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Mariló Montero: “Llenaría las calles de España de nombres de mujeres”

Mariló Montero: “Llenaría las calles de España de nombres de mujeres”

Mariló Montero (Estella, 1965) aparta la copa que el camarero le pone junto a un tercio de cerveza y bebe directamente de éste: “Los de pueblo somos de botellín”. Quedamos con la periodista en un restaurante de Diego de León, en el segundo día del año que se acaba de estrenar, para hablar de su última novela, La maestra (La Esfera de los Libros, 2019), escrita junto a la también periodista Carmen Gurruchaga y en la que abordan “la apasionante historia de María de Maeztu y la Residencia de Señoritas”.

Montero, quien acaba de llegar de Sevilla, donde ahora presenta El Debate Político en Canal Sur, nos sorprende —para bien, quiere decirse—. Profesional de la información durante treinta años, autora de más de una docena de libros, amante de los viajes y del estudio —cosa que comparte con su, digamos, biografiada—, es una mujer con autoridad, que sabe lo que dice y que llega con la lección aprendida. Reivindica un feminismo universal, desprecia a las “feminazis” y denuncia haber sufrido la desconfianza profesional de terceros por el mero hecho de ser mujer. Rechaza clasificar a María de Maeztu en el eje ideológico izquierda/derecha y cree que la democracia tiene una deuda con ésta y con las mujeres que se congregaron en la Residencia y en instituciones similares.

Conversamos mientras suenan villancicos en inglés:

 —Mariló, ¿qué es el feminismo?

—El feminismo es un movimiento necesario para que hombres y mujeres se den cuenta de que los derechos son iguales para los dos sexos.

—¿Cree que el personal tiene claro el concepto?

"El feminazismo y la agresividad en algunas mujeres han hecho movimientos paralelos que perjudican al feminismo auténtico"

—(Piensa) Saben lo que es. Quizá haya cosas que les perturben a la hora de poder llegar a una definición limpia. El feminismo tenía una única línea ideológica, por hablar de ideología de defensa y objetivo, pero luego han surgido el feminazismo y la agresividad en algunas mujeres que han hecho movimientos paralelos que perjudican al feminismo auténtico que, insisto, es la lucha de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

—En su último libro, La maestra, escrito junto a la periodista Carmen Gurruchaga, se refiere a la Asociación Nacional de Mujeres Feministas (ANME) como “una asociación sufragista y a favor de los derechos de la mujer, que no es de derechas ni de izquierdas, es transversal e interclasista”. ¿Calzan bien estos adjetivos con, en general, las asociaciones feministas actuales?

—Todo lo que sucede en esta época es de un feminismo incipiente pero potente. No sólo estaba María de Maeztu: había muchas mujeres filósofas, políticas, abogadas o escritoras que solas estaban eclipsadas. El Lyceum, la Residencia de Señoritas y otras organizaciones consiguen aunar a esas mujeres pensadoras y, entre todas, hacen ese bloque en el que no se luchaba tanto por el feminismo como tal: simplemente, se luchaba por dar a conocer sus trabajos. Entonces, cuando a María de Maeztu se le pregunta si es feminista, dice “faltaría más. Sería una ofensa no serlo”, pero ella no se levantaba por la mañana para luchar por el femnismo, sino para generar una obra en la que todas las mujeres que quisieran estudiar pudieran hacerlo, y ella inducía a que casi todas estudiaran en las universidades, y más allá de Magisterio. El feminismo era darle a la mujer el derecho para que estudiara, para que pudiera tener dinero, poder independizarse y, con ello, evitar que tuviera que depender de un marido. O sea, lo que hacían ellas era cultivar a la mujer.

—Antes de abordar de lleno el libro, permítame hacerle un par de preguntas más sobre actualidad. ¿España es hoy un país feminista?

"En el momento en que las mujeres tengan la facilidad para situarse en un partido político, y si llega a presidenta de Gobierno una mujer, la democracia española estará en un buen nivel de feminismo y de feminidad"

—Sí, sí. Estamos en un nivel de crecimiento positivo. Hay que arreglar muchas cosas, ojo. Tenemos un problema muy grave en la política. Hay estudios que dicen que de las mujeres que se meten en política, en torno al 72%, si tienen que decidir dedicarle más horas a la política o a la familia, prefieren la familia. Los partidos tienen problemas para encontrar gente: Cs, el PP con las nuevas juventudes, el PSOE… De ahí venimos a decir que los políticos no están preparados. Y las mujeres tienen ese agravante todavía. En el momento en que las mujeres tengan la facilidad para situarse en un partido político, y si llega a presidenta de Gobierno una mujer, la democracia española estará en un buen nivel de feminismo y de feminidad. Y lo decía Jane Hawking, la mujer de Stephen Hawking: si una mujer que acaba de parir fuera líder de un país, la mayoría de los problemas se amortiguarían. Porque la forma de liderar de una mujer sí difiere mucho de la forma de liderar de un hombre. El hombre es más agresivo, más racional, más recto, por la composición cerebral, no voy a poner ahora malas intenciones, porque no creo que tenga que meterme en eso, pero sí que la mujer tiene una visión más amplia, más diametral de todo lo que hay en el entorno. Y consensúa mucho mejor y maneja mucho mejor las tensiones y los problemas en los enfrentamientos que el hombre.

—¿“El Estado opresor / es un macho violador”?

—Ese “Estado opresor” viola a hombres y mujeres. Los Estados opresores van en contra de la ciudadanía, independientemente de su sexo.

—¿Las democracias occidentales son Estados opresores y violadores?

—Una cosa es la letra que tú compongas para una canción, que yo creo que es necesaria… Yo defiendo ese baile: la letra no está en ninguna ley constitucional, entonces tiene esa permisividad. Lo que vale es la reivindicación. Pero un Estado opresor es aquel que coarta la libertad de todos los ciudadanos independientemente de su raza, sexo, etcétera.

La maestra arranca así: “Las mujeres seguimos generando desconfianza por muchos siglos que pasen. Solo cuando una ya ha demostrado mil veces su capacidad y talento es cuando la gente empieza a tenerte un poco de respeto”. Tras leer este fragmento, me surgieron varias preguntas. Para empezar, ¿quién es “la gente”? ¿Esa “la gente” incluye a las mujeres?

"Las mujeres votaban lo que decía el hombre, lo que le decía el cura. No tenían una educación de libertad"

—Me quedé muy a gusto escribiendo esas líneas. “La gente” incluye a las mujeres, sin duda. María de Maeztu tuvo el apoyo de su madre, que fue quien más fomentó el que ella se convirtiera en maestra. Ella conocía el talento de María y la animó a estudiar; luego, la ayuda de su hermano Ramiro, que es fundamental en la vida de María, amigo, entre otros, de Unamuno y de Ortega y Gasset. Él le ayuda a que ella vaya a Salamanca o a Madrid para estudiar, y luego, con las becas de la Junta de Ampliación de Estudios, se va a Londres, a Suiza, a Alemania, y a países de Latinoamérica. Poco a poco va consiguiendo hacer su obra. Ella sí que generaba desconfianza en el entorno social. Es decir, las familias entendían como una cosa que estaba en el ADN que las niñas no tenían por qué salir de casa. Imagínate una España con padres y madres, con niños y niñas en sus casas, sea en Galicia, Santander, Zaragoza o Valencia. Entonces, el padre decía: “Mi niña no estudia”. ¡Es que ni se le daba la oportunidad de que ella pudiera pensar que ella quería estudiar! En las familias más liberales sí que se fomentaba el estudio y el talento de la niña que decía: “Yo quiero estudiar, y me quiero ir a Madrid a estudiar”. Cuando los padres permitían que eso se hiciera, se encontraban, en este caso, con tener que alquilar apartamentos, en barrios de prostitución sobre todo, baratitos, donde poder estar la chiquilla, y los padres tenían la preocupación de dejar a las niñas ¿en manos de quién? En esa sociedad, el juicio de una chica que se subía en un tren venía de hombres y mujeres. Fíjate: María de Maeztu, cuando iba de Bilbao a Salamanca, una chica sola que viaja en un tren y, en el vagón, unos chavales la increpan y se ríen de ella porque viaja sola, porque es mujer, y luego resultó que estudiaban en la misma universidad, donde luego se encontraron. Ese juicio era de hombres y mujeres. La cultura estaba así. Cuando llegas a 1910/1915, el juicio es femenino y masculino. La mujer no era peleona en ese aspecto: las mujeres defendían a los hombres. Las mujeres votaban lo que decía el hombre, lo que le decía el cura. No tenían una educación de libertad. Eran pocas las rebeldes que no se sentían a gusto con esos sistemas y querían romperlos. El feminismo, en esa época, estaba sin construir. Pero porque el feminismo lo ha creado la pelea femenina. Si la mujer no se rebela, estaríamos todavía en ese sistema de vida.

—¿Alguna vez ha sentido la desconfianza profesional de terceros por el mero hecho de ser mujer?

"¿Qué pasa, que en mi carrera alguien iba a clase por mí y se examinaba por mí? ¿Que los artículos que yo escribo me los escribe un tío? ¿O que dirijo un programa y me hace la escaleta mi exmarido?”. ¡Eso es machismo!"

—¡Hombre, y a día de hoy! A mí, bueno… Tonterías que se dicen de que me ha colocado mi marido, ¡cuando soy una divorciada! O cuando me dicen que me ha colocado Fulano, Mengano o Zutano, pregunto: “¿Qué pasa, que en mi carrera alguien iba a clase por mí y se examinaba por mí? ¿Que los artículos que yo escribo me los escribe un tío? ¿O que dirijo un programa y me hace la escaleta mi exmarido?”. ¡Eso es machismo! Otra cosa es que me ría. Y también ese machismo lo fomentan algunas feminazis. La feminazi existe: es la mujer que se cree feminista y que está en contra del feminismo y en contra de las mujeres que lo que queremos es igualdad absoluta. El feminismo tiene que ser una lucha unida, de todos, de hombres y mujeres. El feminismo está en vosotros (nos señala a Jeosm y a mí): vosotros tenéis que tener el feminismo metido en el tuétano. Y no tener ni que pensar: “Oye, tengo una empresa y voy a meter a tantas mujeres y a tantos hombres”. Tú buscas talentos, y el talento femenino es riquísimo, y es el que hay que ir fomentando. Otro de los debates que ahora estamos tratando de fomentar es el siguiente: la mayoría de las empresas que están digitalizadas están creadas por cerebros masculinos, y hay una especie de machismo cibernético en redes. Mala voluntad no hay, pero es un defecto que ya se está empezando a notar. Cualquier aplicación que tú estás creando, si está hecha por un hombre, normalmente está pensada para los hombres. Entonces, te olvidas de las mujeres. Si tuvieras talento femenino… (Piensa) El feminismo tendría que terminar por desaparecer: eso significaría que ya no tenemos que estar midiendo cuántos hay y cuántos faltan. Pero es importante que nos demos cuenta de lo que falta y, volviendo a la política, falta mucho talento femenino. Hay muy pocas mujeres. Que son todas ministrables, sí, eso queda muy bonito, y es un avance, ojo…

—Pero candidatas a la presidencia del Gobierno, ni una.

—Exactamente. Cuando comentaban: “No, es que en las primarias del PP se dijo que Santamaría se había presentado y no había ganado”. No digo que haya que poner a Soraya porque sea mujer, sino que tiene que haber más mujeres para que, dentro de las elecciones de cada partido, en este caso el PP, haya más donde elegir. Y por eso hay que fomentar que en la política participen muchas mujeres.

—¿Qué le llevó, junto a la ya citada Carmen Gurruchaga, a escribir una novela sobre María de Maeztu? ¿Qué es lo que más le atrajo del personaje?

—Mira, primero fue anecdótico. Cuando me meto en la Residencia de Señoritas para investigar, veo a María en cuadros colgados por las paredes y, cuando llego al archivo, me encuentro con que María está enterrada en Estella, que es mi pueblo de nacimiento. Entonces, me llama. Esta mujer dedicó toda su vida a estudiar y a que estudiaran las mujeres. Renunció a todo: no se casó, no tuvo hijos… El estudio le llevó a tal extremo que decía que le dolía. Cuando tenía que estudiar en alemán, decía que le llegaba a doler el cuerpo porque tenía que leer y releer textos hasta poder entenderlos. Toda su vida la dedicó a lo que llamó “su obra”. Y es lo que me llama la atención: ser constante desde adolescente, que ya con catorce tenía su primera escuela, que sea tan gustoso para ella estudiar. Tenía una de las bibliotecas más ricas que hay en España, la hace ella, que son sus libros. Y luego, todo lo que Ramiro le traía de Europa ella lo aplicaba a las escuelas que dirigía. Dedicó exclusivamente su vida a eso. No la distrajo nada más. De hecho, matan a su hermano, ella vive en el exilio y muere apenada por no poder haber vuelto a España para retomar su obra después de la guerra.

—¿La fundación de la Residencia de Señoritas supone un antes y un después en la historia de las mujeres españolas?

"Lo que hizo María de Maeztu con la Residencia fue facilitar que todas aquellas que querían estudiar lo hicieran"

—Sin duda. Es de las primeras, no voy a decir la única, pero de las primeras casas donde se le ofrece a las familias: “Estad tranquilos, yo me encargo de las niñas para que estudien, y aquí van a estudiar todas las carreras posibles”. Para estudiar en aquella época, constitucionalmente, no había una ley escrita que prohibiera a las mujeres ir a la universidad, pero sí tenías que pedirle permiso al rey, a través del conde de Romanones, para que el ministro te diera el beneplácito de poder estudiar una carrera. Concepción Arenal se disfrazaba de hombre para ir a la universidad. Imagínate tú lo que es ese día a día: te vistes de hombre, te rapas la cabeza, un tutor te acompaña hasta la puerta de la universidad, te recoge una persona que te lleva a la habitación del bedel y te tiene arrinconada hasta que se llena la clase de chicos, y en la clase de chicos entras tú, y los chicos no tienen que saber que eres una mujer. Pues Concepción Arenal estudió así. Eso es una barbaridad. Entonces, lo que hizo María de Maeztu con la Residencia fue facilitar que todas aquellas que querían estudiar lo hicieran. Y consiguieron estudiar muchísimas. Y había muchísimas pensadoras que, sin ser alumnas, hacían conferencias…

—La lista de residentes, profesoras y colaboradoras es fascinante: Clara Campoamor, Zenobia Camprubí , Victoria Kent, Josefina Carabias, María Zambrano…

"En aquella época, te encerraban en casa o te podían llevar a la cárcel. Ahora aguantas un linchamiento de Twitter que dura dos minutos y se acabó"

—Imagínate tú: en Vélez Málaga, María Zambrano, en aquella época que, desde chiquitita, ella tenía esas inquietudes por leer, pensar, escribir, se enfrenta a los padres. Victoria Kent tuvo el apoyo de los padres, que eran liberales, pero no quería ir a la escuela. Estudiaba más en casa y mejor, basándose en sus principios, y llegó allí y estudió con los libros de María de Maeztu. Toda esa residencia aúna a todas esas mujeres que son… Bueno, si ahora tienes miedo de abrir la boca, entonces mucho más. Los gritos de la época eran mucho más violentos y dolorosos que los de ahora. En aquella época, te encerraban en casa o te podían llevar a la cárcel. Ahora aguantas un linchamiento de Twitter que dura dos minutos y se acabó. Cuando hacían el Club de las Maridas, para muchos era una aberración. ¡Las apedreaban por la calle! En el sector del arte, por ejemplo, las mujeres que eran artistas no se dedicaban solamente a remendar los trajes, querían interpretar, y en esos textos se les iba la vida y la reivindicación. La lesbianidad de la época. La historia de Victorina Durán.

—Es escalofriante.

—¡La apalean hasta matarla! Victorina es la primera mujer que habla de su lesbianidad abiertamente. Cuando iban al Club Safo, se mezclaban las unas con las otras y ella hablaba abiertamente de su sexualidad. ¡Fíjate, qué valentía! Y que las demás te escucharan y te afectaran. Ese club era un sueño para ellas. Era un lugar donde podían hablar con libertad mujeres que escribían los libros de los maridos y que ellas no los podían firmar. Y Victorina Durán hablaba del enamoramiento con una naturalidad admirable. A día de hoy, ojalá las lesbianas supieran argumentar eso y tener mucha más libertad a la hora de expresar su lesbianidad. Que los hombres lo han conseguido ya, pero las mujeres tienen que avanzar bastante.

—Llega la II República y, entre otras cosas, sucede que los hermanos de Maeztu se distancian ideológicamente.

"María primero era de izquierdas y luego se hizo de derechas. Pero yo veo la esencia de María y la de Ramiro y no veo política"

—Sí. Hay que entender la época y los motivos y las circunstancias. Yo a eso no le llamo chaquetero, simplemente que se acopla a las circunstancias por sus propios pensamientos y estudios. Lo que se olían entonces les llevaría a tomar esas decisiones. María primero era de izquierdas y luego se hizo de derechas. Pero yo veo la esencia de María y la de Ramiro y no veo política. Veo una injusticia, porque le mataron y sin ninguna motivación.

—En su último encuentro, Ramiro pregunta a María: “Y tú, ¿qué piensas?”. Y esta responde: “Que tú tenías razón, Ramiro”. ¿Tenía razón Ramiro?

—Para María, en ese momento, sí. Es que visitar a tu hermano en la cárcel, sabiendo que tienes dificultad para sacarlo… Ella no se imaginaba que lo iban a matar. Creo que, en ese encuentro, que tardó en producirse, ella le quería calmar a él y darle la razón por lo que fuera. Hombre, si a los que has estado apoyando van a matar a tu hermano, joder, no puedes ser amigo de ellos. Ella pensaba: “La pelea es otra: es el crecimiento de España, la educación de las chavalas. ¡Estamos en otro rollo! ¡Tenemos que estar preocupados por estas cosas, pero no matéis a mi hermano!”. Lo sintió de verdad. De hecho, vino envuelta, por orden suya en el testamento, en la bandera de España. ¿Me vas a decir que es de derechas?

—No. ¿Habría algún problema si lo fuera?

—¿Cuál es la esencia realmente de María? Su obra. ¿Hay ideología ahí? No: hay fomento de la educación. Si nos centrásemos en la ideología política de María, perdería todo el valor de su vida y de su obra. Ella no aplicaba en la Residencia un adoctrinamiento. ¿Qué hacía ella? Cuando monta su primera escuela en el barrio de Las Cortes de Bilbao, un barrio de prostitución, concertó con las prostitutas que llevaran a las niñas a la escuela para educarlas. Y las hijas de las prostitutas terminaron yendo a dar clases a diario en una escuela donde estaban lavadas y educadas y recibían orden y disciplina. Todo para que ellas, pobrecitas mías, pudieran seguir estudiando. ¿Eso se puede enmarcar en una ideología política? Me parece una aberración. ¿Quién puede estar en contra de María de Maeztu? Mamen (Gurruchaga) y yo somos el polo Sur y el polo Norte, y nos hemos puesto en una cosa que es indiscutible. Me niego a decir que María fue de izquierdas, de derechas o que se cambió de partido. Si viene una guerra, a ver qué dices tú para salvar la vida de tu hijo o de tu hermano.

—¿Cree que María de Maeztu murió satisfecha?

"Ella murió frustrada. Quería volver a España, quería reabrir la Residencia y volver a un punto de florecimiento"

—No. Ella murió frustrada. Quería volver a España, quería reabrir la Residencia y volver a un punto de florecimiento. Murió sin darse cuenta de que se iba a morir. No se lo esperaba: tenía el billete comprado para volver a España. Y de una infección en el dentista, muy tonta, se le generó una trombosis y, el 7 de enero, se la llevó la muerte. Estaba muy triste: una cosa es irte con las becas de la Junta de Ampliación de Estudios, y otra saber que estás en el exilio. Quiso hacer la Residencia de Señoritas en Argentina, y nunca llegó a fructificar. Daba clases, conferencias, ahí se sentía más útil, pero quería volver a España.

—¿Tiene alguna pendiente la democracia española con María de Maeztu?

—Sí. ¿Sabes qué me ha pasado con María de Maeztu? Que me he metido tanto en su vida que ya la he popularizado. Pero en las presentaciones de los libros y en las conferencias hay gente, culta, ¿eh?, que me dice: “He tenido que buscar quién era María de Maeztu para saber de qué iba la conferencia”. No es tan manida ni tan conocida. La justicia femenina y la justicia feminista no es solo de Victoria Kent y Clara Campoamor, sino de todas las que estaban junto a ellas. Todas hicieron un movimiento para que las mujeres tuviéramos independencia, libertad y derechos. Yo llenaría las calles de España de nombres de mujeres.

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