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Lupe Vélez tras el último tequila sunrise

Lupe Vélez tras el último tequila sunrise

A veces imagino a Lupe Vélez en la recta final, afrontando ya su último destino, y me vienen a la cabeza dos ideas: la primera es la de Elmyr de Hory, el célebre falsificador de arte en esas mismas circunstancias; la otra es el recuerdo de la secuencia final de Fatalidad (Josef von Sternberg, 1931). De Hory, uno de los notables de la Ibiza mítica, convertido por Orson Welles en el protagonista de Fraude (1973), se cuenta que, sabiendo que las autoridades españolas se disponían a extraditarle para ser juzgado por sus falsificaciones, decidió suicidarse tras celebrar una última fiesta con sus amigos.

En esos planos de Fatalidad a los que me refiero, Marie Kolverer (Marlene Dietrich), la agente X27 de la inteligencia alemana en el París de la Gran Guerra, se dispone a ser fusilada por los franceses. El oficial que dirige el pelotón se ofrece para vendar los ojos a la bella espía. Pero X27 demuestra tener mucho más coraje que quienes van a matarla. Así, tras acercarse, coqueteando con socarronería —como si entrase en un salón de moda— al paredón contra el que, en breve, la fuerza de las balas ha de empujar su bello cuerpo agujereado, no sólo rechaza la venda que le ofrece el oficial al mando del pelotón de fusilamiento —por cierto, un enamorado de ella—, también enjuga las lágrimas que brotan de los ojos del soldado y sonríe con ironía a la tropa que, al punto, ha de quitarle la vida.

"Abundando en el último drama de Lupe Vélez, el insidioso Anger apunta que Lupe se arrepintió e intentó vomitar los sedantes. Pero ya era tarde"

El trece de diciembre de 1944 Lupe Vélez apuró su último tequila sunrise y dio una disculpa a sus amigas Benita Oakie y la también actriz Estelle Taylor. Sus compañeras en su última cena eran la esposa y la exesposa, respectivamente, del también campeón mundial de los pesos pesados —y actor ocasional— Jack Dempsey. Tras despedirse de ellas, Lupita se encerró en su habitación para ingerir todo el seconal que precisó para llegar a la muerte sin sentirla, en un último sueño. Su última visión de la vida debió de ser la de las flores y las velas encendidas, que previamente —acaso después de desayunar con Errol Flynn y Bruce Cabot esa misma mañana— había hecho colocar alrededor del que habría de ser su lecho de muerte. Aquello parecía la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en el día de la patrona, sostiene Kenneth Anger, el insidioso autor de Hollywood Babilonia (1965).

Abundando en el último drama de Lupe Vélez, el insidioso Anger apunta que Lupe se arrepintió e intentó vomitar los sedantes. Pero ya era tarde. Siempre según el autor de Hollywood Babilonia, el suicidio de la antigua amante de Charles Chaplin, Gary Cooper y el propio Flynn, entre otros muchos, hubiera sido como el de ciertos adolescentes, que preparan matarse para llamar la atención de sus padres y esos días sus padres regresan a casa tarde, de modo que no pueden llevarlos al hospital para el lavado de estómago y, en efecto, se matan, cuando sólo pretendían que los papás —o la chica que no les hacía ningún caso— se fijasen en ellos.

"Se sabe que Lupe Vélez era una actriz que precisaba del halago constante. En pos de él se daba a la autocompasión con sus amigos"

Se sabe que Lupe Vélez era una actriz que precisaba del halago constante. En pos de él se daba a la autocompasión con sus amigos, para que estos le recordasen lo buena que era en la creación de sus personajes y le dedicasen uno de aquellos “Lupita, chérie” que tanto esperaba. Aunque de este dato se podría concluir que la Spitfire Mejicana —que la llamaban en Hollywood por su apasionado carácter—, intentó atraer la atención de la alegre colonia de Beverly Hills —incluida la infame gacetillera Louella Parsons—, yo no quiero creer que la Parca se la llevase con la cabeza en el inodoro, intentando vomitar las pastillas, tal sostiene Anger.

Otros comentaristas, mejor intencionados, estiman que, con las setenta y cinco pastillas de seconal que había ingerido le hubiera sido completamente imposible levantarse de la cama. Por lo tanto, fue allí donde, a las nueve de la mañana del día siguiente, al ir a entrar con el plan del día, se la encontró muerta su secretaria, Beulah Kinder.

"Entre el exmarido y los antiguos amantes que llevaron el féretro a hombros también se vieron algunas lágrimas, como las del oficial que mandó el pelotón de fusilamiento de Fatalidad"

Coinciden, además, todos los comentaristas en señalar que la suicida dejó una nota que explica la recta final, ese último tramo de su camino. Iba dirigida a Harald Ramond, nombre con el que empezaba a hacer carrera en Hollywood el gigolo austriaco Harald Maresch: “Que Dios te perdone, y también a mí. Pero antes que traer al mundo a mi hijito con deshonor, o asesinarlo, prefiero quitarme la vida y la de nuestro bebé”, rezan dichas líneas. “¿Cómo pudiste, Harald, fingir tamaño amor por mí y nuestro hijito, cuando jamás nos quisiste de verdad? No veo otro camino, de modo que adiós y buena suerte”.

Si a mí el final de Lupe se me antoja como el de la agente X27 es debido a que llegado el momento del sepelio de la Mejicana Explosiva —que también se la llamaba—, entre el exmarido y los antiguos amantes que llevaron el féretro a hombros —Johnny Weissmüller, Gilbert Roland, Arturo de Córdova— también se vieron algunas lágrimas, como las del oficial que mandó el pelotón de fusilamiento de Fatalidad.

"En las tablas fue conocida como la Niña Lupe y ya sobresalió en los bailes sicalípticos que, a imitación de los parisinos, empezaban a estilarse en los escenarios autóctonos"

Guadalupe Villalobos Vélez había nacido en San Luis de Potosí (Méjico) en 1908. Hija de un general y una cantante, su familia destacaba entre las notables del lugar. Por eso, en 1923, con el objeto de que aprendiese inglés, sus padres enviaron a Lupita a estudiar con las monjas en el convento de Santa María del Lago, en San Antonio (Tejas). Tan piadosa como ardiente en el amor carnal, sus fuertes convicciones religiosas siempre habrían de chocar con la pasión que le inspiraban los hombres.

Sólo contaba quince primaveras cuando los avatares de la revolución, en la que se veía inmerso Méjico desde 1910, se llevaron a su padre, y Lupita empezó a trabajar para ayudar a su familia. De vuelta a Ciudad de Méjico, su madre la introdujo en el teatro. En las tablas fue conocida como la Niña Lupe y ya sobresalió en los bailes sicalípticos que, a imitación de los parisinos, empezaban a estilarse en los escenarios autóctonos.

"Lupe Vélez ya era toda una primera actriz cuando cayó en la que habría de ser su perdición: los hombres. El primero de sus amantes fue Gary Cooper, con quien protagonizó El canto del lobo"

Regresó a Estados Unidos en 1925 y, tras un breve periplo como bailarina en espectáculos de variedades y algunas recomendaciones, no tardó en ser contratada en las legendarias revistas musicales de Florenz Ziegfeld. Al cine llegó merced al gran Hal Roach, quien, al ver unas pruebas de Lupita para la Metro, le ofreció un pequeño papel en Sailors, Beware! (1927), un cortometraje de El Gordo y El Flaco. La pantalla silente ya tocaba a su fin, pero Lupita tuvo tiempo de ser la partenaire de Douglas Fairbanks en El gaucho (F. Richard Jones, 1927). Para David W. Griffith protagonizó La melodía del amor en el 29, y ese mismo año encabezó el reparto de Oriente, del gran Tod Browning.

Lupe Vélez ya era toda una primera actriz cuando cayó en la que habría de ser su perdición: los hombres. El primero de sus amantes fue Gary Cooper, con quien protagonizó El canto del lobo (Victor Fleming, 1929). De lo miserable que siempre fue Cooper con todas sus amantes dan buena prueba las memorias de la también actriz Patricia Neal, una de sus innumerables conquistas, quien sufrió una depresión tras abortar el hijo de ambos.

Las pasiones de Vélez comenzaron a ser del dominio público cuando, en un ataque de celos, estuvo a punto de arrancarle una oreja a Cooper. Al final, fue la madre del intérprete, quien siempre se opuso a la relación de Gary con la “Pantera Mejicana” —tal llamaban a la actriz las gacetilleras—, quien acabó con aquel romance.

"Las broncas domésticas llegaron a oídos de Hedda Hopper, la rival, en la crónica social de la alegre colonia de Hollywood, de Louella Parsons"

Ya enmarcada en papeles “étnicos” —mujeres hispanas o exóticas por cualquier otra razón para el estándar estadounidense—, chaparritas con mucho carácter, como era la misma Lupe, con la llegada del sonoro siguió haciéndose notar en los personajes creados en cintas de realizadores de la altura de William WylerThe Storm (1930)—, Monta BellEast is West (1930)— o Cecil B. DeMilleEl prófugo (1931)—.

Casada en 1933 con Johnny Weissmüller, alterna su trabajo en Hollywood —que comienza a ir a menos cuando en 1934 la RKO no le renueva el contrato— con sus apariciones en las revistas musicales de Broadway. Pero Weissmüller —el Tarzán por excelencia de la gran pantalla— no soportaba los coqueteos de su mujer con otros hombres. Las broncas domésticas llegaron a oídos de Hedda Hopper, la rival, en la crónica social de la alegre colonia de Hollywood, de Louella Parsons. Las heridas que Lupita causaba a su marido en aquellas discusiones comienzan a ser del dominio público.

"Pero creo que Anger se equivoca al atribuir al último trance de la mexicana el aire del flashback de una cinta de Cecil B. DeMille. Ya digo, a mí se me antoja más en la línea de esas despedidas entre risas de quienes se suicidan en su propia fiesta"

Tras la separación de Weissmüller en el 39, los hombres en el corazón de La Chinanpina empezaron a ser tan numerosos como breves. Desde antes de la ruptura con su marido, mantuvo un lío con Arturo de Córdova (sic). A medida que dejó de hacer gracia esa “guindilla con Lupe” de la que hablaba la prensa, comenzó el declinar de la filmografía de la actriz, quien tuvo que empezar a comprarse a sus amantes. Ése fue el caso de Harald Maresch, el galán austriaco llegado a Hollywood huyendo de los nazis, que la dejó embarazada. Dicen que, en sus últimos días, estaba arruinada. Que vivía de créditos que no iba a poder pagar. Eso también debió de contribuir a su precipitada despedida.

Pero creo que Anger se equivoca al atribuir al último trance de la mexicana el aire del flashback de una cinta de Cecil B. DeMille. Ya digo, a mí se me antoja más en la línea de esas despedidas entre risas de quienes se suicidan en su propia fiesta. Y después, eso de los antiguos amantes portando el féretro, que tiendo a asociar a la secuencia del fusilamiento de Fatalidad.

“Lupe jamás había lucido tan bella —escribió Louella Parsons en la noticia del suicidio aparecida en el Los Angeles Examiner del quince de marzo—. Reposaba como si estuviese dormida… Había una lánguida sonrisa en sus labios, como si albergase sueños secretos”.

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