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Millán Salcedo: “Una cosa es criticar y otra bien distinta es hacer crítica”

Millán Salcedo: “Una cosa es criticar y otra bien distinta es hacer crítica”

La mayor colonia de pingüinos del mundo se encuentra en los Islotes Peligro, un archipiélago antártico descubierto en diciembre de 1842 por el marino inglés James Clark Ross. En estas ínsulas, bautizadas con ese nombre no por ser, precisamente, paraísos idílicos de los que anuncian las agencias de viajes, cumplen felices sus funciones vitales, pájaro arriba / pájaro abajo, un millón y medio de pingüinos de Adelia (Pygoscelis adeliae). La población se mantiene estable desde 1959. A ver cuánto dura.

En España, lo más parecido a una macroconcentración de estas aves marinas no voladoras del orden Sphenisciformes se halla en la casa madrileña de Millán Salcedo (Brazatortas, Ciudad Real, 1955). En los dominios domésticos de este “Aries lunático que vive en un ático” —así se autodefine— hay cientos de figuritas y estatuillas de estos, como escribió el poeta, “estáticos viajeros, sacerdotes lentos del frío”. ¿Por qué? Por la admiración que el ex Martes y 13 profesa a Chaplin. ¿Y de qué bicho copió Charlot sus pintas y, sobre todo, sus andares? The answer, my friend, is blowin’ in the text.

Zenda entrevista a Salcedo, tipo poliédrico, inquieto y muy creativo, con la idea de indagar en todas aquellas facetas suyas que no han acaparado o, al menos, no han acaparado del todo, el foco mediático. Desde la disolución de Martes y 13, el manchego cambió la televisión por el teatro actuando en dramas y en zarzuelas —recibió el Premio Lírico Campoamor por su trabajo en Los sobrinos del capitán Grant— o dirigiendo y protagonizando sus propios espectáculos humorísticos. Además, publicó e, importante —más abajo encontrarán el porqué—, escribió él bisbo tres libros: Sufro bucho (Temas de Hoy, 1991), Cuando la aurora tiende su manto (Temas de Hoy, 2001) y En mis trece (Aguilar, 2003).

Sobre estos y otros asuntos conversamos en su casa, entre pingüinos, como decía, y bajo la no sé si inocente o inquietante, pero sí hipnótica, mirada de la pintura de un payaso adquirida a un artista callejero en Nueva York.

—Señor Salcedo, ¿usted dónde aprendió a cantar?

"¿Cantar? Yo es que no he aprendido a cantar nunca. Eso es una cosa innata, que se tiene"

—¿Cantar? Yo es que no he aprendido a cantar nunca. Eso es una cosa innata, que se tiene. Recuerdo de chiquitín que mi madre cantaba, pero tampoco la recuerdo mucho. Sí aprendí, me acabo de acordar dónde: en el internado donde entré. Cuando mi padre murió con siete años, con siete años yo, no mi padre, evidentemente, los Salesianos de Ciudad Real, mi tierra, lo primero que hicieron con los nuevos que llegamos en esa hornada, en ese año, fue probarnos la voz. Entonces, yo tenía la voz blanca, muy limpia. Tan limpia que el cura que me hizo la prueba me metió directamente de solista del coro. Y no sólo eso, sino además, como cantante de un trío musical que había…

—Los Sus.

—Los Sus. Yo era el del medio. La “U” llevaba. El otro llevaba una “S” y el que queda, la otra “S”. Los Sus. Y tuvimos un éxito que no veas. Y allí empecé a cantar, a cantar, a cantar, y de ahí me viene todo: ahí empecé a subirme yo a un escenario, ¡sin darme cuenta! La verdad es que estoy muy agradecido a aquellos curas. Y, sobre todo, a mi madre. La pobre mujer se quedó viuda tan joven, con tres hijos tan pequeños… y no tuvo más remedio que quitarse del medio al de en medio, que era yo. Pero yo que pensaba “¡Dios mío, me abandonan en un hospicio! ¡Qué horror, no me quieren!”, luego, fíjate tú: no hay mal que por bien no venga. Resulta que allí nace mi verdadera vocación, que luego se ha demostrado a lo largo de (entona como un niño de San Ildefonso cantando la lotería) 630.000 años.

—Hay mucha gente a la que le dices “Martes y 13” y responde “Empanadillas”. Yo recuerdo, sobre todo, las canciones: las “Sevillanas pijas” de su Dúo Baqueira, “Banderilla, tú eres verde”, la saeta de Paca Carmona y el perro al que mataron en el Coto de Doñana, y, sobre todo, el “Maricón de España”. Vaya golazo por la escuadra.

"Josema nunca se ha mojado, porque la verdad es que es un escaqueador nato"

—Pues sí. Además, fui muy valiente. Como Josema nunca se ha mojado, porque la verdad es que es un escaqueador nato, y esto se lo digo yo a él siempre, pues se nos ocurrió: “Ay, podríamos hacer una canción con un mariquita, tal, un pasodoble, qué bien, tal, tal”. Yo he estado 24 horas al día dedicándome exclusivamente a Martes y 13: había descuidado mi vida familiar, mi vida personal, y ahí empecé a darle cuerda y, efectivamente, el que tenía que hacer de mariquita era yo porque, claro, ¿cómo lo tenía que hacer él? Siempre se ha escaqueado el jodío (risas). Y si os dais cuenta, el sketch, digamos, más emblemático nuestro, el de “Las empanadillas”, ¿quién está en escena todo el tiempo? Yo. Él está detrás de una cortina. No digo que sea cobarde ni nada, pero nadie, que es lo bonito, ha dicho nunca: “Es que sólo estaba uno”. Todo el mundo daba por hecho que estábamos los dos, ¡y de qué manera! Porque hubo que improvisar por un tubo, y todo lo que sale y se dice, que lo he contado muchas veces, surge espontáneamente. Él empieza de repente a enrollarse con una parida, con el niño que lo tiene en la sartén, que está quemándose Móstoles, no sé qué, y yo empiezo a hacer lo del ojo… ¿Y yo qué sabía? ¡El primer alucinado era yo! ¿Pero qué coño estaba diciendo este? Fue maravilloso, una química absoluta.

—Ha actuado en zarzuelas como La eterna canción o Los sobrinos del Capitán Grant. Le gusta el género, ¿verdad?

—Me gusta muchísimo. Desde chiquitín, ahí en el internado… es que todo me viene de allí, está claro. Los curas tenían una “Galería Salesiana”. ¿Qué es una Galería Salesiana? Es una serie de obras que escribían los propios curas y, entre ellas, muchísimas zarzuelas. Había una que se llamaba Cadáveres ambulantes y yo era el protagonista, “Cándido”, un niño que veía cadáveres por las noches y decían todos (canta): “Ja, ja, ja, ja, qué barbaridad”. Y yo decía: “He visto por las noches a no sé quién”, y ellos: “Ja, ja, ja, ja, qué barbaridad…”. ¿Cantar zarzuelas? Bueno, soy muy osado. Siempre me ha gustado probar. Probé con Los sobrinos del Capitán Grant. Me llamó Paco Mir, que nos conocemos de toda la vida. Somos muy amigos. ¡Boh, Tricicle y Martes y 13, carne y uña! Y me dijo: “Oye, tengo una cosa de zarzuela. ¿Quieres hacerla?”. Y yo le dije “sí” sin saber si el papel era bueno, si era malo, si era grande o si era pequeño. Y le dije “sí” porque yo confío en él. Y entonces cuando me encuentro con ese regalazo… ¡Madre mía, qué papelón! Fue una cosa maravillosa: íbamos para unas navidades en el Teatro de la Zarzuela y repetimos cada dos años. Diez veces lo hicimos. Que, ya que me preguntas, me dieron el premio al Mejor actor lírico. Que es una cosa que se pasa por los huevos todo el mundo, nadie lo dice. Como si nada. Parece ser, en este país, que te tienes que medio morir para no sé, para suscitar cierto interés publicitario o mediático. Suscitar, qué difícil. Es que me han operado de la lengua. De la lengua de arriba. Me han quitado las “erres”.

—Incluso en sus últimos espectáculos humorísticos, ha estado acompañado por un pianista.

"Cuando nos separamos Josema y yo, hace 21 años ya, dije bueno, algo tendré que hacer yo ahora"

—Amo profundamente el mundo del piano, desde Federico Chopin. Me encanta el piano con locura, los piano bar, todo eso… De hecho, he estado miles de años yendo a un piano bar que todavía sigue, el Toni 2. Entonces, cuando nos separamos Josema y yo, hace 21 años ya, dije: “Bueno, algo tendré que hacer yo ahora”. ¿Comprendes? Me faltaba un báculo: tantos años acostumbrado… y, de repente, pienso: “Coño, ¿y un piano?”. Y el primer show que hice, Yo me subí a un piano verde, fue un homenaje a los piano bar. Y ahí empezó todo. Me sentí como pez en el agua, fue una maravilla. Y lo he mantenido durante 12 ó 13 años. He hecho cientos de bolos, he hecho cuatro versiones distintas.

—El último es En mis trece 2.0.

—Claro. Primero hice Yo me subí a un piano verde; luego, De verden cuando; luego, En mis trece y En mis trece 2.0.

—¿El teatro es ahora su hábitat natural?

—No. Ahora me estoy replanteando la situación y creo que me voy a jubilar. Creo. Sobre todo, por eso de la “erre”. Me han dicho que no me preocupe. Yo no me preocupo, pero mis tics característicos me van a costar. He ido a una logopeda, he tenido cinco clases y no me han gustado nada, con todos mis respetos para la logopeda que me cuidó, que me dio mucho cariño, pero es que es una cosa de verdad… que me cojan de otro sitio, pero de la lengua todo el rato, no puedo, no puedorl.

—Hace unos años decidió no volver a hacer televisión.

—Por saturación. No me creo el medio. Prefiero el directo. Descubrí el directo, sobre todo, con mi pianista, Marcos Cruz, que seguimos siendo amigos y es la leche. Allí me sentía en mi salsa, era una maravilla. Además, podía escribir lo que quisiera y podía decirlo. Las tecnologías, que siempre me echaban para atrás… En el primer show, yo hablaba fatal de las nuevas tecnologías, qué horror, no sé qué y, en clave de humor, decía: “¡Qué bien vivíamos con las señales de humo! ¡Qué bien nos comunicábamos!”. ¡Pero qué va! ¡Qué tonto soy! Son una maravilla utilizadas adecuadamente. Entonces, hoy en día sale una noticia, lo grabas con el móvil, lo mandas a tu técnico y esa misma noche puedes proyectarlo en la pantalla de tu show y hacer la parodia que quieras. ¿Que no funciona? Lo quitas. Anda que no he vacilado yo con todo lo de la Pantoja, la cárcel, el novio aquel absurdo que tenía…

—Julián Muñoz.

"Una cosa es tener mala baba y otra es salpimentar. Tú imagínate una ensalada muy bien surtida pero que no tiene sal ni pimienta, ni chicha ni limoná"

—Eso. Anda que no he vacilado yo, madre mía. Con buena intención, ojo. Siempre hay gente que piensa que tenemos mala baba. No. Una cosa es tener mala baba y otra es salpimentar. Tú imagínate una ensalada muy bien surtida pero que no tiene sal ni pimienta, ni chicha ni limoná. Un poquito de picantito hay que poner. Hombre, hay que tener un poco de buen gusto. ¿Sabes lo más fácil que hay? Tener mal gusto. Criticar. Una cosa es criticar y otra bien distinta es hacer crítica. No tienen nada que ver, nada que ver. O sea, «con la Iglesia no te puedes meter». ¿Y por qué no? ¿Usted no confía en mí? ¿Yo no puedo hacer de monja o de cura? Primero escuche lo que hago, y luego júzgueme. Pero no, es como tabú. A ver, yo no me puedo imaginar a Jesucristo, que supongo que existiría, y a aquellos doce que iban p’allá y p’acá, que formaban trece, además, ¿no? Trece, agárramela que me crece.

—Eso no se lo decía a los salesianos.

—(Risas) Bueno, no me puedo imaginar a aquellos trece con una cosa como solemne, “tocamientos impuros no”… ¿Por qué coño no podían tener una novia o un novio? ¿Por qué no? ¿Decir esto es ser irreverente? ¿Por qué no puedo hacer yo un sketch haciendo de Jesucristo? Yo ya procuraré tener cuidado. O sea, es muy fácil hacer humor si tienes mala baba.

—¿Usted ha hecho siempre el humor que ha querido?

—Siempre. Nunca jamás nos han impuesto nada ni cuando éramos trío, ni cuando éramos dúo, ni desde que llevo haciendo mi show. Sí me han dado consejitos paternales, que es bastante peor. Perdóneme, yo prefiero la censura: sabes que como te metas con esto, con esto o lo otro, te va a pasar no sé cuánto. Prefiero eso a: “¿Qué necesidad tienes tú de hacer esto, hombre? Con lo buen chico que tú eres…”. Eso sí que me repatea, eso sí que me da por culo. No me gusta nada.

—Me quiere sonar que le censuraron un gag con Marisa Naranjo en la Nochevieja del 90.

—Eso fue censura pura y dura. Reivindicamos a Marisa Naranjo. Ella dio las campanadas en la Puerta del Sol, con todo lleno de gente, de petardas, de petardos, de gritos, de cohetes, no sé qué… Era muy difícil escuchar. Entonces, yo la reivindico, pobrecilla mía. A ella la crucificaron. Al año siguiente dábamos las campanadas nosotros en el mismo sitio. ¡Socorro! Entonces se nos ocurrió que ese mismo año, antes de acceder a las campanadas, en el sketch final decíamos: “En cuanto a la presentadora Marisa Naranjo, no se preocupen: que la tenemos aquí, atada y bien atada”. Entonces, se veía a Marisa Naranjo atada, que se prestó, y decíamos: “Di talán, di talán”. ¡Fíjate la tía, qué buen rollo! ¡Hubiera sido genial! Y dijeron: “No, no: esto ni tocarlo”. ¿Por qué no, ella ha dicho que sí? Y nos lo tuvimos que comer. Me cago en la mar… Como cuando hicimos de los reyes de España, los reyes eméritos. Fuimos los primeros. Si lo ves ahora te meas, pero no de la risa: es que es patético y ridículo por lo que se echaron las manos a la cabeza en Prado del Rey. Primero se grabó el sketch, que era todo como (imita la voz de Juan Carlos I): “La reina y yo no sé qué no sé cuantos”, y yo, haciendo de la reina, “ji, ji, ji”, que ni siquiera me dejaron decir: “Juancarlospolópulos” (risas), no sé qué en inglés…

—En griego.

—“A lo que yo me agriego”, me acuerdo que quería decir. Bueno, pues vale. Pues pasó de despacho en despacho en Prado del Rey hasta que nos dieron el visto bueno: “Se puede emitir”. ¡Venga ya! Tú lo ves ahora y dices: “Qué poca gracia tienen estos dos, tienen más gracia ellos por sí mismos”. En fin.

—¿Puede acarrear hoy un chiste más problemas que hace treinta años?

—Sí. A las pruebas me remito. Mira con Dani Mateo, o con el propio Josema, que dijo algo relacionado con Dani Mateo…

—Lo criticó.

—Bueno, cada uno es cada uno, y tuvo problemas, lo pusieron a parir en las redes. ¡Madre mía, increíble! Eso le valió hacer un Chester con Risto Mejide. Lo que te decía antes: si quieres ser mediático, te tienes que medio morir o…

—Se tiene que oler tu sangre.

Está claro. Es una pena.

—¿Y a qué se debe eso?

"Hay cierto sector de público que está morboso perdido"

—Pues a la telebasura. Llevan mogollón de años vendiendo morbo y carnaza. Hay un sector de público que está morboso perdido. Antes, la gente se te acercaba y te decía con admiración, con una sonrisa de oreja a oreja: “Ay, te hemos visto en el programa, ¿me puedes firmar una foto?”. No había móviles. Y ahora vienen y te dicen: “Joder, qué gordo estás, vaya ojeras tienes. Tu compañero sale más en la tele. ¿Qué pasa, que a ti no te contratan? ¿Qué pasa, que estás viviendo de las rentas?”. Es evidente que alguien está metiendo los deditos. De hecho, si te fijas, suele haber un rótulo que dice: “Si conoces algo de un famoso llama al tal tal tal”. Eso es ilegal. Ahora ya no, pero ¿tú sabes la paranoia que era que veías a alguien con un móvil y pensabas: me estará grabando, me estará haciendo una foto?”. ¡Es increíble! No se puede, no se debe, pero como se lo consienten… Hay cierto sector de público que está morboso perdido. Cuando yo salí del hospital, que yo estaba ya andando, yo solito, me atrevía, no me daban tantos mareos, el neurólogo me decía “vas bien, vas bien”, y un día que estoy desayunando, aquí, debajo de mi casa, me viene una señora del barrio, se me queda mirando y dice: “¡Millán, pero si estás muy bien!”. ¡Y se fue completamente desairada, sin decir más nada, porque me vio bien!

—España es un país muy necrófilo.

—¡Claro! Ella se sorprendió muchísimo de verme bien. Le hubiera gustado verme morimuerto o algo así. Y eso es parte del morbo. Y eso de: “No, es mi mujer la que ve estos programas”. No, no le eches la culpa a tu mujer: todos vemos ese tipo de programas.

—Cambiemos de tema. Hace un par de años, entrevistando a José Mota, me dijo que la llanura de nuestra tierra le da al manchego “una vista larga y un paso corto, y así hace del humor una cosa un tanto especial”. ¿El humor manchego tiene pedigrí?

—Está claro. Quien se atribuya el humor manchego como algo propio miente completamente. Todos los manchegos venimos y provenimos de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que es donde están bien, como un pisto manchego fosilizado (risas)…

—Todos los tipos.

—Todos: Sancho Panza, Don Quijote, Dulcinea del Toboso… De alguna manera, en nuestra tierra manchega hay gente un poco locuaz. Es verdad que eso nos viene de allí. El alcalaíno Cervantes se centró en nuestra tierra porque… ¿Por qué estaban los molinos allí? Porque es tierra llana y hacía viento, y un poquito de la cabeza sí que estamos todos. Yo me autodenomino “un Aries lunático que vive en un ático”.

—Yo creo que, aunque no era de la zona, el manchego también tiene algo de Quevedo.

—Quevedo no tiene nada que ver con La Mancha.

—Bueno, tras estar preso, se retiró en la Torre de Juan Abad y murió en Villanueva de los Infantes.

—Pues no lo sabía. Este hombre, Quevedo… ¡fíjate tú, en su época! Este sí que tenía lengua. Decía de todo, lo que le daba la gana. Era un genio. En casi todas las épocas ha habido grandes genios. En el siglo XVII, en este caso; Oscar Wilde en su país era un tío…

Usted actuó en Salomé.

"En esta tierra nuestra, española, somos muy dados a poner un sello: la gente piensa que tú eres humorista hasta que te mueras"

—Claro. ¿No te digo que he sido muy osado siempre? Pero claro, ¿qué ocurre? Que cuando tienes el sambenito, que en esta tierra nuestra, española, somos muy dados a poner un sello, la gente piensa que tú eres humorista hasta que te mueras. Y si haces “Maricón de España”, eres maricón; y si haces de monja, eres monja. ¡Yo he hecho de monja sobre la bicicleta sin sillín, y no soy monja! Y no tengo por qué explicar si la bicicleta llevaba o no llevaba sillín. Te ponen el sambenito y no te lo quita ni Dios. Y ya puedes cambiar de registro, que no hay manera. Cuando a mí me ofreció Miguel Narros, nada menos, hacer la Salomé de Oscar Wilde dije: “Madre mía, qué maravilla”. Me acababan de operar de un tobillo, por cosas de fútbol, y dije: “Sí, pero estoy operado”. “No importa, no importa. Ya nos inventaremos algo”. Genial. Pues iba por la calle yo, por esas fechas, y una señora que me vio me dijo: “Ay, que me he enterado que vas a hacer de Salomé”. Ojo, preposición: vas a hacer de Salomé. No: voy a trabajar en Salomé. Ella pensó que iba a salir bailando la danza de los siete vientres. Nadie se creyó que yo pudiera hacer del Herodes de Salomé. Y lo hice muy requetebién, fue una experiencia de puta madre. Ahora, nunca más, porque tenía que llorar todos los días, cosa que conseguí, y yo estoy acostumbrado a la risa. Digo una parida y se oye “ja, ja, ja”. Pero aquello de decir: “Oh, Salomé, ¡baila para mí!”. Y a veces se oía: “jrjrjr” (simula ronquidos). ¡Como mucho! Inolvidable una anécdota que nunca he contado. El día del debut en Sevilla, que estábamos de los nervios todos, sobre todo yo, estamos empezando ya: “Salomé, ¿dónde estás?”, salía yo, Herodes, con su séquito, al cuarto de hora, y de repente escuchamos un jolgorio en la sala. ¿Qué pasa, qué pasa? Nos miramos todos y vemos que llega una señora rarísima que era la duquesa de Alba, que acababa de llegar, cuando le salió a ella de su peineta. Imagínate. Lo único que faltó fue que se pusiera a bailar una sevillana. Y encima se plantó en la primera fila y estuvo todo el rato haciendo gestos y gemidos, ¡y era imposible concentrarse! ¡No es una excusa, lo juro! ¡Tengo testigos! ¡No paraba de moverse! ¿Pero qué hacía con la boca? Y decía otro: “No es con la boca, es con la dentadura” (risas). Así fue toda la función. ¿Y ya soy malo por contar esto? No: soy un tío que lo cuenta todo (risas).

—No, hombre. Esta es una anécdota muy blanca.

—Sí, pero habrá gente que diga: “Qué hijo de puta es, hay que ver lo que cuenta de la duquesa de Alba”.

—Zenda es, ante todo, una revista literaria, así que hablemos de libros. Para empezar, usted ha escrito tres.

—Tengo inquietudes literarias. El primero lo escribí estando en la tele, y me dieron un premio por todos los que vendí. Más de 100.000 libros. Gomaespuma me dio el Premio Papagayo y estaba orgullosísimo.

—Ese libro se llama Sufro bucho

"En la editorial, lo que realmente querían era que Martes y 13 escribiéramos un libro, pero Josema dijo que no, que no le apetecía nada"

—Pero el título primigenio no era ese. En la editorial, lo que realmente querían era que Martes y 13 escribiéramos un libro, pero Josema dijo que no, que no le apetecía nada, y dije yo: “Si no lo escribes tú, lo escribo yo”. Intentaron convencerle, no le convencieron, y entonces me dijeron: “Bueno, anda, escríbelo tú”. Entonces yo quería que se llamara El presidente de los estados de ánimo, que era un repaso por los estados anímicos, que es de lo que va el libro. No les gustó el título, que no es muy brillante, pero bueno, era mi título. Me lo cambiaron, no me importó, pero ellos quisieron ponerme en portada a mí haciendo la empanadilla de Móstoles. ¡Venga ya! Digo: “De verdad, habérmelo dicho antes: me he pegado un palizón escribiendo para esto”. Me decían: “No hay que renegar”. ¡Si yo no reniego, pero esto es una nueva faceta! Entonces ellos inventaron una nueva portada en base a un collage que yo había hecho, y me cambiaron cuatro cosas, total, para que luego lo firmara otro, como siempre. “Se tiene que llamar Sufro bucho. ¿Te gusta?”. Dije: “Bueno”. La cosa era que recordara a Martes y 13. Que tuvieras talento o no literario les importaba una mierda. Lo que querían era vender, vender tu marca. Y se vendió muy bien. El segundo, que es el que tienes aquí, Cuando la aurora tiende su manto, que es un tragidiálogo manchego novelado, funcionó muy bien también. No se me da mal escribir, la verdad, pero no tengo un negro detrás como han tenido otros u otras. Cuando publiqué el siguiente, En mis trece, como ya no era tan mediático, no se vendió casi nada. Es más, no hicieron promoción, ¡una cosa de locos! Fui a firmar a la Feria del Libro de ese año. Y acababa de pasar lo de Ana Rosa Quintana, que la acusaron de que había plagiado, de que tenía un negro detrás…

—Planeta llegó a retirar el libro ante las evidencias del plagio.

—Entonces, yo estaba allí las dos horas que tuve que estar firmando libros, y estuvo bien de gente. Pero, muy a menudo, alguno venía y preguntaba: “¿Este libro lo has escrito tú?”. Y yo: “Pues sí. Lo dice aquí: ‘MI-LLÁN SAL-CE-DO’”. Entonces, llegó una muy borde, empezó a hojearlo, mientras me miraba con displicencia, y me dice: “¿Esto lo has escrito tú de verdad? A ver, cuéntame algo y, si me hace gracia, te lo compro”. Le digo: “¿Usted se puede imaginar que yo tuviera que hacer esto a todos los que vienen? Venga, venga, si ahí hay una sinopsis, léasela, sin ningún problema, no se ofenda”. Dice: “No, porque a lo mejor tienes un negro detrás”. Y le dije: “¿Pues sabe lo que le digo? Que ojalá hubiera tenido un buen negro detrás, con una buena mandanga, que ya verás cómo funcionaba todo”. Y dijo ella: “Ja, ja, ja. Mmm, ¡compro seis!”. (Risas) ¡Y se llevó cuatro o cinco! ¡Eureka! Así que cada vez que me venía alguien preguntando, decía lo del negro. “¡Ay, dame dos! ¡Pues yo me llevo doce!”. Y no estoy exagerando, de verdad que no.

—¿Recuerda cuál fue el primer libro que leyó?

"Lo prodigioso de esa época fue salir indemne de toda aquella matraca que vivimos, sobre todo en La Mancha"

—Pues… el listín de teléfonos de los salesianos (risas). Me pusieron de portero durante un tiempo y, cuando llamaban, “¿de parte de quién?”. Allí leíamos poco, fíjate tú, pero el primer libro que me marcó, y esto lo iba a contar en mi espectáculo que tenía preparado para hacer, pero que ya no voy a hacer, El entretenedor se iba a llamar… En esa España profunda, manchega, de mi edad infantil, cuando jugábamos en la calle, en Puertollano, me acuerdo, entre los árboles, por las eras y todo eso, casi a diario nos encontrábamos con un galgo ahorcado, con esa cara que ponen, es un horror. Entonces yo, en lugar de tener miedo, me parecía que era divertido, y, fíjate, esto es una barbaridad, miraba las caras que ponían. También, cuando murió mi hermano, con 14 años, lo vi en su ataúd y yo decía: “Uh, qué cara pone, seguro que se despierta”. Veía el lado gracioso de las cosas. Mi padre, siete meses después de morir mi hermano, murió también. Recuerdo que el día que estaba en la caja yo le imitaba. Y decían todos: “Ay, el Figuritas”. Me decían Figuritas. Mi madre me dijo: “¡Te estás pitorreando de tu padre! ¡Dale un beso!”. Y yo: “¡No, no!”. Y le gastaba bromas, unas bromas macabras, si quieres, pero no lo hacía con malicia. Lo hacía porque me parecía que tenía su lado gracioso. Y, de hecho, yo veo por la calle un desconchón, y le hago una foto porque veo caras, veo cosas. Está todo lleno de caras y de cosas. Y esto venía a colación porque cuando me meten en el internado, en la biblioteca descubro un libro que te pees. ¿Que qué libro es? La Guerra Civil Española, no recuerdo el autor. Y había fotos con caras de los muertos en combate. Y yo me quedaba, sin que nadie me viera, entornaba los ojos, miraba las caras de esos señores, y no es que me riera de ellos, pero yo decía: “Vaya careto que ponemos cuando nos morimos”. Yo era un niño, tendría siete u ocho años. Y luego ponía esas mismas caras a los amigos y se descojonaban todos. Me viene todo de esa España sórdida. Y eso para mí fue un salvavidas: yo me apoyaba en esas cosas tan terroríficas y salí a flote no te voy a decir que divinamente, pero oye, ileso. Salí ileso de aquella década, la década religiosa. Decían “la década prodigiosa”. Lo prodigioso de esa época fue salir indemne de toda aquella matraca que vivimos, sobre todo en La Mancha. Y me consta que en muchas regiones. Pero bueno, hemos avanzado, es evidente.

—Por no caer en el tópico de la isla desierta, dígame tres libros que recomendaría a los extraterrestres.

Por supuesto, Cien años de soledad; En busca del unicornio, que me encanta, que está escrito en castellano antiguo y de entrada es “¿cómo? ¡Pues me lo voy a leer!”, y luego, los que leía en la Escuela de Arte Dramático. Yo qué sé: me encanta Del rey abajo, ninguno, Los bandidos de Schiller… Hay un escritor que ha empezado a escribir hace muy pocos años, que se llama Joaquín M. Barrero y, de verdad, es una maravilla.

—¿Algún autor que tenga en un altar?

Los clásicos. Mi Lope, mi Quevedo. Tiene una oda a la mierda: “Oh, mierda, gentil, aromática…”. También con la música me pasa: mis Pink Floyd, mis Beatles…

—¿Alguno al que no soporte?

—¿Sabes lo que pasa? Que como he escrito tres libros y sé lo difícil que es escribir y la tinta china que se suda, que no voy a decir ningún nombre. Por respeto. Es muy difícil caerle bien a todo el mundo, escribir y que le guste a todo el mundo… Pero, sin embargo, rompo una lanza por esos que llaman despectivamente “negros”. Esas personas que son las que se lo curran de verdad: los guionistas esos que ni siquiera salen en los títulos de crédito… Esos son los verdaderos fenómenos. Y hay casos de gente que por fin ha tenido salida. Te voy a dar un nombre: Fernando León de Aranoa. Venía de ese sórdido mundo de las galeras, donde tú das el do de pecho engrilletado, hecho polvo, y esa nave funciona porque están esos pobres currando. Me parece injusto que te llamen “negro” de ese modo tan xenófobo y tan racista, joder. Y tú blanco de mierda, ¿no te jode? Menos mal que vamos avanzando.

¿Qué está leyendo ahora?

"He descubierto el mundo de la fotografía y no existe nada en el mundo como ese"

—Sí, un libro de mi amigo Marcos Cruz, El club de la sola luna, que estoy leyendo con mucho detenimiento. Me está costando porque tengo que preparar dos exposiciones: una de collages y otra de fotografías. He descubierto el mundo de la fotografía y no existe nada en el mundo como ese. Tengo un Apple 7 que hace unas fotacas que te cagas. Y como me han dicho que tengo que andar, porque forma parte de mi rehabilitación, fuera las cervezas, fuera el alcohol, fuera esto, fuera lo otro… andar, andar. Me pongo musiquita y a pasear. Me fijo en todo. ¿Sabes lo que son las pareidolias? Son como “parecidos razonables”. Lo que he contado antes: en los enconchones he visto caras, en algún reflejo… Y es increíble la cantidad de cosas que hay por ahí, el arte callejero que existe, urbanita… Entonces voy a hacer una sección que se llama “FijArte”. Otra se llamará “Pisando por ahí”. Por ejemplo: en los pasos de cebra, de tanto gastarte, se van desconchando, y encuentras unas cosas increíbles. En la Plaza Mayor hay un sitio que lo he retratado desde lejos, luego más cerca, hasta que llegas… y es la cara de Felipe II. Y es un adoquín. Mi amigo Fernando me acompañó a un cementerio y, de repente, un día hago un descubrimiento sobrecogedor: veo que los nichos que están a ras de tierra, por el efecto de la lluvia, se han formado una especie de situaciones que tú ves paisaje ahí, ves fortalezas…

—¿Cuándo saldrá eso?

—No lo sé, pero va para largo. No me importa, tengo todo el tiempo del mundo. Un amigo fotógrafo me dice que hay que ver cómo, sin tener ni idea, tengo ojo fotográfico. ¿Sabes qué pasa? Yo me he visto ya todas las obras del barrio, porque los jubilados se van a las obras siempre, y si yo me pongo a hacer fotos de cosas que veo allí entre las obras, van a pensar que voy a hacer fotos a los trabajadores. ¡Sólo me faltaba eso! Así que me voy a cementerios, que allí nadie dice ni mú. (Piensa) Fuimos a ver a don Enrique Jardiel Poncela. A rendirle pleitesía. ¿Y qué ponía en la tumba? “Si queréis los máximos elogios, moríos”. Eso pone en un nicho, que ni siquiera es una tumba brillante. Ya les vale… Un señor tan grande, Jardiel Poncela, ¿en un nicho? ¿Qué pasa con el Ayuntamiento de esta ciudad? ¿Cómo se puede maltratar de esta manera a don Enrique Jardiel Poncela? En fin.

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