación con España. El acto se cerró con la interpretación de algunas canciones, cuya letra escribió Borges para un disco con Astor Piazzola, como Milonga de Jacinto Chiclana, que glosa la cualidad que más admiraba el escritor, y así lo pregona casi al final: “Entre las cosas hay una /de la que no se arrepiente / nadie en la tierra. Esa cosa / es haber sido valiente”.

Ese mismo día de pompa y esplendor en el Instituto Cervantes se inauguró en la Fundación Ortega-Marañón, casi en voz baja, una recomendable exposición titulada El otro, el mismo con fondos procedentes del Museo del Escritor de Madrid, fundado por los comisarios de la muestra, Claudio Pérez Mínguez y Raúl Manrique Girón, en donde se pudieron contemplar libros personales de Borges, primeras ediciones de sus obras, así como dedicatorias y abundantes fotografías poco conocidas. Entre ellas, la que abre esta crónica, de Pepe Fernández, en la que un ensimismado Borges posa en el Café Les Deux Magots, en la Plaza de Saint-Germain-des-Prés, uno de los cafés literarios más famosos del mundo, que conoció a Verlaine y Rimbaud, y donde solían trabajar Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre.

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