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Lou Reed era español

Manuel Vilas publica nuevo libro, Lou Reed era español. Un viaje a través del paisaje de una España que tiene tanto de melancolía como de reivindicación de una época. A continuación puedes leer las primeras páginas de esta obra que fascinará a todos aquellos que fueron jóvenes en los años 80.

Hey, honey, take a walk on the wild side. Lou Reed

1 . VIAJE A L CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS (1975-1977)

Hay muchas formas de vivir, infinidad de razones para que la vida comience. La vida sólo permite ser contada si ves en ella un viaje.

Sólo hay un viaje importante en la vida. Todo viaje esconde un deseo. El mejor de los viajes es el que la vida misma propone, el trayecto de la vida a la muerte. También se puede viajar dentro de la muerte, como hacían los griegos. El viaje esconde un crimen. La vida es violencia secreta. Esconde el crimen contra uno mismo.

Corre el año 1975 y estoy viendo a un adolescente que vive en un pueblo español de quince mil habitantes. En el corazón de ese chico hay un deseo, una perplejidad imparable, imprudente, terca: el chico quiere viajar a la búsqueda de una Voz. Es como si de repente tuviera una visión de futuro, un futuro compuesto de largos viajes por España buscando el esclarecimiento de un misterio. Ese chico tiene doce años y ni siquiera sabe muy bien qué es España. Sabe dibujarla, sabe poner tres ciudades en el mapa. Ese chico no conoce la geografía española, ni sus ciudades ni sus pueblos ni sus carreteras. Sabe que existe un país llamado España, que ése es el nombre de su país, pero todavía no sabe que se compone de decenas de ciudades, de provincias, de carreteras, de pueblos, de calles, de lugares, de playas, de montañas, de gentes diversas.

El chicodescubre que existe España en el mes de marzo de 1975. Es un chaval de doce años obsesionado por la cadencia de una Voz. Escucha esa Voz en vinilos, en elepés, es una Voz que expresa fuerza, que expresa una energía desconocida por él. Desea meter dentro de su propia vida toda la energía que está detrás de la Voz.

Lee en la prensa musical española que esa Voz americana viene a España, que esa Voz va a manifestarse por tres veces: una en Barcelona y dos en Madrid. La Voz, es esa Voz, la Voz que se oye cuando la aguja del tocadiscos atraviesa el vinilo. A veces se queda mirando la hermética textura del vinilo: cómo es posible que allí nazca esa Voz, que aparezca en un plástico inerte; esa Voz que transmite euforia y calor, ganas de vivir, unas fortuitas y luminosas y lúgubres y piadosas ganas de vivir. Tras la Voz, se presiente la vida de alguien que es asimismo el dueño de todas las vidas. Tras la Voz está la ruptura con todas las cosas, con todas las convenciones, con la ley, con el orden, con lo esperable, con lo que se espera de todos los días.

El pueblo en el que vive este chico se llama Barbastro, un pueblo del Alto Aragón, de la provincia de Huesca, un pueblo que sólo tiene una tienda de discos.

Ese pueblo lo es todo para él. Cuanto ese chico es cabe en ese pueblo. Ese adolescente comienza a maquinar un viaje a Barcelona o a Madrid. Lo habla con su amigo Pablo Albareda. ¿Cómo demonios se viaja a Barcelona o a Madrid? Pablo y el chico miran en una gran enciclopedia el mapa de España. Al menos, descubren que desde Barbastro está más cerca Barcelona que Madrid. Con sus dedos índices recorren sobre el mapa el itinerario que va de Barbastro a Barcelona. Observan que Barcelona da al mar. Con su imaginación viajan hasta allí, hasta Barcelona, junto al mar.

En Barcelona, en la desconocida ciudad de Barcelona, allí se va a manifestar la Voz que lleva obsesionando a ese chaval desde que a finales de enero de 1975 un amigo le diera un disco titulado Rock’n’Roll Animal. Fue un trueque: el chico le entregaba Harvest de Neil Young y su amigo, a cambio, le cedía el disco de Lou Reed. El amigo del chico se llamaba Ángel Sari­ ñena. Años después, Ángel Sariñena sufrió un trágico accidente.

Estaba haciendo el servicio militar y regresaba a casa con un permiso de una semana.

Viajaba en tren.

El tren paró en una estación secundaria unos minutos, minutos que Ángel aprovechó para acercarse hasta la cantina de la estación con la intención de comprar un paquete de cigarrillos Ducados. Tan sólo se le hizo un minuto tarde.

Cuando la muerte es cuestión de un minuto justo, la inconsistencia de las cosas humanas aumenta.

El tren comenzó a moverse muy lentamente. Intentó subirse sin éxito a un tren en marcha y cayó a las vías. El ferrocarril se tragó primero sus extremidades, luego el torso y la cabeza.

No quedó nada de él, nada salvo ese disco: el Rock’n’Roll Animal de Lou Reed guardado en una estantería de un piso humilde de Barbastro y un paquete de cigarrillos de la legendaria marca Ducados sobre la vía.

El paquete de Ducados salió indemne.

Un tipo que pasaba por allí acabó fumándoselo entero. Fumar la cajetilla de alguien que ya no fuma no va contra la ley ni entonces ni ahora.

Volvamos al chico: está extrañado y fascinado ante la cubierta de un disco de un cantante americano del que no había oído hablar jamás.

¿Qué es Estados Unidos?

Parece que de allí viene todo.

Ese adolescente coloca el vinilo en su tocadiscos, un tocadiscos monoaural, y comienza a sonar la canción «Sweet Jane», exactamente la introducción a la canción compuesta por el guitarrista Steve Hunter, y en ese momento el cerebro (que no el alma) de ese adolescente comienza a modificarse, a transformarse, a viajar hacia una región desconocida. El chico siente que Lou Reed coge su mano y lo conduce a su mundo, directamente a otro lugar, y todo ya es distinto. En su ingenuidad, el 10 chico piensa que la Voz sólo existe para él, que él es el único dueño de la Voz sobre la Tierra.

Los dos amigos, a mediados de una tarde de un mes de marzo de 1975, caminan hasta la estación de autobuses de Barbastro. Allí preguntan cuánto cuesta un billete para Barcelona. El empleado les aclara que sólo puede venderles un billete hasta Lérida y que en Lérida tienen que sacar otro hasta Barcelona. Luego les pregunta la edad. Quiere saber si se han escapado de casa. Se asustan. Desisten. El chico escucha el nombre de esas ciudades: Lérida, Barcelona, Barbastro… Y tras la armadura fonética de esas ciudades está la gente, una gente que no tiene nada que ver con lo que la Voz de Lou Reed expresa. De eso, increíblemente, el chico, por instinto, por intuición, se da cuenta.

El chico se pone a pensar en cómo será Barcelona. Se le antoja un espacio sideral, algo ingobernable, un lugar peligroso. Tiene miedo. Sí sabe de la existencia de Lérida. Una vez su padre lo llevó a Lérida. Recordaba una calle de Lérida donde había una juguetería famosa. Exhibía sus juguetes colgados a lo largo de toda la fachada del edificio. Desde un cuarto piso hasta el suelo había una columna de lujosos juguetes pendiendo del aire. Evoca la mano de su padre en la suya y sus ojos clavados en ese desfile de juguetes maravillosos. ¿Era Lou Reed su nuevo juguete? ¿Un juguete especial, un juguete para niños distintos? ¿Quién había diseñado un juguete tan complejo? ¿Eran los Beatles un nuevo juguete también, un juguete para niños mayores? ¿Una nueva juguetería invadía la civilización occidental? Pocos años después, el chico viajará con otro amigo a Lérida y allí descubrirá una tienda de discos.

Obviamente, el viaje a Barcelona se trunca.

Ni siquiera se atreve a confesarle a su padre la disparatada idea de que quiere viajar a Barcelona con su amigo Pablo para escuchar a un extraño cantante americano. Pablo, en realidad, no se había tomado en serio nada, sólo le sigue la corriente a su amigo por solidaridad, por fraternidad. No entiende quién es ese Lou Reed, pero se muestra solidario con la pasión de su amigo y se siente obligado a ofrecerle apoyo.

En la prensa musical española el chico ve las fotos de los conciertos de Lou Reed en Barcelona y Madrid.

Muestran el rostro de Lou Reed, un rostro inconfundible.

Un rostro distinto a todos los rostros.

Un hombre esquelético, una cara huesuda, gafas de sol en plena noche, una cazadora negra, muy negra tal vez, una sensación de desafío. El mundo está cambiando, eso parece indicar ese rostro. El chico, con sus doce años y ninguna conciencia política, lee las reseñas de dichas actuaciones y en todas ellas se recoge un dato que no acaba de entender. Se habla de la censura franquista, se habla de que unos guardias civiles habían ido a ver a Lou Reed y le habían ordenado que no cantara una canción.

Y esa canción es «Heroin».

El chico tiene que indagar quién es Francisco Franco, por qué su policía prohíbe a Lou Reed cantar «Heroin» y dónde demonios puede escuchar esa canción, pues no sale en los dos discos que ya tiene.

Mira fotos de Franco en una enciclopedia.

Parece un sacerdote romano o, tal vez, un abuelo no deseado.

Le recuerda a las películas de romanos del cine Cortés de Barbastro. A veces va vestido de almirante, todo de blanco.

En su imaginación, se forman dos figuras antagónicas, el almirante Francisco Franco, vestido de blanco, y Lou Reed, enfundado en cuero negro.

El hombre de blanco manda callar al hombre de negro. ¿Pero por qué si no se entiende nada en las letras, si nadie sabe qué dice ese hombre de negro que se expresa en una lengua que nadie conoce?

El hombre de blanco debe de conocer la lengua del hombre de negro, ésa es la única explicación. La lengua que habla el hombre de negro se llama inglés.

Con doce años ya se da cuenta de que algo raro pasa en Espa­ ña, ese país que muchos años después recorrerá persiguiendo a la Voz. Pasea por su pueblo, por las calles de su pueblo, intentando averiguar qué está pasando si es que está pasando algo. Lou Reed va a obligarlo a viajar mucho por España y no será sólo un viaje físico, geográfico, también será un viaje moral, cultural y político, tal vez un viaje a las tinieblas, tinieblas incluidas. Sí, tinieblas y exaltaciones incluidas.

El chico sufre porque sólo posee dos elepés de Lou Reed. Los dos vinilos que llegaron a la única tienda de discos que había en Barbastro de mediados de los setenta. Es una tienda pequeña, en la calle San Ramón, regentada por dos ancianos parsimoniosos.

Tiene su gracia que fueran dos ancianos quienes vendiesen los vinilos de Lou Reed.

La vejez y la juventud extrema se daban la mano.

Las manos de los ancianos colocaban los discos de Lou Reed en el escaparate. La compañía discográfica RCA estaba lanzando a Lou Reed en España, de ahí que apareciesen dos discos suyos en un pueblo como Barbastro, esos dos discos son Lou Reed Live y Rock’n’Roll Animal. Los modernos iban surgiendo en todos los pueblos de España. La clase media había triunfado y se había consolidado y, curiosamente, iba a demoler a aquellos políticos reaccionarios y a aquellos tecnócratas del franquismo que la habían inventado.

El hombre de blanco acabaría siendo demolido por el hombre de negro.

Pero fue el hombre de blanco quien se inventó involuntariamente, muy involuntariamente, a aquellos jóvenes que amaban al hombre de negro.

La historia siempre avanza, traza un airado viaje de toda una especie hacia nadie sabe dónde, pero siempre se presiente un lugar mejor.

Pablo Albareda tiene unos tíos que viven en la ciudad de Lé­rida. Convence el chico a su amigo Pablo, lo convence de que tienen que ir juntos a Lérida. Pablo vuelve a ceder porque es su amigo y porque el chico tiene un gran poder de convicción, pero no entiende por qué un cantante americano tan raro y, por tanto, peligroso, es la razón de un viaje a Lérida. El pretexto del viaje, no obstante, será una inesperada visita de Pablo a sus tíos y a sus primos. Alguien le había comentado al chico que en Lé­ rida, en la Calle Mayor, había una excelente tienda de discos. Lérida era mucho más grande que Barbastro. Quizá Lérida fuera tres veces más grande que Barbastro, de manera que era verosímil lo que le habían dicho. Su obsesión ahora es hacerse con dos discos inencontrables en Barbastro, discos de los que hablan en las revistas, a saber: Transformer y Sally Can’t Dance.

Ese viaje a Lérida ocurre en 1977, dos años después del primer intento de escapada. Es el primer viaje importante en la vida del chico porque lo hace sin su familia y con un cometido diseñado por él mismo, un cometido estéticamente original tanto para la edad del chico como para el contexto social y cultural en el que vive. El chico ya ha crecido un poco más.

Se trata de un viaje de 66 kilómetros.

La gente fuma y come en el autobús. Hay un señor que se está fumando un faria y comiéndose un bocadillo de sardinas. El chico se tiene que sentar al lado de ese señor. Pablo está asustado. Tampoco Pablo ha viajado nunca a ninguna parte. Ahora ya tienen quince años. El chico mira los detalles del autobús: el cenicero plateado, el asa en el frontal para poner las manos, la tapicería oscura. Nota la falta de amortiguación en los asientos. Y comienza el viaje. El autobús se detiene en to­dos los pueblos de aquella España de 1977: Monzón, con su estación de autobuses despintada y lúgubre; Binéfar, donde el autocar aparca en un desierto porque no hay estación; luego viene Almacellas. Los dos amigos van viendo pueblos derrotados, viejos, medievales.

No eran autobuses.

En realidad, el nombre de la época con el que se designaban a aquellos seres mecanizados era el de «autocares».

Y todos eran de la marca Pegaso.

El chico va a Lérida en busca de algo diferente a cuanto lo rodea, en busca de discos de Lou Reed, y cruza la Edad Media montado en un Pegaso. Parece haber mucha carga simbólica en las cosas. Todos los pueblos donde para el autocar son más pequeños que Barbastro, algo que sorprende e incluso atemoriza o tal vez excita al chico.

En algunos no hay semáforos.

Rara vez se divisan señales de stop recién fabricadas y pagadas por las emergentes diputaciones provinciales.

La gente que sube y baja del autobús tampoco tiene desperdicio: una mujer sube con una gallina. El conductor no se da cuenta, pero Pablo y el chico sí se dan cuenta. Tal vez en aquella época estaba permitido viajar con gallinas dentro de un autobús, quizá sí. La gente fuma puros y cigarrillos Ducados y la gallina comienza a cacarear.

El chico va pensando en los discos de Lou Reed que le faltan, pensando en la espectacular cubierta de Transformer, donde aparece el rostro de la Voz con sombras en los ojos y en los labios, con un micrófono delante, tocando una guitarra que parece una utopía, un sueño, una fiesta, una nave espacial no con extraterrestres, sino con líquidas, acuosas y fluidas canciones dentro. El rostro de Lou Reed que se materializa en la portada del elepé Transformer marcó una época: sombras, belleza, excitación, arrebato, desvanecimiento, cuerpos líquidos y no sólidos.

Viaja a Lérida a por ese disco, a la búsqueda de la tienda de cuya existencia le habían hablado. «Allí encontrarás Transformer», le dijo un moderno de Barbastro. Parecía como uno de esos viajes mitológicos, como si fuese a la búsqueda del Santo Grial. Se da cuenta, con quince años, de que Lou Reed lo está haciendo viajar por una geografía delirante, una geografía polvorienta, rural.

Colisionan explosivamente las portadas de los discos de Lou Reed con los pueblos españoles donde se venden esos discos. Llegan a Lérida, la ciudad en la que va a encontrar Transformer, y el chico transforma (y vale el juego de palabras) Lérida en Nueva York. Obviamente, la Lérida de 1977 no era más que una capital de provincias. Lérida tenía en el año 1900 una población de 21.352 habitantes. En 1977 tiene 62.987 habitantes. Setenta y siete años han producido 41.635 almas. Lo relevante es que Lérida guarda el Santo Grial que el chico busca. Una prima de Pablo los espera en la estación. Es una chica fea, gorda y pobre. El chico también se siente pobre, pero no de espíritu. Ella les enseña las calles principales de Lérida y los lleva a la tienda Discos Martínez, la tienda que el chico está buscando. A la prima de Pablo le extraña que el chico quiera a toda costa visitar esa tienda y aún le extraña más la cubierta del disco que quiere comprar. Discos Martínez era entonces la tienda de discos más grande de Lérida y, por supuesto, la tienda de discos más grande que el chico había visitado en su vida.

Discos Martínez tiene dos plantas.

La planta de calle exhibe discos abominables, los discos de éxito que se oían entonces en España. El rock está en la planta subterránea. El chico desciende nervioso aquellas escaleras porque ya arriba un empleado le había confirmado que tenían el disco. El empleado del sótano enseguida se lo muestra con complacencia. Otro fan de Lou Reed.

—Sólo nos queda éste —dice—, es un disco glorioso,¡vaya disco!

El empleado se queda mirando, un tanto perplejo, al chico. Es evidente que tiene delante a un crío. No entiende cómo a un crío puede gustarle esa música.

—Oye, pero tú pareces un crío, ¿no? ¿Cómo es que te gusta Lou Reed? E

l empleado tiene poco más de veinte años, acaso veintidós. Lleva melena y una camiseta de los Rolling Stones.

—Lo que no entiendo es cómo puede gustarte a ti Lou Reed si llevas una camiseta de esos horteras para críos de los Stones —le contesta el chico.

El tipo se mosquea, pero sabe que tiene razón, sabe que entre la música de los Rolling Stones y la de Lou Reed hay un abismo. Aunque una camiseta no es más que una camiseta.

—Una camiseta sólo es una camiseta, pero ya veo que eres un enrollao —dice.

No sólo tienen Transformer. El chico también compra Sally Can’t Dance. Cada uno cuesta 325 pesetas.

Los dos elepés le salen por 650 pesetas.

La prima y los dos amigos caminan por las calles céntricas de Lérida. El chico se queda mirando una tienda donde venden caracoles vivos.

La prima de Pablo le aclara que los caracoles a la brasa son un plato típico de Lérida.

Van a comer a la casa de los tíos de Pablo. El chico respira aliviado porque no le dan de comer caracoles, sino pollo con patatas fritas. El chico sólo estaba deseando regresar a su casa para poder oír los dos discos, sus dos tesoros. La prima de Pablo insiste en dedicar la tarde a conocer Lérida. Y así lo hacen. El autocar no sale hasta las siete y media. No muestra el chico ningún interés por los monumentos de Lérida que la prima de Pablo les enseña. Sólo quiere regresar. Es como si ese chico se negara a ver las cosas reales que lo circundan. Viaja hacia dentro. La Voz lo hace viajar hacia dentro. Suben al autocar. No le da el chico dos besos en la mejilla a la prima de Pablo cuando se despiden. No se han caído bien.

A ella le gusta Camilo Sesto y a él Lou Reed.

No tiene arreglo posible. O el arreglo tal vez fuera otra guerra civil. Es de noche. Pueblos oscuros, hostiles, blandos y, a la vez, devastadoramente hermosos de las provincias de Lérida y de Huesca. Y el chico aferrado a sus dos vinilos, protegiéndolos de cualquier percance, como si aquellos vinilos contuviesen todas las maravillas del universo.

Había descubierto algo tan desconcertante como misteriosamente único en aquella Voz. Esa Voz era lo que él quería ser. Estaba convirtiendo la Voz de Lou Reed en un deseo personal de vida, de explicación y exaltación general de todas las cosas. Era esa Voz, la posesión de esa Voz, eso quería. Probablemente no le gustaba nada la vida que llevaba en España.

El chico estaba viajando por primera vez al corazón de las tinieblas.

Autor: Manuel Vilas. Título: Lou Reed era español. Editorial: Malpaso. Venta: Amazon 

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