Inicio > Libros > Narrativa > Más huevos que el caballo del Espartano

Más huevos que el caballo del Espartano

Más huevos que el caballo del Espartano

Pocas veces una cita inicial —casi siempre, elegida por el autor un poco al tuntún, sin que la misma logre aclarar del todo el fondo o el espíritu de la obra— ha servido para que el lector, antes de adentrarse en las páginas del libro, se haga una idea de lo que le espera a partir del instante en el que se sube el telón, se ilumina el escenario y los actores salen a escena. En una novela como El amo, Maquiavelo es algo más que una simple referencia. Las palabras del escritor y filósofo renacentista italiano, tantas veces citado como escasamente leído, son providenciales: “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

En esos parámetros se mueve el asesino de esta historia, del que ya teníamos noticia en la anterior entrega, Jotadé, y del que se habla justo al inicio de la novela, con lo que el autor de la misma, Santiago Díaz, se ve obligado a hacer, literalmente, encaje de bolillo para que el ritmo y la intriga no decaigan en ningún instante a lo largo de estas casi cuatrocientas páginas que se leen en un suspiro.

"Jotadé tiene claro que lo más urgente es darle caza a un secuestrador y asesino que ha conmocionado a la sociedad y que lleva por la calle de la amargura a todo el cuerpo de la policía"

En esta ocasión, Juan de Dios Cortés, es decir, el subinspector Jotadé, se enfrenta a un nuevo caso que le toca muy de cerca. Pero sólo el lector, que juega con ventaja, sabe que su compañero Osborne, más conocido en el ambiente de la comisaría como Bertín, es el monstruo al que hay que atrapar en un caso que resulta ciertamente muy llamativo porque hay menores implicadas y la mente obtusa del policía le lleva a emplear, sin remordimiento alguno, cualquier instrumento para salirse con la suya. Santiago Díaz, sin embargo, va más allá, y lejos de presentarnos a un culpable que no tiene justificación alguna para explicar sus fechorías, ahonda en la psicología del personaje, cala sus redes en lo más profundo de su mente, recurre a su biografía y pone sobre el tapete el origen del mal, sacando así a relucir esa parte “humana” que duerme, sin dar señales de vida, aletargada, en todo culpable.

Nuestro príncipe gitano, Jotadé, que ahora prepara las oposiciones a inspector de policía, que se las ve y se las desea para dejar embarazada a su Lola, con la que ha vuelto de nuevo, que sigue metiendo las narices en donde no le llaman, que pone la otra mejilla cuando le rompen la cara, conduce, orgulloso, de un lado para otro, su Cadillac Eldorado del 89, y pone el mayor empeño en no decepcionar a su hijo Joel, que es el que más sufre las desavenencias de la pareja cuando se tiran los trastos a  la cabeza. Pero, ya se sabe, el oficio de policía —veinticuatro horas al día los 365 días del año— casa bien poco con la labor de padre y marido. Jotadé tiene claro que lo más urgente es darle caza a un secuestrador y asesino que ha conmocionado a la sociedad y que lleva por la calle de la amargura a todo el cuerpo de la policía. El tipo, sin embargo, cae simpático: no es mal parecido —algunas dicen que está como un queso—, trabaja como una mula, tiene un corazón de oro, quiere a sus padres, daría la vida por los suyos y posee unos rasgos tan humanos que, de vez en cuando, le obligan a secarse una lágrima y mentir diciendo que es de alegría. Todo un personaje bien perfilado, orgulloso de la raza a la que pertenece, que, con su sola presencia, da vida y transmite luz a una historia sórdida en sí misma, que siempre es un plato de mal gusto por muy bien que se presente.

"Santiago Díaz, quizá pensando en el lector y en la mejor manera de administrar la acción y el misterio que recorre toda la obra, crea varios ejes con diferentes personajes"

En una novela en la que el protagonista es un policía gitano no podían faltar, de ninguna manera, todos los prejuicios que acarrean tal circunstancia. Ni siquiera después de más de medio siglo de democracia en España, nos viene a decir el autor a su manera, somos capaces de asumir que ciertas profesiones resulten compatibles con una raza a la que, no hace tantos siglos, intentamos exterminar con el consentimiento de un rey que terminó recapacitando. El conflicto entre payos y gitanos está presente en la novela. El propio Jotadé sufre en sus propias carnes las consecuencias, con las murmuraciones y los soterrados comentarios de sus compañeros. Y para dejarlo bien patente, Santiago Díaz da una nueva vuelta de tuerca y plantea en el relato la relación amorosa entre el agente de policía Lucas Melero y una bella gitana llamada Margarita, prima del propio Jotadé, quien tiene muy bien asumido que “la pestañí y los gitanos somos como el agua y el aceite”.

La presencia de gitanos en el relato, con el “majo, impredecible” y, a veces, difícil de trato Jotadé como máximo representante, abre una puerta para que el autor introduzca, sin molestar demasiado, sin agobiar en exceso, sólo en su justa medida, todo un vocabulario propio de la raza calé, con sus palabras más típicas y sus ingeniosas frases hechas en donde no faltan expresiones como “pichabrava”, “malafollá”, “porculero”, “tener más peligro que un cepo enterrado” o “tener más huevos que el caballo del Espartano”, con la correspondiente confusión de Jotadé, que oye tiros, pero no sabe por dónde. La inclusión de estos términos, lejos de afear el texto que se nos presenta, en donde no falta precisión y elegancia en el estilo, lo convierten en más realista si cabe, acorde con la acción y ese ambiente denso, casi de pesadilla, por el que transcurren los personajes.

En cuanto a la estructura y a la técnica narrativa, ambas ciertamente depuradas, cuidadas al máximo, Santiago Díaz, quizá pensando en el lector y en la mejor manera de administrar la acción y el misterio que recorre toda la obra, crea varios ejes con diferentes personajes: Osborne y la guarida donde esconde a sus víctimas, Jotadé y su vida con Lola, Lucía Navarro y el Centro de Internamiento donde cumple su condena, el inspector Moreno y su lío con Lidia, Melero y su “rollo” con la gitana Margarita… Y como lugar de reunión de casi todos ellos, la destartalada comisaría en la que diseñan la mejor estrategia para acabar con los malos.

"Santiago Díaz, al final del relato, deja todo atado y bien atado en una novela en la que, aunque ambiciosa y de mayor calidad que las habituales del género, no hay fisuras, no hay zonas oscuras, todo resulta verosímil"

No son compartimentos estancos, sino vasos comunicantes, espacios permeables por los que transitan los personajes, por lo que cada una de estas piezas, aunque tengan independencia en sí mismas, terminan formando parte de un conjunto en el que luce la mejor imagen de una novela coral, aunque bajo la batuta del maestro Jotadé, escrita primorosamente, con verdaderos golpes de humor situados en los lugares más estratégicos de una obra en la que también destacan, y de qué manera, algunos secundarios como el malvado muchacho Alejandro Nuero, que merecería un libro aparte, la abuela Carmen, madre de la renombrada Indira, o la oficial Verónica Ardanza.

Santiago Díaz, al final del relato, deja todo atado y bien atado en una novela en la que, aunque ambiciosa y de mayor calidad que las habituales del género, no hay fisuras, no hay zonas oscuras, todo resulta verosímil; y los personajes, y muy especialmente, Jotadé, que es el espejo de nuestras propias contradicciones —un defensor de la ley que se toma la justicia por su mano—, que siempre tiene en su recámara no una bala, sino la respuesta más punzante y adecuada, parecen extraídos de la vida misma.

Como diría el ya citado Nicolás Maquiavelo, nunca nada grande se ha logrado sin riesgo.

—————————————

Autor: Santiago Díaz. Título: El amo. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios