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Mi bici, mi corcel

Mi bici, mi corcel

La mía era una Orbea. Plateada. Con ruedas anchas como para domeñar colinas de asfalto. Sin ese sillín moña con respaldo tan de moda entre el resto de húsares del parque. Era la excepción. No sé si son los años pasados o mis recuerdos fabulados pero creo que alguna vez me defendí de las miradas de envidia con la certeza de que sin esa muleta cervical mis caballitos eran más meritorios y mis derrapes las domas salvajes de mi Bucéfalo, por mucho que fueran más las veces que mi paciente madre abría el botiquín para embadurnarme en mercromina. Creo que su forma de mostrar su cabreo con mis rasguños y roturas de pantalón era los días pares sustituir las tiritas por algodón mojado en alcohol, un «que se joda el puto niño con la bici de los cojones» de manual.

Ajeno a los sufrimientos textiles de mi progenitora, pedaleaba por la extensa pradera festoneada por toboganes y columpios aguardando que en la última curva quedara un poco de arena con la que levantar una polvareda tras un derrape al límite que hiciera girarse al grupo de chavalas —sus bicis llevaban un ridículo banderín— para que murmuraran extasiadas “es un tipo grande, un nuevo vaquero…”. A lomos de esa bestia nervuda, fiera y briosa, hasta mis gafas de culo de vaso eran más una marca que una sonrojante mácula: «Mira, por ahí galopa «el vidrios» a lomos de su corcel».

"Ahora en la ribera de La Castellana han pintado carriles bici por decreto de buena urbanidad, los coches van intimidados por el ciclista woke cargado de derechos que ha conquistado aceras y marca el pedaleo"

Secretamente, cruzaba la frontera de La Castellana y me dirigía a explorar la llanura de Azca, plagada de peligros, de tribus belicosas de las que tendría que huir si se lanzaban como Cochise y sus bravos tras los jinetes azules del teniente Blueberry. Era el atractivo de lo desconocido lo que me fascinaba, la seguridad de que mi Orbea no me fallaría y volvería sano y salvo al fuerte de mi casa, sudoroso, con alguna raspadura, feliz de haber saltado sobre esas rampas interminables, cruzado túneles oscuros hasta plazas huérfanas de árboles donde los colonos enseñaban a su prole a pilotar sus bestias sin ruedines pero con los insufribles respaldos.

Hoy, en Azca ha vuelto el breakdance frente a las cristaleras de firmas anglosajonas de auditorías varias, pero no los padres encorvados sobre la bici de sus críos. Ahora en la ribera de La Castellana han pintado carriles bici por decreto de buena urbanidad, los coches van intimidados por el ciclista woke cargado de derechos que ha conquistado aceras y marca el pedaleo. En el parque de mi casa ya no dejan corretear a los perros y tampoco pedalear a los críos. Alguno ves, solitario, huérfano de pandilla, los últimos quizá, porque ya no mola eso de ensuciarse, caerse, levantarse, hacer carreras y mantener boyante una empresa como la de mercromina.

"Allí habitan mis recuerdos, lejos, muy lejos de eso que ahora hacemos, que no es montar en bici sino cuidarnos"

Ahora son los padres los que montan en bicicleta, unas de a trillón, con ropa de Decathlon y el móvil dándote la enhorabuena por ese cardio tuyo tan envidiable, pero hubo una vida pedaleada, sin la norma de un carril, sin pulsómetros; de aventura que no conoce de cercas ni líneas pintadas ni el dogal de lo que debe ser, una vida que es la que se desparrama en un «bueno, ya veremos», esa que fue en la infancia. Allí habitan mis recuerdos, lejos, muy lejos de eso que ahora hacemos, que no es montar en bici sino cuidarnos, donde se arrumba el gozo ante el empuje del deber porque hay que estar en forma aunque, ay, no se sepa si merecen la pena tantos denuedos para llegar a esa vejez que me huele a infierno.

Yo paso, me bajo, os dejo todo el espacio, que yo crucé Azca de atardecida, esquivando yonquis, navajeros y hasta a algún munipa armado de multas. Sobreviví a ese pasado de riesgos ciertos o imaginados y anda jodido vivir en este presente de peligros tasados. Hagamos un trato: os prometo no invadir el carril bici.

En justa reciprocidad, absteneos de invadir mi vida.

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Ricarrob
Ricarrob
12 ddís hace

Sr. Pery, le voy a copiar un extracto de un comentario hecho por mi a uno de los artículos de Perez-Reverte, ya que creo que le gustarà:

«Es como el ciclismo de ciudad o de extrarradio. Se ha constituido en todo un símbolo del estatus disfrutado, disputado o envidiado. Se compite, no por el sano ejercicio, sino por dos cosas extradeportivas: el último modelito de ropa ciclista-astronauta, ropa sofisticadísima y super cara y por el último modelo de bicicleta, a ser posible de titanio. Todo totalmente fuera de la intencionalidad lúdica y deportiva. Es un juego de exhibición del estatus.

Todavía recuerdo los tiempos en que la gente hacía ejercicio con una ropa sencilla y ligera y se la veía correr en bicicletas normales, no diseñadas por la Nasa o el Mit, vestidos con pantalón de deporte o chandal y una camiseta.

Bueno, hay también otro elemento de estatus que acompaña tanto a neo-gimnastas como a astro-ciclistas: los aparatejos, super caros, que se cuelgan de brazos, antebrazos, muñecas, bicicletas o quizás hasta de las gónadas, para medirles no se sabe qué de su intensísima actividad olimpiástica.

Bueno, de todo ello los beneficiados, que siempre los hay de los ríos revueltos, son los mega-centros de venta de ropa deportiva, aparatejos electrónicos y máquinas de tortura gimnástica diseñados por el Marqués de Sade. Sí, esos centros a los que los fines de semana llevan a los niñitos los padres estresadísimos a que se desfoguen y cometan desmanes».

De acuerdo con usted. Hoy en día no sé si lo que influye es la salud (para vivir muchos más años hecho un vegetal…) o son las apariencias vulgares y ramplonas. Antes se iba a andar o a dar un paseo en bici. Ahora se va a un desfile de modelos de tipo textil y tecnológico burdo y ramplón.

Saludos.