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‘Melvin Monster’: El «toque Stanley»

‘Melvin Monster’: El «toque Stanley»

La edición, por primera vez en España, de los tres números iniciales del cómic Melvin Monster, permite apreciar el talento humorístico de su autor, John Stanley. Conocido en nuestro país como creador de La pequeña Lulú, Stanley retomó en los años 60 la senda de los éxitos basados en divertidas familias de monstruos (La familia Addams, de Charles Addams y la versión televisiva de esta, así como La familia Monster, contemporánea y rival de ella) y, con su particular punto de vista, construyó una serie de historias en las que se evidenciaban sus dotes como guionista (faceta en la que destacó a lo largo de toda su trayectoria, tanto en cómics propios como en ajenos) y su capacidad para generar gags merced a un afinado sentido de la oportunidad cómica, algo a lo que bien podríamos llamar “el toque Stanley”.

"Lo particular de Stanley, y con esto nos acercamos a su toque, es que el acceso a un dominio universal de la risa no consiste en una degradación, en una apelación a mecanismos vulgares, sino todo lo contrario"

Antes de precisar en qué consiste dicho “toque”, conviene precisar cuál fue el dominio estético en el que se desempeñó la imaginación de Stanley al abordar Melvin Monster. No fue el de la parodia. A pesar de lo antedicho, John Stanley no pretendió revisar los clásicos de “familias de terror” de moda, sino que centró el eje en uno de los protagonistas y, sin renunciar del todo a las posibilidades satíricas del género (la ridiculización esporádica de ciertos aspectos sociales de su tiempo —la relación entre padres e hijos, los usos de la televisión…—) centró todos sus esfuerzos en la pura comicidad, en la creación de divertidas historias que pivotaban en torno a dos ejes: la figura del tonto (el encantador Melvin, un niño ingenuo y bienintencionado que solo quiere ser bueno —lo cual, en una familia de monstruos, es ser un niño malo—) y el mundo al revés, tópico carnavalesco donde el mundo resulta invertido, como se dijo a propósito del propio Melvin. Stanley exprime con gracia esos dos aspectos, accediendo a un público universal (aquel que se concita en torno a “la risa del niño”, compartida por infantes y adultos). Lo particular de Stanley, y con esto nos acercamos a “su toque”, es que el acceso a un dominio universal de la risa no consiste en una degradación, en una apelación a mecanismos vulgares, sino todo lo contrario. Se accede a la risa por esa conjunción de valores estéticos (la figura del tonto, el tópico del mundo al revés) y por una destreza artística capaz de forjar guiones inteligentes, perfectamente medidos, dotados de una extraordinaria capacidad para explotar dobles puntos de vista, el distanciamiento artístico necesario para la risa. Esa destreza artística se consuma en los momentos que llamamos “el toque” y que estamos a punto de explicar.

"La maestría de Stanley le permite jugar con el engaño, como desvela una mirada más atenta al juego de las viñetas. Los juegos de escalas y de inversiones son continuos en el cómic, permitiendo un crecimiento, un carácter aéreo de la página"

Pero antes, una última consideración sobre el argumento del cómic de Stanley. Su protagonista, como se dijo, es Melvin Monster, el pequeño vástago de una familia de monstruos formada por un padre de aspecto feroz, una madre que es una momia y una mascota, la cocodrila Cleopatra, que lleva un lazo en la cola y sueña con comerse a Melvin (por tanto, en el universo de Stanley, es una estupenda mascota). Melvin desea ir al colegio, para desesperación de su padre (la obligación de un buen monstruo es no ir nunca a la escuela, asistir a clase es toda una vergüenza para la estirpe) y, en su deseo por ser un estudiante aplicado, generará todo tipo de situaciones cómicas. Si atendemos a una de las más celebradas, la que marca el tránsito entre la primera y la segunda aventura, comprenderemos muchas cosas: la maestra del poblado monstruoso confía en cocinar a Melvin en un caldero (la maestra es una bruja que odia a los niños y detesta dar clase), pero algo sale mal con la pócima y el caldero estalla, con lo que Melvin salta por los aires. El final de la primera aventura concluye con la felicidad de los padres de Melvin (celebran que su hijo se haya hecho pedazos, es un honor para la familia) y el segundo comienza con un “pedazo” de Melvin: un primer plano que poco a poco irá abriéndose para comprobar la felicidad del niño: está dichoso porque la explosión del caldero de la bruja le ha permitido volar, está ascendiendo a los cielos. Pero un pequeño personaje, un “demonio de la guardia”, le advierte que no: que Melvin no está subiendo sino que en realidad está bajando, pues el pequeño demonio le habla desde una posición invertida: en realidad Melvin está a punto de estrellarse contra el suelo de la tierra de los humanos. La maestría de Stanley le permite jugar con el engaño (lo que sube, en realidad baja), como desvela una mirada más atenta al juego de las viñetas. Los juegos de escalas y de inversiones (hundimientos, saltos por el aire) son continuos en el cómic, permitiendo un “crecimiento”, un carácter “aéreo” de la página.

Veamos otra variante sencilla pero grácil, atenta a las posibilidades cómicas de la inteligencia, de este mismo truco de planos. En la propia presentación del personaje, la página de debú del cómic, vemos a Melvin saliendo de su habitación, deseoso de salir a la calle a jugar con su trineo. Al ir a doblar la esquina del pasillo, se detiene: “Muy bien, Cleopatra. Sé que estás ahí”. Y en la tercera viñeta (todo se ha resuelto en tres dibujos) Melvin salta con facilidad sobre el hocico dentado de la cocodrila, que queda abierto en vano. Una vez más ha conseguido burlarla (“¡Es increíble! —exclama Cleopatra— ¿Cómo lo puede saber siempre?”). Recordemos que es la página de presentación de los personajes, el arranque del cómic. Todavía no sabemos nada de Melvin ni de Cleopatra, pero el lector ya empieza a saberlo todo. Si echa la vista atrás, observará que una parte del hocico abierto de la cocodrila sobresalía de la esquina donde se ocultaba el reptil. El lector no podía ser consciente aún de ello (solo a posteriori puede apercibirse del matiz, no había trampa), pero Melvin Monster dobla esa esquina donde lo aguarda la mascota hambrienta cada uno de los días de su infancia. Melvin ve asomar el filo de ese hocico que la cocodrila no acierta a esconder cada mañana y lo esquiva con perfecta cotidianidad. Ese es el “toque Stanley”.

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Autor: John Stanley. Título: Melvin Monster. Editorial: Diábolo Ediciones. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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