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Marsé y Serrat, por Antonio Lucas en El Mundo

Marsé y Serrat

El periodista Antonio Lucas asiste a una reunión habitual desde finales de los años 60, la del cantante Joan Manuel Serrat y el escritor Juan Marsé, que por primera ver tiene lugar para un diario.

Barrio del Eixample de Barcelona. Exactamente a las 12.00. Juan Marsé tiene en la habitación de escribir un retrato grande de Jaime Gil de Biedma y una mesa con rescoldos de papeles sueltos, una boutique de lápices y rotuladores, ediciones coreanas de sus novelas, una lupa. También un ejemplar de su nueva pieza, Esa puta tan distinguida (Lumen). Hay dos sillas bajas de peluche ajado y una la ocupa Joan Manuel Serrat. La otra es del gato. Marsé y Serrat se ríen juntos desde finales de la década de los 60, cuando los dos hacían cine, las noches duraban 10 horas diarias y aún acumulaban colillas en los ceniceros, como si todo el año fuese primavera en Barcelona.

En la distancia corta tampoco se les puede negar la grandeza. Vivieron en el jaulón del franquismo con intensidad antifranquista. Uno cantando a la contra. Otro escribiendo a su modo. Cada uno con su daga en la manga. Es extraordinario escucharlos juntos. Nunca antes lo habían hecho para un periódico. Marsé sugiere que con el sol en lo alto la charla pase a la terraza. Y allí, en el patio menestral, sobre la mesa que ocupó una vieja máquina Singer, con cervezas y almendras tostadas, arrancan a hablar con una fuerza centrífuga que va de la memoria al presente y del entusiasmo a la actualidad, sin pactar nada. Despliegan complicidad y contundencia. La inteligencia atildada de quien no imposta la voz ni las ideas. En las letras de Serrat han germinado dos generaciones conscientes del valor de las pequeñas cosas, palabras de amor, poetas inmensos. En la obra de Marsé está la penumbra de un cine de barrio, los lugares prohibidos, la memoria que todo lo ordena, la coherencia de una vida y sus excepciones. Ambos pasan de sutilezas reglamentarias. Aquí se muestran cómplices y contundentes, tomando partido hasta mancharse. En el patio también crece un limonero.

Pregunta.- ¿Cómo era la Barcelona de vuestras infancias?

JOAN MANUEL SERRAT.- La infancia que yo leo en los libros de Juan se parece bastante a la mía. Hay un decalaje de tiempo, pero no altera tanto el parecido. Los tranvías en los que nos subíamos en aquella época, la represión política y los personajes de la calle eran más o menos iguales. Ambos crecimos en barrios proletarios. Algo que marca. También de niños jugábamos a lo mismo, y eso es importante.

JUAN MARSÉ.- Así es. Las chapas, las canicas, el fútbol…

P.- Este era un país difícil hecho también de hambre, picaresca, miedo.

MARSÉ.- Y piojos… No faltaba nada… Pero sea como sea, la infancia de uno es importantísima en la confección de su personalidad. Hay grandes autores cuya obra está vinculada por entero a la infancia. Incluso hay quien dice que lo único importante que le pasa a uno en la vida es la niñez. Aunque no sé si es para tanto.

SERRAT.- La infancia es la época más brillante, en general. También hay quien prefiere no recordarla, pero es tan fuerte en sí misma, tan echada para delante, que lo soporta todo. Hasta las infancias tristes y oscuras terminan rescatando algún momento de risa y de ilusión. El otro día vi unas imágenes de un campo de refugiados donde unos niños jugaban con restos de botes de gas lacrimógeno y pelotas de goma que la policía del lugar lanzó antes a sus padres. Es decir, sobre la destrucción levantaron su rato de fantasía. Me acordé de mi infancia, de los veranos de postguerra que pasaba en el pueblo de mi madre cruzando sobre las ruinas para ir a buscar el pan o desenterrando balas y casquillos entre los escombros de casas que habían sido destruidas durante la Guerra Civil.

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