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Mares, cielos y bosques

Me gusta contemplar el mar bajo la luz de la luna. Las aguas en calma adquieren una tonalidad marengo, azul marino, ocre. La opacidad de las olas me lleva a imaginar el terror de nadar de noche. Mi cuerpo se sumerge en la oscuridad, no puedo ver mis piernas agitarse bajo la superficie. Todo es silencio alrededor, excepto el ligero rumor del oleaje. Giro la cabeza y veo la playa a mi espalda. Ya no se distingue la arena del paseo marítimo, que se ha convertido en una delgada cenefa de la cual apenas se vislumbra la luz de las farolas. Nado con calma hasta que noto que no avanzo. Una corriente repentina parece llevarme mar adentro, y de nada sirven mis brazadas. Alrededor no hay nadie, solo el silencio absoluto y el rumor lejano de olas desconocidas que parecen acercarse. Comienzo a agotarme, ya no puedo seguir nadando y noto algo que me roza la pierna un gran pez, o quizá un simple calambre, o un tirón muscular; pero el caso es que siento mi cuerpo hundirse, hundirse, hundirse… Y se hace la oscuridad… Pero justo antes de que llegue, dejo de imaginar y advierto que estoy cómodamente sentado en la playa, contemplando la belleza del mar a la luz de la luna.

"El enterrador de Castillejos, Abdeselam Mohamed, se lamenta de los jóvenes marroquíes que lleva enterrados, víctimas del mar"

Recordé esta fantasía al leer el excelente reportaje “El rap de la nueva Costa de la Muerte”, que firmaba Javier Espinosa para El Mundo. Contaba la situación de miseria y desesperación que ha deparado el cierre de la frontera ceutí en los pueblos marroquíes vecinos. En particular en el más próximo: Castillejos; Fnideq en árabe. En medio de la crisis económica del norte de Marruecos, tanto la población como el comercio locales dependían de Ceuta. El cierre de la frontera y la imposibilidad del tránsito de personas ha sumido a las familias en la pobreza. Muchos jóvenes, e incluso adultos arruinados, como Ahmed Bohbouh, padre de cuatro niños pequeños, compran trajes de neopreno y aletas y se lanzan al mar en plena noche tratando de burlar a la guardia costera. Quieren llegar a Ceuta a nado para trabajar allí y pagar sus deudas. Ahmed había trabajado de obrero durante el bum inmobiliario, más tarde de vendedor ambulante y, últimamente, de porteador de sacos a cinco dírhams al día. Cuando decidió lanzarse al mar debía seis meses de alquiler, luz y agua. Su cadáver desfigurado lo encontraron días más tarde en la potabilizadora de Ceuta. El enterrador de Castillejos, Abdeselam Mohamed, se lamenta de los jóvenes marroquíes que lleva enterrados, víctimas del mar. Entre ellos se ha puesto de moda lanzarse a las aguas nocturnas del Mediterráneo y probar suerte. Carecen de sentido del riesgo y nadan hacia el mar abierto y la oscuridad. El rapero marroquí AG Day lo canta en un vídeoclip titulado “La última palabra”, donde los jóvenes se lanzan al agua en plena noche. Extracto la letra: Cogí mi mochila a la espalda llena de recuerdos tristes de miseria y pobreza / Quise probar suerte, perdóname, madre, porque elegí la muerte para buscarme la vida / Madre, estoy en medio del mar, frío, oscuridad, humedad y peligro / Perdóname, madre, que elegí la muerte y te dejé sola / Tú solo dame tu bendición / Cuando las olas del mar los vencieron / Sus almas se hundieron en el reino mientras sus cuerpos flotaban / La sal marina derritió sus facciones / No estés triste, mamá, si no encontraron mi cadáver, / Te quitarás los costes de transporte, envío, entierro y luto.

"Los huérfanos cuentan a las cámaras con toda naturalidad cómo su papá murió por tragar una pastilla mala en una fiesta, o en accidente de coche"

En los versos de AG Day, el mar es un agente de disolución, de desaparición de los cuerpos que se funden en el agua y regresan a la nada. El mar es el vacío y el infinito: es un lugar metafórico donde nacemos y morimos, donde aparecemos y desaparecemos, al igual que los cielos en el documental norteamericano Algo bello que quedó atrás. En él, un grupo de niños de Nueva Jersey que han perdido a su padre, a su madre o a ambos, se reúnen para superar el luto por medio de los juegos y las manualidades.

Los huérfanos cuentan a las cámaras con toda naturalidad cómo su papá murió por tragar una pastilla mala en una fiesta, o en accidente de coche, o porque se quedó dormido en el sofá y ya no despertó. Los monitores les enseñan a aceptar que los recuerdos de sus padres son bellos, pero que ya no volverán. Cuando un niño rompe a llorar o padece una crisis de rabia ante la imposibilidad de aceptar el destino, varios compañeros del grupo Good Grief (buen dolor) lo acompañan a la habitación de la ira, donde le escuchan hasta que supera su rabia. Los monitores nunca esquivan hablar de la muerte, sino que la tratan con naturalidad: sus padres seguirán estando, en el interior de sus corazones y en el cielo.

En una escena del documental, un niño visita con su tío la carretera donde falleció su madre, en cuyo arcén sigue la cruz de madera y el ramo de flores que clavaron hace años. El niño lanza al aire un globo de helio y este se eleva, se eleva, se eleva hasta perderse en el cielo… Cuando deja de distinguirlo, el niño afirma con seguridad: “Mamá ya lo ha cogido”.

La imagen del cielo como lugar de disolución y vacío, como morada de almas, se repite a lo largo de la película. En una escena durante un picnic nocturno en la pradera, los niños en grupo sueltan globos aerostáticos impulsados por pequeñas llamas que se elevan de nuevo hacía la penumbra del cielo estrellado. Cada punto de luz que se pierde en el silencio de las alturas es como un alma que migra o una vida que se pierde. Alrededor de la pradera hay frondas de coníferas cuyas copas se recortan oscuras sobre la claridad del cielo y rodean la pradera que parece un claro del bosque, como el que rodea el geriátrico japonés donde se encuentra internado el señor Shigeki, protagonista de El bosque del luto, largometraje dirigido por Naomi Kawase en 2007.

"Ella no puede comprender su actitud testaruda de internarse entre árboles hasta que él le desvela que en el corazón del bosque se encuentra la tumba de su esposa, Mako"

Las plácidas escenas del asilo de madera, donde tiene lugar la vida de los ancianos, se alternan con planos generales del bosque silencioso, levemente agitado por la brisa. El bosque, al igual que antes los mares y los cielos, simbolizan la muerte, la selva donde todos finalmente nos perderemos y que ahora se encuentra junto al asilo: tan solo hay que caminar unos metros y uno se encuentra en su interior, rodeado de helechos y árboles cuyas copas son como celosías del más allá, que cubren el sol y crean un reino de sombras.

El día de su cumpleaños, la trabajadora social Machiko acompaña al señor Shigeki a dar una vuelta con el coche por los alrededores del geriátrico, pero el coche encalla en una acequia y cuando Machiko se marcha a pedir ayuda el señor Shigeki escapa. La joven lo encontrará horas más tarde, perdido en la selva. Ella no puede comprender su actitud testaruda de internarse entre árboles hasta que él le desvela que en el corazón del bosque se encuentra la tumba de su esposa, Mako. Durante décadas no ha parado de escribirle diarios en segunda persona, que ahora deposita sobre la tumba como medio de comunicarse con ella.

"Tanto el mar de Ceuta como los cielos de Nueva Jersey o los bosques de Japón son trasuntos de la desaparición"

Tanto el mar de Ceuta como los cielos de Nueva Jersey o los bosques de Japón son trasuntos de la desaparición, encarnan lo indefinido, lo trágico, lo sublime frente a lo concreto, frente a la comedia y el drama de nuestras vidas. Reflexiono todo lo anterior mientras releo el reportaje “El rap de la nueva Costa de la Muerte”, que firma Javier Espinosa en El Mundo. Además del malogrado padre de familia Ahmed Bohbouh, fallecido en las corrientes del Mediterráneo, hay otro hombre…

Este segundo hombre se llama Mohamed Zakroui, y saborea un té verde caliente en el único bar de Castillejos que no ha cerrado por la crisis. Las calles están vacías, los pequeños comercios han quebrado. El silencio es total mientras la suave brisa acaricia su rostro. Él sí ha logrado llegar a Ceuta y ganar dinero para mantener a su familia. «¿Cómo lo ha conseguido?», pregunta el periodista. «Sencillo», responde Zakroui. «Lo ha logrado buceando en vez de nadando. En el fondo del mar el agua no te da en la cara ni te echa hacía atrás, no hay corrientes que te lleven», afirma. Al oírlo, la gente se arremolina a su alrededor para escuchar la gesta. «No es para tanto…», continúa él, sonriente.

Zakroui está vivo, es una especie de Ulises: el hombre de las mil tretas que ha escapado de la muerte viviendo su odisea.

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