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Imagen de portada de En la orilla, de Rafael Chirbes. Anagrama, 2013.

Caminé una hora por el paseo atestado de jubilados en pleno disfrute de la temporada baja levantina y acabé tomando un vino con dos personajes recién salidos de una novela de Chirbes. La sordidez, esta vez, la pusieron mis ojos, no las palabras del escritor. Los tipos se mostraban felices, esperanzados por el próximo pelotazo urbanístico, una nueva explosión del turismo barato a golpe de ordenanza municipal.

No era 2007, fue hace poco, en pleno 2016. Mis compañeros de barra ignoraban que, de no haber huido de las páginas de Crematorio o En la orilla, estarían condenados a la ruina, la enfermedad, la muerte o un buen puesto en una diputación. Lejos de ver venir su decadencia página a página, contemplaban el futuro con esperanza, con la seguridad de que es cuestión de tiempo volver a las andadas. Tenían una fecha apuntada en la agenda: el 26 de junio. Ilusos. O iluso yo, ya veremos

La lógica interna que impone la ficción, por verosímil que sea, no siempre se extiende a la realidad, ni siquiera roza a quienes apenas hojean el Marca, el As y los boletines oficiales. A veces los personajes se ilusionan tanto con sus propias tramas que vuelan libres, pasean por la calle ajenos al duro destino al que les llevan las palabras. Si la justicia literaria se impone, lo llevan crudo.