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Marcel Proust y la ley trans

Corrían los últimos años del siglo XIX cuando los robles del bosque de Meudon vieron roto el habitual silencio imperante con una algarabía fuera de lo normal. El grupo nutrido de escritoruchos vitoreaba a los dos contendientes. Uno de ellos respondía al nombre de Marcel Proust, que décadas más tarde acabaría siendo crema de la novelística francesa. El otro duelista era Jean Lorrain, crítico y poeta, que había puesto a caldo el último libro de Proust, Los placeres y los días, en las páginas de su periódico. En dicha crítica, Lorrain había sacado del armario a Proust. No podemos olvidar que se trata de una época difícil para todo aquel que airease su homosexualidad. Sin ir más lejos, al otro lado del canal habían condenado a Oscar Wilde por expresar dicha condición en público. Herido, Proust retó a Lorrain, y a la sombra de los castaños de Meudon habrían de resolver el litigio con un duelo a pistola. Como buenos cobardes, ambos dispararon al aire, pero todos los asistentes coincidieron en afirmar que el honor se había restablecido.

"Proust sufrió su homosexualidad en silencio precisamente porque la ley, y por ende la sociedad, no estaba de su lado"

Como quiera que, semana tras semana, esta columna pretende comenzar con una anécdota cultural que desemboque en algún rincón de la actualidad rabiosa, no puedo evitar pensar al evocar la tormentosa sexualidad de Proust en los rigores de la ley trans, todavía en trámite, que últimamente genera tanto y tanto debate. Y es que la relación de Proust con su homosexualidad oculta fue desesperante. Tanto es así que próximamente se publican algunos relatos inéditos donde Marcel expresa el debate social que su naturaleza despertaba. Ahí radica el quid de la cuestión: Proust sufrió su homosexualidad en silencio precisamente porque la ley, y por ende la sociedad, no estaba de su lado. Y, además, esgrimiendo argumentos similares a los que hoy se utilizan para defenestrar a la comunidad transgénero: que si la naturaleza, que si blablablá.

"La realidad es que el colectivo trans en su gran mayoría vive tan desfavorecido como vivían los homosexuales en aquellos tiempos finiseculares de Proust y Wilde"

Como en tiempos de Proust, es necesaria una ley que dé cobijo a un colectivo claramente despreciado. Me importan poco las etiquetas, cualquier tipo de retórica. La realidad es que el colectivo trans en su gran mayoría vive tan desfavorecido como vivían los homosexuales en aquellos tiempos finiseculares de Proust y Wilde. Por eso espero una ley que, más que acoger, sea capaz de liberar esa sustancia que a día de hoy vive escondida en tantas personas, y que a menudo acaba con depresiones y suicidios sepultados bajo el anonimato de quien no siente el amparo de la comunidad. No es una cuestión de género, no es una cuestión biológica, no es un tema cromosómico. Es un simple y a la vez complejo acto de libertad que, espero, sea protegido por esa nueva ley en ciernes. En el primer volumen de En busca del tiempo perdido, en su famoso camino de Swann, Proust habla de quien se enamora de su mismo género como personas que «viven en la mentira», porque su actitud se considera «punible y vergonzosa». Reclama para ellos la «magna dulzura de vivir». Y de vivir, en suma, es de lo que se trata.

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