Se ha dicho siempre que la novela es un asunto de madurez, aunque las editoriales españolas actuales lo contradigan y no cesen de publicar a jóvenes que, por ese hecho, ya se les predispone un valor añadido. Woody Allen, que ha publicado cinco libros de cuentos y nos sorprendió muy pronto con la frescura, el ingenio y el descaro de Cómo acabar de una vez por todas con la cultura y Sin plumas, ha decidido pasarse, al fin, a la novela, y al cumplir los 90 años publicó su primera novela, ¿Qué pasa con Baum? (Alianza), que en España se editó hace algún tiempo y ha pasado desapercibida. Tras leerla tardíamente, pero con muchas ganas y medianas expectativas, nos tememos que la madurez también tiene una fecha de caducidad, y al talento, como a la maternidad, se le puede pasar el arroz.
He ahí el problema de Asher Baum, el protagonista absoluto y hasta asfixiante del libro. Un escritor que aspira a ser Dostoievski y Kafka al mismo tiempo, que escribe novelas profundas en las que quiere mostrar ideas, pero los personajes no existen como tal, sino que son vehículos para trasmitir su pensamiento. A sus novelas (como le dicen) le falta emoción. A ¿Qué pasa con Baum? le falta, para empezar, una mínima intriga narrativa, ya que la novela es una sucesión interminable de personajes a los que se aborda y se describe ampliamente sin que sepamos si vienen a cuento (la mayoría no).
Baum es un periodista y escritor cincuentón, casado con Connie, una rica heredera que le lleva a vivir al campo: ya al principio de la novela se nos presenta como alguien que habla solo, algo, que dialoga consigo mismo, que podría ser un recurso, pero aquí es un exceso y un agobio. Apenas hay acción propiamente dicha. Baum nos habla de sus dos esposas anteriores, de la hermana gemela de su primera mujer, de su hermano, de los sucesivos amigos de la Universidad, de su agente, de los editores, y así siguen surgiendo, yendo y viniendo, estos personajes en un aullido interminable sin que tengamos muy claro hacia dónde va a ir la novela.
Dos sucesos son los que medio vertebran la historia. El primero se presenta casi al comienzo, pero luego se diluye, como si fuera un espejismo, para tomar fuerza en las últimas páginas del libro. Su hijastro Allen, siempre demasiado protegido por su madre, acaba de obtener un tremendo éxito con su primera novela, lo que provoca los celos del marginado Baum, a quien ni las ventas ni la crítica le han tratado bien. El otro hilo de la historia, que se quedará en el aire, es el reportaje feroz y la posible demanda que le va a poner una periodista oriental porque, tras una entrevista encantadora, el escritor intentó despedirse con un cordial beso y al apartarse ella, le tocó accidentalmente un pecho.
Estas son las dos leves tramas, diluidas entre multitud de personajes (que pasan), de recuerdos, de pensamientos, y sobre todo, de esa especie de desdoblamiento de su protagonista, que le proporciona al lector una cierta hartura. No nos extraña que su editor le diga: “Vamos, por Dios, mete personajes de carne y hueso, con conflictos reales y algo de intriga”.
La novela adolece de lo que su editor ficticio le dice, y ni siquiera hay tantas frases ingeniosas, visiones arriesgadas o aforismos como en sus muy recomendables cuentos. La edición del libro (no sabemos si el original es igual) tampoco ayuda, ya que es un texto todo seguido, cuando se deberían haber metido blancos para separar situaciones y escenas, en lugar de dejarlo en un totum revolutum. Por otra parte, esa mezcla de tercera y primera persona y la sucesión de los dos tipos de diálogos no ayudan a la nitidez del lector. La portada (una alusión a El grito, de Edvard Munch, en pleno Manhattan), es la misma de la edición americana, y no es improbable que para Woody Allen quiera representar la imagen de la vida humana (o de su propia vida).
Este libro, que gira sobre el mundo y las obsesiones de Woody Allen, tendría más brillo y sería más eficaz (incluso llegaría a emocionar) en una película. Una película hecha, claro, por Woody Allen, uno de los grandes (grandes) directores de cine, tan grande que sería capaz (no sabemos si ya a los 91 años) de hacer una atractiva película de esta novela tan poco estimulante. Es cierto que en los últimos años sus películas han sido menores o repetitivas, pero entre ellas existen dos grandes, como son Blue Jasmine y Medianoche en París (por cierto, en la novela hay una indirecta alusión a esta película, cuando se habla de que en el París de los años veinte sentirían nostalgia del París de la Belle Époque). Y así, como en El gran Gatsby, “seguimos adelante, botes contra la corriente, obligados una y otra vez a poner rumbo hacia el pasado”.
PS: Respondiendo al título de la crónica, diríamos que con la primera novela de Woody Allen no ha pasado nada (bien que lo lamentamos), y no es improbable que no veamos una segunda.


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