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Manuel Longares: “La alianza entre ricos y pobres es imposible”

Manuel Longares: “La alianza entre ricos y pobres es imposible”

Manuel Longares nació no muy lejos del “cogollito” del barrio de Salamanca y conoce bien esa elegante zona de Madrid cuyos cimientos temblaron cuando Franco murió y la alta burguesía que habitaba en las casas “ducales” de Goya, Velázquez o Serrano temió perder sus privilegios o que alguien pudiera meter mano en sus finanzas; esas que les permitían vivir de las rentas, en un buen número de casos, y sin dar un palo al agua. Pero los ricos —y ellos lo eran “por la gracia de Dios y la benevolencia del Caudillo”— “no pierden nunca su poder; tienen la sartén por el mango, como siempre”, asegura el escritor madrileño en una entrevista con Zenda a propósito de la reedición de su novela Romanticismo, dieciocho años después de que viera la luz por primera vez este magistral retrato de la vida cotidiana de las clases acomodadas en la Transición.

Aquella fue una época en la que los poderosos querían que “nada cambiase”, mientras otros, los represaliados por el franquismo, deseaban que “se diera la vuelta a la tortilla, por decirlo castizamente: ésa y no otra fue la cuestión que enredó a derechas e izquierdas y a ricos y pobres a lo largo del tiempo de esta novela. Y es tan cierto que todos hemos cambiado como que nada sustancial se alteró”, escribe el autor en el epílogo de esta ambiciosa obra, galardonada en su día con el Premio nacional de la Crítica y considerada por muchos como la mejor de Longares.

Romanticismo tuvo una excelente acogida en su momento y fue también ensalzada por escritores como Luis Mateo Díez, para quien esta novela entronca con la gran tradición de la novela española del siglo XIX y demuestra, a principios del siglo XXI, que “el mundo se puede contar de otra manera”.

Este hombre tranquilo, discreto y de risa franca que es Manuel Longares (Madrid, 1943), no presume nunca de sus logros y se prodiga poco en los círculos literarios —“me gusta estar fuera del juego de ambiciones”, dice—. Se acuesta pronto, “a las diez de la noche”, salvo que haya un partido de fútbol que le interese, y a las seis de la mañana ya está frente al ordenador, dispuesto a escribir obras, fruto de “la imaginación y la memoria”, como Nuestra epopeya, merecedora del Premio Villa de Madrid y del Ramón Gómez de la Serna; Las cuatro esquinas, que en 2011 ganó el premio al mejor libro del año del Gremio de Libreros de Madrid y, un año más tarde, el Francisco Umbral; Los ingenuos, El oído absoluto o Sentimentales.

Publicada ahora por Galaxia Gutenberg (en 2001 fue editada por Alfaguara), Romanticismo no es una novela política. La transición y los importantes cambios que se produjeron tras la muerte del dictador Franco le sirven al autor como telón de fondo para que avance la trama. “Realmente lo que me interesaba era hablar de la burguesía y de la alianza imposible entre ricos y pobres, que es una cosa que me ha desazonado siempre, pero que efectivamente se produce: es imposible que se relacionen”, afirma.

La novela cuenta con decenas de personajes, pero el protagonismo recae en las mujeres de tres generaciones de una misma familia. “Las mujeres son las que importan en esa zona; los hombres son completamente inútiles, están ahí en un rincón, se les atiende. Eso sí: son unos maridos excelentes, porque se preocupan de sus mujeres, aunque no les solucionen ningún problema”, comenta Longares.

La conclusión de la novela no es optimista, pero el escritor mantiene “la esperanza en la capacidad humana para ilusionarse”. Al final del libro, que llega hasta 1996, cuando el Partido Socialista perdió las elecciones tras catorce años de gobierno, uno de los personajes dice: “El mundo es de las derechas, tengámoslo presente, y hoy nos retiran de mandar, pero durante catorce años de la historia de España nos han aguantado (…). En este mundo todo es como ellos quieren. Pero cada día se lo ponemos más difícil”.  Son frases que Longares podría haber escrito ahora, en 2019, y él está de acuerdo.

En su entrevista con Zenda, el escritor rememora aspectos de esta novela que deslumbra por su prosa envolvente, clásica y exquisita.

—¿Cómo te sientes ante la reedición de Romanticismo, una novela tan destacada en tu trayectoria?

"Lo que me interesaba era hablar de la burguesía y de la alianza imposible entre ricos y pobres, que es una cosa que me ha desazonado siempre: es imposible que se relacionen"

—La he vuelto a leer, y te reconoces en algunas cosas. Y en otras, te parece increíble que hayas podido meterte en esos berenjenales, pero bueno, salió la cosa. Recuerdo que esta novela se escribió con un parón en torno a la página 70, que es una cosa que me pasa siempre, lo del parón, y tienes que salir a orearte, a ver personas, a hablar y tal. A los tres meses o así vuelves y retomas la novela.

—En esta obra cuentas detalles asombrosos de cómo vivía la alta burguesía. Por ejemplo, cuando Pía Matesanz, perteneciente a la familia protagonista, regresaba a su “casa ducal”, Wences, la sirvienta, saludaba a su señora con “una tímida genuflexión”, le cogía el abrigo, lo llevaba al cuarto de la plancha para cepillarlo con agua caliente, bañarlo en colonia de París, y cuando ya estaba “depurado de contaminaciones plebeyas”, lo metía en el armario empotrado del pasillo.

—Cuando estaba en la Universidad, me relacioné con estudiantes que vivían en casas de ese tipo y tuve acceso a ellas, y contemplas esa manera de ser. Y eso es lo que me quedó de entonces. Pero yo lo tenía ahí como en un depósito, y no me surgió hasta después de la muerte de Franco. Y fue entonces cuando, caminando un día por el barrio de Salamanca, me di cuenta de que ahí había un material. Y localicé la casa en la que situé a la familia protagonista, en la calle de Goya, número 19.

—Tu novela refleja a la perfección la relación de los pertenecientes a la clase alta con los de otros niveles sociales y otras ideologías, aunque procuraban no mezclarse demasiado.

"Ellos, los de la alta burguesía, no dan nada. Te pueden escuchar, pero no te dan ni la mirada"

—Ellos, los de la alta burguesía, no dan nada. Te pueden escuchar, pero no te dan ni la mirada. Recuerdo que, cuando hacía pocos días que había salido el libro, yo estaba en una librería del barrio de Salamanca y vino una mujer, que apenas me miró. Las grandes damas tampoco te miran, te saludan mirando casi hacia otro lado. Es natural en ellas, es una manera de ser. Cuando uno está arriba, uno es así, no hay concesiones.

—El barrio de Salamanca es también protagonista de esta novela. ¿Has reconstruido fielmente la zona?

—Al escribir una novela de este tipo quieres hacer un mapa de las calles, pero para dar la sensación no necesitas repetir las calles tal como son, puedes mezclar establecimientos que son ciertos con otros que no existen. El caso es dar una imagen global, y esa imagen global te la da la literatura, no te la da la precisión topográfica. Y ese es el principio de la literatura: lograr que sea verosímil, aunque te hayas inventado multitud de cosas. Es ficción.

—En este libro hay un claro homenaje a la novela del siglo XIX. 

—Sí que lo hay. En ese sentido, me he dejado guiar por los antecesores españoles que conforman una tradición. Hay que leer a Galdós, aunque está claro que también hay que leer a los rusos. Yo esta novela la veo más bien como centroeuropea, en lo que era describir una época, un mundo, una barbarie. Yo creo que esta novela es proustiana. Al tratar de mujeres y empezar a describir ciertos detalles es inevitable que te dejes seducir por la manera que tiene Proust de contar las cosas. Y, también, en la evocación del mundo perdido. Yo me he educado en la novela del XIX. Lo que pasó en los años de la transición, cuando escritores como Juan Benet rechazaron a Galdós, fue una tontería. Es que España es tremenda. Cuando Galdós se estaba muriendo, le querían dar el Nobel, y entonces toda la intelectualidad de la época escribe a la Academia Sueca para que no se lo dieran. De ese tiempo es la frase de Valle-Inclán de “don Benito el garbancero”, porque, según Valle-Inclán, Galdós estaba dedicado a escribir sobre la olla de garbanzos, y sus personajes y relaciones son de poco vuelo, “de vuelo gallináceo”, decía él. Estas cosas que no te explicas, porque Galdós es un novelista grandísimo, superior a Dickens, equiparable a Tolstói, de un rango elevadísimo. No sé por qué les fastidiaba reconocerlo. Es de una mezquindad absoluta.

"Cuando Galdós se estaba muriendo, le querían dar el Nobel, y entonces toda la intelectualidad de la época escribe a la Academia Sueca para que no se lo dieran"

—¿Has incorporado experiencias tuyas, como es lógico?

—Sí, siempre lo hago. Por mucho que inventes, la invención está nacida de la propia experiencia, ese es el sustrato de la novela.

—En el epílogo hablas de elementos irracionales que te pudieron influir en el proceso de escritura, entre ellos la música de vals. ¿Hasta qué punto el ritmo del vals está presente en esta novela?  

—Está muy presente, porque el vals gira en torno al motivo, al tema, y no se resuelve nunca. Es la perpetua ambición, el ansia perpetua y no satisfecha, que, de alguna manera, es el rango del arte. Este libro de Romanticismo lo escribí escuchando continuamente las operetas de Franz von Suppé, porque me daba idea de la grandeur. De pronto, te encuentras haciendo frases mientras escuchas esa música, hasta que deja de funcionar porque se agota el caudal inspirativo.

—Creo que estudiaste música de niño.

"La música te orienta, te eleva, te sitúa donde quieres"

—Poca cosa, no he ido nunca a un conservatorio. Yo tuve una profesora de piano, pero nada más. Lo que pasa es que esa experiencia te abre de pronto a un horizonte de sensibilidad personal que sin esos instrumentos no lo habrías alcanzado. Tienes la posibilidad de acceder al “fondo insobornable”, que decía Baroja; esa materia de la que estás compuesto y que vas sacando en sucesivas novelas. De cualquier forma, la música te orienta, te eleva, te sitúa donde quieres. Entonces, en ese sentido, es un gran auxiliar.

—¿Y cuándo te diste cuenta de que valías para escritor?

—Valer no, porque siempre tienes la duda de si vales o no, pero de que yo era una persona diferente, sí me di cuenta pronto. Diferente porque estás más solo que la gente que te rodea. Yo creo que es la soledad el principal indicio de que tú estás en otro mundo. Yo, además, llevaba muy en secreto lo de querer ser escritor. Me parecía que no iba a ser aceptado. Estamos hablando del año 58-60. Recuerdo un día, con un amigo del colegio, estábamos en su casa y yo le dije que era escritor. El chico se quedó admirado y encantado de haber recibido esa confidencia. Ahí yo creo que terminó mi soledad literaria, y que ya me di cuenta de que no pasaba nada por decir que era escritor. “No te hostian”, me dije.

—Cuando se murió Franco, la alta burguesía de esa zona temió que se le acabaran sus privilegios. Sin embargo, aunque las cosas cambiaron en el plano político y social, a ellos no les pasó nada: “Nadie les había quitado un duro ni un átomo de grasa”, dices al final del libro.

"Los ricos no pierden nunca su poder; tienen la sartén por el mango, como siempre"

—Los ricos nunca pierden su poder ni renuncian a sus privilegios. Tienen la sartén por el mango, como siempre. Tú oyes ahora a Pablo Casado (líder del Partido Popular) y ves que ese hombre está defendiendo lo mismo que hace 40 años.

—En realidad, Manuel, han pasado veinte años desde que escribiste la novela y, aunque España ha cambiado, los ricos siguen acumulando riqueza, mientras que otra mucha gente ha visto disminuir su poder adquisitivo, en especial desde los años de la crisis. ¿No es un poco desalentador?

—Las clases altas siguen igual. Lo nuevo, lo que cambia, es el ansia de la gente inferior por ser superior. Lo que cambia es la posibilidad que tiene ahora mismo el estudiante en una academia de provincias de convertirse en una persona importante. O sea, es el de abajo el que aspira; es el de abajo el que cree que va a conseguir la gloria. El de arriba no. El de arriba no va a ceder un duro.

—Cuando titulaste esta novela Romanticismo, ¿en qué tipo de romanticismo estabas pensando, quizá en el de la gente de izquierdas que pensaba que todo podía mejorar tras la muerte de Franco?

"Los pobres quieren llegar a ser ricos, y estos quieren tener la desenvoltura de los pobres. Uno quiere lo que no tiene"

—Romanticismo en el sentido del ansia de lo imposible, eso es el temperamento romántico. Pero aquí es la persecución de un ideal, que los pobres quieren llegar a ser ricos, y estos quieren tener la desenvoltura de los pobres. Uno quiere lo que no tiene.

—¿Tú crees que queda algo de aquella ilusión que hubo en los años de la transición, de aquel deseo de cambio?

—A lo mejor eso no, pero que sí hay siempre una agitación en la gente baja para cambiar las cosas o para mejorar de estatus, yo creo que sí. Cambian los tiempos y cambian también las ilusiones. Eso no se muere.

—¿Y te preocupa la situación que hay ahora en España, desde el punto de vista político?

—Da la sensación de que es todo muy mediocre, y entonces, al ser tan mediocre, tampoco va a haber cambios de gran altura.

—¿Y el auge del independentismo en Cataluña?

—Eso es otra cosa. Yo creo que al final se va a imponer el Estado y que Cataluña no se separa. En el juicio se está demostrando que hubo violencia. También me preocupa que los independentistas nos estén poniendo a parir por todo el mundo. ¿El Estado no puede coger un gabinete de inteligentes y contrarrestar esa imagen? Son dos millones los independentistas y a lo mejor bajan, si ven que en Europa no les dan cancha. Los catalanes siempre han sido muy pragmáticos.