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Melodrama social

La vida de las letras no se escapa a los caprichos del azar. La escritora madrileña Luisa Carnés (1905-1964) ha sido durante mucho tiempo una completa olvidada. Ni sus escritos anteriores al obligado exilio tras la victoria franquista ni su obra mexicana consiguieron atención crítica. Tampoco el lector común tenía acceso a sus libros. De unos años a esta parte su situación en la sociedad literaria ha cambiado radicalmente. No ha tenido la extraordinaria recepción de un Manuel Chaves Nogales, pero su nombre ha dejado de ser un desconocido.

En esta dirección han venido trabajando varios rescates, en especial el de la «novela-reportaje» Tea rooms: Mujeres obreras, que despertó una inusual atención de la prensa y de la crítica. Cosa curiosa: la reedición facsímil que hizo la Feria del Libro Antiguo de Madrid en 2014 pasó desapercibida, y solo dos años más tarde la publicación en la cuidadosa editorial gijonesa Hoja de Lata consiguió inesperada notoriedad. Importante ha sido también en el rescate de Carnés la compilación en dos tomos de sus Cuentos completos, de anteguerra y posguerra, conocidos e inéditos. Y como al azar conviene que se le eche una mano, la recuperación de la escritora ha contado con la perseverante dedicación del estudioso Antonio Plaza y con el interés del editor sevillano Abelardo Linares.

"Natacha se inscribe en el movimiento narrativo de los años veinte y treinta del pasado siglo que Eugenio García de Nora definió, con una etiqueta que ha tenido fortuna, como novela social de preguerra"

Rescates y alumbramiento de trabajos inéditos han dejado todavía, sin embargo, pendiente alguna obra de Carnés. Aparte de más textos que la escritora no dio a luz, aún no contamos con una edición accesible de un par de significativos libros suyos: Juan Caballero, idealista, épica, ingenua y propagandística semblanza de la guerrilla antifranquista, y, hasta ahora en que aparece con amplio, documentado y entusiasta prólogo de Antonio Plaza, Natacha, su juvenil primera novela.

Natacha se inscribe en el movimiento narrativo de los años veinte y treinta del pasado siglo que Eugenio García de Nora definió, con una etiqueta que ha tenido fortuna, como «novela social de preguerra». Con este marbete aglutinó al amplio número de narradores que reaccionaron con una prosa documental y crítica frente al escapismo de la literatura deshumanizada. (El malicioso Manuel Azaña cuenta en sus Diarios el disgusto de un autor del momento, Juan Chabás, porque Ortega y Gasset le había rechazado en la editorial Revista de Occidente una novela. La razón: ¡no contenía suficientes metáforas!). Entre ellos estuvo la joven Luisa Carnés.

Algunos de aquellos escritores sociales conjugaron testimonio y vanguardismo, pero no era ésta la orientación que la autora madrileña quería para su prosa, y Natacha se apunta a un relato directo y sentimental cuyo parentesco ostensible se encuentra en el folletín y la literatura popular. La novela presenta una trama sencilla. La joven Natalia se ha visto obligada por la pobreza familiar a trabajar desde niña en una fábrica de sombreros. Las necesidades económicas apremian, y tras un duro aprendizaje de la vida termina por aceptar que la única salida a la miseria reside en aceptar la condición de concubina del rico y achacoso administrador de la empresa, don César.

En la casa de Natalia acogen también como huésped a un joven estudiante de escultura de familia acomodada, Gabriel Vergara, enamorado en secreto de la chica que, cuando ella se entrega al viejo, vuelve a su ciudad natal, Labardera, donde tiene novia. Tiempo después, Natalia viaja a esa imaginaria capital del norte de España con motivo de la muerte de su madre y se reencuentra con Gabriel, ya casado y en expectativa de ser padre. Natalia (o Natacha, equivalente en ruso de su nombre con el que la llama su ya amante Gabriel) y el escultor se declaran una loca pasión de trágicas consecuencias y ella regresa a Madrid. Aquí se repite la historia: siente en grado extremo la pobreza y la soledad, y en una situación desesperada se rinde al humillante destino de su clase y de su género.

"Centra Carnés un primer objetivo de su relato en describir las formas de vida de los infortunados: la vivienda, la alimentación, la explotación laboral"

Este trazo grueso argumental dice por sí mismo lo suficiente para identificar el carácter melodramático de la novela, y éste alcanzaría su nivel de absoluto folletín sentimental con unos pocos datos más. Bastaría añadir algunos pasajes con penalidades de Natalia en el medio familiar. Apuntar el diseño maniqueo de los personajes, distribuidos entre buenos y malos: el bondadoso Gabriel que lleva las inasequibles medicinas al padre de Natalia, Guardia Civil borrachuzo, jugador y despótico, la afectuosa aprendiza Almudena, la malísima oficiala Ezequiela… Enumerar un puñado de truculencias naturalistas que reproducen la imaginería del mal y de lo repulsivo. O recordar el sarcástico discurso del propietario de la fábrica ante sus empleados: «Mi mayor satisfacción sería que vosotros vinieseis al trabajo no con dolor, sino con ilusión; que al mismo tiempo que vuestras manos forjan la obra material, vuestros cerebros fuesen forjadores espirituales de altas miras hacia un mañana más próspero; que vierais en mí al compañero, no al patrono, y en mi mano el afecto, no el látigo…».

Pero este planteamiento proyectivo e identificador de la novela no es solo precariedad narrativa —que también lo es— o consecuencia indeseada sino resultado de una escritura revulsiva. Con ella la autora interpela al destinatario —no se olvide la coyuntura social y política española de la fecha de su publicación, 1930— para que éste reaccione contra las circunstancias determinantes de unos hechos deplorables. La novela subraya dos de las causas fundamentales: la situación de las clases populares y el menosprecio de las mujeres.

Centra Carnés un primer objetivo de su relato en describir las formas de vida de los infortunados: la vivienda, la alimentación, la explotación laboral (las trabajadoras de la fábrica vistas como una «cadena de esclavas»), datos parciales de la condición general de los pobres, en cuyas casas «se aprende antes a llorar que a reír; los hijos de los pobres aprenden antes a pedir el pan que los besos, y los padres, acuciados por la necesidad de buscarlo, olvidan aquello por esto». El capitalismo industrial salta al relato con el tono grotesco con que se presenta la celebración de innovaciones tecnológicas en la fábrica. Al lado de esta meta, la autora enfatiza la situación de la mujer, su papel subordinado al hombre, la falta de respeto de los varones, el temor al acoso masculino, indicios sueltos todos ellos de lo que de verdad se recrea, una mentalidad colectiva que Carnés tiene la determinación de denunciar. Así llevaba a la literatura una inquietud feminista en la que acompañó a su amiga Clara Campoamor.

La materia bruta documental tiene en Natacha fuerza comunicativa por basarse en la inmediatez de la autora a los datos testimoniales. En parte porque Carnés vuelca en su narración conocimientos salidos de su propia experiencia. Ella misma había sido empleada de un taller de confección de sombreros antes de que, con un esfuerzo de voluntad, trabajara como secretaria en la editorial CIAP que le publicó la novela y lograra un hueco en los periódicos. La transustanciación de la vida a la literatura la revela un detalle más que anecdótico: el nombre de la madre de la protagonista, Natalia Valle, fue el que Carnés utilizó como seudónimo en la prensa comunista durante la guerra.

"El melodrama no precisa más complicaciones si quiere alcanzar el corazón del lector"

También viene la fuerza comunicativa de la constatación minuciosa de uno de los dos marcos geográficos de la novela, el madrileño (el otro escenario, Labardera, en cambio tiene un tratamiento genérico, casi abstracto; recuerda algo la Orbajosa galdosiana de Doña Perfecta). Menciona el entorno del río Manzanares a la altura del Paseo Imperial con informaciones muy precisas, con detalles urbanos —locales, casas— que apuntalan la veracidad del Madrid proletario, menestral; un Madrid que forma parte, seguro, de las vivencias de la autora y bebe en el Baroja de La lucha por la vida, idea que habría servido bien como título descriptivo de la novela.

La construcción de Natacha está orientada asimismo a conseguir un impacto comunicativo. El relato, dividido en dos «jornadas» que indican una cierta ideación teatral, sigue un desarrollo lineal, sin complicaciones. Primero, las noticias generales, ambiente y protagonistas, de la historia. Después, en la segunda jornada, la vida de Natalia desde que se junta con don César. Anima la narración un cierto suspense del presentido desastre de la peripecia. El estilo también está pensado para un lector de no muchas exigencias: una prosa sencilla, de léxico común; y una sintaxis de oraciones cortas, de andadura expeditiva, y un diálogo conversacional. El melodrama no precisa más complicaciones si quiere alcanzar el corazón del lector. Por ello no pone Carnés el debido cuidado en sortear algunas deficiencias graves de su historia. Así, la señalada reducción maniquea del mundo. Así, la falta de análisis de los sentimientos de Natalia y Gabriel, cuya pasión brota como un escopetazo sin un desarrollo que lo explique. Así, también, la identificación de las dos almas gemelas mediante un romanticismo escénico efectista.

"Natacha es literatura de observación con muy sobrio andamiaje retórico"

No obstante, se permite Carnés algunos refinamientos expresivos que dicen cómo la suya no es una escritura del todo adanista. Se encuentran en los pasajes en que los protagonistas se ensimisman y dan rienda suelta a su mundo mental atormentado. Ahí afloran fantasmas mentales que apelan a lo onírico y visionario y tienen cauce de expresión en monólogos interiores. No creo que la autora, de afanosa pero escasa y autodidacta instrucción, anduviera al tanto de los revolucionarios descubrimientos de Freud, y su fuente no sería esta sino una intuición que le llevó a mostrar los entresijos del subconsciente.

Natacha es literatura de observación con muy sobrio andamiaje retórico. Si el juicio sobre una obra depende de que consiga los fines que persigue, hay que reconocer que cumple el objetivo de mostrar una realidad injusta que exige su denuncia. Pero también hay que advertir unas simplificaciones artísticas excesivas. Que la autora podía volar a mayor altura lo demostrará sin mucho tardar, solo un lustro después, en la celebrada Tea Rooms. Por el momento, la escritora novel se contenta con rendir tributo a una literatura ternurista de agitprop.

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Autora: Luisa Carnés. Título: Natacha. Editorial: Espuela de Plata. Renacimiento. Venta: Amazon y Fnac

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