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Pequeño homenaje a Sempé

Este verano murió Sempé. Los dibujos de Sempé son gráciles. Son frágiles y valientes. La pluma rasga el blanco de la hoja con una naturalidad pasmosa: sin vergüenza ni alarde. Tienen la alegría de lo espontáneo y la inteligencia de lo abierto. Tienen fe humana, risueña. Son dibujos del lado de la vida.

Pertenecía Sempé a la estirpe de los grandes humoristas gráficos (“Chas” Addams, William Steig, Tomi Ungerer…) que destinaron una parte generosa de su imaginación a los libros para niños.

Inolvidable resulta aquella primera portada suya para The New Yorker, toda una declaración de su credo humanista. En ella, asomado a la ventana de un gran rascacielos acristalado, un oficinista contempla el exterior. En realidad no es tanto un oficinista como una quimera, porque tiene cabeza de oficinista y cuerpo de pájaro. Aferrado al alféizar, observa el cielo. Le gustaría volar. Tiene todo lo necesario para volar, pero no vuela. Es un dibujo tragicómico, con ese tipo de autenticidad que desarma. Pero la verdad que muestra no se recrea en lo amargo, recuerda la existencia de una posibilidad (quizás futura), muestra una naturaleza.

"En España es conocido sobre todo como ilustrador de la serie clásica El pequeño Nicolás, cuyo guion corría a cargo de Goscinny"

A Sempé le gustaba recordar la raíz humana, perdida a menudo en la superficie. De ahí su desinterés por la actualidad (a pesar de ser un humorista gráfico), de ahí su vocación de mostrar las pequeñas verdades (sueños, ilusiones modestas, pasiones sencillas…) anidadas, latentes, a menudo olvidadas en el interior de los humanos. Le gustaba mostrar el aflorar de la naturaleza sincera, la nobleza íntima (en uno de sus dibujos, un cocinero irrumpe en el salón de un gran banquete oficial. Ante la sorpresa de las decenas de encopetados comensales, pregunta, con su gorro y su mandil: “¿Está bueno?” En otro dibujo vemos una imponente villa en la que, en la orilla de una lujosa piscina en medio de jardines con mármoles, un hombre se entretiene regocijado, chapoteando en el agua con los talones de los pies).

Dedicó, dijimos, una parte importante de su trabajo a la infancia. En España es conocido sobre todo como ilustrador de la serie clásica El pequeño Nicolás, cuyo guion corría a cargo de Goscinny. Una obra menos conocida en nuestro país es el álbum Marcelín (Marcellin Caillou, en su lengua original). En ella, Sempé concentró con acierto los principales motivos de su imaginación. Marcelín es una historia de amistad entre dos niños que sufren una peculiar anomalía, graciosa e incómoda: Marcelín, que se sonroja continuamente sin motivo concreto, y Renato, que estornuda sin parar, pese a no estar resfriado. La elección de esta particular “anomalía” de ambos niños es perfectamente “sempeana”: consiste en el afloramiento de un interior tragicómico, y es fuente de desasosiego íntimo (soledad) y de comicidad.

"Decía Thoreau que dos amigos son como dos grandes robles que, pese a parecer separados, están unidos bajo tierra por las raíces, y tenía razón"

Sempé exprime lo segundo a lo largo de la historia y convierte lo primero en escenario donde se representa la gran función de la obra (y, por extensión, de la vida de las personas): un episodio de amistad imperecedera. Marcelín y Renato son amigos, conversan, juegan juntos, se admiran y se comprenden. Una perfecta composición del álbum (construido en dos momentos y con una estructura geminada, exprimiendo las posibilidades de la duplicación y su dominio de los espacios naturales y urbanos, esbozados con amplitud y pocas líneas) permite observar la relación de Marcelín y de Renato tanto en la infancia como en la edad adulta. La amistad permanece incólume, sobrevive a los poderosos accidentes, continuos y cotidianos, de la vida.

Decía Thoreau que dos amigos son como dos grandes robles que, pese a parecer separados, están unidos bajo tierra por las raíces, y tenía razón. Sempé conocía la importancia de esto y, pese a no estar de moda (o precisamente por ello, por saberlo ajeno a la superficie moderna) intentaba recordar en todas sus entrevistas que creía en la bondad. No por ignorancia de la maldad, sino perfectamente consciente de ella. De ahí que sus dibujos estuvieran siempre del lado de la vida, mostraran la amistad y apostaran con gracia por una figura anticuada: el hombre de bien.

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Autor: Sempé. Traductor: Miguel Azaola. Título: Marcelín. Editorial: Blackie Books. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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