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Me odio y quiero morir

Me odio y quiero morir

Asesinato, de Danielle CollobertEl desasosiego existencial marcó la vida de Danielle Collobert hasta que decidió quitársela. Pero aunque lo intentó, no pudo acabar con su legado literario. Su obra, áspera y dura, sigue hoy vigente con la publicación de Asesinato.

Aquí podéis leer las primeras páginas que nos adentran en el particular universo íntimo de Collobert.

 

Es extraño este encuentro con el ojo interior, detrás de la cerradura, que ve, y que descubre al ojo exterior, atrapado en fagrante delito de visión, de curiosidad, de incertidumbre. El que mira hacia afuera, para ver fuera de sí, lo que pasa en el mundo, tal vez, o en el interior de sí mismo, pero de una manera insegura, tan imprecisa, que él mismo, ese ojo, ya no sabe si mira al vacío, al aire, al otro, o a un paisaje lejano, que ha originado, como un recuerdo, un decorado intencional, elegido, una fuerza elemental, que podría ser el telón de fondo de su vida. Entonces ese ojo, sentado en esa silla, que mira por la cerradura, o quizá por la rendija comprendida entre los dos listones de madera que forman el respaldo de esa misma silla, ese ojo, digo, deslumbrado por el sol que llega hasta mi espalda, sobre mi espalda, hasta mí, por los hombros, calientes como el acero, tiene el poder, o mejor, la potencia de adivinar las cosas. Sabe mirar, en el parqué encerado, siempre a través del respaldo de la silla, encogido, el rayo de sol, que cae, resbalando entre dos listones también de madera, de color oscuro, que de pronto brillan con mil pequeñas facetas, o bien ese ojo puede ver, a través del respaldo de la silla, salir los minúsculos parásitos de la madera, tan viejos, que hasta la misma pátina parece inocente. La mano estira el párpado, el ojo se agranda, es más visible, más coherente, pero la visión se vuelve más borrosa por el esfuerzo. Entonces no sirve de nada. Seguimos sin ver, en el rayo de sol, la ternura, tan suave, que sube hacia nosotros, en las venas de la madera encerada, tan suave, que ningún brazo ha podido dar nunca esa sensación de suavidad, a una cabeza apoyada contra el hombro, suavemente, tiernamente, con seguridad. Miramos los rayos de sol, pero sentados en esa silla, sería posible ver tantas otras cosas que de pronto el vértigo me atrapa, me arroja contra el suelo, hacia el techo, y trepo por las paredes oblicuas para entrar en las naves, preparadas durante mucho tiempo, de los nuevos cosmonautas. Es de noche, y resulta imposible distinguir las máquinas. Todo ello tiene la apariencia de un buque varado, tranquilo y sin importancia, pero no confiamos firmemente. Esos extraños que hablan por nosotros, hacen salidas rápidas, fulgurantes, a las que aún no nos hemos acostumbrado, y a esa velocidad el ojo se daña, y busca razones para informarse, y no acepta de inmediato las transformaciones, las metamorfosis gigantescas. Somos tan pequeños; y a qué agarrarse cuando uno ya no reconoce ni sus propias manos, ni su propio paso, ni siquiera la pequeña dosis de desesperación cotidiana. Son magos doloridos, pero muy vivos aún. Es probable que un día, hacia el final de nuestra vida, pensemos en confiar en ellos; o al menos en adoptarlos. Esos sueños de espacio, que el ojo inventa para aceptar la difícil estancia y disminuir la brecha entre nosotros y los medios, entre nosotros y aquello que llega, y aquello que transporta, como una brizna de paja, al centro de las luchas revolucionarias, al centro de los nuevos combates imprevisibles, el irrealizable y continuo suicidio de a pedazos, esa quemadura a fuego lento, todos esos sueños lejanos, nos hacen pasar noches trágicas.

Si el ojo mira de pronto hacia atrás, si vuelve sobre sí mismo, entonces sube desde cada orilla la sustancia acuosa y maléfica que lo empaña, lo ciega, y lo aterroriza, hasta que pueda olvidar de nuevo todo lo que ha pasado, con él, en lo más profundo, sin tener ese gran miedo invasivo a vencer en cada escalón, en cada nuevo peldaño, trepado como las más altas montañas, las cimas más escarpadas.

Ante el ojo pasan centelleos, palpitaciones, salpicaduras, en el rayo de sol, suspendidas, partículas de polvo. Es imposible establecer relaciones relativas entre nosotros, el pequeño mundo, y todo ese espacio contenido, sin dimensión específica, en este lugar, en el sol. Podemos querer agrandarlo tanto que incluso un sueño sería impotente frente a esa dimensión, a esa forma. Hay que inventar de nuevo todo, hasta el más mínimo átomo, descubrir también un imaginario nuevo. La silla se modifica, puede modificarse. Ya no es una silla, ni siquiera una carlinga, sino otra cosa que aun así sigue siendo útil, una sustancia fecunda. El ojo la utiliza, la forja, oprimiéndome, sirviéndose de mi lenta descomposición. Yo me niego a veces, y entonces nos encerramos en un mutismo, un silencio que grita: «Ya basta. No me saquéis de aquí, dejadnos el espeso sueño, la tranquilidad. Las nuevas historias no son para nosotros. Solo somos capaces de recomenzar nuestros ciclos continuos de pequeñas tristezas, pequeñas sensaciones felices – recomenzar infinitamente un nuevo amor, después malograrlo, perder toda esperanza en él, infinitamente – nada más que el río de siempre».

Pero de golpe, en lo más profundo del reposo, brota una nueva for, se abre, poco a poco enorme, en el centro del ojo, lo colma, lo renueva. Una for, o una verja, un sapo marino, un satélite, tantas otras cosas que no podemos enumerar, ya lo hemos dicho. Pero no es tan fácil, por ejemplo cuando florece el frío de un cuchillo, cualquier poder de destrucción, por pequeño que sea, por alejado que pueda estar de su función ritual. Entonces sobrevienen las dudas, más aterradoras que un rostro marcado por el horror, más peligrosas que todos los venenos. Las distintas posibilidades se encadenan, se multiplican como una hidra. Perdemos pie en el espacio, vacío a veces, y sin límite. Mucho nos gustaría escapar de estas eclosiones, de estas zambullidas, pero el ojo, a través de la silla, se aleja, a una distancia tal que su movimiento se vuelve irreversible. El paso, dado contra nuestra voluntad, se vuelve así el arranque de toda una caída, donde la cabeza da vueltas sobre sí misma, se estremece por todos los impactos sufridos, se fractura continuamente, revela tanto sufrimiento que hay que tratar entonces de reducir al máximo la huella que ha dejado al pasar, camuflarse, redondearse para disminuir la potencia. Y nos hallamos lejos de casa, en un país extranjero; vivimos en él tan mal como los últimos humanos que habitan allí, en una región desértica tal vez, o en la mayor miseria. Hay que acostumbrarse, o bien continuar viviendo del mismo modo, sin saber, o sin recordar que afuera continúan produciéndose sucesos, invasiones. Ahora miramos desde lejos, como un montañés sentado en una plataforma, la barbilla apretada contra unas manos reposando horizontales sobre el bastón, que mira hacia abajo, la llanura, las luces remotas, el trazado de los ríos, la parcelación de las tierras, los núcleos tentaculares de las ciudades, o puede que sea un pescador en algún lugar, a la vista de las costas, perfliadas apenas en la noche. Tanta distancia.

Cómo llegamos hasta aquí, después de esta vida extraña que hemos llevado, sin asombro, incluso en las situaciones más insólitas, más imprevisibles. Lo aceptamos todo, como algo necesario. Estábamos siempre tan disponibles, listos para aprovechar todos los pretextos, todas las aventuras. No dejamos pasar ni una sola oportunidad de cambio. Entonces esta fatiga súbita puede que sea también una cosa normal, que debía venir lentamente, un día u otro, porque hay que dejar de caminar, en algún momento. Yo no estoy derrotado. El mármol blanco de la mesa, el cojín de la silla, tienen miedo de intercambiar su color, y una anciana obesa va a morir en el pasillo detrás de mí, en un desplome de seda negra y satinada, unos mechones de pelo grisáceo cayéndole de pronto por los ojos, en su caída, yo que la conocí siempre tan bien peinada, el pelo liso recogido, en su moño enrollado. La dificultad que tengo de recordar las historias, que me han sucedido, me impide creer en ellas, recobrar su presencia. Yo he nacido hoy, si se puede decir así, pero los espejos acusan ya una vejez muy grande, al mismo tiempo que los hombres sufren ya menos físicamente tras una larga carrera. Cómo encontrarnos, en medio de qué camino.

Apoyo la cabeza contra la silla y espero. Miro a través de la rendija del respaldo, y ya nada se mueve. Su trampa. Los gestos repetidos, que se nos permite repetir. Mi mano se aferra al respaldo. Cogerlo, apretarlo con ambas manos. Pero también, retirarme el pelo, caído, por la nariz. Imposibilidad. Si suelto una mano del respaldo, vuelvo a caer. Lo intento mediante un movimiento, con los hombros, con la cabeza. Pero la cabeza tampoco, no debería. A causa de las manchas en el parqué, que no he de perder de vista. Constricción, obligación. Entonces todo se transforma, la silla, la calle, la ciudad, el sol. Pero el otro siempre está ahí, detrás de la cerradura, desde el comienzo. Me ve cerrar los ojos. Soy suyo, soy visto, descubierto, la boca entreabierta mientras duermo, y no estamos muy tranquilos, pues aparece poco a poco, en la pared, el hombre al que, desde hace unos días, he decidido matar. Y me gustaría hacerlo por sorpresa, así que espero que no esté prevenido, por ello me pregunto por su presencia, aquí, en casa. Lo mataremos de mil maneras. Sé mucho sobre el asesinato. Invento algunos cada día. Hago morir a distintas personas, en su mayor parte ancianos, no sé por qué exactamente. No puedo prescindir de ese juego. Tramo la ejecución de mi plan, de su muerte, al menor detalle, pero su muerte no siempre basta. Me da miedo no destruirlos por completo. Son sus cuerpos lo que más me molesta, no la manera de hacerlos desaparecer, de conducirlos a su fnal, en el momento en que, defnitivamente, no se puede hablar más de ellos. A este, lo elegí hace mucho. Lo conozco bien, es, por así decirlo, casi otro yo, más dulce, más comprensivo. Hemos experimentado juntos mucho odio que no olvidamos. Su mano se acerca y me agarra el cuello, y acaricia suavemente. Una gran amabilidad conmigo. Apenas articula, pero entiendo que quiere calmarme, tranquilizarme. Dice que no sabe nada, que puedo hacer todo lo que quiera, que se dejará hacer, sin decir nada. Pero siento que quiere algo. No oigo muy bien. Acaso teme que lo haga sufrir, o bien, quizá, no tiene confianza. Cree que no llegaré hasta el final, que me detendré en mi tarea y así continuaré persiguiéndolo eternamente, sin acabar con él nunca del todo. Podría traicionarme ahora mismo, mientras duermo, agarrarme la garganta, apretar. Pero no sabe; y a él, nunca se le pasaría por la cabeza la idea de hacerme daño. Sigue ahí, delante de mí. Poco a poco, a mi alrededor, adquiere al girar una velocidad prodigiosa, tan alta que yo mismo, en el centro, no consigo imaginarlo. Los millones de kilómetros así recorridos, a lo largo de mi vida – si se pudieran contar – y él en un instante – el mismo instante que vuelve mi vida tan irrisoria de pronto, con sus minúsculos esfuerzos diarios – se descubre dueño de una experiencia milenaria, una suma, todos los poderes del mundo reunidos en sus manos, que sin embargo eligen, en ese momento, el simple gesto de esa caricia en mi cuello, ya tan temible.

He bajado de la silla, y ahora me arrastro. El sol desaparece, y en las partículas de polvo suspendidas se reducen poco a poco las dimensiones, hasta el nivel del suelo, donde al final no queda más que una sombra ligera, insignificante. Y la nueva muerte prometida, en el viejo mundo, la habitación, el sol, este calor, que ya no es compacto, homogéneo. La descomposición, poco a poco, en el interior, reciente, repentina; todavía no el olor, que presiento, frío y fuerte, en el que acabaré.

Sinopsis de Asesinato, de Danielle Collobert

Las inquietudes de Danielle Collobert, los viajes, lo impersonal y la muerte, encuentran reflejo en su obra más intensa y sobresaliente, Asesinato. Una obra que Raymond Queneau apoyó y que acabó publicándose en 1964. Con una escritura poética, pero al mismo tiempo firme y áspera, la autora francesa nos da una visión de sus abismos interiores a través de la mirada de narradores que se intercambian, de ciudades que se suceden. Y siempre la muerte, voluntaria o violenta, sobrevuela cada uno de sus fragmentos. Danielle Collobert se ocupó de borrar sus propias huellas, pero por fortuna dejó algunos textos que nos permiten disfrutar de una voz singular que recuerda en ocasiones a otra escritora única como es Marguerite Duras. Lectora entusiasta de Samuel Beckett y Cesare Pavese, con el que no solo compartía su pasión por la literatura, sino también el desasosiego existencial y la idea del suicidio, acto que acabarían cometiendo ambos casi con la misma edad.

Audiolibro de Asesinato de Danielle Collobert

Voces: Anthony LeBorgne (francés) e Isabel Hernández (español)
Efectos y montaje: Isabel Hernández

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Autor: Danielle Collobert. Título: Asesinato. Editorial:La Navaja Suiza. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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