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Mayabeque, un cuento de Francisco de Zárate

Cuadro de Nestor de la Torreo

El cuento del mes de la Escuela de Imaginadores lo firma Francisco de Zárate.

Francisco es nuestro imaginador más isleño, nos lee sus historias con un acento musical, entre canario y argentino —escribió durante quince años para el diario Clarín cuando vivía al otro lado del Atlántico—, y en ellas siempre hay olor a mar, fascinación por las embarcaciones, pescadores y marineros, diálogos que atrapan, personajes de carne y hueso, relaciones complejas con el padre. Quizá no pueda encontrarse todo eso en «Mayabeque», pero así mantenemos alto el interés por el libro de relatos en el que está trabajando.

Puede que les suene su nombre: Francisco de Zárate es periodista en El País. También publica entrevistas en formato de historieta —en Tinta Libre, Ctxt.es, Mongolia, Letras libres, Ñ revista de cultura— en las que ha conversado con Elena Poniatowska, Leonardo Padura, Javier Cercas, Ricardo Darín o Maitena.

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Mayabeque

Mayabeque no llamó en la última Navidad. De hecho, llevaba varias sin llamar, solo que Antonio no se había dado cuenta. Don Antonio, le decía él. Después de tantos años, y aunque siguiera siendo aquel hombre largo y de rostro aniñado, Mayabeque también se habría ganado el título de don. Al menos por la edad.

Antonio no habría hecho nada de no ser por su esposa.

—¿Y por qué no lo llamas tú este año? —le dijo Cristina.

—No tengo el número.

—Pero ¿cómo no lo vas a tener? Fíjate en la agenda gris. De cuando puso el aislante en el tejado.

Allí estaba, por la M de Mayabeque, que en verdad no era el nombre. Antonio no sabía cómo se llamaba, solo que por algún motivo al padre le habían puesto así en Cuba y que eso era lo único que los barbudos le habían dejado traerse de vuelta. «El viejito me dejó el nombre y poco más», decía Mayabeque con una sonrisa de dientes torcidos que te dejaba sin saber adónde mirar.

—No se va a poner.

Antonio reconoció el acento de La Palma por el teléfono pero no lo relacionó con la mujer, varios años más joven, por la que su antiguo subordinado había dejado a la esposa y casi abandona también el cabildo.

—¿Cómo?

—Que no se va a poner.

—¿No está?

—Yo no he dicho eso.

La mujer colgó y Antonio la recordó de golpe, como si la señal de ocupado que daba ahora el teléfono la hubiera descifrado. Se acordó del escote azul turquesa y del bamboleo de las caderas al subir la escalinata del cabildo. No solo Mayabeque le pertenecía sino toda la corporación insular. A Antonio, que en ese momento salía en coche oficial con el presidente, ni lo miró. Fue directa al ujier Pepe Juan, el único uniformado, que le dio el nombre de la avería en la que andaba Mayabeque y pronunció aquella frase, Juanitoparaloqueseleofrezca, por la que sería recordado desde entonces.

Algo pasa, le dijo Antonio a Cristina mientras su mujer llevaba los platos sucios a la cocina.

—Si no vas a comer más turrón, me lo llevo —le respondió —, que se nos llena el salón de bichos.

Esa noche le costó conciliar el sueño. No estaba acostumbrado a comer tan tarde. Todas las navidades, lo mismo, pensó. Además, estaba el asunto de Mayabeque, ¿qué demonios habría ocurrido? Trató de repasar mentalmente su última conversación con él, pero por supuesto no la recordaba. Lo más probable era que hubiera sido una de esas anodinas felicitaciones de fin de año.

¿Pero entonces por qué no se había querido poner? Por un momento pensó que Mayabeque lo estaba poniendo a prueba para ver si reaccionaba y llamaba él por su propia voluntad. Pero en seguida lo descartó. Ni Mayabeque era así ni él tenía ninguna obligación de llamar. De hecho, ¿por qué estaba haciéndose tanto problema? ¿Desde cuándo le importaba lo que pensara o dejara de pensar alguien como Mayabeque?

 

Al día siguiente le pareció verlo de espaldas, curioseando en la sección de pantalones de El Corte Inglés, mientras él discutía con un empleado que se negaba a cambiarle la camisa. Esto sí que es una casualidad, pensó, ¿y si le doy un grito? Seguro que Mayabeque le ayudaba a lidiar con esta especie de subhumano impermeable a la lógica.

Se contuvo. Dar un grito no era apropiado.

Lo más fácil habría sido pedirle a Cristina que fuera a buscarlo, pero su mujer se había quedado en la planta de señoras, y a saber cuándo volvía. Además, si Cristina hubiera estado ahí tampoco habría necesitado a Mayabeque.

—Lo siento, señor, pero sin el ticket no podemos hacer nada —dijo el vendedor, sonriendo como si le estiraran la cara—. Es por el sistema —añadió dando un golpecito sobre la caja.

—Entonces hagamos una cosa: yo se la regalo a usted y aquí no ha pasado nada. Mal no le va a venir.

Antonio le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la sección de pantalones. Le había dado una lección a ese pánfilo que ahora le gritaba «¡señor! ¡Oiga, señor!».

—Creo que lo están llamando —le dijo otro cliente señalando al empleado. Antonio negó con la cabeza y siguió adelante.

Estaba a unos pocos pasos cuando el hombre que él había pensado que era Mayabeque se dio la vuelta. No llegó a decir nada, pero se le debió de notar la sorpresa porque aquel señor le estaba preguntando si podía ayudarle en algo.

 

—Está claro que vemos lo que queremos ver —le dijo luego a Cristina—. ¿Cómo se me ocurrió que podía ser él?

—¿Y por qué no?

—Tienes razón, tampoco es que El Corte Inglés sea la gran cosa.

Cristina estaba revisándole a Conchi la lista de la compra.

—Está todo bien —dijo a la empleada doméstica cuando terminó el recuento. Antonio pensó que le hablaba a él.

—Claro que está todo bien —dijo—. Lo que no acabo de entender es cómo terminamos nosotros en ese centro comercial.

—Por el precio —respondió su esposa mientras le hacía un gesto a Conchi para indicarle que ya se podía ir.

—Gracias, señora.

—Salustiaga no era más caro —dijo Antonio.

—No, solo unas cinco o seis veces.

—Pero no vas a comparar el corte.

—Salustiaga lleva diez años bajo tierra.

—Habrá otros sastres, ¿no?

—Mejor no sepas lo que cobran hoy por un traje. Él te mantenía el precio por tu padre y por tu abuelo.

El teléfono comenzó a sonar y Cristina fue a responder.

—¿Tenemos la dirección de Mayabeque? —preguntó al regresar a la cocina.

—¿Era él?

—No, era publicidad.

—¿Entonces?

—Pues nada, que no estaría mal ir a verlo, ¿no? Fueron muchos años trabajando para ti.

—¿A su casa?

—¿Y dónde si no?

 

En el jardín delantero, un duende de yeso se agarraba un pene minúsculo que apuntaba hacia arriba, como si se dispusiera a hacerte pis en la cara. Un gato amarillo se pasaba la lengua por el lomo manchado de grasa a la sombra de un laurel de indias que ya le habría gustado a Antonio para su casa. Las ventanas que daban a la carretera estaban cerradas, pero de dentro se escuchaba música y ruido de platos. Golpeó varias veces con el puño. El timbre no funcionaba.

—Ya va, ¡ya va!

Habían pasado por lo menos diez años pero Antonio la reconoció al instante.

—¿Qué quieren?

—Hola, soy Antonio, antiguo compañero de… —se dio cuenta de que no sabía cómo la mujer llamaba a Mayabeque. Ni siquiera sabía cómo se llamaba ella.

—¿Antonio?

—Sí, Antonio Arriaga, del cabild…

—¡Pero don Antonio! ¡Cómo no! ¡Cuánto tiempo! ¡Pase, por favor! ¿Cómo está usted? ¡Pero pase, pase, por favor! ¡Qué sorpresa tan grande!

Sorprendido por el cambio de humor, Antonio asentía sonriendo aunque solo la recordase de aquel día en la escalinata del cabildo. Seguramente Mayabeque había hablado de él.

En el recibidor a oscuras que hacía las veces de sala, Cristina se dio un golpe contra una mesa a ras del suelo. Sólo quedaba una bombilla de la lámpara y las ventanas tenían pinta de no haber sido abiertas en meses.

—Son ustedes prácticamente los primeros en venir —dijo la mujer cuando regresó con la bandeja del café.

Así que algo había pasado. Por supuesto. Ya lo sabía él.

—¿Los primeros? —dijo Cristina, como si supiera de qué hablaba.

—¿Qué te digo? —respondió ella.

Antonio se dio cuenta de que era la primera vez que se dirigía a su esposa.

—Algunos días es más difícil pero se lleva, se lleva… Yo siempre digo que me podía haber tocado a mí, ¿no? Y supongo que me habría gustado que alguien se ocupara.

Aunque no era lo que implicaban sus palabras, Antonio pensó que Mayabeque se había muerto y sintió que se le estrujaba la barriga. Más de sorpresa que de dolor.

—Además, yo estoy segura de que él entiende. No sé cuánto pero seguro que más de lo que dice el doctor —dijo con una sonrisa pícara que ni Cristina ni Antonio supieron interpretar.

—Una noche lo comprobé, tú ya sabes —añadió mirando a Cristina.

Después de un pequeño silencio las dos se giraron hacia Antonio. Cristina, para incorporarlo en el sutil cambio de humor que se había generado con la confidencia. La mujer de Mayabeque, para guiñarle un ojo.

Antonio se puso nervioso y buscó instintivamente la mirada de su esposa, como si así borrara lo que acababa de suceder, ¿le había guiñado un ojo esa vieja loca o se lo había imaginado él?

Cristina no se había dado cuenta de nada. Tal vez no había ocurrido nada.

—¿Podemos verlo? —dijo Antonio.

La mujer se apartó el pelo de la frente y echó la cabeza hacia atrás, como si fueran a hacerle una foto. Miró su reloj. Las cinco y cuarto, dijo en voz baja pero perfectamente audible. Antonio juntó las manos delante de las piernas y volvió la vista hacia el suelo. Parecía una señal de respeto, pero era una manera de evitar las miradas. Las de las dos.

—Podemos, claro —dijo la mujer poniéndose en pie—. Se va a alegrar.

 

Hacía años que no iban al paseo de los irlandeses. ¿Con los niños la última vez? Podía ser. Habían dejado de hacer un montón de cosas desde que estaban solos.

Caminaron dando la espalda al mar y con la mansión Arriaga Mulvaney contemplándolos desde lo alto. Allí es donde habían plantado las antiguas tomateras, pero Antonio pensó que edificarla en un terreno con desnivel había sido todo un acierto. A él también le habría gustado una escalinata así, desde la que recibir y despedir a los invitados con esa generosidad que solo se permiten los muy justos o los poderosos.

De niño había entrado una vez. Por eso sabía que en el desván con la ventana circular había un despacho y un sillón orejero donde el propietario de entonces, Jorgito Mulvaney, decía que se dormía la mejor siesta de la isla. El padre de Antonio era primo tercero o cuarto de Jorgito, que unos años después se convirtió en una especie de vegetal. Antonio recordaba verlo en su mesa del club con la silla de ruedas y el pañuelo sobre el hombro que una criada de cofia le cambiaba cada poco. Ya no quedaban criadas con uniforme. Ahora ni se las podía llamar así.

—¿Nos sentamos? —Cristina había sacado un pañuelo para limpiar de polvo el murito frente al mar donde siempre tomaban la foto cuando venían con los niños.

—No traje la cámara.

—Bueno, no hace falta, podemos descansar.

En el mar, liso como para caminar sobre él, un velero prácticamente detenido parecía haber sido puesto ahí para equilibrar tanto azul con su punto de blanco.

—Adivina cuántos años tiene Mayabeque.

—Ni idea.

—Los mismos que yo.

—Siempre pensé que era más joven.

Se quedaron un momento en silencio mirando al velero.

—Me pregunto si será lo mismo que le dio a don Jorgito —dijo Antonio.

—Aunque lo fuera, no lo va a vivir igual, por mucho amor que le ponga la señora.

Estaban unos cien metros por encima del mar y empezaba a correr una brisa. Lo suficiente como para cerrarse la chaqueta.

—¿A ti no te pareció que había algo raro? —preguntó Antonio.

—¿La falta de ventilación?

—Sí, pero no solo por la habitación… En ella, digo.

—Encantada de tener a su bebé de sesenta años.

—Sí, eso parecía, ¿pero viste cuando le dio de beber el té horrible aquel que se le derramó por el babero?

—Sí, ¿qué?

—No sé si viste cómo se le quedó la piel a Mayabeque, pero estaba claro desde el principio que aquello estaba hirviendo y a ella no parecía preocuparle en exceso.

 

La primera llamada fue para pedir ayuda con una ambulancia del hospital. Dinero, tuvo que traducirle Cristina: cuando no es urgencia, las ambulancias se pagan. Luego, unas medicinas; y luego simplemente si se podían acordar de llamar ellos el día del cumpleaños. Seguro que le hacía ilusión, dijo, como si para Mayabeque hubiera otra cosa que no fuera aquella concentración sin alegría ni dolor sobre la esquina opuesta del cuarto.

En algún momento empezó a llamar todos los días. Las primeras semanas se turnaban para contestar, pero poco a poco la responsabilidad fue recayendo sobre él. Al fin y al cabo, la relación del antiguo subordinado era con Antonio. Le respondía una sola llamada al día, eso sí, la de después de cenar. Así hacía tiempo para no irse a la cama tan pesado.

Desde el cuartito de la tele, Cristina escuchaba las pequeñas frases que intercalaba, lo suficientemente abiertas como para que la mujer de Mayabeque pensara que estaba escuchando. ¿Te parece? Claro. Sí. Puede ser. No lo había pensado.

En el recuento diario de la mujer, cada anécdota podía ser repetida hasta cuatro veces con un detalle exquisito sobre personas y lugares que ellos no conocerían nunca. Cristina se quedaba dormida esperándolo y Antonio tenía que venir a despertarla y a apagar la tele para subir juntos a la habitación donde cada uno ocupaba una cama. Ella ni encendía la lámpara, pero a Antonio le costaba más dormir y siempre leía algo.

Una noche Cristina se despertó al poco de haberse acostado y se dio cuenta de que Antonio llevaba varios minutos en la misma página y mirando al frente, pensativo. Era la misma mirada de sus primeros años juntos.

 

Las persianas del salón seguían cerradas pero esta vez no se escuchaba música. De hecho, no se escuchaba nada. Antes que golpear la puerta, Cristina optó por rodear la casa hacia la ventana de la habitación que daba al patio trasero.

El vecino más cercano estaba a unos cuarenta o cincuenta metros, tal vez más. Cristina miró hacia allí preguntándose cómo se vería ella desde esa distancia. A ver si se iban a pensar que había venido a robar. ¿Y a qué había venido? Ni siquiera ella lo sabía.

—¡Mierda!

Se acababa de tropezar con el plato de agua del gato y las medias se le habían manchado de barro. Sacó un pañuelo y se agachó para limpiarse. Por eso la mujer de Mayabeque no la vio al otro lado de la ventana cuando entró en la habitación tarareando una canción.

Cristina se incorporó poco a poco debajo de la persiana que, ahora lo entendía, correspondía a la otra ventana del cuarto. Entre los listones la vio, completamente desnuda, levantar el pie izquierdo hasta una silla de plástico junto a la cama para pintarse las uñas de rojo. Era asombrosamente ágil para su edad y grosor. También era asombrosamente hermosa.

Abrió el armario y comenzó a pasar revista a sus camisas de colores imposibles, como si estuviera en una tienda y no en casa, mostrándole su piel rosada al que había sido su hombre. A Mayabeque le caía un hilo de baba de la boca medio abierta y medio cerrada.

Cristina se alejó de la casa y gritó su nombre. Tras unos segundos de silencio vio cómo se movían las persianas.

—Mira tú por dónde, ¡mira tú por dónde! —decía la mujer mientras descorría los cerrojos. Cristina tenía miedo de que saliera desnuda, pero apareció anudándose un kimono diminuto que debía de estar colgado detrás de la puerta.

—Ven aquí, mi niña, ven aquí, ¿me crees si te digo en quién andaba pensando?

Cristina se sentó en el salón a oscuras mientras la mujer de Mayabeque se vestía y preparaba el café. Con poca leche y amargo, por lo menos el café está bueno, pensó Cristina, antes de sentir en el fondo de la taza algo que le hizo pensar en las alas muertas de una cucaracha y que era un pedazo de tetrabrik que se habría caído al servir la leche.

El baño era la única construcción del piso de arriba, una gran terraza sin muros a la que se llegaba por una escalera exterior. Cristina pensó cómo sería en un día de lluvia, ¿llevaría un paraguas? ¿O guardaría un orinal debajo de la cama? En cualquier caso, esa escalera era un peligro.

Junto al inodoro había una pila de revistas de prensa rosa. En la primera, que llevaba en portada la boda real de un país del norte, encontró un recorte de periódico amarillento. Era la crónica de un acto del Cabildo por el quinto centenario de la conquista. En la foto aparecía Antonio veinte años más joven detrás del presidente, con el tesorero al otro lado. Sobre la cara de Antonio habían garabateado un corazón con bolígrafo azul.

Cuando salió, ella estaba esperando en la terraza.

—Se quedó sin pañales —le dijo, mientras cogía del baño un paquete enorme de plástico.

—¿Te ayudo?

—No hace falta, ya estoy acostumbrada.

—Baja tú primero, entonces.

 

Cristina llegó con la camisa desgarrada por el cuello. Antonio no se dio cuenta. Estaba esperándola para que le calentara el agua de manzanilla que tomaba por la tarde.

En la tele ponían una serie que les gustaba de un Sherlock Holmes moderno, con motos y teléfonos móviles. La vieron.

—Podríamos hacer un viaje a Londres —dijo Cristina cuando terminó el capítulo.

—¿Sí?

—En Semana Santa.

—Falta para eso.

—Si lo compramos ya, no tiene por qué salir tan caro.

—Puede ser.

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