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Un paseo con el fantasma de Luis Cernuda

Un paseo con el fantasma de Luis Cernuda

Cuántas veces has ido en otro tiempo
camino de esta fuente,
buscando por la senda oscura
adonde mana el agua.

La primera vez que recorrí Cuckoo Lane, en Inglaterra, no pude menos que evocar uno de los poemas más abstrusos del poeta español Luis Cernuda. El poema se titula, precisamente, Vereda del Cuco y cierra el libro Como quien espera el alba. La evocación no se debe sólo a la coincidencia de nombres, contra lo que pueda parecer, sino también al personalísimo carácter de ese viejo y angosto camino que une Oxford con los altos de Headington. Misterioso, umbrío y solitario, no tiene más de dos metros de ancho y discurre a la sombra de gruesas ramas de olmos y castaños que asoman amenazadoras sobre los muros añejos que lo flanquean, cubiertos de musgo y hiedra, hasta impedir el paso del triste sol inglés.

Cuántas veces pisaste
este sendero oscuro
adonde el cuco silba entre los olmos.

Durante años no concedí crédito a la intuición de que el recoleto Cuckoo Lane pudiera ser el modelo que sirvió a Luis Cernuda para pintar el iniciático paisaje interior, perdido para siempre, que bien puede simbolizar su extrañamiento íntimo. Y es que a veces le da a uno por pensar en Cernuda como un ser humano extrañado de sí mismo. En otro orden de cosas, los senderos y hasta carreteras llamados Camino del Cuco no son extraordinarios en España, así que su metáfora bien podía carecer de referente concreto. Hasta que en una de mis estancias en Oxford, mi anfitrión, Sir Lawrence R. De Bournnesson, me contó que el largo exilio de Salvador de Madariaga transcurrió en Headington.

—¿De veras? —exclamé gratamente sorprendido.

Conversábamos ante un whisky en la terraza de Mournemouth Manor, la casa solariega de los Bournnesson ubicada, precisamente, en los altos de Headington Hill.

—Sí, aquí al lado, frente al White Hart.

Casi derramo el whisky. El White Hart, centenario pub donde solemos cenar en el curso de mis visitas, se encuentra a sólo unas decenas de metros de uno de los accesos a Cuckoo Lane. Le recriminé que nunca me lo hubiera dicho y se defendió flemático.

—Bueno, nunca me lo preguntaste.

La Box Tree House en St Andrew Rd (Headington, Oxford), a pocos pasos de la cernudiana ‘Vereda del Cuco’ (Cuckoos Lane). En azul, la placa que recuerda a Madariaga. Gentileza de Google Maps.

Cuando supo que Cernuda también estuvo exiliado en Inglaterra, aunque sólo cinco años, y que tenía amistad con Madariaga, así como que es autor de un poema cuyo título en inglés bien puede ser Cuckoo Lane, dejó de reír y al día siguiente, sin que yo se lo pidiese, me mostró una sobria construcción de ladrillo en Saint Andrew Street. Una placa en la fachada disipaba cualquier duda. Salvador de Madariaga (1886–1978). Statesman, Scholar and Writer, lived here 1929–1931, 1940–1973.

A sólo un paso se abría la entrada a Cuckoo Lane.

"Taravillo asegura que el cementerio a que se refiere el penúltimo poema de Como quien espera el alba, El cementerio, no es otro que el de la Parish Church of Saint Andrew."

Ya de vuelta en Cahill consulté ansioso mi maltratado ejemplar de la poesía completa de Cernuda (volumen I de la Obra Completa, Siruela, Madrid, 1993) y comprobé asombrado que el poeta escribió Como quien espera el alba entre Oxford, Glasgow y Cambridge. Nunca se me había ocurrido consultar ese dato y desde aquel momento ya no me cabe duda de que el extraño Cuckoo Lane oxoniense proporcionó la escenografía que sustenta el desgarro vital expuesto en Vereda del Cuco. Claro que no es conclusión académica, ni el que suscribe estudioso cernudiano; sólo me apoyaba en una porción de espectaculares coincidencias biográficas, así como en una endeble intuición: la de que para cualquier devoto de la poesía resultaría imposible recorrer Cuckoo Lane sin verse transportado a la oculta Vereda del Cuco.

No importa que la vida
te desterrara de esa orilla verde,
su silencio sonoro,
su soledad poblada;
lo que el amor te ha dado
contigo ha de quedar, y es su destino.

Así viví hasta la aparición de los dos tomos de Luis Cernuda: años de exilio, de Antonio Rivero Taravillo (Tusquets, Barcelona, 2008 y 2011), donde se menciona de manera explícita, por primera vez hasta donde sé, la relación que une para siempre Cuckoo Lane con la Vereda del Cuco. Más aún, Taravillo asegura que el cementerio a que se refiere el penúltimo poema de Como quien espera el alba, justo el que precede a Vereda del Cuco y titulado exactamente así, El cementerio, no es otro que el de la Parish Church of Saint Andrew, la vieja iglesia parroquial que, coronada por la bandera escocesa, se levanta también frente al White Hart.

Joven pareja sorprendida al anochecer en los vericuetos de Cuckoo Lane

"La soledad de Luis Cernuda, que recurrió a lo largo de su vida a diferentes imágenes para materializarla, se encuentra entre los grandes asuntos de la literatura española, como la fe de la Santa de Ávila, el desengaño amoroso de Garcilaso o el luto de Jorge Manrique."

Nadie discute la balsámica impresión que la ciudad de Oxford, culta y apacible, causó en el alma herida de Cernuda; sí se discute, en cambio, el lugar exacto que Cuckoo Lane ocupa en tan balsámica impresión. Este verano, por ejemplo, llegó a mí el excelente libro de Antonio Carreira A vueltas con el exilio, colección de artículos en torno a exiliados españoles del 36, Luis Cernuda entre ellos. Lo publicó el Colegio de México en 2015 y en el artículo denominado La obra maestra de Cernuda, consagrado a Como quien espera el alba, se reproduce el fragmento de una carta en la que el sabio James Valander responde a una consulta de Carreira sobre el sentido del título Vereda del Cuco. Valander, conspicuo cernudiano, se muestra contundente. “La vereda (que Cernuda tal vez habrá usado cuando iba a casa de Salvador de Madariaga, que vivió según parece en el mismo barrio que la vereda, es decir en Headington) es poca cosa”. Molesto, maldije en voz alta. Si por segunda vez veía confirmada mi intuición, me alteró el menosprecio hacia Cuckoo Lane expresado por Valander, que sin duda no lo ha visitado jamás. Tengo la certeza de que la Vereda del Cuco no es Cuckoo Lane, contra lo que Valander, a la ligera, da por supuesto, pero también la de que sin la experiencia concreta de ese escondido sendero, Cernuda nunca hubiera encontrado manera de dar cuerpo a su complejo sentir.

Pienso que la soledad de Luis Cernuda, que recurrió a lo largo de su vida a diferentes imágenes para materializarla, se encuentra entre los grandes asuntos de la literatura española, como la fe de la Santa de Ávila, el desengaño amoroso de Garcilaso o el luto de Jorge Manrique. Huraño, exigente (consigo mismo, para empezar), y dueño de una sensibilidad perfeccionista y enfermiza, el introvertido caballero sevillano vivió peleado con todo y con todos hasta el extremo de que, desde la plataforma de su desarraigo, parece contemplar el exilio como prolongación de su propio exilio existencial. Personalmente no me resulta difícil imaginarlo ángel homosexual incomodado con un Dios hetero y poco paciente que lo hubiera condenado al infierno de la Tierra, harto de sus intemperancias. Tampoco es difícil leer su Vereda del Cuco como expresión de alguna clase de carencia afectiva o metáfora de un añorado locus amoenus, íntimo, privado e ideal, del que toda su vida se habría sentido violenta e injustamente arrancado.

El férreamente pulcro Cernuda en una insólita imagen ‘casual’

Quizá sea por eso que cada vez que visito Cuckoo Lane se me aparece el alma errante de quien sólo arraigó en el desarraigo y que, sobre tan extraña manera de arraigar, levantó una obra cada vez más apreciada, obra que se yergue ante quien lee, fascinado, como un intenso homenaje a las posibilidades de la lengua española. Impasible, su fantasma intercambia conmigo un educado “buenos días” y en ese momento me invade siempre la alegría de saber que en tan enigmático refugio, separado de su tumba en México por un océano, ha encontrado al fin la paz que la miseria humana le negó en vida. Descanse en paz Luis Cernuda, libre ya del dolor de la añoranza, y viva siempre en nuestros corazones la magia imperecedera de su poesía.

Eres tú, y son los idos,
quienes por estos cuerpos nuevos vuelven
a la vereda oscura,
y ante el tránsito ciego de la noche
huyen hacia el oriente.

Primera edición de ‘Como quien espera el alba’ (1947)

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