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Magallanes, en viaje

Para Magallanes, Elcano y todos aquellos hombres de la expedición que dio la Primera Vuelta al Mundo.

Está solo. Siempre está solo. Desde que salió de Sanlúcar de Barrameda, él y todos los demás en las cinco naves, está solo. Siempre estará solo, durante todo el viaje.

El mar está azul, enormemente azul. El cielo está azul, enormemente azul. Él juega con sus astrolabios y sus relojes de arena. Cree que han pasado lo más difícil, con mucho, y así lo dice a las tripulaciones, pero nunca se sabe qué peligros les esperan.

Fernando de Magallanes ya ha hecho Historia, y lo sabe, pero también sabe que puede hacer todavía más Historia, y así no está claro cuánta gloria le corresponderá tras este viaje infernal en el que están desafiando a todo lo imaginado.

"Magallanes piensa, ante tanta penuria, cuando para andar por cubierta tiene que sortear los cuerpos de sus marineros, colindantes entre la vida y la muerte, piensa en el fin de su viaje"

Ya dejan atrás el “paso”, el paso que han nombrado como el “Estrecho de Todos los Santos”. Una de las naves ha abandonado y ha vuelto a España. Él mismo tuvo que condenar a uno de sus capitanes, Juan de Cartagena, a permanecer solo en tierra, con apenas provisiones, a la espera de una muerte segura.

Ha soportado un motín; lo ha soportado y lo ha superado, con increíble pericia. Ha desafiado a las tormentas, a la incertidumbre, a la creencia firme en un fin cierto. Nadie creía en él en las cinco naves, salvo, tal vez, Antonio Pigafetta, que escribe una crónica sobre el viaje mientras todos sufren calamidades. Pero el italiano lo admira.

Tras atravesar el paso vuelve la confianza que la expedición tuvo en él al partir de Sanlúcar de Barrameda. Cuando llegan al “Mar del Sur”, que Magallanes rebautiza “Pacífico”, hace a los cañones estallar en salvas.

Ahora vienen tres meses de navegación tranquila, con magníficos y constantes vientos, pero con escasísimas provisiones.

El escorbuto se ceba con los marineros. Comen ratas, se beben los orines de esas mismas ratas. Humedecen los cueros que cubren los palos de las velas para que los cabos no los desgasten. Los humedecen en el mar, luego los cuecen y se los comen.

Y él está solo, siempre solo. A menudo en su camareta, en la nao capitana, la Trinidad, calculando cuánto tiempo, y cuántas leguas, le pueden quedar hasta llegar a las Islas Molucas, las riquísimas Islas de las Especias, el destino  y objetivo de su viaje.

Magallanes es muy callado, misántropo, de carácter colérico y violento, pero también fiable. Puede ser el mejor amigo de un hombre, pero también el mejor enemigo. Y del mismo hombre.

Magallanes piensa, ante tanta penuria, cuando para andar por cubierta tiene que sortear los cuerpos de sus marineros, colindantes entre la vida y la muerte, piensa en el fin de su viaje, en los cuatro barcos que quedan de su armada, bien cargados de clavo y nuez moscada, de vuelta a España.

O se ve llegando triunfal a Sevilla, habiendo demostrado que tenía razón en la existencia de un paso que uniera los océanos, dos mundos, y que la tierra era redonda, que él la había rodeado, el primero de todos.

"Se ve viajando a Valladolid, o a Barcelona, o a cualquier sitio en el que esté el joven Emperador, para darle cuenta de su expedición, y para esperar de él todos los premios y honores que sin duda merece"

Se ve escribiendo ya en España, desde la misma camareta del Trinidad, una carta, un informe, al jovencísimo emperador Carlos. Se ve a sí mismo escribiéndola con todo cuidado y mimo, en la placidez del anhelado puerto, paladeando lentamente el triunfo.

Y se ve viajando a Valladolid, o a Barcelona, o a cualquier sitio en el que esté el joven Emperador, para darle cuenta  de su expedición, y para esperar de él todos los premios y honores que sin duda merece.

Pues habría dado una vuelta al mundo, la primera, el mayor viaje que soñaran nunca los hombres. Y él conoce las dimensiones de dicho viaje, y del mundo, y lo que le faltaba para completar dicha aventura, con todos los rumores que oyó y toda la información y cartografía que pudo reunir, pues ya antes había llegado hasta la India, por el cabo de Buena Esperanza, rodeando África.

Pero el cielo está siempre azul, durante meses, y el mar está azul, durante meses, sus marineros arracimados famélicos, moribundos, en las cubiertas, y él está solo, terriblemente solo, infernalmente solo. Desde que salieron, hace ya tantos soles, lunas y mundos, que es difícil llevar bien la cuenta.

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