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Unamuno autocrítico e indómito

Unamuno autocrítico e indómito

En estos últimos años se viene utilizando cada vez más una expresión que hace décadas era usada preferentemente por los muy unamunianos. Me refiero a “guerra incivil”, en obvia referencia a la que estalló en España el 18 de julio de 1936. Ese sintagma de tan poderosa significación nos remite de manera inequívoca a su valedor, Miguel de Unamuno, y de ahí que resulte coherente que la editorial Página Indómita lo haya empleado en el título de la selección de textos del escritor, docente y político vasco publicada en Barcelona en 2026, a los noventa años de aquel enfrentamiento ideológico y bélico que sigue dando pie para enfoques y dialécticas varias y encontradas.

El libro comprende diversos textos relacionados sobre todo con la singular y palinódica posición de Miguel de Unamuno a vueltas de tan fatídico acontecimiento histórico. Se fechan desde el comienzo del mismo y abarcan hasta casi la muerte de ese gran personaje que subrayaba ser de carne y hueso, acaecida en su domicilio de Salamanca en la tarde del último día de diciembre del 36. La causa de su fallecimiento no está exenta de especulaciones, habiendo sido el propio escritor quien alimentó la sospecha de que podía ser asesinado en su propia casa, hipótesis que planteaba el 7 de diciembre de dicho año en carta al novelista neoyorkino Henry Miller, cuatro días más tarde en otra redactada para el periodista Juan Carretero Luca de Tena, director del ABC de Sevilla, y aún un par de fechas después en la dirigida a Quintín de Torre.

"Cobran inusitada importancia en ellos las consecuencias que acarreó a la vida privada y familiar del bilbaíno en su azaroso tramo último"

En 1936, la guerra incivil: Textos escogidos se han agrupado varias misivas de tan inquieto excitador intelectual y prolífico hombre de letras dirigidas a diferentes destinatarios, sin que llegasen todas a su destino. Las cartas fueron datadas, la primera el 10 de agosto de 1936, y dirigida “a un socialista de buena fe”, siendo publicada en el periódico de Venezuela La Esfera el 3 de enero de 1937. Y la última fue para Quintín de Torre, el 13 de diciembre de 1936. Entre ambas se reproducen las enviadas a María Garelli, Lorenzo Giusso, Esteban Madruga, Francisco de Cossío, Henry Miller y al recién citado Juan Carretero Luca de Tena. También se recogen en el libro anotaciones unamunianas entre las que destacan pasajes procedentes de una obra en la que estuvo trabajando Unamuno en sus meses postreros, El resentimiento trágico de la vida: Notas sobre la revolución y guerra civil española, y cuyo manuscrito iba a ver la luz más de medio siglo después. Asimismo incluye el volumen respuestas de Miguel de Unamuno a entrevistadores de diversos medios periodísticos internacionales y españoles, a saber: los franceses Le Petit Parisien, Le Matin, Candide, L’Humanité, el holandés De Tijd, la revista transatlántica Repertorio Americano, el noticiero griego I Kathimeriní, el polaco Kurjer Warszawski, y los rotativos salmantinos El Adelanto y La Gaceta Regional.  

En algunos de esos textos no es solo la interpretación unamuniana filosófica y política del conflicto el asunto que prevalece, sino que igualmente cobran inusitada importancia en ellos las consecuencias que acarreó a la vida privada y familiar del bilbaíno en su azaroso tramo último: ya no contaba con Concha Lizárraga, su ancla doméstica y emotiva acostumbrada, fallecida en mayo de 1934; tenía que ayudar a sus hijos, y de tres de ellos no tenía noticias desde hacía meses; le destituyeron de su tercer Rectorado, a raíz de unos comentarios suyos que a posteriori calificó como “inocentes” (59), y en los que se reafirmaba. Los había realizado en la universidad de Salamanca, en un Paraninfo atiborrado de falangistas, llevando en el acto como rector la representación de Franco. Esos comentarios provocaron al parecer un choque dialéctico no premeditado con el general Millán-Astray, el 12 de octubre de 1936 en una sesión conmemorativa de la sazón denominada Fiesta de la Raza en recuerdo del descubrimiento hispano de América. Llegó a encontrarse Unamuno casi en la menesterosidad económica por haberse reducido sus ingresos drásticamente. Estaba recluido y bajo vigilancia en su casa en una situación que entendió y vivió como si estuviese en una cárcel solapada.

"Empieza y termina el libro con la reproducción del contenido de sendos borradores donde se reflejan dos posicionamientos de Miguel de Unamuno que son antitéticos e ilustran un reenfoque de su visión de la guerra y sus consecuencias"

En medio de esos trances personales resignificó el sentido que para él adquirieron en ese contexto algunas de sus obras más representativas, entre ellas la “poemática” Paz en la guerra, y la novela que calificaba como “mística” San Manuel Bueno, mártir. Sobre la primera reproduzco un párrafo que viene muy a propósito y en el que recordaba que había cantado en sus páginas “al Bilbao de nuestra otra guerra civil. Que aquella sí que fue civil. Y hasta doméstica. Esta no; esta es incivil. Y peor que incivil” (91).

Empieza y termina el libro con la reproducción del contenido de sendos borradores donde se reflejan dos posicionamientos de Miguel de Unamuno que son antitéticos e ilustran un reenfoque de su visión de la guerra y sus consecuencias. El primero es un discurso pronunciado como concejal en el Ayuntamiento de Salamanca el 25 de julio de 1936. En ese texto se decantaba por servir a España secundando lo que en ella “de sano queda, el pueblo regularmente armado”, prestándose a “acudir a salvar la civilización occidental, la civilización cristiana, que corre peligro” (21). No tiene fecha precisada de diciembre de 1936 el segundo borrador, textualizado al dorso de una carta de recomendación. Esos renglones expresaban un elocuente cambio de óptica sobre la guerra y su deriva posterior, como lo atestigua el siguiente pasaje: “Me temo que bajo la dictadura de Franco lo que menos se permita sea la franqueza. Lo que dominará será la molienda” (123).

El antecitado pronóstico lo formulaba Miguel de Unamuno recurriendo a un esquema de lenguaje y de pensamiento dual y de ribetes lúdicos que llevaba su rúbrica inconfundible, porque su contenido era bien severo y contundente. En este caso anticipaba que en el Estado franquista acabaría la libertad de pensar y de pronunciarse políticamente mientras camparía a sus anchas la represión que ya iban ejemplificando las prácticas de uno de los militares del bando sublevado, el general Emilio Mola, quien le propició dicterios como estos: “bestia rencorosa y ponzoñosa” (100) y “monstruo de perversidad” (104).

"Miguel de Unamuno señala que en ese contexto de confrontación se desarrollaron dos lepras sociales, dos epidemias, dos demencialidades, dos suicidios morales colectivos"

A parecido formato lingüístico y analítico se atuvieron otros dichos unamunianos de entonces, aunque sin el juego onomasiológico recién descrito. Me refiero a un par de frases bien conocidas, una atribuida al franquismo en agraz, la de “vencer no es convencer, ni conquistar es convertir” (63, 90, 95 y 116), frase que presenta otras variantes en este libro, por ejemplo la de “vencer no es convencer, y poseer no es conservar” (70), y “Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán” (105). Hay otra frase referida a ambas partes enfrentadas, esto es los unos y los otros, aludidos como “los hunos y los hotros”, con hache inicial y cursiva ambas palabras. A esa fórmula Miguel de Unamuno recurrió reiteradamente, así en los ejemplos que aduzco conforme figuran en el libro que reseño: “Fuera de España hay intelectuales españoles que no pueden volver porque los fusilarían los hunos o los hotros” (75); “Tan salvajes son los hunos como los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia” (80); “Y si los llamados rojos y marxistas, los hunos, llevan esa guerra con una salvajería brutal, los hotros, los nacionales o salvadores, establecen su régimen de terror blanco con una perversidad refinada” (94); “por muchas que hayan sido las atrocidades de los llamados rojos, de los hunos, son mayores las de los blancos, los hotros” (99); “Entre los hunos —rojos— y los hotros —blancos (color de pus)— están desangrando, arruinando, envenenando y —lo que para mí es peor— entonteciendo a España” (100); “La que los hotros llaman la Anti-España, la liberal, es tan España como la que combaten los hunos” (114).

La vertiente de patetismo lúdico desaparece por completo en distintas formas de expresión y análisis en las que, pese a sus idearios antagónicos, se otorgan parecidas responsabilidades destructivas a ambos bandos, así cuando Miguel de Unamuno señala que en ese contexto de confrontación se desarrollaron dos lepras sociales, dos epidemias, dos demencialidades, dos suicidios morales colectivos, dos clases de terror, “el terror blanco, tan feroz como el rojo” (87); “un terror cien veces peor que el que nos dicen que existe entre los rojos” (108). Y no un opio, sino dos, el que destilaba la “religión” bolchevique, y el de quienes se decían creyentes cristianos, pero carecían de la autenticidad que se presupone para serlo verdaderamente. No un odio, sino dos, en este caso representados en el anticlerical por una parte, y en aquel que sustentaba la tesis acusatoria de que había una intelectualidad traidora a España.

"En aras de decir en cualquier foro lo que pensaba no le importó afrontar tampoco cualquier perjuicio del tipo que fuese"

Como especie única de ser humano que quiso ser y fue, no solía Miguel de Unamuno casarse con nadie en pensamiento y en opiniones, y ni siquiera consigo mismo, debido a la lucha interior constante en la que lidiaban sin tregua corazón y mente. Puso un listón difícilmente alcanzable en materia de autocrítica, y no digamos respecto al rechazo del sectarismo militante y pertinaz de cualquier signo. Se me ocurre que si a alguna premisa se atuvo, y no siempre, porque bastaba que fuese premisa más o menos asentada para sentirse en la tesitura de conculcarla, sería la que se encierra en la frase latina atribuida a Aristóteles Amicus Plato, sed magis amica veritas.

Esa actitud para él irrenunciable porque formaba parte constitutiva de su idiosincrasia especialísima, puede conjugarse con lo que dijo y publicó el salmantino El Adelanto, el 18 de agosto de 1936, reproduciéndose un par de días después en el periódico también charro La Gaceta Regional: “Cuando todo pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré con los vencedores” (37). Y no hubo que esperar a que todo pasase, porque no tardaría en producirse el enfrentamiento preanunciado. A dicho aserto habrían de añadirse los manifestados al escritor griego Nikos Kazantzakis que aparecieron el 14 de diciembre de 1936 en la publicación helena I Kathimeriní, y que iban a resultar premonitorios, porque en aras de decir en cualquier foro lo que pensaba no le importó afrontar tampoco cualquier perjuicio del tipo que fuese: “No he traicionado la causa de la libertad. pero, por el momento, era absolutamente necesario imponer el orden. Una vez restaurado, pronto me levantaré y empezaré a luchar de nuevo por la libertad, absolutamente solo” (56).    

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Autor: Miguel de Unamuno. Título: 1936, la guerra incivil: Textos escogidos. Editorial: Página Indómita. Venta: Todos tus libros.

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